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sábado, 1 de octubre de 2016

Rememorando dignidad... continuando con los principios y la lucha

Un escrache personal

Reconoció a Scheller, segundo del Tigre Acosta. Se le acercó y lo denunció en  público. La gente insultó al represor, que calló.

El capitán Raúl Scheller, o Mariano o Pingüino (camisa a cuadros), rodeado de amigos.
Respondió cuando lo llamaron por su alias. Después cruzó las manos y no dijo ni hizo nada más.

Por Felipe Yapur

Los dos hombres caminaron lo más rápido que podían por Rivadavia frente a la Plaza de los Dos Congresos sin decir una sola palabra. Cuando se alejaron unos metros de la esquina de Rodríguez Peña, se dieron vuelta y miraron hacia el bar Start Café, y sonrieron. “Lo hicimos Quique, por fin lo hicimos. Escrachamos al asesino, al hijo de puta de Scheller. El que nos torturó”, gritó Carlos al tiempo que se abrazaba con su viejo amigo Enrique Fukmam. Parecían adolescentes pero no lo eran, son ex detenidos desaparecidos que descubrieron por casualidad al hombre que los torturó en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y, tras veinte años de espera, se encontraron con el capitán Raúl Scheller o Mariano o Pingüino, como se hacía llamar cuando personalmente torturaba a los desaparecidos. Le gritaron y se sacaron la bronca por la picana, la capucha y el asesinato de miles de personas que, como ellos, pasaron por el principal campo de concentración de la Marina y no tuvieron la suerte de sobrevivir.

“Pensar que esa bestia solía acercarme y llamarme ‘sojuzgado’. Ni por el número que nos daban cuando nos chuparon me llamaba. No te imaginás lo bestia que era cuando estaba desatado. Torturaba con una saña que el Tigre Acosta parecía un niño de pecho”, recordó Carlos, un ex militante montonero que pidió mantener su apellido en reserva y que permaneció detenido junto a su mujer Lita y su hijo Rodolfo de 20 días durante dos años y medio en la ESMA, mientras se apoyaba en una columna de luz. “Estoy tomando conciencia de lo que hice”, le aseguró a Página/12 sin poder contener las lágrimas y, haciendo un esfuerzo, intentó describir a Scheller: “Metía miedo, terror. Imaginate, todos los que estábamos allí temblábamos cuando teníamos puesta la capucha y escuchábamos su voz”.

El capitán Raúl Scheller supo muy bien cómo imponer el terror. Fue un alto oficial de inteligencia del grupo de tareas 3.3.2 que funcionó en la ESMA y el segundo del hoy prófugo Jorge “Tigre” Acosta. Fue el responsable de la desaparición de las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, tenía una lista con el destino de las mujeres embarazadas y de sus hijos. Hasta 1987 estuvo detenido con prisión preventiva rigurosa y fue desprocesado por la ley de Obediencia debida.

Ayer Scheller, el torturador, estaba compartiendo una mesa de café con cuatro amigos. Todos parecían ex colegas del marino y, tal vez, se habían encontrado para despedir el año. Hablaban tranquilos, serios y nada ni nadie los distraía. El grupo estaba ubicado en la primera mesa del bar, Scheller se encontraba frente a la puerta y sentado entre dos de sus camaradas. Estaba literalmente entrampado porque cuando se acercó Carlos no pudo moverse y aceptó casi con resignación que lo habían descubierto.

–¿Mariano?, –lo llamó Carlos desde la cabecera de la mesa.
–Sí.
Respondió débilmente y sorprendido el marino, entonces quedó petrificado. En ese momento Scheller se dio cuenta de que, tal vez por la impunidad de que gozó durante tantos años, había perdido los reflejos al responder al nombre de guerra que usó durante los años en que era el dueño de la vida y la muerte de los que pasaron por la ESMA.

Carlos ya no dudó y a los gritos lo escrachó: “Vos sos Mariano, el Pingüino, el capitán Schilling, sos el torturador de la ESMA, sos el maldito hijo de puta que me torturó”. Scheller o Schilling, como alguna vez se lo conoció, se mantuvo en silencio. Sorpresivamente sus cuatro compañeros también. Fue en ese momento que Enrique Fukmam, amigo de Carlos, viejo militante de la Juventud Peronista y ex detenido en la ESMA, lo encaró al torturador y le dijo: “¿No decís nada ahora, torturador?”, se dio vuelta y se dirigió a las otras mesas, “ustedes están compartiendo su comida con un asesino, con un secuestrador de embarazadas y de niños”. Nadie pudo abstraerse de lo que sucedía y algunos de los parroquianoscomenzaron a decirle: “¡Asesino!”. Los gritos llegaron hasta la calle que atrajo a los transeúntes que no dudaron en plegarse al escrache. 

Sólo dos voces se levantaron en favor del marino cazado. Primero fue uno de los camaradas de Scheller que atinó a levantarse y haciendo esfuerzo para no gritar les dijo a Carlos y a Quique: “Bueno, ya está. Ya se dieron el gusto, ahora váyanse”. Esto enardeció a los dos ex detenidos que volvieron contra el hombre que los torturó y fue en ese momento que se acercó el encargado del bar y con un sesgo de bronca les comentó: “Ya está, ya lo hicieron. ¿Están contentos?, bueno ahora les pido que se vayan porque ponen en riesgo mi laburo”.

Hoy Scheller integra la lista de los 152 militares que son investigados por el juez español Baltasar Garzón y ya no podrá tomar tranquilo café en los bares de Buenos Aires. Tal vez será por eso que hace poco pidió la baja a la Marina. Ya había tenido suerte en 1991 cuando lo ascendieron a capitán de navío. Aunque parece ser exactamente lo que es, es abogado, se recibió en la Universidad de Belgrano en 1992, pero no ejerce porque solicitó la suspensión de su matrícula. Carlos, por su lado, siente que está un poco más en paz: “Hace tiempo me topé con Alfredo Astiz en Mar del Plata y quedé paralizado. Sentí vergüenza por no haberle dicho nada. Cuando lo vi a Scheller no dudé, no niego que tuve miedo pero recordé el día que me torturaron y por no hablar me pusieron a mi hijo de 20 días sobre mi cuerpo y nos dieron picana”. Después, Carlos se disculpó, apagó su cigarrillo número diez en una hora y se marchó porque debía seguir trabajando.
 

sábado, 1 de junio de 2013

CENTROS CLANDESTINOS. AYER Y HOY Lordkipanidse: “En ese lugar, nuestros compañeros dieron su último combate”

Convocados por la Comisión de Vecinos por Memoria Verdad y Justicia en Campomar, referentes de organismos defensores de derechos humanos hablaron de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio que funcionaron durante la última dictadura militar en Argentina.

El miércoles último se realizó en la Legislatura porteña la charla “Centros clandestinos. Ayer y hoy”, organizada por la Comisión de Vecinos de Campomar. Coordinó el periodista Lisandro Martínez y el legislador Alejandro Bodart se solidarizó e instó a que los salones de la Legislatura estén al servicio de las luchas populares.

Juan Ayala, miembro de la Comisión de Vecinos por Campomar y periodista, habló de la situación de la exfábrica textil Campomar de Valentín Alsina. Hizo referencia al escaso acompañamiento por parte de la Justicia, el Estado y el Equipo de Antropología Forense: “Se señalizó la comisaría tercera de Valentín Alsina -a tres cuadras de Campomar- y no se habló ni de investigar a los policías involucrados ni a Campomar, cuando estoy convencido que este es el centro clandestino 30 del circuito Camps.”

Entre otras cosas se refirió al compañero exdetenido desaparecido que testificó en dos oportunidades haber estado en Campomar: “Ni siquiera se lo llamó a reconocer el lugar como en cualquier pesquisa policial. ¿Quién hizo eso? Nosotros y ahí recordó otras tantas cosas (…), sin embargo, su querella fue rechazada.”

A continuación habló Julio Avinceto, miembro de H.I.J.O.S La Plata, quien marcó en el mismo hilo que “la investigación la hacen los sobrevivientes, los organismos de derechos humanos, la sociedad organizada pero nunca el Estado”. Como ejemplo de esta afirmación citó dos casos emblemáticos. En la Brigada de Infantería y Marina 3 en La Plata hace más de 20 años se conocen las denuncias de torturas, asesinatos, e incluso apropiación de recién nacidos, sin embargo no sólo no se investigó, sino que se construyó la nueva sede de la Universidad de La Plata, demoliendo el Centro Clandestino, sin siquiera cumplir la promesa de construir una plaza de la memoria.

El segundo caso es el exdestacamento de Arana, centro clandestino del circuito Camps, probado en el correspondiente juicio ya terminado, uno de los lugares donde estuvo detenido Jorge Julio López. Ante el anuncio del Equipo de Antropología Forense de haber hallado 10000 fragmentos óseos (lo que luego posibilitó la identificación de 30 compañeros) en plena campaña electoral 2010 el gobierno provincial montó sobre la excavación una jaula de metal y vidrio para exponer los restos humanos de los compañeros. Como dijo el compañero Julio de HIJOS, una política de derechos humanos de “circo y negocios”.

A continuación, el exlegislador porteño Marcelo Parrilli hizo un recorrido histórico, marcando que los centros clandestinos de detención no se inician en la dictadura sino durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón, con la triple A, con “el campito” en Campo de Mayo y el centro montado en Acindar durante el operativo “serpiente roja del Paraná”.

Luego hizo un análisis de las dificultades para juzgar todos los crímenes cometidos y remarcó que el genocidio se realizó con el “encubrimiento y participación de los partidos tradicionales, la iglesia y la burocracia sindical. (...) Videla avisó en el ‘75 a todos, como dijo recientemente en su juicio, lo que iba a hacer, todos lo supieron y todos lo capitalizaron deshaciéndose de los sectores más contestatarios.” En esta perspectiva es que “solo los sectores más combativos del campo popular pueden hacer avanzar esto.”

Por último tuvo la palabra Carlos “Sueco” Lordkipanidse, de la Asociación ExDetenidos Desaparecidos, quien destacó que lo que había era una red de centros clandestinos interconectados, y que “no habría podido funcionar un solo centro clandestino de detención para desaparecer 30.000 compañeros, porque los centros clandestinos de detención son lugares. Es la necesidad de un lugar oculto para que el genocidio se desarrolle, si no sucede como hoy en día que el genocidio qom se ve y se nota. Si se hubiera desarrollado en la calle hubiera sido insoportable el asesinato de 30.000 personas.”

Luego destacó que si se avanzó hasta aquí en materia de derechos humanos fue por “la resistencia del pueblo que no olvidó”, pero que el reconocimiento de los centros clandestinos impone nuevos desafíos para sortear por ejemplo los intentos recurrentes de hacer negocios inmobiliarios con los mismos, o de cambiar su esencia: “A nadie se le ocurre tirar abajo Auschwitz y poner una estructura cuadrada de metal y vidrio y decir acá está este es el exAuschwitz, sin embargo eso es lo que se quiere hacer con la ESMA, presentar la ex Esma.”

Antes de abrir al debate, el compañero cerró con un interrogante: si vale o no la pena tanto esfuerzo militante en esta causa, y sí, en eso coincidimos: “vale la pena, porque en ese lugar, nuestros compañeros dieron su último combate”.

Gabriela Domínguez. Delegada docente de Lanús (Lista Roja Suteba). Miembro de la Comisión de Vecinos de Campomar

En la foto: Juan Ayala (Vecinos de Lanús por Campomar), Julio Avinceto (H.I.J.O.S La Plata), Lisandro Martínez (Vecinos de Lanús por Campomar), Dr. Marcelo Parrilli (exlegislador porteño) y Carlos “Sueco” Lordkipanidse (Asociación ExDetenidos Desaparecidos).