martes, 25 de noviembre de 2014

La historia de Ester, la novia de Roberto Fontanarrosa que está desaparecida

Los seres queridos

Horacio Vargas, jefe de redacción de Rosario/12, acaba de publicar el negro Fontanarrosa. El libro, editado por Homo Sapiens, cuenta entre muchas otras cosas un amor conmovedor y joven del ya escritor y humorista, que este miércoles cumpliría 70 años.

 Por Horacio Vargas

Se conocieron en la casa de Crist, en el marco de la Bienal del Humor que se hizo en Córdoba en 1972. Fontanarrosa era uno de los invitados especiales a la fiesta de los dibujantes de todo el país. Ester Felipe –de una peculiar belleza– estaba a cargo de la coordinación del encuentro.

–La historia es muy simple. Entre los éxitos del negro estaban las minas. Se encachiló con la Ester, se enamoró, se venía de Rosario muchas veces a verla sólo a ella, era un amor medio platónico, la cortejaba... y ella le dio bola –rememora Crist, celestino de la época.

“Sí, en aquellas épocas mi hermana y el Fon fueron novios”, afirma Liliana Felipe, la notable cantante cordobesa radicada en el Distrito Federal de México.

Cuando empezaron a girar por ciudades de Córdoba a dar charlas, Ester los acompañaba junto a Pequeña, la mujer de Crist. Ester le confesó que estaba enloquecida por las cartas que le escribía el rosarino.

“He estado con Ester, ha estado más cariñosa que siempre, usted entiende”, decía una carta llegada desde Rosario para su amigo.

–¿No es acaso Ester la primera Eulogia que dibujó el negro?

–Es probable –admite Crist.

Había elegido cuidadosamente las fotos que iba a colocar en una de las paredes de su estudio de calle José C. Paz 1120. Además de la de Woody Allen, sobresalía la de Ester. “Era una foto grande, ella en bikini, con una solera, muy de esa época, era una cordobesa muy bonita”, grafica Laura Borello, una de las amigas de Fontanarrosa. “El estaba enamoradísimo de esa chica, pero ella terminó siendo la mujer de un guerrillero”, interpreta.

Ester nació en Villa María y se trasladó a la ciudad de Córdoba en los agitados días de la década del 70 –Cuba, el Che, el Cordobazo, Salvador Allende– para ejercer como psicóloga. Trabajó en hospitales y vivía con una amiga en barrio Clínicas, donde la revolución estaba a la vuelta de la esquina.

–¿Qué pasó? –preguntó Crist, con cierta preocupación, cuando el negro lo llamó para contarle algo importante.

Me dijo que militaba en el ERP. Y yo tuve que decidir... qué quiere que le diga.

Intentó varias veces sacarla de Córdoba, traerla a Rosario, protegerla. Pero ella se negó. Había optado por la militancia en una organización de izquierda revolucionaria.

“Te pido por favor que no vengas más, no me vas a encontrar...” le rogó. Fue la última vez que hablaron.

En 1974, Ester regresó a su pueblo junto a su pareja de entonces, Luis Mónaco, camarógrafo de Servicios de Radio y Televisión de la Universidad

Nacional de Córdoba (SRT), que había sido cesanteado por su condición de “zurdo”. Luis –hijo de un prestigioso pintor cordobés, Enrique Mónaco– comenzó a trabajar en el puesto de frutas y verduras que la familia Felipe atendía en el Mercado de Abasto. Ester y Luis se casaron en Villa María y tuvieron una hija a la que llamaron Paula.

La historia de Ester es la historia también de otras tantas víctimas de la represión durante la dictadura militar en Argentina. Un libro da cuenta de eso. Se llama La Perla y fue escrito por los periodistas cordobeses Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo. El título hace alusión al campo de concentración más grande que hubo en el interior del país:

“El 9 de enero de 1978, la familia Felipe recibió un llamado de una persona que se dijo compañero de Luis en Radio Universidad; dijo que pasaría por Villa María y que necesitaba la dirección para pasar a saludarlo. Nadie apareció. Esa noche, Ester y Luis cenaron en la casa de los padres de ella. Pero como Luis debía viajar a Córdoba a la madrugada, Ester y Paula se quedaron a dormir ahí y Luis volvió a su domicilio, de donde fue secuestrado después de medianoche. Unos minutos más tarde irrumpieron en la casa de los padres de Ester, a los que dejaron atados de pies y manos, y se llevaron a su hija. Paula dormía en su cuna. Ester Felipe y Luis Mónaco hacía veinticinco días que habían sido padres. Fue la mayor y última alegría que tuvieron antes de aquel 11 de enero de 1978, cuando fueron llevados a La Perla”.

–Estercita está muerta, Estercita está muerta... –repetía el padre, como una letanía, envuelto en el llanto, cuando su otra hija, desde el exilio, le narró lo que le habían contado sobre los últimos días de su hermana y su cuñado.

Ester Felipe y Luis Mónaco continúan desaparecidos. Paula quedó a cargo de los abuelos paternos, que vivían en la ciudad de Córdoba.

“Hay una parte de mí que quedó trunca, seca, algo que se fue deshilachando con el tiempo y que jamás voy a recuperar”, dice Liliana Felipe, cuando recuerda a su hermana.

En la década del ’90, la cantante volvió al país para dar una serie de conciertos. Fue invitada a cantar en el programa Mañana vemos, que emitía la tevé pública. La acompañaría un grupo donde el bajista era Franco Fontanarrosa.

“Para mí fue muy loco, porque fue conectarme con una parte de la historia de mi viejo, antes de mí, antes de mi vieja; no era mi tía... pero ella tuvo la mejor onda, fue muy emotivo”, recuerda el hijo del negro.

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–Hola, soy Paula, hija de Ester Felipe.

Fontanarrosa acababa de terminar una charla con Quino, el humorista y dibujante de Mafalda, en la ciudad de Córdoba, en 1997. Hizo un largo silencio antes de saludar a una joven de 20 años, rodeada de amigas.

Sorprendido por la irrupción, por el nombre expresado, la invitó a encontrarse a la mañana siguiente en un bar frente a la plaza Vélez Sarsfield. “Fue una charla breve... para conocernos. Qué hacés, qué estudiás, unas pocas preguntas, un café, largos silencios... con la timidez atravesada. Yo no me caracterizo por ser simpática ni él era extrovertido, con lo cual era discreto el diálogo pero muy agradable y afectuoso. Salí sonriendo... Me sentí bien y creo que él también porque después nos mantuvimos en contacto por cartas y por teléfono”, dice Paula.

Su tía Liliana le contó escuetamente que Ester y Roberto habían sido novios. También se lo dijo Joan Manuel Serrat, el día que recibió a un grupo de hijos de de-saparecidos.

–Ester fue alguien importante en la vida de Roberto –le dijo Serrat, midiendo sus palabras entre tanta gente alrededor.

–Me imagino que sí porque eran novios –respondió Paula, con absoluta naturalidad.

–Fue un gran amor para Roberto –agregó Serrat con el énfasis que da la confianza.

Al poco tiempo comenzaron a escribirse. Empezaron a llegar cartas desde Rosario y desde Córdoba: “Me contaba que se iba a trabajar al Mundial de Francia. Yo le decía de mis estudios, de H.I.J.O.S, de todo un poco. Creo que nos escribíamos porque nos resultaba más fácil comunicarnos así que verbalmente, timideces cruzadas no ayudaban. Y a mí me daba alegría recibir sus cartas con su letra grande, linda y divertida. Siempre incluía algún dibujito”.

Un encuentro de H.I.J.O.S. en Rosario los volvió a reunir. Charlaron brevemente, se dieron un abrazo. “Algunas veces hablamos por teléfono y también con Liliana (Tinivella), entonces su esposa, quien era muy cariñosa”, recuerda.

Cuando Paula se mudó al DF se interrumpió un poco la comunicación epistolar. Pero de alguna forma seguían conectados. Cuando Serrat daba un concierto en México le pasaba noticias de Roberto, como esa costumbre de verse con un ser querido y preguntar cómo están los demás.

En tiempos en que la joven trabajaba de periodista en la sección deportes del periódico La Jornada, el negro llegó a México. La llamó desde el hotel, le explicó que era difícil moverse y que estaba muy cansado. Hablaron unos pocos minutos para saber cómo estaban, mandarse abrazos. Paula además le resolvió una gran preocupación: ¡Qué canal transmitía esa noche un partido de la Copa Libertadores!

–El Roberto que fui conociendo era tímido, cariñoso y divertido. A la distancia me doy cuenta de que, después de presentarme yo así como una aparición, él decidió iniciar esa relación entre nosotros. Yo la disfruté mucho. Nunca sentí que me escribiera o me llamara por deber, por obligación. Más bien era algo simple y sincero, asumir que la vida decidió vincularnos y a partir de eso elegir seguir jalando de ese hilo. Nunca hablamos de mi mamá.

“Un día llega a El Cairo viejo, venía de Córdoba, y me cuenta lo que le había pasado... Se quedó muy impresionado porque vino una piba a saludarlo y era la hija de una novia que tuvo. Nunca hablamos más del tema pero en (el bar) Metrópolis, ante seis o siete personas, dos semanas antes de su muerte, lo volvió a contar... El negro quedó colgado con esa chica”, sintetiza su amigo Ricardo Centurión.

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Liliana Felipe y su compañera, Jesusa Rodríguez, tuvieron la idea. Pensaron en un lugar para recordar a los ausentes en Villa María, en un reloj de sol, la memoria sin tiempo. La Municipalidad donó un terreno para su construcción, el Concejo Deliberante aprobó su realización y la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos brindó su colaboración. La obra –un monumento de siete piedras con un reloj en el centro– se inauguró el 27 de febrero de 1993 con los nombres de los siete desaparecidos de Villa María.

En la placa colocada como referencia para los que pasen por el lugar puede leerse el siguiente texto:

Ojalá que la memoria colectiva, la de quienes vivimos aquello, la de quienes reciban nuestro relato, haga de este Reloj de Sol un punto de encuentro, un lugar de juegos y un indicador de citas. Y ojalá también esa misma memoria haga que nunca más un reloj sirva tan solo para contar las horas y los minutos y los segundos en la angustiosa espera de los seres queridos que nunca volvieron.

Y en mayúsculas, la firma del autor: ROBERTO FONTANARROSA.

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Suena el teléfono en la casa de Crist. Atiende su mujer, María del Carmen. El negro pregunta por su amigo.

–No está, salió.

–Bueno, te pido que le pases un mensaje...

–Sí, claro.

–Decile por favor que me copie las fotos de Ester que sacó en Río Cuarto y me las mande a Rosario.

María se encargó de darle el mensaje a Crist cuando volvió a su casa. Rápidamente montó el laboratorio de fotografía –su otra manía– para copiar las fotos en blanco y negro de aquellos días y se las envió por correo.

“Mirá esta foto”, sugiere Gabriela Mahy, la segunda esposa de Fontanarrosa, cuando revisamos una caja con imágenes del archivo del negro para incluir en este libro. Está sentado en un banco de plaza; a su lado, una chica, morocha, de pelo lacio. Una sonrisa se le escapa ante la insistencia del fotógrafo y entonces apoya levemente su puño izquierdo sobre la espalda de ella.

“Hace poco recuperé unas fotos geniales de los dos con Crist y Pequeña, en Río Cuarto. Se los ve jóvenes y hermosos.
 Nunca supe cómo empezó ni cómo terminó eso pero esas fotos parecen decir mucho”, concluye Paula Mónaco Felipe.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Pedido de tan sólo seis homicidios para cuatro represores en el juicio de Monte Peloni en Olavarria

Seis homicidios para cuatro represores

La fiscalía pidió que se impute a los cuatro represores por seis homicidios. Hasta ahora sólo uno de ellos estaba acusado por dos muertes. Esta semana se escucharon fuertes testimonios de una locutora y de un electricista.

 Por Claudia Rafael y Silvana Melo

Cuando la última audiencia testimonial del juicio por el circuito represivo en Monte Peloni estaba llegando a su fin, el fiscal Walter Romero sacó un as de la manga: ampliar las imputaciones a seis homicidios agravados para los cuatro ex militares acusados. Hasta ahora, sólo Ignacio Aníbal Verdura, amo y señor de la ciudad del cemento entre diciembre del ’75 y del ’77, cargaba con la acusación de dos asesinatos: el de Jorge Oscar Fernández (única víctima de quien los familiares recuperaron el cuerpo) y el de Alfredo Maccarini, cuyos últimos rastros se diluyeron en el centro clandestino La Huerta, de Tandil. A Walter Grosse, Omar “Pájaro” Ferreyra y Horacio Leites sólo se los acusaba de privación ilegal de la libertad y tormentos. Ahora, la acusación busca responsabilizar a todos también de las muertes de los matrimonios Graciela Follini-Rubén Villeres y Pichuca Gutiérrez-Juan Carlos Ledesma.

En las puertas de la audiencia, Graciela Alderete, una mujer parida por el dolor, alzaba una pancarta con el rostro de su hijo. Germán Esteban Navarro tenía apenas 17 años, era travesti, pobre y había elegido para sí el nombre de Mara. Ayer se cumplía una década desde el día de su desaparición, en una causa sin imputados en la que muchos ojos apuntan a la Policía Bonaerense.

Uno de los testimonios más esperados del juicio fue el de Hugo Francisco Ivaldo, electricista y cabo retirado. En una teleconferencia desde Montevideo ratificó cada uno de los detalles de una declaración que hizo en agosto de 1984 ante la Justicia Penal de Azul. Dijo que fue Ignacio Aníbal Verdura quien, en 1977, le ordenó hacer una serie de instalaciones eléctricas en un viejo casco de estancia, cercano a Sierras Bayas. Para eso, tuvo que montar un generador, focos para iluminar una parte del edificio y camas con elástico de alambre en otra. Más tarde, se dañó el equipo y fue convocado para repararlo cuando ya el Monte era una sala principal del infierno. Allí vio a detenidos en condiciones infrahumanas y muy lastimados, con las muñecas atadas a aquellas camas con resorte.

Relató también que en la parte más antigua del Regimiento le hicieron instalar tres reflectores de 1000 watts cada uno apuntando a una silla. Y a la altura de la silla, dos timbres de gran potencia. Toda una escena armada para la tortura.

En este punto apareció el apellido Faggiani: un conscripto que ocasionalmente ayudaba en tareas de electricidad. Fue Walter Grosse quien le preguntó a Ivaldo cómo era el soldado y que lo señalara en la mañana siguiente. Ivaldo habló muy bien de Faggiani. Esa misma mañana se lo llevaron y nunca más se supo de él. A esta historia acudieron los abogados de los represores para intentar desacreditar al testigo: buscarán que se lo impute por “posible comisión de delito de acción pública”, según Claudio Castaño, el provocador abogado de Horacio Leites.

Ivaldo relató su pelea “a trompadas” con un oficial, ante la modalidad de la apuesta para ver quién pagaba el sandwich del mediodía: almorzaría gratis quien tirara más lejos de un puñetazo al desdichado que estaba ciego y atado contra una pared. No lo pudo soportar, dijo. En esos momentos, estaban detenidos en el Regimiento Néstor Laffite, Alberto Hermida y el chileno Vargas Vargas. Uno de los tres fue el blanco elegido.
El Vikingo

El testimonio de Stela Follini, locutora jubilada y hermana de la desaparecida Graciela Follini, reconstruyó en detalle el rol que Grosse sostuvo al frente de LU32, Radio Coronel Olavarría. El Vikingo, como se lo conocía a ese hombre descripto como temible, había sido designado como interventor de la emisora que algunos años más tarde adquiriría Amalia Lacroze de Fortabat. La mujer relató cómo Grosse la acusó de “sublevarse contra la autoridad” por no haberlo saludado una mañana y luego la obligó a presentarse en el Regimiento. Si bien no sufrió consecuencias directas, luego colgaron un memorándum en la sala de locutores con el listado de “siete causas por las cuales un civil se convertía en subversivo”.

Los testimonios de la defensa buscaron alejar ciertas responsabilidades. A Leites, rememorando su intensa actividad hípica que lo sacaba de Olavarría con gran frecuencia. A Grosse, insistiendo con una supuesta hepatitis que lo mantuvo en cama durante un tiempo. Fue Carlos Benito Kunz, productor agropecuario y cuñado del Vikingo, quien dio testimonio de la “enfermedad” que su hija Erica le habría contagiado en 1977.

Poco después, se escuchó la palabra de un suboficial retirado, Miguel Angel Tumini, encargado de la oficina de “justicia” de la guarnición militar que hablaba de “manual antisubversivo” y de las indicaciones de buen trato hacia la población civil. El abogado querellante César Sivo le preguntó entonces si entre los buenos tratos se incluía la indicación de colocar una “capucha” o de torturar. Una mujer, que familiares indicaron como la esposa de Kunz y hermana de Walter Grosse, se retiró murmurando con desprecio “manga de zurdos”.

martes, 21 de octubre de 2014

Testimonio en Entre Ríos

Torturas y sed constante

Un sobreviviente de la última dictadura militar narró que durante su cautiverio estuvo trece días sin tomar agua y dijo que cuando “les rogaba” a sus captores que mitiguen su sed, éstos se negaban para que no muriera por los efectos de la picana eléctrica con la que lo torturaban y prolongar así su interrogatorio.

Carlos Isidoro Weinzettel, uno de los testigos de la megacausa Area Paraná, en la que se investigan delitos de lesa humanidad ocurridos en la costa oeste de Entre Ríos, recordó que después de los interrogatorios, “cuando nos quedábamos solos con la guardia, las torturas seguían. Nos golpeaban todo el día”.

Weinzettel fue secuestrado el 21 de agosto de 1976 y estuvo 14 días con los ojos vendados y maniatado a una parrilla de hierro, donde recibió las descargas de la picana eléctrica. En sus declaraciones señaló al ex auditor del Ejército Jorge Humberto Appiani, al ex médico de Institutos Penales Hugo Mario Moyano y al ex director de la cárcel de Paraná José Anselmo A-ppelhans, de ser partícipes de las sesiones de torturas a que fue sometido. Weinzettel es el esposo de Alicia Ferrer, quien también fue secuestrada. Ella tenía tres meses de embarazo, pero lo perdió a causa de las torturas.

jueves, 16 de octubre de 2014

El caso Toledo

Por Luis Niño *

I. El tema nos retrotrae a fines de junio de 1982, en el último tramo de la dictadura militar. Cumplía yo funciones como secretario del Juzgado de Instrucción N° 3, a cargo del Dr. Carlos Alfredo Oliveri, en turno, para esa fecha, con el Servicio Penitenciario Federal. A través de una nota de rutina, enviada por la dirección de la –hoy desaparecida– cárcel de Caseros, supimos del supuesto suicidio de un joven detenido a disposición del Poder Ejecutivo Nacional en esa unidad, llamado Jorge Toledo.

Sin aviso previo, el juez y sus secretarios –Susana Pernas y quien suscribe– concurrimos a ese establecimiento y, evitando cabildeos, ascendimos al piso 18, donde se alojaba a los presos que revestían aquella condición. La sorpresa de los funcionarios administrativos era mayúscula: no era usual en esos tiempos que un juez se presentara en la prisión, fuera del consabido ritual de las visitas programadas a esos establecimientos; menos aun, si la noticia que lo convocaba era la muerte de un preso, y –por añadidura– de un preso a disposición de la autoridad gubernativa. Por lo demás, la presencia de los dos secretarios permitía presagiar que se llevarían a cabo actos procesales sobre el terreno.

Así fue: interrogamos a los internos acerca de testigos que pudieran dar cuenta de las causas y circunstancias del penoso episodio y logramos apuntar los nombres y apellidos de una holgada veintena de ellos, dispuestos a declarar sobre el caso, al tiempo que, en base a escuetas referencias obtenidas allí, incautamos el libro de enfermería correspondiente a esa planta y la documentación referida a Toledo.

Cuando ese mismo día, de regreso en el juzgado, cursé las cuatro primeras citaciones de esa lista para que se hiciera comparecer a los convocados en el Palacio de los Tribunales, se nos comunicó que, por “razones de seguridad nacional”, la totalidad de los presos entrevistados horas antes habían sido remitidos a la Unidad 6, de Rawson, Provincia del Chubut.

Hasta allí viajamos entonces, Oliveri y yo, junto al –entonces– auxiliar Marcelo Rodríguez Jordán, aprovechando la existencia de una ley que extendía la competencia funcional de los jueces a todo el territorio de la República, cuando se tratara de asuntos relativos a detenidos vinculados con la subversión; y, valga aclararlo, lo hicimos con viáticos habilitados por la propia Corte Suprema que, presumiblemente, habrá dispuesto los fondos estimando que nos trasladaríamos en tren de investigar ilícitos imputables a aquéllos.

En aquella oportunidad, los veintitantos testigos narraron con llamativa precisión y coincidencia las peripecias vividas por Toledo, que configuraban un paradigma del uso perverso que puede hacerse de determinados medios técnicos para aniquilar a un ser humano privado de su libertad. Y es de rigor añadir que esas decenas de testimonios recibieron corroboración, mucho tiempo después, recuperada ya la democracia, por parte de los médicos de nacionalidad suiza –pertenecientes a la Cruz Roja Internacional– que en su hora habían examinado a Toledo, recogiendo sus relatos y los de sus compañeros de infortunio, y exhortando sin éxito a las autoridades militares un cambio en el tratamiento prodigado a todos ellos y a él en especial. Uno de esos detenidos, Hernán Invernizzi, nos confió que era la primera vez que veía a un juez tras casi una década completa de privación de su libertad.

II. La versión reconstruida a partir de la documentación habida por el juzgado y de la totalidad de las declaraciones bajo juramento reunidas es la siguiente: Toledo era un joven trabajador de la provincia de Buenos Aires. Había sido también un militante de base, con conciencia de clase y con actividad gremial, ni más ni menos. A punto tal que, desbaratadas las acusaciones de subversión armada que habían servido para someterlo a encierro cinco años antes, apenas permanecía detenido exclusivamente a disposición del Poder Ejecutivo.

Su dignidad y su presencia de ánimo no habían decaído, a pesar del tiempo transcurrido y de los sucesivos traslados. Hasta el momento de ingresar al que sería su último lugar de alojamiento, había conservado un optimismo prometeico, que tan pronto le llevaba a gritar desde su celda a los compañeros que resistieran las veintitrés horas diarias de encierro que sufrían, porque –según vaticinaba– faltaba poco para que la dictadura se desplomara, como a dar breves consejos vitales –furtivamente, durante los breves recreos– instando a realizar ejercicios en la soledad de cada habitáculo, para no perder la flexibilidad muscular, o a taparse intermitentemente uno y otro ojo, obligándose con el descubierto a fijar la vista en un dedo de la mano y seguidamente en el extremo opuesto de la celda, para conservar la elasticidad del cristalino y no perder aceleradamente el sentido de la vista.

Esas características de personalidad lo habían convertido en un líder natural, a quien muchos de aquellos hombres, doblegados por las torturas físicas recibidas con anterioridad, y por las psíquicas, que perduraban, confiaban sus secretos, sus temores y sus expectativas.

Cabe apuntar también que, por aquel entonces, se había constituido en el Servicio Penitenciario Federal una –así llamada– División Médico Psiquiátrica, especial, aunque no exclusivamente, dedicada a atender a esos detenidos.

Un cierto día, los carceleros ingresaron al pabellón en busca de Toledo, y dando voces lo llevaron a la enfermería, comentando con tono risueño que él colaboraría con las autoridades, ya que sabía mucho de la vida privada de sus compañeros. Desde entonces, cotidianamente, lo llevaron y lo trajeron, siempre alardeando ruidosamente con la circunstancia de que recibirían información de su elegido acerca de los otros presos. De poco sirvió que él jurara a sus confidentes, en persona o gritando de celda a celda, que nunca había abierto su boca para delatar sus secretos y que ni siquiera se lo interrogaba sobre ellos. Poco a poco, al compás de la ostentosa publicidad de algunos datos mantenidos en reserva por aquéllos, y recogidos por los guardianes vaya a saber cómo –tal vez durante la requisa a las visitas o interceptando mensajes de los propios presos, escritos en papel para armar cigarrillos–, muchos comenzaron a desconfiar de su héroe y a abandonarlo en un aislamiento doblemente doloroso.

Pero ese habría sido sólo el comienzo. Según el relato de los ocupantes de los calabozos contiguos, por las noches había comenzado a suceder un rito maquiavélico. Trepando por las escaleras auxiliares del hueco central del edificio penitenciario, utilizadas ordinariamente por los operarios encargados de reparar el servicio sanitario instalado en cada celda, alguien golpeaba la pared del cubículo de Toledo y lo nombraba, hasta conseguir que despertase. Al responder, sobresaltado, al llamado anónimo, la descarga manual del sanitario desde el exterior de la celda le indicaba simbólicamente a qué materia se lo asimilaba en ese lugar de encierro. El procedimiento se habría repetido diariamente, durante meses, con una meticulosidad digna de mejor causa; y si por las mañanas el sueño lo vencía en el recuento de la guardia entrante, recibía la sanción de aislamiento, consistente en alojarlo en una celda igual de pequeña pero blindada, sin luz ni referencia objetiva alguna, durante varios días.

Tales experimentos desequilibrantes se combinaban con otros, padecidos por todos los internos alojados en el piso 18. El equipo de música funcional era frecuentemente utilizado para difundir una misma marcha militar, o un mismo tango, o una música popular machacona y vulgar, durante horas, monótono ritual que solía combinarse con un sonido de acople agudísimo.

III. Al cabo de tantos meses, la fortaleza de Toledo se desmoronó. El, que había desatendido las provocativas admoniciones de aquel sacerdote que, en lugar de asistir y consolar a los prisioneros, los había reconvenido por sus supuestas faltas e intentaba persuadirlos de que ese purgatorio era el que merecían sobrellevar; él, que había insultado al barbero de la unidad, cuando insistía en demostrar, a él como a los otros, enrollando la toalla que empleaba para sus tareas, cómo se había ahorcado otro detenido y qué fácil era terminar con tanto sufrimiento; él, que recomendaba a sus compañeros de encierro abstenerse de ingerir toda medicación sedante o ansiolítica, acabó por rogar que los profesionales de aquella División Médico Psiquiátrica le recetaran algo para poder dormir.

Con una premura inusual en los tratamientos de intramuros, los especialistas recetaron diversos medicamentos psicotrópicos –Uxen, Librium, Valium– según surgía de la documentación oportunamente secuestrada, como para neutralizar con creces tanto sueño bruscamente interrumpido, tanta desesperación a causa del agudo silbido percibido durante horas, y –luego– tanto aislamiento en un sitio donde se pierde noción de tiempo, de espacio y de toda relación con el otro.

Así pasaron semanas y meses, los últimos de su vida. Aquel que había brillado por su autodominio, que había estimulado a tantos consortes de padecimiento, quedó reducido en breve lapso a una sombra pasiva y somnolienta; y así lo recordaron quienes hubieron de arribar allí tras el comienzo de tal abordaje farmacológico. Hasta que, de pronto, sin indicación terapéutica que avalase la decisión, conforme pudimos acreditar a partir de aquella misma fuente probatoria, se le suprimió el suministro de la medicación.

Durante las jornadas siguientes a ese inconsulto corte del tratamiento, algunos oyeron desde sus lugares de encierro gemidos y sollozos nocturnos, reclamando las drogas regularmente recibidas, en el marco de un evidente síndrome de acostumbramiento. Tras ello, el más profundo aislamiento emocional y social.

De nada sirvió aquella tarde el aliento fraterno de Hugo Soriani, por entonces detenido a escasas celdas de distancia, instándolo a salir de la suya para aprovechar el exiguo recreo cotidiano.

Repentinamente, un movimiento inusual y la demora en devolverlos a sus respectivos cubículos alertó a sus camaradas de infortunio. Al advertir que el personal penitenciario transportaba un cuerpo, pudieron comprobar que Toledo se había acogido, aunque con irritante demora, a la cínica instrucción del barbero de la unidad.

Esa noche, los sobrevivientes del piso 18 se sorprendieron con un menú especial –carne al horno con papas– y una marcha fúnebre como música de fondo, macabra conjunción que ninguno de ellos pasó por alto.

IV. En el Juzgado en lo Criminal de Instrucción N° 3 fueron vinculados a proceso, en su momento, el director del establecimiento y los médicos actuantes, en orden a los delitos de omisión de los deberes de funcionario público y abandono de persona seguido de muerte, respectivamente. Tiempo después, sobrevenida la democracia y ya designado juez en la misma sede, proseguí con la tramitación de la causa, dictando prisión preventiva, conforme a idéntica calificación, contra los facultativos en cuestión, medida que no se hizo efectiva en esa etapa, por habérselos eximido de prisión antes de ser indagados.

El fiscal de juicio mantuvo, a su vez, tal encuadre legal al acusarlos; pero el juez Nerio Bonifati –fallecido años atrás– quien, tras alcanzar la presidencia del Tribunal Superior de Justicia de la Provincia del Neuquén, había regresado a Buenos Aires para desempeñarse, alternadamente, como juez de Instrucción y de Sentencia, al pronunciar su fallo en este último carácter, si bien coincidió en cuanto a dar por plenamente probada la materialidad de los ilícitos mencionados, aludiendo incluso a la existencia de una sistemática de terror dentro de las cárceles durante aquel período, consideró que carecía de elementos de juicio suficientes como para reprochar puntualmente a tales encausados la responsabilidad por el hecho en cuestión, y los absolvió de culpa y cargo. Más aun: me remitió fotocopias de lo actuado para que, en caso de considerarlo oportuno, adoptara algún temperamento.

Dado que su propia resolución vedaba un nuevo juicio sobre los acusados, y por razones de competencia en razón de la materia, elevé esos testimonios a la Justicia Federal en lo Criminal y Correccional, en pos de la investigación de responsabilidades de nivel superior al de la dirección de la unidad. Poco después se me informó que tales actuaciones habían sido archivadas.

En épocas en que se procesa a ex magistrados y funcionarios por acciones u omisiones penalmente relevantes, sucedidas en el período dictatorial, es justo reivindicar a quienes, como el prematuramente desaparecido doctor Carlos Oliveri, supieron actuar con integridad y coraje cívico frente al espurio poder establecido. Y, paralelamente, rescatar la valentía de ese conjunto de ciudadanos que, sujetos aún al redoblado rigor penitenciario, testimoniaron sobre el martirio de Jorge Toledo.

* Juez y profesor universitario

domingo, 12 de octubre de 2014

Isabel Valencia y Horacio Fernández.

“Trilce”
Por José Luis Mangieri

Isabel Valencia y Horacio Fernández.
Militantes activos por un país mejor en la dorada década del ´60 cuando creíamos que a la vuelta de la esquina nos esperaba la historia con los brazos abiertos y nos pegamos un frentazo con 30.000 desaparecidos, miles de exiliados en el exterior y otros milespadeciendo el exilio interior.

Eran dueños de la excelente librería“Trilce” en la avenida Independencia la tres mil, pegadita a la Facultad de Filosofía yLetras. A Isabel la secuestraron y la desaparecieron el 17 de octubre de 1976*en su librería delante de si hijito Camilo (nombrado así en homenaje a CamiloTorres). Isabel era de armas llevar y de poner el cuerpo. Su librería era un lugar mitológico de encuentro de la militancia universitaria, aquella que también puso el cuerpo sin retaceos. Para Isabel, montonera y peronista, aquel17 de octubre fue el punto de partida de su deambular por los centros detortura: el Moyano, la ESMA. AbelLanger, hoy conocido psicólogo, la rastreó por cielo y tierra hasta que LilaPastoriza –también secuestrada en la ESMA– nos hizo llegar el mensaje terminal: “No la busquen más…”.

A Horacio lo quisieron levantar en su casade la calle Colombres en abril del ´77. Tenía una escopeta de caza y se resistió a los tiros. Militaba en la FAL(Fuerzas Armadas de Liberación); también Camilo estaba presente.

Aquella librería “Trilce” tenía un cadete, un pibe, uno más de los que la frecuentábamos diariamente: el Chacho Álvarez,que ya militaba en política buscó afanosamente a Camilo para ayudarlo. Camilo debe andar por los casi 40 años. No sé qué recuerdos tendrá de sus padres militantes ni de los amigos y compañeros que frecuentábamos “Trilce”.

Hoy los rescatamos en esta foto, jóvenes, alegres, entusiastas en su ámbito laboral. Todos éramos jóvenes, todos éramos alegres. Ahí nomás estaba el Mayo francés, la revuelta del estudiantado antiautoritario alemán que dirigía Rudy Dutschke, los hippies norteamericanos que ayudaron al retiro de las tropas de Estados Unidos de Vietnam. Estaban el Che, la China de Mao, Corea del norte, Vietnam y el hervidero de Latinoamérica.

Y estaba Isabel y Horacio en el imán de lalibrería “Trilce”.

En estas líneas no hay melancolía.Simplemente memoria histórica sobre Isabel y Horacio que, como los comuneros de París, fueron al asalto del cielo.

* La fecha de desaparición de Isabel Valencia fue el 12 de octubre de 1976, hace 38 años.

(Extraído de “Treinta ejercicios dememoria. A treinta años del golpe”, Eudeba: Ministerio de Educación, Ciencia y tecnología, 2006.)

martes, 7 de octubre de 2014

Claudio Slemenson: El origen de un mito montonero

Las versiones sobre el secuestro y asesinato de Claudio Slemenson. La investigación y reconstrucción de su familia. La invención de Rodolfo Galimberti y la negativa a rectificarse de Martín Caparrós.

 Por Nicolás Baintrub *

Primera muerte de Claudio Slemenson

Claudio Slemenson murió durante un tiroteo. Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires y estudiante de Agronomía, con apenas 20 años Claudio era miembro titular del Consejo Superior del Movimiento Peronista Auténtico y delegado nacional de la Unión de Estudiantes Secundarios (U.E.S.). En octubre de 1975, viajó a Tucumán para mantener reuniones vinculadas con su militancia política estudiantil. El 4 de ese mes, a las 13, Raúl Trenchi lo pasó a buscar con su camioneta Rastrojero por el hotel donde se hospedaba y lo llevó a su casa, ubicada en la calle Alsina 74. Trenchi, según consta en las actas del procesamiento a raíz del Operativo Independencia, era un comerciante tucumano de 24 años que militaba en la agrupación Montoneros y vivía con su mujer, Nora Montesinos, con quien tenía una hija de diez meses. Ocho hombres que portaban armas, algunos vestidos de civil y otros ataviados con uniformes militares, irrumpieron en la vivienda y dispararon a matar. Nora Montesinos y su beba no sufrieron heridas, pero Raúl Trenchi y Claudio Slemenson murieron durante el tiroteo.
Segunda muerte de Claudio Slemenson

Claudio Slemenson murió cuando una bomba voló la camioneta Rastrojero en la que circulaba. Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires y estudiante de Agronomía, con apenas 20 años Claudio era miembro titular del Consejo Superior del Partido Peronista Auténtico etcétera etcétera. En octubre de 1975 viajó a Tucumán para mantener reuniones vinculadas con su militancia etcétera etcétera. Agentes de la Policía de San Miguel de Tucumán hallaron los fierros retorcidos de lo que antes de que explotara la bomba había sido una camioneta Rastrojero. Entre los escombros lograron distinguir cinco cuerpos, de los cuales sólo pudieron identificar el de Claudio Slemenson, cuyo prematuro final fue causado por la explosión de un artefacto de fabricación casera.
Tercera muerte de Claudio Slemenson

Claudio Slemenson murió asado en una parrilla. Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires y estudiante de Agronomía, con apenas 20 años Claudio era miembro titular del Consejo Superior del Partido Peronista Auténtico etcétera etcétera. En octubre de 1975 viajó a Tucumán para mantener reuniones vinculadas con su militancia etcétera etcétera. Algunos compañeros le recomendaron que no acudiera a los encuentros porque la situación estaba muy difícil y él ya había sido identificado, pero Claudio hizo oídos sordos a las advertencias. Según cuentan Martín Caparrós y Eduardo Anguita en su libro La Voluntad, la historia siguió así: “A Claudio se lo llevaron a un cuartel y lo asaron lentamente en una gran parrilla, para que hablara, y Claudio se murió quemado sin cantar ni una cita”.
Adriana y Mariana

“Disculpame por el desorden, pero mi hijo se está mudando y la casa es un caos total”, dice Adriana Slemenson, melliza de Claudio, en la puerta de su casa del barrio de Colegiales casi cuarenta años después de la desaparición de su hermano. Caos total: uno espera encontrarse con la escenografía de una película postapocalíptica, con ropa tirada en el suelo, libros desparramados, mesas patas para arriba. Pero no, la escena ni siquiera parece propia de una mudanza: no hay cajas apiladas, ni vajilla embalada en el irresistible plástico transparente de las burbujitas, no hay un solo mueble fuera de lugar. Lo que sí hay es un living cálido y apacible de techos altos, ventanales luminosos que dejan ver un jardín con pileta, algunos objetos antiguos en repisas, tres sillones y una mesa ratona. Y sobre la mesa ratona, un cuaderno anillado que contiene unas cien (¿ciento cincuenta?) páginas de fotocopias. Adriana es una mujer muy ordenada y prolija.
El cuaderno

Claudio Slemenson no murió en aquel tiroteo, ni murió cuando una bomba voló el Rastrojero en el que viajaba, y –a pesar de lo que dicen Caparrós y Anguita en La Voluntad, y que fue reproducido en muchos otros libros– tampoco murió asado en una parrilla por no cantar los nombres de sus compañeros. Lo cierto es que no se sabe cómo murió, porque está desaparecido. Mejor dicho: es un desparecido. Sin embargo, hay cosas que sí se saben. Pero eso se encargarán de dejarlo en claro Adriana –la ordenada y prolija Adriana– y Mariana, su otra hermana, la menor de los tres, que acaba de tocar el timbre.

Adriana dice que todo lo que se sabe de Claudio está en el cuaderno que reposa sobre la mesa ratona. Ni en los libros, ni en las leyendas populares: está en el cuaderno. Y en la causa. A partir de ese momento, el cuaderno cobra vida y se hace imposible quitarle la mirada. Su tapa es de una especie de acetato transparente que deja ver la primera carilla: es una foto en blanco y negro oscurecida por una fotocopia de mala calidad, donde se adivina un Claudio joven y bien parecido, de mirada perspicaz, que sonríe hacia la cámara.

El cuaderno tiene una historia: es la historia de Claudio pero también la de Mariana y la de Adriana, y la de Alberto y Aída, sus padres ya fallecidos, y la de todos los Slemenson. Es la búsqueda de una familia, y la documentación, prolija y ordenada, de esa búsqueda.
Las versiones falsas

Las primeras dos versiones de la muerte de Claudio en realidad no revisten mayor importancia. Prácticamente nunca nadie las creyó y fueron más producto de confusiones y malentendidos que de operaciones deliberadas para tergiversar la verdad. La historia del tiroteo fue la primera que oyeron los Slemenson cuando desapareció Claudio, pero quedó rápidamente desestimada porque no tenía asidero. La de la explosión del Rastrojero, tampoco. Aunque le costó a Alberto y Aída algún viaje a Tucumán –alguno más, de los varios que ya habían hecho– y una pequeña pero seguramente tortuosa investigación, que los llevó a descubrir que el vehículo que había explotado no era un Rastrojero o quizás ni siquiera había explotado ningún vehículo, sino simplemente había chocado luego de una especie de raid delictivo que nada tenía que ver con su hijo.

También circularon otras teorías apócrifas. El cura Emilio Gra-sselli (¡ay!), por ejemplo, dijo que Claudio seguramente se había fugado con una chica, mientras que había quienes aseguraban que estaba internado en el Borda. De la búsqueda de Alberto y Aída por los pasillos del hospital psiquiátrico, Adriana y Mariana no dicen mucho. Huelgan las palabras.
El rumor de la parrilla: primera parte

La primera vez que Adriana escuchó la historia de la parrilla fue en boca del dirigente montonero Rodolfo Galimberti, en México. Corría el año 1980 y ambos estaban exiliados –Adriana había recibido la información de que los militares la estaban buscando–. “Tu hermano murió y lo quemaron vivo”, esas fueron, textuales, brutales, las palabras de Galimberti. “Igual yo lo escuché, y así como me lo dijo, lo olvidé. Fue como si no me hubiera dicho nada.”

La segunda vez fue en 1983, en la sala de espera de un CELS atiborrado de gente que, como ella, con la vuelta a la democracia acudía ávida de información, de denuncias, de datos sobre sus familiares desaparecidos. Esta vez fue Juan Martín, otro militante montonero, quien se lo dijo. Juan Martín jamás declaró esta versión frente a la Conadep ni en ninguno de los juicios.

Por lo general es imposible determinar dónde nacen estos mitos que luego quedan arraigados en la cultura (y la literatura y el periodismo) popular como verdades reveladas. No obstante, esta vez sí fue posible. Gracias al sentido común, a una periodista honesta y a dos hermanas que parecían ser las únicas en querer conocer la verdad.
Sentido común

Mariana leyó La otra Juvenilia, donde decía que Claudio había sido brutalmente torturado por no delatar a sus compañeros. El dato le llamó la atención porque ella nunca había escuchado nada parecido –Adriana no le había contado la historia de Galimberti ni la de Juan Martín– y además no constaba en la causa. De todas formas, cualquier nueva información era bienvenida, y les escribió a los autores para ver si ellos sabían algo que ella no, algo que pudiera explicar qué había sucedido con su hermano. Pero Santiago Garaño y Werner Pertot no sabían nada nuevo, simplemente habían leído eso en La voluntad. Entonces Mariana corrió hasta la librería más cercana, pidió el libro, buscó en el índice la S de Slemenson y leyó que “a Claudio se lo llevaron a un cuartel y lo asaron lentamente en una gran parrilla, para que hablara, y Claudio se murió quemado sin cantar ni una cita”. Ni siquiera compró el libro.

Sentido común: si alguien podía escribir con lujo de detalles el final de la vida de Claudio era porque tenía que haber testigos que lo hubieran visto. La respuesta de Caparrós, cuenta Mariana, fue que él no iba a revelar sus fuentes, que qué se creía ella, que la historia no se escribe con testigos, que era algo que él había escuchado.
La verdad

En este punto hay que volver hacia atrás, hasta el cuaderno sobre la mesa. El cuaderno nace alrededor de 2008, pero su gestación se remonta a 1975. Luego de la desaparición de Claudio, sus padres iniciaron una búsqueda incansable: visitas a diputados y senadores de los distintos sectores políticos; telegramas a las autoridades nacionales (desde Isabel Perón hasta Videla, pasando por todos los jueces y ministros habidos y por haber); cartas a la Cruz Roja Internacional, a Amnesty Internacional, al Comité Rusell, entre otras organizaciones; pedidos al Episcopado argentino; gestiones en Inglaterra, Italia, Suiza y Francia; solicitadas en los diarios de mayor tirada; numerosas interposiciones de recursos de hábeas corpus. Toda esa documentación –que Adriana se ocupó de encontrar entre las pertenencias de su madre, quien, pasados treinta años de la vuelta a la democracia, la mantenía escondida por miedo, y luego de ordenarla y anillarla en su prolija carpeta–, toda esa documentación, decíamos, sumada a los testimonios en la Conadep y en la Megacausa Operativo Independencia, es la verdad de Claudio.

Y Claudio era un joven egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires y estudiante de Agronomía que, con apenas 20 años, era miembro titular del Consejo Superior del Movimiento Peronista Auténtico y delegado nacional de la Unión de Estudiantes Secundarios (U.E.S.). En octubre de 1975, viajó a Tucumán para mantener reuniones vinculadas con su militancia política estudiantil. El 4 de ese mes, a las 13, Raúl Trenchi lo pasó a buscar con su camioneta Rastrojero por el hotel donde se hospedaba y lo llevó a su casa, ubicada en la calle Alsina 74. Ocho hombres que portaban armas, algunos vestidos de civil y otros ataviados con uniformes militares, irrumpieron en la vivienda, secuestraron a Claudio y a Trenchi, y dejaron encerradas en el baño a Nora Montesino, la esposa de Trenchi, junto con su beba. El operativo continuó hasta una segunda casa en donde el mismo grupo secuestró a Amalia Moavro (embarazada de cinco meses) y a su pareja, Héctor Mario Patiño. Se sabe que los cuatro permanecieron cinco días detenidos en la Jefatura Central de la Policía de Tucumán, donde fue visto estacionado el Rastrojero de Trenchi. Luego, según testigos presenciales, de carne y hueso, Claudio y Amalia fueron trasladados al centro de detención clandestino conocido como la Escuelita de Famaillá. Hasta allí llega el rastro de Claudio. Ni tiroteo, ni camioneta, ni parrilla.
El rumor de la parrilla: el origen

La periodista Adriana Robles, en su libro Los perejiles: los otros montoneros también había escrito que Claudio fue brutalmente torturado por no cantar los nombres de sus compañeros. Ella también lo había tomado de La Voluntad y de una especie de verdad que nadie cuestionaba. Una verdad por la que no era posible mencionar el nombre de Claudio Slemenson sin sentir escalofríos. “Yo decía, soy Adriana Slemenson, la hermana de... y todos hacían ‘uuuh’ y miraban como no sé qué. Y yo pensaba, claro, uuuh, Claudio...”. Pero la desaparición de un chico de veinte años, que es en lo que pensaba Adriana, no era suficiente. No: lo habían convertido en un héroe sobrehumano, en un ejemplo a imitar.

Adriana Robles se hizo cargo de lo que había escrito y comenzó a investigar para darle una respuesta a Adriana y a Mariana Slemenson. Así dio con Yuyo, otro militante montonero más en esta historia. Fue Yuyo, a través de una carta que le escribió a Adriana Robles, quien reveló el origen del mito: “(...) Pasados los años, descubrí que Galimberti era un gran fabulador y que inventaba esa clase de cosas para generar en la tropa las reacciones que pretendía, sin importarle demasiado la relación de sus dichos con la verdad. Tengo muchos ejemplos de cosas parecidas, que contribuían a la moral de combate pero era imposible que realmente las supiera. El sostenía que la verdad como concepto es inexistente y que eso le daba derecho a decir lo que se le antojara y fuera útil a sus fines. Esto no es una interpretación mía, sino sus propias palabras, dichas en innumerables charlas entre dos buenos amigos. Se reía de mí diciendo que yo creía en la verdad absoluta e inmanente, mientras él afirmaba que el propio concepto de verdad es sólo un artificio para obtener poder sobre las cosas. (...) Una vez lanzada la versión, nada ni nadie podría jamás hacerlo desmentirse a sí mismo. Y, para peor, todos lo repetíamos como idiotas. (...) Si tenés contacto con Mariana Slemenson, dale mis saludos”.

Nota: Durante la confección de este artículo me comuniqué con Martín Caparrós, quien no quiso responder ninguna pregunta sobre este tema. Por otro lado, tanto Adriana Robles como Santiago Garaño y Werner Pertot modificaron los pasajes referidos a Claudio Slemenson en las ediciones posteriores de sus respectivos libros. Las últimas ediciones de La Voluntad, en cambio, mantienen la misma versión. Según pudieron averiguar Adriana y Mariana Slemenson, la carta de Yuyo nunca fue publicada.

* Periodista.

jueves, 2 de octubre de 2014

UN POCO SOBRE PASTO SECO: LIONEL MAC DONALD

Lionel MacDonald había empezado como militante estudiantil en Santa Fe, hasta que el PRT comenzó a planificar lo que luego sería la Compañía de Monte “Ramón Rosa Jiménez” en Tucumán.

Así subió al monte, a principios del ’74, con un primer grupo “de exploración”, que abrió la posibilidad para que luego se sumaran nuevos contingentes de combatientes.
En diciembre, con la entrega de grados, adquirió el grado de Capitán, y según sus propios compañeros, “caminaba el monte como los dioses”.
Era uno de los encargados del trabajo político con los “contactos”, esto es, los pobladores que vivían (y algunos lo siguen haciendo) a la vera del cerro: por el rubio de su pelo, comenzaron a llamarlo “Pasto Seco”.

Descendiente de escoceses, su madre había sido la compositora de la marcha del ERP, mientras él seguía militando en la Compañía: allí permanecería, hasta que en junio del ’75 le correspondió la responsabilidad de dirigirla.
Luego del golpe de marzo del ’76, y ante la decisión de la dirección del PRT de desactivarla hasta mejores condiciones, pese a estar en desacuerdo, le cupo el trabajo de bajar a los militantes y avisarles a los contactos de las novedades.
En eso andaba, cuando lo sorprendió una patrulla del Ejército el 21 de octubre. Su padre, cuando fue a retirar sus restos a Tucumán, fue recibido por un Teniente Coronel que le entregó el cuerpo y lo felicitó “porque su hijo combatió tan valientemente como el mejor de los nuestros.”

LIONEL MAC DONALD, “PASTO SECO”, “RAUL”, por Raúl Lescano
Era uno de los principales compañeros. Fue el último responsable de la Compañía de Monte, en el ’76. Lo matan en un enfrentamiento, cuando estaba bajando, y se defendió hasta que se quedó sin balas. Eso fue luego de que el Partido diera la orden de disolver la Compañía. Incluso los milicos siempre hablaron de él con mucho respeto. Él fue quien me incorporó al PRT, más o menos para el ’68.

Había sido jugador de Colón de Santa Fe, hasta la cuarta división, como número nueve. Antes habíamos estado juntos en el equipo de Sunchales, que era de la liga regional, hasta que me voy a Ferrocarril Oeste de Santa Fe y él a Colón. Y después, cuando el PRT lo traslada a Rosario, jugó en Newell’s. Se hacía tiempo para jugar al fútbol. Y en la cárcel, del ’71 al ’73, también jugábamos, cuando estuvimos en Resistencia y en Encausados. A él lo largan el 11 de marzo, previo a las elecciones, porque no tenía PEN y hacía rato que había cumplido su condena.
Sus restos fueron restituidos desde el cementerio de San Miguel de Tucumán hasta el de Santa Fe. Llevamos la urna al “Lugar de la memoria”, que es un árbol grande, que tiene alrededor como una maceta de mármol, donde se introducen las urnas. Cuando se hizo eso, se preparó un acto con la familia y los compañeros, donde me pidieron que hable, porque lo conocía desde que éramos chicos, desde el colegio.

Estrella Roja N° 89, 14 de diciembre de 1976
“Consternados, doloridos ante la muerte de nuestros camaradas, rendimos hoy homenaje a quien ha sido un soldado de su pueblo y un jefe indoblegable para sus soldados.
Siempre atento y preocupado por los problemas de las masas, hacia donde se orientó su pensamiento y acción, imbuido del espíritu del pueblo tucumano, conociendo sus necesidades y sus costumbres, supo ser uno de ellos.

Enseñando con el ejemplo de humildad y sencillez dotado de una moral inquebrantable y una voluntad sin límites, llevó adelante la lucha del pueblo tucumano hacia su liberación.
Conciente de la necesidad de organizar y construir para ello un poderoso ejército regular supo ponerse al frente de sus hombres venciendo cualquier dificultad, formando permanentemente a sus soldados, educándolos, conociéndolos profundamente. Supo llegar con la crítica fraterna, con la palabra de aliento o la palmada calmosa y calar muy hondo en el alma de sus hombres, narse el cariño y el respeto de todos los que lo conocieron, los que tuvimos el privilegio de estar bajo su mando y de su pueblo que tanto amó.

Querido camarada Capitán Raúl, tu nombre es bandera de lucha, tu ejemplo de valor y sacrificio nos guiará junto a nuestro Comandante Jefe por el camino de la victoria hasta el triunfo final.

¡EL CAPITÁN RAÚL VIVE EN EL CORAZÓN DE SUS SOLDADOS Y DE SU PUEBLO!
¡COMANDANTE SANTUCHO A LA ORDEN, HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!

martes, 16 de septiembre de 2014

A 38 años del secuestro de los estudiantes secundarios en La Plata

jueves, 7 de agosto de 2014

Homenaje en el Colegio Nacional Bs.As.: La despedida a LILA

Los restos de Lila Epelbaum, secuestrada en 1976, fueron identificados por el EAAF y serán enterrados el domingo. Hoy se hará una jornada en la escuela donde ella estudió.

Lila Epelbaum, hija de una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, fue secuestrada en Punta del Este el 4 de noviembre de 1976 junto a su hermano Claudio. Trasladada a la Argentina, fue vista por última vez en cautiverio en el centro clandestino Brigada Güemes y enterrada en una fosa común del cementerio de Avellaneda. De allí la exhumaron miembros del Equipo Argentino de Antropología Forense, que este año confirmaron su identificación. Los restos de Lila, que tenía 20 años, serán enterrados este domingo en el cementerio de La Tablada junto a los de su mamá, Renée Yoyi Epelbaum. Pero la despedida comenzará hoy en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde hizo el secundario. La jornada de memoria y reflexión, denominada “Hoy podemos despedir a Lila”, es organizada por el colegio, su centro de estudiantes, Madres de Plaza de Mayo - Línea Fundadora, además de familiares y compañeros.

El caso de los hermanos Epelbaum se enmarca en el Plan Cóndor, la coordinación represiva de las dictaduras del Cono Sur. Claudio y Luis militaban en la Argentina en la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO). Luego de la de-saparición de Luis, el 10 de agosto de 1976 en Capital Federal, sus dos hermanos se refugiaron en un departamento de Punta del Este. Según la investigación de la Comisión de la Paz del Uruguay, equivalente a la Conadep argentina, Claudio y Lila fueron secuestrados el 4 de noviembre de ese año en el centro de Punta del Este, luego de hacer gestiones para sacar un pasaje en oficinas de la aerolínea Pluna. El portero del edificio donde vivían contó que ese día ambos pasaron a despedirse y que él había visto estacionados en la cuadra del edificio dos autos con patente argentina (una camioneta Ford blanca y un Torino marrón) con siete hombres de civil que luego siguieron a los hermanos. Si bien se desconoce con precisión qué fuerza intervino, se sabe que la represión en Uruguay estuvo a cargo principalmente del Organismo de Coordinaciones Antisubversivas (OCOA), cuyos miembros siguen impunes gracias a la Ley de Caducidad de 1985.

Lila y Claudio fueron trasladados de Montevideo a Buenos Aires en un vuelo de Pluna el 8 de noviembre, luego de cuatro días en un lugar no identificado. Aquí fueron vistos en Brigada Güemes o Protobanco, en Camino de Cintura y Riccheri, centro donde operaban represores del Ejército y la policía bonaerense. Allí, según la investigación del juez Daniel Rafecas, fueron confinados los militantes de Poder Obrero.

Entre los más de 300 cuerpos exhumados de Avellaneda, el EAAF identificó los restos de Lila y de uno de sus hermanos, que habían sido enterrados como NN.

El domingo a las 9, los familiares y compañeros de Lila partirán desde Corrientes y Acuña de Figueroa rumbo al cementerio de La Tablada, donde está enterrada Yoyi, fallecida en 1998. La jornada de hoy en el Colegio Nacional comenzará a las 10.30 con el recibimiento de los restos y palabras de los organizadores. A las 13 empezará el panel “Historia, memoria e identificación”, integrado por los historiadores Victoria Basualdo y Federico Lorenz, y Patricia Bernardi del EAAF. A las 16 se iniciará el panel “Juventud y dictadura” a cargo de Werner Pertot, periodista de Página/12 y co-autor de La otra Juvenilia, sobre los desaparecidos del Nacional Buenos Aires, a quien acompañarán ex compañeras y compañeros de Lila. El acto de cierre comenzará a las 17.30.

lunes, 21 de julio de 2014

Los secuestros y desapariciones de trabajadores de ASTARSA durante la dictadura

“Hubo connivencia de la patronal”

El ex dirigente gremial de Astilleros Astarsa Juan Sosa cuenta cómo, a comienzos de los ’70, los trabajadores lograron “el control obrero de la fábrica” y dice que los empresarios y la burocracia sindical “se tomaron revancha” con las Fuerzas Armadas.

 Por Ailín Bullentini

Todas las tardes, Juan Sosa se sienta a mirar por la gran ventana del departamento porteño en el que aterrizó tras más de 30 años de exilio. Y se lamenta. “Todos mis compañeros y sus familiares haciendo fuerza allí y yo acá con esta pata mala.” Una fractura “tonta, de lo más tonta”, de tibia y peroné, lo obligó a operarse y a guardar reposo, por lo que no puede presenciar el juicio que se está desarrollando en los tribunales de San Martín sobre crímenes cometidos durante la dictadura en el centro clandestino de Campo de Mayo. Cuando el cuerpo frena es la cabeza la que toma velocidad para revolver recuerdos. La de Juan Sosa lo transporta a sus días de Chango, a sus horas en el frío de los talleres del Astilleros Astarsa, de estrategias para poner la política a disposición de los trabajadores y de reivindicaciones increíblemente logradas. “Nosotros llegamos al control obrero de la fábrica y ese quite de soberbia a la patronal, esa torcedura de brazo que le hicimos, los dejó traumatizados, pero se la cobraron.”

Recién en el estreno de la democracia supo el Chango que de muchos de sus compañeros de fábrica y algunos también de militancia no se tenían rastros después de sus detenciones. La desaparición de 19 empleados de Astarsa está siendo analizada por la Justicia de San Martín en un nuevo juicio por delitos de lesa humanidad. El zafó por poco y logró salir del país. Sin embargo, la desaparición de muchos de los suyos no es lo que le atora el hilo del relato, casi 40 años después, sino la descripción de los logros obtenidos junto a los que ya no están. Llora recién cuando la narración de su vida, ante el grabador de Página/12, llega a la toma del astillero, adonde él había ido a parar algunos años antes, con las ganas de “hacer política para lograr ubicar a la clase trabajadora en la vanguardia de la revolución”. Entonces, corría 1970.

“Integraba un grupo que se llamaba Los Obreros, supongo que porque el periódico que editábamos se llamaba así también”, contó. Era una agrupación “política, clasista, marxista y guerrillera”, aunque aguardaban por el surgimiento de “algo más grande” a lo que acoplarse. Más adelante llegaría Montoneros para satisfacer esa necesidad. De tal raíz ideológica la táctica que sus integrantes tomaron: involucrarse en diferentes fábricas para empezar a hacer política desde allí. El Chango buscó destino en el cordón industrial del sur del conurbano bonaerense, sin éxito. Por intermedio del hermano de un compañero de militancia llegó a Astilleros Argentinos Río de la Plata.

Astarsa, el astillero más grande de la zona norte del Gran Buenos Aires, dividía sus tareas entre industriales y navales. De ninguna Sosa sabía demasiado. “Había una escuelita de capacitación en donde iban formando a jóvenes obreros. Les enseñaban lo rudimentario, a leer algunos planos, a soldar, a cortar hierros, a esmaltar”, contó Sosa sobre su primer destino, que duraba un mes para todos los “nuevos” integrantes de la familia. Nada inocente: “De esa manera, la empresa se aseguraba mano de obra nueva. Despedía a una o dos personas cada 15 días y entraba gente nueva, cosa de que no se pudiera organizar ninguna agrupación, que los compañeros no se conocieran”, reveló. Al cabo de su mes de capacitación, su destino fue el de oficial en el área de Calderería.

La situación era brava. Unos quinientos empleados, presencia sindical “burócrata fantasmal” y “pésimas” condiciones de trabajo. “Los delegados respondían completamente a la dirigencia sindical y la actividad gremial en el astillero era la nada misma, nada más que algunas camarillas”, señaló y acusó: “Se dedicaban a apagar los reclamos, a frenar las medidas, a neutralizar la lucha”, que por entonces, si existía de tal forma, era no más que el germen de lo que después pudo lograrse.

Las condiciones en las que estaban los quinientos obreros encargados de construir y reparar buques, locomotoras y máquinas industriales eran “patéticas”. “El trabajo era infernal: un gran predio al aire libre, tanto en verano como en invierno, en el que sólo se manipulaba hierro. Al lado del río, un desastre. Por cada barco que se fabricaba morían uno o dos trabajadores, había una cantidad de enfermedades laborales, como la sordera, que no eran reconocidas”, recordó Sosa, que nunca fue delegado pero que alcanzó el rango de secretario general de la agrupación que logró la toma de los talleres, y acarició el liderazgo de todo el sindicato de navales de Zona Norte.

Todo comenzó con “pequeñas charlas con algunos compañeros”. Con la ternura de recorrer días en los que se tejían mundos nuevos, el Chango apuntó que los lazos los armó “tirando flechas cada tanto, tanteando para ver qué respondían los muchachos”. Pizzas al cabo de la jornada laboral, algunas noches de vino, historia política, movimiento obrero, lucha sindical, las injusticias marcadas en la carne propia. “De a poco fuimos armando el núcleo de lo que sería la 12 de Septiembre”, la agrupación que nació en el corazón de Astarsa, con varios canales de unión con Los obreros, que unos años después se sumarían a Montoneros, y que tras la maduración de la toma y el control de la empresa por los trabajadores se llamaría José María Alesio. Pero, antes, los despidos, las muertes y la asunción de Héctor Cámpora como presidente.

En plena efervescencia de alumbramiento, la 12 de Septiembre intentó competir en las elecciones sindicales. No sólo fue derrotada “por pocos votos y errores propios”, sino que Astarsa despidió a varios de los trabajadores “por su actividad sindical fuera de la burocracia”, plena evidencia de la connivencia entre patronal y jerarcas gremiales bastante antes de los señalamientos, las listas y la dictadura. No obstante, la pulseada culminó con un delegado propio, Martín “Tanito” Mastinú, y un contacto vasto de “confianza y respeto” con otros astilleros, como Mestrina, Forte, Pagliettini. “Ya todos nos conocían como compañeros de la agrupación.”

El incremento en el nivel de ebullición acompañó el paso del tiempo, como si la historia misma supiera que hay hitos que deben suceder juntos. “Dos o tres días antes de la asunción de Cámpora, José María Alesio, un compañero, se accidentó en el doble fondo de un barco que estaban construyendo. Había habido una explosión y de allí salió en llamas. No había ni camilla, en un tablón lo sacaron los compañeros y lo llevan al Instituto del Quemado”, relató Sosa. Tres o cuatro meses antes, otro trabajador se había caído de una grúa y había muerto en el acto. “¡Hay que tomar el astillero!”, insistió, desde afuera, el Chango. Para convencer a los obreros que aún permanecían en tareas, los reunió con trabajadores de la planta Fiat, de Córdoba, que habían vivido una experiencia similar. El primer paso en Astarsa fue el paro. El herido, grave, continuaba internado. “La burocracia sindical llegó el 25 de mayo a la fábrica con la intención de levantar el paro e ir a conciliación obligatoria con la empresa. Decían que el compañero se estaba reponiendo, pero era mentira. Ya estaba muerto”, relató entre lágrimas. El vaso también rebasó entonces, entre los trabajadores. Esa noche, uno de ellos llamó a Sosa por teléfono: “Chango, venite que tomamos el astillero”. La administración de la empresa y algunos de sus dueños fueron tomados de rehenes. La 12 de Septiembre pasó a llamarse José María Alesio.

Los reclamos hacia la patronal eran varios: el despido del ficticio cuerpo de seguridad de Astarsa, “un médico que repartía aspirinas sin protocolo para accidentes y el cuidado para los trabajadores”, fue el primero y principal. Luego se sumaron la composición de un cuerpo de seguridad, salubridad e higiene integrado por trabajadores con inmunidad gremial, el pago de todos los días de huelga, la reincorporación de despedidos “por problemas políticos y gremiales en los últimos diez años”, la ausencia de represalias. No sólo el conflicto se ganó, sino que también hubo victoria en las elecciones de comisión gremial interna. Los delegados de la agrupación Alesio coparon las áreas de Astarsa y, por intermedio de una investigación de expertos de la Universidad Tecnológica Nacional, lograron probar que las tareas allí eran insalubres y, por tanto, reducir la jornada laboral a seis horas.

De allí, todo fue en picada hacia el peligro. “A partir de la toma, no-sotros crecimos, muchos compañeros de otros gremios venían a hablar con nosotros: Mattarazzo, Fate, Nesquik, Gilera, Ford, Terrabusi. En la zona éramos la vanguardia”, contó Sosa. Con esa potencia, intentaron disputar el sindicato, pero antes llegó la intervención dispuesta por el gobierno de Isabel Perón. “Eso encendió la luz de peligro. Con el sindicato intervenido y la Triple A acechando fuerte en las calles, empezamos a quedar aislados. Tras cartón, la patronal metió gente infiltrada de la CNU (Concentración Nacional Universitaria) en el astillero a trabajar. Ellos marcaron a todos los trabajadores que querían cambiar las cosas”, denunció.

Por su ruptura con Montoneros, Sosa había dejado Astarsa y Alesio a fines de 1975. Pero aún se veía con sus compañeros. “Los intenté convencer de que nos fuéramos del país, de que tomáramos una embajada, de que la cosa estaba realmente mala. No quisieron”, reveló. El 24 de marzo de 1976, el mismo día del golpe, el Ejército controló el ingreso de los obreros al astillero con nombre y apellido. Si alguno integraba la lista que le había otorgado a las Fuerzas la propia empresa, era detenido. No existe precisión de cuántos trabajadores fueron subidos ese día al camión del terrorismo de Estado. En el juicio que tiene lugar en los tribunales de San Martín por delitos de lesa humanidad cometidos contra obreros de astilleros y fábricas ceramistas durante la última dictadura militar, son 19 los casos de empleados de Astarsa desaparecidos que se están ventilando. Sus secuestros, no obstante, fueron cometidos fuera de la empresa.

El Chango zafó. Desde que rompió con Montoneros se mudó varias veces en la Ciudad de Buenos Aires, hasta que en abril de 1976 se fue del país. Estuvo en España, en Francia y en México. Regresó con la llegada de la democracia, y luego volvió a España. Vivió en Madrid 35 largos años, con una única convicción: el terror de las botas tuvo su impulso en los escritorios de las empresas. “Lo que habíamos hecho en Astarsa se estaba replicando y había que pararnos de alguna manera. La burocracia sindical, asesina como siempre, instó a que nos frenaran las Fuerzas Armadas en connivencia con la patronal. Se tomaron la revancha.”

lunes, 30 de junio de 2014

Familiares de víctimas de la dictadura hablan del Equipo de Antropología Forense que cumple 30 años

“Miran tu silencio, miran tu sonrisa”

El trabajo de los miembros del Equipo Argentino de Antropología Forense es destacado, tanto por su rigurosidad científica como por su calidez humana, por hijos y familiares de desaparecidos que, gracias al EAAF, pudieron saber qué pasó con sus seres queridos.

“Es una mirada que te escucha, están expectantes a tu reacción para responder.” La definición de la escritora Paula Bombara, que en 2012 se reencontró con los restos de su padre secuestrado en 1975, sintetiza un sentir común sobre los miembros del Equipo de Antropología Forense de los familiares de víctimas del terrorismo de Estado que, gracias al EAAF, pudieron cerrar el duelo iniciado durante la dictadura. “La tarea del Equipo es importantísima para los familiares. Aparte de su profesionalismo, tienen una calidad humana increíble. Les voy a estar agradecido de por vida”, confiesa Horacio Pietragalla, que mucho antes de ser diputado fue “el primer hijo en recuperar los restos de padre y madre”. El periodista Emiliano Guido, que gracias al EAAF pudo enterrar a su mamá, coincide en que “es un grupo humano excelente, además de ser muy profesionales”, y recuerda en particular el trabajo de investigación con el que se encontró la primera vez que se acercó al Equipo, que por estos días celebra sus treinta años de trayectoria.

“Mi primer contacto con el Equipo fue al mes de recuperar mi identidad en 2003. Estaban trabajando en una fosa común del cementerio de San Vicente, Córdoba, y tenían la certeza de que mi papá estaba ahí. Estaban exhumando y tenían muchos indicios, restos de un hombre de casi dos metros, por lo que me piden una muestra de sangre”, recuerda Pietragalla. “Si bien hacía poco que había recuperado la identidad, enseguida empecé a trabajar con Abuelas, así que tenía claro el tema, por eso la confirmación llegó por teléfono”, agrega. “Ir a Córdoba, buscar los restos y enterrarlos en un cementerio junto a los de mi hermano Pablito, a quien no llegué a conocer, fue muy fuerte.”

El segundo capítulo fue al año, cuando recuperó los restos de su madre. “Después de que la matan, mi abuelo hizo muchas averiguaciones, supo que me habían sacado de esa casa y que la habían enterrado en el cementerio de Boulogne. Hizo la denuncia y en 1984 se hicieron exhumaciones, pero no había tanta experiencia en el ámbito de la antropología: se mandaron los cráneos a La Plata, se mezclaron con otros y se perdieron. Con las leyes de impunidad las investigaciones se interrumpieron. Pero parte de los restos quedaron en un depósito, en 2004 el EAAF logró recuperarlos. Con la información que figuraba en la causa y mi muestra de sangre se confirmó la identidad y pude recuperar los restos. Tuve mucha suerte, era el primer hijo que recuperaba los restos de padre y madre. Hoy hay varios casos”, celebra.

“La tarea del Equipo es importantísima para los familiares. Aparte de su profesionalismo tienen una calidad humana increíble. Les voy a estar agradecido de por vida”, dice Pietragalla. Para graficar esa humanidad cuenta que “cuando me avisaron la identificación de mi mamá yo recién me había separado, vivía en un hotel, y fue tanta la euforia que agarré la camioneta, me metí en el Edificio Libertador y me subí a una tanqueta a gritar ‘hijos de puta’. Tenía necesidad de descargarme. Se los conté a ellos y me vinieron a ver varias veces, casi con culpa por si me lo habían dicho bien o no. Y siguieron preocupados por ver cómo seguía. Yo los quiero mucho y tiene que ver con eso, con cómo son con los familiares, cómo se preocupan después de dar la noticia. Respetan todo lo que uno quiera hacer y después de todo ese proceso no se olvidan, son muy cálidos”.

La investigación previa

Raúl Guido y Silvia Giménez fueron secuestrados en junio de 1976, cuando su hijo tenía 15 meses. “Mi primer contacto con el EAAF fue a partir del documental Tierra de Avellaneda, que me prendió la luz sobre ese camino, ya que no tenía idea que se podía lograr la recuperación de los huesos”, relata Emiliano Guido, que entonces militaba en Hijos La Plata. De su primera visita al Equipo recuerda el trato, pero sobre todo el impacto al ver el trabajo previo. “Hicieron una búsqueda en una base de datos para intentar reconstruir qué había pasado con mis viejos después de los secuestros. Ahí me di cuenta de que tenían una muy buena investigación. A partir de unos pocos datos se dieron cuenta de que el caso se inscribía en un secuestro mayor: ese día en Mar del Plata habían caído nueve compañeros del PRT y todo daba a entender que habían terminado en el Pozo de Banfield y que, igual que con muchos chupaderos de zona sur, podían haber sido enterrados como NN en el cementerio de Avellaneda”, relata Emiliano, periodista del diario Miradas al Sur.

Durante años, después de dejar su muestra de sangre, lo contactaron para chequear datos sobre los militantes caídos junto a sus padres. En 2006 llegó el llamado: la identificación de los restos de Silvia, exhumados de una fosa común en Avellaneda. Luego llegaría la decisión del homenaje a la militante que fue su mamá en el cementerio de La Plata, del que participaron miembros del EAAF. “Fue en todo momento un grupo humano excelente, muy profesionales”, destaca.

“Contestar desde el saber”

Daniel Bombara fue secuestrado en Bahía Blanca a fines de 1975. Su hija estaba convencida de que nunca lo encontraría, pero una mañana de 2008, informada de la campaña para que todos los familiares de desaparecidos se hicieran una extracción de sangre, fue el Hospital Tornú y dejó su muestra. “Una botellita al mar”, recuerda Paula, que además de escribir literatura infantil es bioquímica y había leído sobre el trabajo del EAAF mientras estudiaba genética. Tres años después recibió “el llamado”: “Te hablo del EAAF, te queremos ver”.

“Dije ok, no pregunté nada. Sabía que si la muestra se hubiera arruinado me lo habrían dicho. Fue casi una certeza de que lo habían encontrado y entendía que no me lo dijeran por teléfono”, rememora. Por esos días escribía para el libro ¿Quién soy?, sobre nietos recuperados y reencuentros, y estaba citada a declarar como testigo en el primer juicio por delitos de lesa humanidad en Bahía Blanca.

“Decidí no contarle a nadie, necesitaba tiempo, así que fui al EAAF sola. Me encontré con personas súper amables, extrañadas de que no hubiera hecho preguntas. En esa charla, el 16 de junio de 2011, hice un montón de preguntas. Primero técnicas: me interesaba saber sobre el análisis y cómo se manejaban. Después detalles de la investigación, cómo lo encontraron, cómo llegaron hasta ahí. Me asaltaron preguntas que tenía hacía muchos años y por fin encontraba interlocutores que me podían contestar desde su saber, desde investigaciones. Estaba viviendo un imposible, era una sensación de alegría, estaba feliz”, recuerda.

Seis meses después, concluidos los trámites judiciales, volvió al Equipo “a buscar la cajita con los restos de mi viejo”, a quien junto con su mamá decidieron cremar y enterrar las cenizas en la Iglesia de la Santa Cruz. La relación con el EAAF siguió: en marzo último la convocaron, junto con otros familiares, a participar de la pintura de un mural en la ex ESMA, donde funcionará el Banco de Sangre de Familiares.

“Aprecio lo que hacen desde un montón de lugares”, confiesa. “El trabajo científico es súper interesante. Son trabajos interdisciplinarios, eso es riquísimo para el aprendizaje de las ciencias. Más allá de la especificidad de mezclar lo social con lo científico se vinculan con poblaciones y relatos, hay una cuestión sociológica y antropológica de rescate de culturas”, destaca Paula. “Desde el vínculo como familiar rescato la calidez y el saber escuchar. Es una mirada que te escucha. Miran tu silencio, miran tu sonrisa, están expectantes a tu reacción para responder. Es muy difícil comunicar esto, no sabés qué va a pasar con la persona que está recibiendo algo tan soñado. Pero tienen una disposición amorosa que es muy valorable.”

lunes, 23 de junio de 2014

Kasemann, pacifista o revolucionaria

 Por Sergio Bufano *

El sábado 7 de este mes, Osvaldo Bayer publicó en este diario un artículo sobre Elizabeth Kasemann, una joven alemana que fue secuestrada por la dictadura militar en marzo de 1977 y asesinada dos meses después, junto con otros quince militantes en Monte Grande. El crimen masivo fue presentado como un enfrentamiento con tropas del Ejército.

Bayer describe a Elizabeth como una “estudiante de Sociología que se dedicaba en Buenos Aires a estudiar el caso de nuestras villas miseria y dar ayuda a sus habitantes”. Reproduce, además, las declaraciones del ex ministro Klaus von Dohnanyi, quien afirma que “ella era una pacifista interesada por lo social y no se la podía sospechar de terrorista”.

“Como decimos –insiste–, Elizabeth realizaba trabajo social en las villas miseria de Buenos Aires. Y con la inglesa Diana Austin ayudaba a los perseguidos por la dictadura.”

No me cabe ninguna duda de que Bayer lo hace con las mejores intenciones; conozco, además, la labor que ha realizado para denunciar ese crimen, tanto en Alemania como en la Argentina. Publicó artículos, filmó una película, denunció al gobierno alemán por no haber intervenido para salvar su vida, y a la dictadura argentina por la barbarie cometida.

Sin embargo, quiero salir al paso de esa versión piadosa de una militante que participó activamente en la lucha de los años ’70. No he visto todavía la película que se estrenó en Alemania, que dirigió Eric Friedler y en la que participé activamente como testigo directo. Ignoro, por lo tanto, si el cineasta brinda en el film esa imagen de Elizabeth.

Sí puedo afirmar que la descripción de Bayer y del actual gobierno alemán no se ajusta a la realidad. La conocí en 1976 en una reunión en donde se preparaba una acción armada que iba a provocar, seguramente, una gran conmoción. Fui con ella a reconocer el sitio donde se desarrollaría, le expliqué cuál sería su papel y al cabo de una semana de preparación, viajes en tren, charlas y finalmente cenas, nos gustamos mutuamente. Ella estaba sola, y yo también.

Fue una hermosa relación de la que conservo alguna carta enviada por ella a su padre, en la que describe ese vínculo. Me atrevo, por lo tanto, a disentir con la evocación que la muestra como pacífica estudiante de Sociología. Elizabeth estaba clandestina, había militado en el PRT-ERP y participó en parte del operativo para reingresar a la Argentina, por Foz de Iguazú, a uno de los fugados de la cárcel de Trelew. Con otros compañeros se separó de esa organización por disidencias políticas, pero siguió militando en otro grupo político-militar.

Ella y yo decidimos que la acción en la que estábamos embarcados y que íbamos a protagonizar era inhumana. Que no podíamos hacerla sin violar principios éticos que nos hubieran convertido en personajes que no queríamos ser: parecidos a los militares. Decidimos, entonces, mentir a la dirección nacional y boicoteamos el operativo. Si narro este episodio es para que nos aproximemos a su personalidad y su conducta.

Elizabeth no fue una terrorista, como la describió la dictadura, y me consta que su experiencia en el uso de las armas era muy escasa, casi nula. Pero era miembro de una organización armada, estaba prófuga y dispuesta a usar la violencia, aunque con los límites que impone la conciencia moral.

Durante el Juicio a las Juntas, los testigos se presentaban como miembros de organizaciones de superficie, ajenos a la actividad armada. Era natural ese comportamiento porque el sistema democrático era frágil, los militares conservaban el poder, y todavía costaba imaginar que en los siguientes treinta años perduraría la democracia. Existía temor, desconfianza, recelo.

Sabemos que en el ejercicio de la memoria siempre aparecen las necesidades del presente. En 1985 era legítimo renegar de un pasado revolucionario y “mostrar” apenas una faz de la militancia. Aquel presente lo imponía. Hoy ya no tenemos ese condicionamiento y podemos asumir quiénes fuimos, quiénes fueron.

Al cabo de tres décadas tenemos la obligación de exponer la verdad y hacernos cargo de nuestro pasado. No sólo el pasado de los sobrevivientes sino también el de los muertos. La sociedad ya conoce el papel jugado por los militares de aquel entonces: sus crímenes, sus campos de concentración, sus torturas y desapariciones. No es necesario crear figuras bondadosas para demostrar la perversidad de la dictadura. Es obligación de los sobrevivientes respetar la identidad de las víctimas. Afirmar que Elizabeth era una “pacifista” que ayudaba en los barrios es un error. Porque no lo era. Porque, como toda esa generación, aspiraba a protagonizar una revolución socialista que acabara con la injusticia social. La tendencia a crear mitos que desdibujan la verdadera identidad de los que murieron se repite en la historia universal. Y hay que estar atentos para evitar la épica o la victimización.

Elizabeth no quiso abandonar la lucha. “La clase obrera no se exilia”, me dijo en diciembre de 1976, mientras me entregaba un pasaporte que me permitió partir hacia México. El 8 marzo fue secuestrada.

Inútil fue la denuncia presentada inmediatamente en la Embajada de Alemania en México. Fue como embestir una pared de acero: se lavaron las manos. La abandonaron cuando podrían haberla rescatado con vida. La denuncia contra el gobierno de Helmut Schmidt que formulan Bayer y Friedler es verdadera e ilustrativa. Porque hoy sabemos que la vida de ella fue entregada a cambio de un partido amistoso entre la selección alemana y la argentina. Y por la venta de armas y otros tantos negocios oscuros.

Si existiera un cielo y en él estuviera Elizabeth, puedo imaginarla furiosa con el gobierno alemán que permitió su asesinato. Y contrariada con quienes, aun con la mejor voluntad, convierten a la revolucionaria que fue en una estudiante solidaria que visitaba barrios pobres.

* Periodista y escritor. Director de la revista Lucha Armada.