domingo, 15 de abril de 2012

Una compañera de cautiverio recuerda a Ana Teresa Diego

La sobreviviente de la Noche de los Lápices, Emilce Moler, habló de los momentos de encierro compartidos con la estudiante de Astronomía cuyos restos fueron localizados en Avellaneda.

Emilce Moler, una de las sobrevivientes de la Noche de los Lápices, recordó a Ana Teresa Diego, a 24 horas de conocida la noticia del identificación de sus restos en el cementerio de Avellaneda, con quien compartió una celda de detención en el centro clandestino de la Brigada de Investigaciones de Quilmes.

“Siempre supe que estudiaba Astronomía y nunca olvidé ese dato, porque cuando estábamos detenidas juntas, nos sacábamos las vendas de los ojos por un rato y Ana, a través de la sombra que se proyectaba en nuestra celda, hacía un cálculo para estimar qué hora era. Era un momento, un minuto en el que pensábamos en otra cosa, hasta que volvían los guardias y nos volvíamos a subir las vendas”, contó Emilce

“Nos conocimos en momentos muy difíciles para las dos. También recuerdo que militaba en la Juventud del Partido Comunista”, agregó.

La sobreviviente de la fatídica Noche de los Lápices apuntó que fue poco el tiempo que permanecieron juntas detenidas: “A mi me cambiaron de celda y nunca supe si a ella la habían trasladado a otro lugar o es que no la escuchaba más porque yo estaba en otro lugar”, dijo.

Ana Teresa Diego era oriunda de Bahía Blanca y estudiaba en al facultad de Astronomía de la Universidad Nacional de La Plata.

El 30 de septiembre de 1976 fue secuestrada en el Bosque, momentos después de abandonar la facultad.

Ayer se conoció la noticia de la identificación de sus restos en el cementerio de Avellaneda; noticia que causó enorme conmoción. Aún no se sabe cuándo serán restituidos sus restos a sus familiares. Su madre, Zaida Franz, vive actualmente en Villa Ventana, provincia de Buenos Aires.

En 1985, el testimonio de Emilce Moler fue clave por los aportes informativos que realizó al Equipo Argentino de Antropólogos Forenses; incluso un elemento que Emilce había desechado por considerarlo irrelevante: “Recuerdo que Ana vestía una camisa a cuadros, y fue un dato importante porque muchas veces se encuentran elementos que contribuyen a identificar los restos. Así que –conluyó Emilce-, me siento parte de ese rompecabezas que se fue armando hasta llegar a la restitución de los restos”, concluyó. 

Por Bibiana Parlatore - bibianaparlatore@gmail.com

domingo, 8 de abril de 2012

La historia del "Combate" de Las Mellizas, una sangrienta mentira de la dictadura

El cuento del “enfrentamiento”

En noviembre de 1976, la Federal y la policía de Santa Fe se tirotearon por error en una casa de San Nicolás. Hubo muertos y un herido que el año pasado denunció a Montoneros. De esa causa surgió la verdad de cómo se inventaban batallas para justificar masacres.

El 18 de noviembre de 1976 un grupo de la policía de la provincia de Santa Fe entró a una casa operativa de Montoneros, en el barrio Las Mellizas de San Nicolás. No estaban sus habitantes, el matrimonio Trod, sólo el sereno de la pequeña carpintería que habían montado. Los policías se tiraron cuerpo a tierra en el patio trasero de la casa, para atrapar a la pareja en una ratonera. Justo entonces entró otro grupo por la puerta de adelante, esta vez de la delegación de San Nicolás de la Policía Federal. Según los testigos, en ese momento hubo un breve y sangriento tiroteo. Una granada explotó contra el cerco de la casa de al lado y las esquirlas marcaron las paredes. En el tiroteo murieron el sargento Vicente Testa y el cabo Carlos Alberto Loyola de la Federal, y quedó herido en una pierna el oficial santafecino conocido como Alfredo Douglas o Eduardo Dogour. El combate entre los dos grupos de policías se presentó horas después, ante la prensa y en partes internos, como un cruento “enfrentamiento con grupos extremistas”. Fue una mentira que tuvo efectos inmediatos en nuevos operativos y masacres, y que recién ahora acaba de descubrirse.

El cuento de la batalla con la guerrilla acaba de ser descubierto en una investigación a cargo del fiscal federal de San Nicolás, Juan Murray. La paradoja es que la verdad surge por una denuncia del oficial herido, que se hacía llamar Douglas o Dogour según la época, y que quiso acusar a los grupos guerrilleros por sus heridas. Murray rechazó la denuncia pero siguió investigando los eventos de esa noche en una causa en la que hubo varios testigos de identidad reservada y en el que el oficial denunciante quedó acusado. El resultado está mostrando la verdadera trama del enfrentamiento entre las dos Policías, sino el montaje de la campaña de acción psicológica que tuvo efectos inmediatos en otra causa.

Rastros de mentiras

Ana Oberlín es querellante de la causa y explica la trascendencia de estos datos: “El caso demuestra con elementos de prueba algo que desde hace tiempo conocemos: que los integrantes de los grupos represivos, en su afán de legitimarse públicamente, presentaron eventos represivos propios como actos de las organizaciones armadas. La diferencia de éste caso es que los muertos son integrantes de las propias fuerzas represivas. Eso quiere decir que además de usar esos escenarios para neutralizar socialmente las atrocidades que llevaron adelante y enmarcarlas en una guerra con un enemigo concreto, presentaron los asesinatos de los dos policías como resultado del accionar de un grupo guerrillero y eso les permitió victimizarse”.

Este caso de 1976 fue usado horas después para justificar un allanamiento a una vivienda en un caso que se recuerda como la Masacre de la calle Juan B. Justo, dice Oberlín. “Ahí mataron a una familia y a dos niños muy pequeños, cuyas muertes resultaban intolerables, incluso en esa época, en la que muchas barbaridades eran aceptadas por una parte de la sociedad. El asesinato de niños les resultaba difícil de presentar públicamente, a diferencia del de adultos. Sobre ellos no podían decir que se hubiesen ‘enfrentado’ con las fuerzas, ni tampoco que hayan participado en organizaciones armadas. Este caso, el del barrio Las Mellizas, explicita que el accionar represivo para legitimarse realizó una campaña basada en mentir, incluso burdamente, sobre las actividades de las organizaciones armadas, cuyos miembros en realidad fueron aniquilados prácticamente en su totalidad en los primeros meses del golpe.”

Horas después de Las Mellizas, a las 4.30 de la madrugada del 19 de noviembre de 1976, las llamadas Fuerzas Conjuntas entraron a la casa de la calle Juan B. Justo en la que mataron a Ana María del Carmen Granada y la familia Amestoy: padre, madre y dos niños, María Eugenia de cinco años y Fernando de tres. Sólo sobrevivió un bebé envuelto en un colchón que veinte años después supo que era Manuel Gonçalves Granada. Los represores justificaron el ataque con los muertos de Las Mellizas, una mentira que todavía está convalidada en el inconsciente del barrio.

A esta altura parece que ya no es necesario volver a decir que con el discurso de “los enfrentamientos” la represión convalidó ejecuciones y sostuvo la teoría de la guerra. Pero estos casos empiezan a revisarse entre algunos expedientes como uno de los que empezó a trabajar el juez federal Daniel Rafecas. Allí no sólo se observa que la puesta en escena buscaba reforzar la idea del enemigo interno y peligroso. Sino que en los primeros tiempos de la dictadura era parte de una práctica para hacer aparecer, en ocasiones, los cuerpos de los militantes asesinados o camino a la ejecución. Con el correr del tiempo, esas formas se fueron profesionalizando con prácticas como los vuelos de la muerte. En ese contexto, lo que el caso de Las Mellizas también hace es mostrar un nuevo giro sobre esa situación: que hubo falsos enfrentamientos montados cuando los muertos eran incluso hombres propios.

La reconstrucción

Ernesto Rodríguez es historiador y colaborador del Equipo Argentino de Antropología Forense. Autor de la reconstrucción sobre el barrio Las Mellizas que fue punto de partida de la investigación. El trabajo es importante porque detalla no sólo el hecho sino que lo ubica en una cadena de sucesos que empezaron un día antes y terminaron luego con la entrada a la casa de la calle Juan B. Justo.

“El primer dato apareció un día antes: el 17 de noviembre de 1976”, dice Rodríguez. “La Columna Norte de Montoneros hacía una reunión a ‘cielo abierto’ en los márgenes del arroyo Pavón, en Villa Constitución. Eran a cielo abierto porque no podían reunirse en una casa, por las condiciones de seguridad y de represión. Usaban lugares donde podían simular un día de campo o de pesca. Esa vez los sorprendió el Ejército. Asesinaron a tres militantes: Uriel Rieznik, Osvaldo Cesar Abbagnato y Alfredo Mancuso. Y detuvieron al jefe de la Columna, Carlos Armando Grande. La caída proporcionó información, y allí marcaron un nuevo blanco para el día siguiente: la casa operativa que había construido Montoneros en el barrio Las Mellizas, en el cruce de las calles Schubert y Chopin.”

Las calles del barrio llevan nombres de músicos. El lugar está al norte de San Nicolás, separado de Villa Constitución por un arroyo. Entonces era un área periférica, un barrio de obreros que en los setenta migraban a centros urbanos con déficit de habitaciones y alquileres muy altos. El barrio se pobló con quienes compraron un terreno y ubicaron una casilla de madera en el fondo con la idea de construir de a poco en la parte de adelante una casa de material, dice el historiador.

Al fondo del barrio estaba la casa operativa. “Montoneros la construyó entre fines de 1974 y comienzos de 1975. Los primeros habitantes estuvieron de agosto o septiembre de 1975 hasta mediados de 1976. Por las caídas, los trasladaron a Campana para reforzar el trabajo en esa ciudad estratégica del cordón industrial. Y en su reemplazo llegó la pareja de Jorge Trod y Cecilia Marfortt de Trod. Con ellos estaba Ignacio Valentín Sabena, de unos cuarenta años, sereno o cuidador, del que los vecinos todavía se acuerdan haciendo trabajos en una pequeña carpintería armada en el terreno de la casa desde donde se hacían los bancos para la capilla del barrio.”

Entre la casa y el taller había un patio. Y en la casa había un sótano profundo, de tres metros de fondo por tres de ancho, al que accedían a través de un sofisticado sistema hidráulico ubicado en el baño. En el sótano guardaban volantes, armas, explosivos y un mimeógrafo.

La noche del 18 de noviembre, entre las 20.30 y 21, entró el primer grupo de policías. Luego entraron los otros. Y por último, el Ejército. Nadie sabe cuántos tiros se dispararon, pero el historiador da algunas dimensiones: “En el terreno lindero había una casilla de madera separada por un cerco de ligustro. Una granada explotó sobre esas plantas y los disparos perforaron las paredes de la casa. Los impactos fueron tan fuertes que alcanzaron el moisés de un recién nacido que dormía del otro lado de esa casa, así que los riesgos para bebé fueron grandes”.

La investigación determinó que después de la llegada del Ejército tomaron prisionero a Sabena. “Lo agarraron a la vista de todos los vecinos, lo torturaron salvajemente para sacarle información sobre los Trod, lo llevaron hasta el frente de la casa, le hicieron apoyar las manos en una Estanciera, le golpearon y le dispararon las manos. Aparentemente lo asesinaron en ese mismo lugar para cubrir esa situación complicada que les había provocado el enfrentamiento entre ellos”, considera el historiador.

Mientras tanto, los Trod se habían alejado del barrio. Una vecina los esperó en la entrada. Cuando llegaban en una moto los paró para contarles del operativo. Los dos escaparon y se refugiaron en la casa de Amer Francisco Iriart, otro compañero, que los alojó alrededor de un mes en Arroyo Seco, como él mismo declaró en la causa. Los Trod no pudieron declarar porque los secuestraron el 10 de enero de 1978 en Zárate, junto con sus dos hijos, Mariano y Carolina. Antes de dejar la casa, los represores robaron muebles y enseres, y los objetos escondidos en el sótano, entre ellos el mimeógrafo.

El montaje

En ese mismo momento comenzó el montaje. A Sabena lo arrojaron muerto en un barrio llamado Alto Verde, cerca de San Nicolás. Y a la prensa le hicieron el relato que todavía hoy persiste. “En el enfrentamiento acontecido en barrio Las Mellizas, perdieron la vida dos suboficiales de la policía federal y un agente resultó herido”, publicó el diario El Norte de San Nicolás el sábado 20 de noviembre de 1976. “El tiroteo se produjo aproximadamente a las 21 donde fuerzas conjuntas, tras haber sido atacadas, iniciaron una espectacular persecución de sus agresores, llegando así a la vivienda donde se guarecieron en un principio, produciéndose un intenso tiroteo donde se logró abatir a un elemento subversivo, sufriendo las fuerzas del orden las bajas del sargento Vicente Testa y del cabo Carlos Alberto Loyola. Una joven pareja que se encontraba en el interior de la finca allanada logró ponerse a la fuga, eludiendo en primera instancia el cerco policial.”

En el diario La Opinión la versión publicada fue más o menos la misma. Allí se decía que “las fuerzas legales fueron recibidas con disparos de armas de fuego, produciéndose un enfrentamiento”. También que “como resultado del mismo fue abatido un delincuente subversivo del sexo masculino”. Y luego explicaron que se hizo rastrillaje “lográndose detectar a uno de los fugados, que fue abatido en barrio Alto Verde”. Hablaron del sótano como “habitación subterránea de nueve metros cuadrados” con “una imprenta, bombas tipo vietnamita con una carga de dos kilos y medio de explosivos cada una, armamento de distinto tipo, municiones varias, documentación y panfletos de la organización declarada ilegal en 1975”.

En las próximas semanas empieza en Rosario el juicio oral por la masacre de la calle Juan B. Justo. Oberlín tuvo hace días una inusual discusión a viva voz con la abogada de los represores Valeria Corbacho. Allí discutieron uno de los puntos que demuestra cómo la versión instalada de Las Mellizas aún sigue en pie. Los abogados defensores pidieron a Douglas o Dogour que declare como testigo y también se lo pidieron a los hijos de los dos policías muertos.

ENTREVISTA CON EL HISTORIADOR ERNESTO RODRIGUEZ
Una historia de atropellos

–¿En realidad qué pasó en Las Mellizas? ¿Por qué se enfrentaron?

–Yo no creo que haya habido alguna intención. Creo más bien que hubo una confusión. Supongo que no tuvieron tiempo de distinguirse, además los testigos dicen que un grupo estaba de civil. Calculo que vieron un movimiento y se produjo el enfrentamiento. Se miraban a través de un ventiluz y esa situación no les daba lugar a una visión pormenorizada: se dispararon, y luego salieron a montar esta farsa con la que al otro día justificaron otra masacre. Eso, creo que fue una equivocación y montan la mentira para ocultar qué sucedió entre ellos y para hacer aparecer a los otros como los asesinos.

–¿Por qué los grupos llegaron separados?

–Por el operativo del día anterior, la información la tenían las distintas fuerzas de seguridad. La mayoría de los operativos los organizaban de forma conjunta. Acá, el Ejército llegó después. Pero todos iban a llegar más tarde o más temprano. Yo no sabría decir por qué llegaron de esta forma, aunque creo que a lo mejor fue por un celo de mostrar más eficiencia en la lucha antisubversiva. O incluso, puede haber aparecido la idea de llegar antes para capturar, interrogar y quedarse con algún dinero.

–¿Cómo hizo la reconstrucción?

–La casa de ellos estaba al final del barrio. Yo encontré a dos testigos de esa época, y los dos son coincidentes, dicen que no hubo enfrentamiento; que Sabena no disparó, sino que quedó prisionero; que lo torturaron y asesinaron. Dicen que los enfrentamientos fueron entre las fuerzas operativas. La gente se acuerda, el barrio estuvo copado ese día: no podían ni salir ni ingresar. Además, conocían bastante a los Trod porque cuentan que los habían ayudado a hacer los bancos de la Capilla y se nota que tenían una fuerte inserción en el barrio: los conocían, eran queridos, tenían una vida social.

–¿Cuál fue el trabajo del EAAF en esto?

–El Equipo identificó los tres cuerpos del arroyo Pavón; Sabena ya estaba identificado pero más tarde identificó a las víctimas de la calle Juan B. Justo, entre ellos a Ana María del Carmen Granada, la madre de Manu Gonçalves, porque hacia ahí fueron un día más tarde, acusándolos de haberles matado a dos hombres.