jueves, 7 de agosto de 2014

Homenaje en el Colegio Nacional Bs.As.: La despedida a LILA

Los restos de Lila Epelbaum, secuestrada en 1976, fueron identificados por el EAAF y serán enterrados el domingo. Hoy se hará una jornada en la escuela donde ella estudió.

Lila Epelbaum, hija de una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, fue secuestrada en Punta del Este el 4 de noviembre de 1976 junto a su hermano Claudio. Trasladada a la Argentina, fue vista por última vez en cautiverio en el centro clandestino Brigada Güemes y enterrada en una fosa común del cementerio de Avellaneda. De allí la exhumaron miembros del Equipo Argentino de Antropología Forense, que este año confirmaron su identificación. Los restos de Lila, que tenía 20 años, serán enterrados este domingo en el cementerio de La Tablada junto a los de su mamá, Renée Yoyi Epelbaum. Pero la despedida comenzará hoy en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde hizo el secundario. La jornada de memoria y reflexión, denominada “Hoy podemos despedir a Lila”, es organizada por el colegio, su centro de estudiantes, Madres de Plaza de Mayo - Línea Fundadora, además de familiares y compañeros.

El caso de los hermanos Epelbaum se enmarca en el Plan Cóndor, la coordinación represiva de las dictaduras del Cono Sur. Claudio y Luis militaban en la Argentina en la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO). Luego de la de-saparición de Luis, el 10 de agosto de 1976 en Capital Federal, sus dos hermanos se refugiaron en un departamento de Punta del Este. Según la investigación de la Comisión de la Paz del Uruguay, equivalente a la Conadep argentina, Claudio y Lila fueron secuestrados el 4 de noviembre de ese año en el centro de Punta del Este, luego de hacer gestiones para sacar un pasaje en oficinas de la aerolínea Pluna. El portero del edificio donde vivían contó que ese día ambos pasaron a despedirse y que él había visto estacionados en la cuadra del edificio dos autos con patente argentina (una camioneta Ford blanca y un Torino marrón) con siete hombres de civil que luego siguieron a los hermanos. Si bien se desconoce con precisión qué fuerza intervino, se sabe que la represión en Uruguay estuvo a cargo principalmente del Organismo de Coordinaciones Antisubversivas (OCOA), cuyos miembros siguen impunes gracias a la Ley de Caducidad de 1985.

Lila y Claudio fueron trasladados de Montevideo a Buenos Aires en un vuelo de Pluna el 8 de noviembre, luego de cuatro días en un lugar no identificado. Aquí fueron vistos en Brigada Güemes o Protobanco, en Camino de Cintura y Riccheri, centro donde operaban represores del Ejército y la policía bonaerense. Allí, según la investigación del juez Daniel Rafecas, fueron confinados los militantes de Poder Obrero.

Entre los más de 300 cuerpos exhumados de Avellaneda, el EAAF identificó los restos de Lila y de uno de sus hermanos, que habían sido enterrados como NN.

El domingo a las 9, los familiares y compañeros de Lila partirán desde Corrientes y Acuña de Figueroa rumbo al cementerio de La Tablada, donde está enterrada Yoyi, fallecida en 1998. La jornada de hoy en el Colegio Nacional comenzará a las 10.30 con el recibimiento de los restos y palabras de los organizadores. A las 13 empezará el panel “Historia, memoria e identificación”, integrado por los historiadores Victoria Basualdo y Federico Lorenz, y Patricia Bernardi del EAAF. A las 16 se iniciará el panel “Juventud y dictadura” a cargo de Werner Pertot, periodista de Página/12 y co-autor de La otra Juvenilia, sobre los desaparecidos del Nacional Buenos Aires, a quien acompañarán ex compañeras y compañeros de Lila. El acto de cierre comenzará a las 17.30.

lunes, 21 de julio de 2014

Los secuestros y desapariciones de trabajadores de ASTARSA durante la dictadura

“Hubo connivencia de la patronal”

El ex dirigente gremial de Astilleros Astarsa Juan Sosa cuenta cómo, a comienzos de los ’70, los trabajadores lograron “el control obrero de la fábrica” y dice que los empresarios y la burocracia sindical “se tomaron revancha” con las Fuerzas Armadas.

 Por Ailín Bullentini

Todas las tardes, Juan Sosa se sienta a mirar por la gran ventana del departamento porteño en el que aterrizó tras más de 30 años de exilio. Y se lamenta. “Todos mis compañeros y sus familiares haciendo fuerza allí y yo acá con esta pata mala.” Una fractura “tonta, de lo más tonta”, de tibia y peroné, lo obligó a operarse y a guardar reposo, por lo que no puede presenciar el juicio que se está desarrollando en los tribunales de San Martín sobre crímenes cometidos durante la dictadura en el centro clandestino de Campo de Mayo. Cuando el cuerpo frena es la cabeza la que toma velocidad para revolver recuerdos. La de Juan Sosa lo transporta a sus días de Chango, a sus horas en el frío de los talleres del Astilleros Astarsa, de estrategias para poner la política a disposición de los trabajadores y de reivindicaciones increíblemente logradas. “Nosotros llegamos al control obrero de la fábrica y ese quite de soberbia a la patronal, esa torcedura de brazo que le hicimos, los dejó traumatizados, pero se la cobraron.”

Recién en el estreno de la democracia supo el Chango que de muchos de sus compañeros de fábrica y algunos también de militancia no se tenían rastros después de sus detenciones. La desaparición de 19 empleados de Astarsa está siendo analizada por la Justicia de San Martín en un nuevo juicio por delitos de lesa humanidad. El zafó por poco y logró salir del país. Sin embargo, la desaparición de muchos de los suyos no es lo que le atora el hilo del relato, casi 40 años después, sino la descripción de los logros obtenidos junto a los que ya no están. Llora recién cuando la narración de su vida, ante el grabador de Página/12, llega a la toma del astillero, adonde él había ido a parar algunos años antes, con las ganas de “hacer política para lograr ubicar a la clase trabajadora en la vanguardia de la revolución”. Entonces, corría 1970.

“Integraba un grupo que se llamaba Los Obreros, supongo que porque el periódico que editábamos se llamaba así también”, contó. Era una agrupación “política, clasista, marxista y guerrillera”, aunque aguardaban por el surgimiento de “algo más grande” a lo que acoplarse. Más adelante llegaría Montoneros para satisfacer esa necesidad. De tal raíz ideológica la táctica que sus integrantes tomaron: involucrarse en diferentes fábricas para empezar a hacer política desde allí. El Chango buscó destino en el cordón industrial del sur del conurbano bonaerense, sin éxito. Por intermedio del hermano de un compañero de militancia llegó a Astilleros Argentinos Río de la Plata.

Astarsa, el astillero más grande de la zona norte del Gran Buenos Aires, dividía sus tareas entre industriales y navales. De ninguna Sosa sabía demasiado. “Había una escuelita de capacitación en donde iban formando a jóvenes obreros. Les enseñaban lo rudimentario, a leer algunos planos, a soldar, a cortar hierros, a esmaltar”, contó Sosa sobre su primer destino, que duraba un mes para todos los “nuevos” integrantes de la familia. Nada inocente: “De esa manera, la empresa se aseguraba mano de obra nueva. Despedía a una o dos personas cada 15 días y entraba gente nueva, cosa de que no se pudiera organizar ninguna agrupación, que los compañeros no se conocieran”, reveló. Al cabo de su mes de capacitación, su destino fue el de oficial en el área de Calderería.

La situación era brava. Unos quinientos empleados, presencia sindical “burócrata fantasmal” y “pésimas” condiciones de trabajo. “Los delegados respondían completamente a la dirigencia sindical y la actividad gremial en el astillero era la nada misma, nada más que algunas camarillas”, señaló y acusó: “Se dedicaban a apagar los reclamos, a frenar las medidas, a neutralizar la lucha”, que por entonces, si existía de tal forma, era no más que el germen de lo que después pudo lograrse.

Las condiciones en las que estaban los quinientos obreros encargados de construir y reparar buques, locomotoras y máquinas industriales eran “patéticas”. “El trabajo era infernal: un gran predio al aire libre, tanto en verano como en invierno, en el que sólo se manipulaba hierro. Al lado del río, un desastre. Por cada barco que se fabricaba morían uno o dos trabajadores, había una cantidad de enfermedades laborales, como la sordera, que no eran reconocidas”, recordó Sosa, que nunca fue delegado pero que alcanzó el rango de secretario general de la agrupación que logró la toma de los talleres, y acarició el liderazgo de todo el sindicato de navales de Zona Norte.

Todo comenzó con “pequeñas charlas con algunos compañeros”. Con la ternura de recorrer días en los que se tejían mundos nuevos, el Chango apuntó que los lazos los armó “tirando flechas cada tanto, tanteando para ver qué respondían los muchachos”. Pizzas al cabo de la jornada laboral, algunas noches de vino, historia política, movimiento obrero, lucha sindical, las injusticias marcadas en la carne propia. “De a poco fuimos armando el núcleo de lo que sería la 12 de Septiembre”, la agrupación que nació en el corazón de Astarsa, con varios canales de unión con Los obreros, que unos años después se sumarían a Montoneros, y que tras la maduración de la toma y el control de la empresa por los trabajadores se llamaría José María Alesio. Pero, antes, los despidos, las muertes y la asunción de Héctor Cámpora como presidente.

En plena efervescencia de alumbramiento, la 12 de Septiembre intentó competir en las elecciones sindicales. No sólo fue derrotada “por pocos votos y errores propios”, sino que Astarsa despidió a varios de los trabajadores “por su actividad sindical fuera de la burocracia”, plena evidencia de la connivencia entre patronal y jerarcas gremiales bastante antes de los señalamientos, las listas y la dictadura. No obstante, la pulseada culminó con un delegado propio, Martín “Tanito” Mastinú, y un contacto vasto de “confianza y respeto” con otros astilleros, como Mestrina, Forte, Pagliettini. “Ya todos nos conocían como compañeros de la agrupación.”

El incremento en el nivel de ebullición acompañó el paso del tiempo, como si la historia misma supiera que hay hitos que deben suceder juntos. “Dos o tres días antes de la asunción de Cámpora, José María Alesio, un compañero, se accidentó en el doble fondo de un barco que estaban construyendo. Había habido una explosión y de allí salió en llamas. No había ni camilla, en un tablón lo sacaron los compañeros y lo llevan al Instituto del Quemado”, relató Sosa. Tres o cuatro meses antes, otro trabajador se había caído de una grúa y había muerto en el acto. “¡Hay que tomar el astillero!”, insistió, desde afuera, el Chango. Para convencer a los obreros que aún permanecían en tareas, los reunió con trabajadores de la planta Fiat, de Córdoba, que habían vivido una experiencia similar. El primer paso en Astarsa fue el paro. El herido, grave, continuaba internado. “La burocracia sindical llegó el 25 de mayo a la fábrica con la intención de levantar el paro e ir a conciliación obligatoria con la empresa. Decían que el compañero se estaba reponiendo, pero era mentira. Ya estaba muerto”, relató entre lágrimas. El vaso también rebasó entonces, entre los trabajadores. Esa noche, uno de ellos llamó a Sosa por teléfono: “Chango, venite que tomamos el astillero”. La administración de la empresa y algunos de sus dueños fueron tomados de rehenes. La 12 de Septiembre pasó a llamarse José María Alesio.

Los reclamos hacia la patronal eran varios: el despido del ficticio cuerpo de seguridad de Astarsa, “un médico que repartía aspirinas sin protocolo para accidentes y el cuidado para los trabajadores”, fue el primero y principal. Luego se sumaron la composición de un cuerpo de seguridad, salubridad e higiene integrado por trabajadores con inmunidad gremial, el pago de todos los días de huelga, la reincorporación de despedidos “por problemas políticos y gremiales en los últimos diez años”, la ausencia de represalias. No sólo el conflicto se ganó, sino que también hubo victoria en las elecciones de comisión gremial interna. Los delegados de la agrupación Alesio coparon las áreas de Astarsa y, por intermedio de una investigación de expertos de la Universidad Tecnológica Nacional, lograron probar que las tareas allí eran insalubres y, por tanto, reducir la jornada laboral a seis horas.

De allí, todo fue en picada hacia el peligro. “A partir de la toma, no-sotros crecimos, muchos compañeros de otros gremios venían a hablar con nosotros: Mattarazzo, Fate, Nesquik, Gilera, Ford, Terrabusi. En la zona éramos la vanguardia”, contó Sosa. Con esa potencia, intentaron disputar el sindicato, pero antes llegó la intervención dispuesta por el gobierno de Isabel Perón. “Eso encendió la luz de peligro. Con el sindicato intervenido y la Triple A acechando fuerte en las calles, empezamos a quedar aislados. Tras cartón, la patronal metió gente infiltrada de la CNU (Concentración Nacional Universitaria) en el astillero a trabajar. Ellos marcaron a todos los trabajadores que querían cambiar las cosas”, denunció.

Por su ruptura con Montoneros, Sosa había dejado Astarsa y Alesio a fines de 1975. Pero aún se veía con sus compañeros. “Los intenté convencer de que nos fuéramos del país, de que tomáramos una embajada, de que la cosa estaba realmente mala. No quisieron”, reveló. El 24 de marzo de 1976, el mismo día del golpe, el Ejército controló el ingreso de los obreros al astillero con nombre y apellido. Si alguno integraba la lista que le había otorgado a las Fuerzas la propia empresa, era detenido. No existe precisión de cuántos trabajadores fueron subidos ese día al camión del terrorismo de Estado. En el juicio que tiene lugar en los tribunales de San Martín por delitos de lesa humanidad cometidos contra obreros de astilleros y fábricas ceramistas durante la última dictadura militar, son 19 los casos de empleados de Astarsa desaparecidos que se están ventilando. Sus secuestros, no obstante, fueron cometidos fuera de la empresa.

El Chango zafó. Desde que rompió con Montoneros se mudó varias veces en la Ciudad de Buenos Aires, hasta que en abril de 1976 se fue del país. Estuvo en España, en Francia y en México. Regresó con la llegada de la democracia, y luego volvió a España. Vivió en Madrid 35 largos años, con una única convicción: el terror de las botas tuvo su impulso en los escritorios de las empresas. “Lo que habíamos hecho en Astarsa se estaba replicando y había que pararnos de alguna manera. La burocracia sindical, asesina como siempre, instó a que nos frenaran las Fuerzas Armadas en connivencia con la patronal. Se tomaron la revancha.”

lunes, 30 de junio de 2014

Familiares de víctimas de la dictadura hablan del Equipo de Antropología Forense que cumple 30 años

“Miran tu silencio, miran tu sonrisa”

El trabajo de los miembros del Equipo Argentino de Antropología Forense es destacado, tanto por su rigurosidad científica como por su calidez humana, por hijos y familiares de desaparecidos que, gracias al EAAF, pudieron saber qué pasó con sus seres queridos.

“Es una mirada que te escucha, están expectantes a tu reacción para responder.” La definición de la escritora Paula Bombara, que en 2012 se reencontró con los restos de su padre secuestrado en 1975, sintetiza un sentir común sobre los miembros del Equipo de Antropología Forense de los familiares de víctimas del terrorismo de Estado que, gracias al EAAF, pudieron cerrar el duelo iniciado durante la dictadura. “La tarea del Equipo es importantísima para los familiares. Aparte de su profesionalismo, tienen una calidad humana increíble. Les voy a estar agradecido de por vida”, confiesa Horacio Pietragalla, que mucho antes de ser diputado fue “el primer hijo en recuperar los restos de padre y madre”. El periodista Emiliano Guido, que gracias al EAAF pudo enterrar a su mamá, coincide en que “es un grupo humano excelente, además de ser muy profesionales”, y recuerda en particular el trabajo de investigación con el que se encontró la primera vez que se acercó al Equipo, que por estos días celebra sus treinta años de trayectoria.

“Mi primer contacto con el Equipo fue al mes de recuperar mi identidad en 2003. Estaban trabajando en una fosa común del cementerio de San Vicente, Córdoba, y tenían la certeza de que mi papá estaba ahí. Estaban exhumando y tenían muchos indicios, restos de un hombre de casi dos metros, por lo que me piden una muestra de sangre”, recuerda Pietragalla. “Si bien hacía poco que había recuperado la identidad, enseguida empecé a trabajar con Abuelas, así que tenía claro el tema, por eso la confirmación llegó por teléfono”, agrega. “Ir a Córdoba, buscar los restos y enterrarlos en un cementerio junto a los de mi hermano Pablito, a quien no llegué a conocer, fue muy fuerte.”

El segundo capítulo fue al año, cuando recuperó los restos de su madre. “Después de que la matan, mi abuelo hizo muchas averiguaciones, supo que me habían sacado de esa casa y que la habían enterrado en el cementerio de Boulogne. Hizo la denuncia y en 1984 se hicieron exhumaciones, pero no había tanta experiencia en el ámbito de la antropología: se mandaron los cráneos a La Plata, se mezclaron con otros y se perdieron. Con las leyes de impunidad las investigaciones se interrumpieron. Pero parte de los restos quedaron en un depósito, en 2004 el EAAF logró recuperarlos. Con la información que figuraba en la causa y mi muestra de sangre se confirmó la identidad y pude recuperar los restos. Tuve mucha suerte, era el primer hijo que recuperaba los restos de padre y madre. Hoy hay varios casos”, celebra.

“La tarea del Equipo es importantísima para los familiares. Aparte de su profesionalismo tienen una calidad humana increíble. Les voy a estar agradecido de por vida”, dice Pietragalla. Para graficar esa humanidad cuenta que “cuando me avisaron la identificación de mi mamá yo recién me había separado, vivía en un hotel, y fue tanta la euforia que agarré la camioneta, me metí en el Edificio Libertador y me subí a una tanqueta a gritar ‘hijos de puta’. Tenía necesidad de descargarme. Se los conté a ellos y me vinieron a ver varias veces, casi con culpa por si me lo habían dicho bien o no. Y siguieron preocupados por ver cómo seguía. Yo los quiero mucho y tiene que ver con eso, con cómo son con los familiares, cómo se preocupan después de dar la noticia. Respetan todo lo que uno quiera hacer y después de todo ese proceso no se olvidan, son muy cálidos”.

La investigación previa

Raúl Guido y Silvia Giménez fueron secuestrados en junio de 1976, cuando su hijo tenía 15 meses. “Mi primer contacto con el EAAF fue a partir del documental Tierra de Avellaneda, que me prendió la luz sobre ese camino, ya que no tenía idea que se podía lograr la recuperación de los huesos”, relata Emiliano Guido, que entonces militaba en Hijos La Plata. De su primera visita al Equipo recuerda el trato, pero sobre todo el impacto al ver el trabajo previo. “Hicieron una búsqueda en una base de datos para intentar reconstruir qué había pasado con mis viejos después de los secuestros. Ahí me di cuenta de que tenían una muy buena investigación. A partir de unos pocos datos se dieron cuenta de que el caso se inscribía en un secuestro mayor: ese día en Mar del Plata habían caído nueve compañeros del PRT y todo daba a entender que habían terminado en el Pozo de Banfield y que, igual que con muchos chupaderos de zona sur, podían haber sido enterrados como NN en el cementerio de Avellaneda”, relata Emiliano, periodista del diario Miradas al Sur.

Durante años, después de dejar su muestra de sangre, lo contactaron para chequear datos sobre los militantes caídos junto a sus padres. En 2006 llegó el llamado: la identificación de los restos de Silvia, exhumados de una fosa común en Avellaneda. Luego llegaría la decisión del homenaje a la militante que fue su mamá en el cementerio de La Plata, del que participaron miembros del EAAF. “Fue en todo momento un grupo humano excelente, muy profesionales”, destaca.

“Contestar desde el saber”

Daniel Bombara fue secuestrado en Bahía Blanca a fines de 1975. Su hija estaba convencida de que nunca lo encontraría, pero una mañana de 2008, informada de la campaña para que todos los familiares de desaparecidos se hicieran una extracción de sangre, fue el Hospital Tornú y dejó su muestra. “Una botellita al mar”, recuerda Paula, que además de escribir literatura infantil es bioquímica y había leído sobre el trabajo del EAAF mientras estudiaba genética. Tres años después recibió “el llamado”: “Te hablo del EAAF, te queremos ver”.

“Dije ok, no pregunté nada. Sabía que si la muestra se hubiera arruinado me lo habrían dicho. Fue casi una certeza de que lo habían encontrado y entendía que no me lo dijeran por teléfono”, rememora. Por esos días escribía para el libro ¿Quién soy?, sobre nietos recuperados y reencuentros, y estaba citada a declarar como testigo en el primer juicio por delitos de lesa humanidad en Bahía Blanca.

“Decidí no contarle a nadie, necesitaba tiempo, así que fui al EAAF sola. Me encontré con personas súper amables, extrañadas de que no hubiera hecho preguntas. En esa charla, el 16 de junio de 2011, hice un montón de preguntas. Primero técnicas: me interesaba saber sobre el análisis y cómo se manejaban. Después detalles de la investigación, cómo lo encontraron, cómo llegaron hasta ahí. Me asaltaron preguntas que tenía hacía muchos años y por fin encontraba interlocutores que me podían contestar desde su saber, desde investigaciones. Estaba viviendo un imposible, era una sensación de alegría, estaba feliz”, recuerda.

Seis meses después, concluidos los trámites judiciales, volvió al Equipo “a buscar la cajita con los restos de mi viejo”, a quien junto con su mamá decidieron cremar y enterrar las cenizas en la Iglesia de la Santa Cruz. La relación con el EAAF siguió: en marzo último la convocaron, junto con otros familiares, a participar de la pintura de un mural en la ex ESMA, donde funcionará el Banco de Sangre de Familiares.

“Aprecio lo que hacen desde un montón de lugares”, confiesa. “El trabajo científico es súper interesante. Son trabajos interdisciplinarios, eso es riquísimo para el aprendizaje de las ciencias. Más allá de la especificidad de mezclar lo social con lo científico se vinculan con poblaciones y relatos, hay una cuestión sociológica y antropológica de rescate de culturas”, destaca Paula. “Desde el vínculo como familiar rescato la calidez y el saber escuchar. Es una mirada que te escucha. Miran tu silencio, miran tu sonrisa, están expectantes a tu reacción para responder. Es muy difícil comunicar esto, no sabés qué va a pasar con la persona que está recibiendo algo tan soñado. Pero tienen una disposición amorosa que es muy valorable.”

lunes, 23 de junio de 2014

Kasemann, pacifista o revolucionaria

 Por Sergio Bufano *

El sábado 7 de este mes, Osvaldo Bayer publicó en este diario un artículo sobre Elizabeth Kasemann, una joven alemana que fue secuestrada por la dictadura militar en marzo de 1977 y asesinada dos meses después, junto con otros quince militantes en Monte Grande. El crimen masivo fue presentado como un enfrentamiento con tropas del Ejército.

Bayer describe a Elizabeth como una “estudiante de Sociología que se dedicaba en Buenos Aires a estudiar el caso de nuestras villas miseria y dar ayuda a sus habitantes”. Reproduce, además, las declaraciones del ex ministro Klaus von Dohnanyi, quien afirma que “ella era una pacifista interesada por lo social y no se la podía sospechar de terrorista”.

“Como decimos –insiste–, Elizabeth realizaba trabajo social en las villas miseria de Buenos Aires. Y con la inglesa Diana Austin ayudaba a los perseguidos por la dictadura.”

No me cabe ninguna duda de que Bayer lo hace con las mejores intenciones; conozco, además, la labor que ha realizado para denunciar ese crimen, tanto en Alemania como en la Argentina. Publicó artículos, filmó una película, denunció al gobierno alemán por no haber intervenido para salvar su vida, y a la dictadura argentina por la barbarie cometida.

Sin embargo, quiero salir al paso de esa versión piadosa de una militante que participó activamente en la lucha de los años ’70. No he visto todavía la película que se estrenó en Alemania, que dirigió Eric Friedler y en la que participé activamente como testigo directo. Ignoro, por lo tanto, si el cineasta brinda en el film esa imagen de Elizabeth.

Sí puedo afirmar que la descripción de Bayer y del actual gobierno alemán no se ajusta a la realidad. La conocí en 1976 en una reunión en donde se preparaba una acción armada que iba a provocar, seguramente, una gran conmoción. Fui con ella a reconocer el sitio donde se desarrollaría, le expliqué cuál sería su papel y al cabo de una semana de preparación, viajes en tren, charlas y finalmente cenas, nos gustamos mutuamente. Ella estaba sola, y yo también.

Fue una hermosa relación de la que conservo alguna carta enviada por ella a su padre, en la que describe ese vínculo. Me atrevo, por lo tanto, a disentir con la evocación que la muestra como pacífica estudiante de Sociología. Elizabeth estaba clandestina, había militado en el PRT-ERP y participó en parte del operativo para reingresar a la Argentina, por Foz de Iguazú, a uno de los fugados de la cárcel de Trelew. Con otros compañeros se separó de esa organización por disidencias políticas, pero siguió militando en otro grupo político-militar.

Ella y yo decidimos que la acción en la que estábamos embarcados y que íbamos a protagonizar era inhumana. Que no podíamos hacerla sin violar principios éticos que nos hubieran convertido en personajes que no queríamos ser: parecidos a los militares. Decidimos, entonces, mentir a la dirección nacional y boicoteamos el operativo. Si narro este episodio es para que nos aproximemos a su personalidad y su conducta.

Elizabeth no fue una terrorista, como la describió la dictadura, y me consta que su experiencia en el uso de las armas era muy escasa, casi nula. Pero era miembro de una organización armada, estaba prófuga y dispuesta a usar la violencia, aunque con los límites que impone la conciencia moral.

Durante el Juicio a las Juntas, los testigos se presentaban como miembros de organizaciones de superficie, ajenos a la actividad armada. Era natural ese comportamiento porque el sistema democrático era frágil, los militares conservaban el poder, y todavía costaba imaginar que en los siguientes treinta años perduraría la democracia. Existía temor, desconfianza, recelo.

Sabemos que en el ejercicio de la memoria siempre aparecen las necesidades del presente. En 1985 era legítimo renegar de un pasado revolucionario y “mostrar” apenas una faz de la militancia. Aquel presente lo imponía. Hoy ya no tenemos ese condicionamiento y podemos asumir quiénes fuimos, quiénes fueron.

Al cabo de tres décadas tenemos la obligación de exponer la verdad y hacernos cargo de nuestro pasado. No sólo el pasado de los sobrevivientes sino también el de los muertos. La sociedad ya conoce el papel jugado por los militares de aquel entonces: sus crímenes, sus campos de concentración, sus torturas y desapariciones. No es necesario crear figuras bondadosas para demostrar la perversidad de la dictadura. Es obligación de los sobrevivientes respetar la identidad de las víctimas. Afirmar que Elizabeth era una “pacifista” que ayudaba en los barrios es un error. Porque no lo era. Porque, como toda esa generación, aspiraba a protagonizar una revolución socialista que acabara con la injusticia social. La tendencia a crear mitos que desdibujan la verdadera identidad de los que murieron se repite en la historia universal. Y hay que estar atentos para evitar la épica o la victimización.

Elizabeth no quiso abandonar la lucha. “La clase obrera no se exilia”, me dijo en diciembre de 1976, mientras me entregaba un pasaporte que me permitió partir hacia México. El 8 marzo fue secuestrada.

Inútil fue la denuncia presentada inmediatamente en la Embajada de Alemania en México. Fue como embestir una pared de acero: se lavaron las manos. La abandonaron cuando podrían haberla rescatado con vida. La denuncia contra el gobierno de Helmut Schmidt que formulan Bayer y Friedler es verdadera e ilustrativa. Porque hoy sabemos que la vida de ella fue entregada a cambio de un partido amistoso entre la selección alemana y la argentina. Y por la venta de armas y otros tantos negocios oscuros.

Si existiera un cielo y en él estuviera Elizabeth, puedo imaginarla furiosa con el gobierno alemán que permitió su asesinato. Y contrariada con quienes, aun con la mejor voluntad, convierten a la revolucionaria que fue en una estudiante solidaria que visitaba barrios pobres.

* Periodista y escritor. Director de la revista Lucha Armada.

jueves, 9 de enero de 2014

Un nieto de Paco Urondo relató el dramático derrotero que atravesó tras el secuestro de sus padres

Los otros "cautiverios" de la represión
 Sebastián Koncurat y su hermano pasaron por un instituto de menores antes de ser recuperados por su familia.

Por:Gerardo Aranguren


 Si tuviera que medir el dolor, el lugar más profundo es no saber dónde están los cuerpos de mis padres y no tener una tumba donde velarlos", se lamentó Sebastián Koncurat al finalizar su testimonio en el juicio oral por los crímenes de la ESMA. Sus padres fueron Mario Koncurat, apodado "Jote", y Claudia Urondo de Koncurat, quienes se encuentran desaparecidos. Claudia era hija del poeta Francisco 'Paco' Urondo y militaba en Montoneros junto con su esposo, ambos provenientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).

"Los hechos ocurrieron el 3 de diciembre de 1976 en la zona de Caballito, donde vivíamos. De acuerdo al relato que construí con mis tíos y abuelos ese viernes era el tercer día que nos llevaban a ese jardín de infantes con mi hermano. Nuestros padres nos dejaron ahí y nunca nos volvieron a buscar", señaló Sebastián, quien en ese momento tenía tres años y su hermano Nicolás un año menos.
Ese día, sus padres Mario y Claudia fueron gravemente heridos durante un operativo desplegado por el Grupo de Tareas de la ESMA para secuestrarlos. Fueron llevados al centro clandestino de detención de la Marina y se desconoce si llegaron con vida o fallecieron antes producto de las heridas.   
Nicolás Koncurat, hermano menor de Sebastián, declaró meses antes en el juicio oral. También lo hicieron su abuela materna, la ex esposa de Paco Urondo, Graciela Murúa, y su tío, Javier Urondo. La última audiencia de 2013 en el juicio oral fue el turno de Sebastián.
Durante el testimonio contó sus recuerdos de los 40 días que estuvieron ingresados en un instituto de menores hasta que su familia biológica logró recuperarlos.
Cuando sus padres fueron secuestros, nadie fue a buscarlos a la guardería de Pasaje El Maestro 155, por lo que Sebastián y su hermano Nicolás estuvieron unos días al cuidado de la directora del jardín.
"No tengo recuerdos de eso. El lunes la directora nos volvió a llevar al jardín y mis padres no aparecieron, entonces nos llevó a la policía. Un juez de menores nos destinó al hogar Riglos de Moreno", señaló.
Los hermanos de dos y tres años llegaron al Instituto de Menores "Mercedes de Lasala y Riglos" el 6 de diciembre, tres días después del secuestro. "Estuvimos 40 días y tengo un recuerdo emocional de mucho maltrato. Mi abuela después me preguntaba por qué me cubría cada vez que me retaba. Después entendí que había sufrido violencia física o emocional en ese lugar", señaló Sebastián.
La justicia desconoce los detalles de lo que sucedió con los niños durante esos días y la fiscalía del juicio oral, a cargo de los fiscales Guillermo Friele y Mercedes Soiza, investiga si fueron llevados en algún momento a la ESMA por miembros del Grupo de Tareas. Sebastián no recuerda  haber salido del instituto pero sí hay una constancia en el legajo de su hermano de un egreso durante los días de Navidad del '76.
El día del secuestro, el 3 de diciembre, era también el cumpleaños de Nicolás, el menor de los hermanos Koncurat, por lo que su abuela materna, Graciela Murúa, los esperaba para festejarlo. La ausencia sin aviso activó la alarma. Sin embargo, para la familia no fue fácil dar con los niños, anotados bajo otro nombre por cuestiones de seguridad y comenzó una búsqueda desenfrenada para hallarlos. "Mi abuela tuvo mucha suerte de encontrarnos. Su jefe le mostró un recorte del diario La Razón sobre dos chicos abandonados. Fue un milagro porque fue la puerta para encontrarnos", destacó Sebastián.

El 10 de enero de 1977 sus abuelos los retiraron del hogar. Su abuelo paterno consiguió la custodia y se fueron a vivir con ellos a General Pico, La Pampa. "Quisiera tener más recuerdos de esa época pero no los tengo. Lo que me contaron es que mi hermano estaba bastante enfermo y en el hogar lo sedaban para que no llorara. De eso se dio cuenta mi abuelo que era médico. Yo no hablaba. Reconocía a mi abuela materna, a mi tío Javier Urondo, pero no reconocía a mis abuelos paternos, porque no tenía mucha relación con ellos. Eran nuevos en mi vida. Esa transición horrible fue difícil, la fuimos armando", agregó.
En un momento de su declaración, una de las querellas le consultó por las consecuencias que habían tenido estos hechos en su vida. Sebastián, de 40 años, rememoró las secuelas que le dejó el terrorismo de Estado: "Una de las cosas que más me cuesta decir acá es que durante mucho tiempo tuve problemas para hablar, tartamudeaba. El habla la tuve como anulada hasta principios de mi adolescencia, cuando empezó una etapa más feliz. Personalmente, recuperar el habla y mi identidad es lo que más me costó". 

Al final, cuando el juez le preguntó si quería agregar algo, Sebastián reconoció su "orgullo" de que en el país "siga la búsqueda y se haga mucho por los Derechos Humanos". "Estoy contento de vivir en un país donde la Justicia demoró pero finalmente se está juzgando el genocidio. Felicito a los que están trabajando en esto y a los organismos de derechos humanos. Estoy a su disposición para ayudar", finalizó.  «

la casa familiar
 "Tiene una identidad propia, como una persona, es lo que nos dejaron mis padres", dijo Sebastián sobre la casa en la que vivió hasta el momento de la desaparición de Claudia y Mario.
Con la vuelta de la democracia, la familia de Sebastián comenzó a buscar la casa, que estaba a nombre de sus tíos. Como vivían en la clandestinidad, nadie sabía la dirección exacta. Con la ayuda de sus tíos y sus abuelos, en 1988 lograron recuperarla cuando la anterior dueña intentaba venderla nuevamente.
"La casa fue ocupada por mucho tiempo. Desde lo que ocurrió con mis padres hasta por lo menos 1984",  recordó a partir de lo que pudo reconstruir con su vecino: "El vecino nos contó que en febrero de 1977 llegó un Grupo de Tareas a allanar mi casa. Tiraron abajo también su puerta y su papá murió de un infarto", contó.

Otra detención en 1973

El secuestro y desaparición de  Mario Koncurat y Claudia Urondo fue la segunda detención ilegal que sufrió la joven pareja. Ambos se conocieron cuando militaban en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), que luego se fusionó con Montoneros en 1973.
Algunos meses antes sufrieron su primera detención ilegal durante la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse. En febrero de 1973, Mario y Claudia, quien estaba embarazada, fueron secuestrados en una quinta de Tortuguitas, provincia de Buenos Aires, junto a otros miembros de las FAR.  Allí también estaba Francisco ‘Paco’ Urondo, padre de Claudia, su esposa Lili Massaferro, y Julio Roqué, miembro de la conducción nacional. Todos fueron liberados pocos meses después, con la amnistía a los presos políticos dictada por el presidente Héctor Cámpora. Mario Koncurat, Claudia Urondo, y Julio Roqué fueron luego víctimas de la siguiente dictadura y están desaparecidos. El poeta fue asesinado por un grupo de tareas en Mendoza.

El dato - Familia - Sebastián y Nicolás son hijos de Claudia Urondo y Mario "Jote" Koncurat, ambos desaparecidos.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Durante la dictadura hubo al menos 129 soldados desaparecidos

Comodoro Rivadavia: juzgan a dos militares por el secuestro de un conscripto

La víctima, que permanece desaparecida, es José Luis Rodríguez Diéguez. Los imputados son el ex mayor del Servicio de Inteligencia del Ejército, Carlos Antonio Españadero, y el ex Jefe del regimiento de Infantería 25, Teófilo Saa. Las audiencias se realizarán entre el lunes y el jueves de los primeros días de diciembre.

El Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Comodoro Rivadavia, integrado por los jueces Pedro José de Diego, Enrique Jorge Guanziroli y Nora María Teresa Cabrera de Monella, dará comienzo este lunes al debate oral en el que serán juzgados dos militares por el delito de privación ilegal de la libertad de un conscripto desaparecido durante la última dictadura cívico militar.

Los acusados son Carlos Antonio Españadero (82 años), quien a la época de los hechos era mayor en el Servicio de Inteligencia del Ejército; y Teófilo Saa (82), quien oficiaba como Jefe del área 532 y Jefe del Regimiento de Infantería 25 a cargo del Comando de la IX Brigada de Infantería.

El debate, en el que intervendrá el fiscal Horacio Arranz, tiene por objeto el secuestro de José Luis Rodríguez Diéguez, quien cumplió el Servicio Militar Obligatorio desde el 16 de marzo de 1976 hasta el 13 de octubre de ese año en el Regimiento de Infantería de Montaña (RIM) 21 de Las Lajas, Neuquén, e intempestivamente el 14 de octubre fue transferido al Regimiento de Infantería (RI 25) de Sarmiento, Chubut.

La versión oficial, dada a su familia, dio cuenta de que Dieguez desertó a fin de octubre de 1976 y que se le dio de baja del Ejército el 25 de aquél mes, pero sin embargo en la investigación que llega a juicio se determinó que en realidad el soldado fue secuestrado.

Durante la última dictadura fueron desaparecidos al menos 129 jóvenes que realizaban el por entonces Servicio Militar Obligatorio. Esa cifra fue confirmada en la investigación denominada El escuadrón perdido (Ed. Planeta, Buenos Aires, 1998), del fallecido capitán del Ejército José Luis D'Andrea Mohr.

En esta causa también estaba procesado el dictador Jorge Rafael Videla, quien falleció el 17 de mayo pasado con tres condenas y 21 procesamientos por crímenes contra la humanidad

martes, 30 de julio de 2013

Subo esta foto, porque creo que dice cosas.

No es una foto que me guste. No porque espere "salir lindo", esa esperanza la perdí hace tiempo. Es una foto que no me gusta porque retrata un momento muy íntimo, de mucha sensibilidad, de mucha tristeza, de gritar la bronca, la desesperación, de "celebrar un triunfo" que ni siquiera sabía cuál era. Y podría decir mucho más de ese momento, tan complejo fue. En síntesis, considero que la foto es "invasiva" y nunca me gustó verla.

Más tarde saldría en el libro de fotos de la historia de Abuelas de Plaza de Mayo, así la ví yo, así la vieron muchos/as.

Minutos más tarde, cuando íbamos hacia el escenario al costado de la ESMA, mi amigo/primo/hermano Esteban me llama por teléfono y me pregunta dónde estoy, y le respondo que en la ESMA.

Me pregunta - "y qué se siente?".

- QUE NO QUIERO ESTAR AQUÍ.

Esa fue mi respuesta.

Por qué digo todo esto? Porque quiero tratar de explicar lo que siento con el tema de la ESMA y las "novedades". Que no son tales, claro, pero mucha gente recién se entera.

Antes que nada quiero decir que no sólo respeto el trabajo que se hace ahí, así como los trabajadores y su intención, que considero sana. Puedo discutir cómo y por qué están ahí, pero no tengo nada en contra que decir.

Creo que a veces se ataca a la gente que trabaja ahí por motivos que no son tan como los pintan.

Creo que de las distintas actividades que se realizan, algunas son muy interesantes y hasta las recomendaría. Yo fui a varias de ellas hasta que la ESMA me gritó bien fuerte al oído: "Sigo siendo la ESMA, no te olvides".

Y bancate esas 17 hectareas y esas 5000 almas en la mochila...

Creo también que hubo muchísimos errores de todos los que alguna vez participamos en mayor o menor grado en el tema de la ESMA.

Pero creo también que se llegó a un punto de "guerra declarada", donde un sector hace lo que se le da la gana a pedido del gobierno (ese mismo del cual todos los organismo de DD HH éramos "independientes") y otro sector trata de resistir, normalmente sin éxito.

Como dije antes: apoyo muchas de las cosas que se hacen, critico otras tantas y siempre traté de mediar entre los dos sectores, aún cuando me queda claro quién es quién y qué hace cada uno y por qué. Ser medido no me hace imbécil.

Y en este punto es donde me quiero preguntat: es realmente necesario? Realmente hay una sola persona que considere que se honra la memoria con un shopping, con juegos de luces, con parafernalia, con mármoles brillantes y metales pulidos? Por favor, si hay alguien que piense así, que me lo diga.

Acaso si no pongo aguas danzarinas en un campo de concentración los estoy recordando menos? Si no pongo una disco en el Casino de Oficiales no apoyo la lucha de los 30000? SI no pongo un tren fantasma alrededor de las 17 hectareas es porque soy de la Corpo?

Me pregunto: cómo se llegó a este punto?

Una respuesta sería: este gobierno siempre intentó una visión de los desaparecidos como muertos, torturados, desaparecidos. Que cualquiera que luche va a la ESMA (aunque Berni los manda a Campo de Mayo). Es una respuesta que puede ser fácilmente demostrada. No existe un sólo lugar recuperado como "museo de la memoria" en el que se haya desarrollado la potencia vital de 30000 desparecidos. Ni uno solo, entre decenas de miles. Ni uno. Sólo lugares de muerte y horror.

El sistema no es estúpido y sabe donde apuntar. No es un secreto.

El sistema sabe que necesita aplastar la lucha, la ética y la dignidad. Sabe, necesita, EXIGE, el olvido, el perdón y la reconciliación.

Sin embargo, muchos compañeros/as decidieron ponerle el cuerpo a la hrencia tan pesada y luchar contra la corriente. Me consta que lo hicieron honestamente, yo fui uno de ellos. Me consta que en general lo siguen haciendo honestamente, y que hay malas hierbas como en cualquier otro lado. Pero el desafío de transformar un lugar de muerte en un lugar de vida fue tomado seriamente y después de análisis muy concienzudos que llevaron meses. No tengo nada que objetar al respecto.

Pero sí puedo objetar que pongan un shopping y un parque de diversiones y una disco. Sé que lo van a hacer igual, porque no les importa en lo más mínimo lo que LA MAYORÍA DE LOS FAMILIARES Y EX DETENIDOS pensemos. Pero eso no implica quedarse callado ante semejante payasada, ante tanta afrenta, ante tanta burla.

Me consta que algunas de las personas que trabajan en el lugar están tan indignadas como yo, pero jamás van a a decir nada contra el gobierno. Me consta porque me lo dijeron con esas mismas palabras.

Los organismos de DD HH siempre nos preciamos de nuestra independencia del gobierno y los partidos políticos. Teníamos tanta razón.... como en todo, aunque ahora algunos/as digan que estuvimos equivocados en casi todo.

En resumen: Para mí, la ESMA es esa foto horrible que me sacaron. Es llanto, es desesperación, es dolor, es tristeza. Es "Juicio y Castigo", "Compañeros seguimos adelante", "en este lugar muchas desaparecidas dieron a luz y sus bebés fueron entregados a genocidas".

Para mí, la ESMA es la ESMA. Respeto los intentos de transformarla en ex-ESMA, les deseo toda la suerte a lo que lo intentan honestamente, pero así como no hay un ex-Auschwitz, ni un ex-Treblinka, ni incluso ex-La Escuelita de Famaillá, considero que la ESMA va a ser siempre la ESMA. Y hasta podría convivir con eso. Mal pero acostumbrau, como diría Inodoro Pereyra.

Hasta puedo dejar pasar la parrila al paso ESMA

Pero con la ESMA Shopping Center, o la ESMA Disco Light o la ESMA Parque de Diversiones.... no. NO. Todo tiene un límite, y acá lo superaron largamente.

O en todo caso... que se la queden los que les interese, los fascinados por el brillo y el oropel y las luces y las agüitas danzarinas.

El resto, como siempre, iremos a la Iglesia de la Santa Cruz, o a los cementerios, o a los lugares de militancia o incluso a esa agua sucia y embravecida que no danza pero mata: nuestro amado y terrible Río de la Plata.

Y recordaremos la lucha de nuestros 30000. Que en nada se parecía a esto que tenemos. Ni se parecía a discotheques, ni museos, ni parques de diversiones ni ninguna otra payasada semejante.

Fabio De Vicenti