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martes, 10 de febrero de 2015

Tras es rastro de Dagmar Hagelin

La Cancillería desclasificó los expedientes sobre la desaparición de la joven sueca
Tras el rastro de Dagmar Hagelin

Las carpetas desclasificadas contienen la documentación –informes, cartas, telegramas– que se cruzaron los gobiernos de la Argentina y Suecia durante la dictadura por el caso Dagmar Hagelin.

 Por Ailín Bullentini

Ragnar Hagelin buscó mucho a su hija, Dagmar, quien de-sapareció en la Argentina en enero de 1977. Solo, primero. Luego, a través de las instituciones diplomáticas de su país de origen, Suecia. Así consta en dos expedientes que fueron recientemente desclasificados por la Cancillería argentina y que contienen informes, notas, cartas, telegramas, resúmenes y reseñas en los que altos funcionarios suecos –ministerios de Relaciones Exteriores e incluso el presidente de aquel país entonces reclamaban a la Argentina por información sobre el paradero de la joven y las autoridades de facto argentinas y los jueces que intervinieron en la investigación sobre lo ocurrido negaron los hechos.

“El gobierno argentino sabe quiénes son los responsables de la detención de Dagmar Hagelin y de su posterior destino. Sin embargo, prefiere hacer caso omiso del asunto y negar que lo conoce. Esto es indigno e inaceptable.” La sentencia pertenece a quien fue el primer ministro sueco Thorbjorn Falldin; fue emitida en diciembre de 1979. Llegó vía correo epistolar a quien era dirigida, el entonces presidente de facto argentino Jorge Rafael Videla. Para entonces, Suecia se había hartado de las evasivas de la dictadura militar nacional ante sus consultas y pedidos insistentes por el esclarecimiento del hecho.

La “suequita” cayó en manos del grupo de tareas 3.3.2. de la Armada el mediodía del 26 de enero de 1977 en El Palomar, provincia de Buenos Aires. Estaba llegando a la casa de Norma Burgos, su amiga, cuando miembros de la patota dirigida por el genocida Alfredo Astiz la hirieron a tiros, la encerraron en el baúl de un auto y se la llevaron. Los hechos fueron reconstruidos por vecinos y sobrevivientes, incluida Burgos, que por entonces era la compañera de Carlos Caride, dirigente de Montoneros. Los testimonios la ubicaron con vida en la ex ESMA, en donde habría permanecido unos diez días y luego en las filas de de-saparecidos que los torturadores de la última dictadura cívico-militar argentina subían a aviones para arrojarlos al mar o al Río de la Plata. Ragnar Hagelin buscó a su hija desde aquel mediodía. Fue a la comisaría de Morón y allí supo que el secuestro de su hija había sido obra de la Armada. Cuando los caminos se le cerraron, algunos días después, acudió a Suecia. El había nacido en Chile, pero tenía ciudadanía sueca, al igual que Dagmar. El caso llegó a la Justicia a través de un hábeas corpus presentado por Ragnar. En 1979, la Cámara Nacional de Apelaciones rechazó el recurso. En 1980, el entonces juez federal Luis Rabellini se declaró incompetente.

La mayoría de los datos fácticos de la desaparición de Dagmar integran aquella dura carta enviada a Videla por Falldin, que integra el intercambio diplomático que compartieron el reino sueco y la dictadura argentina entre 1977 y 1986, y que quedó registrado en dos expedientes archivados en la Dirección de Asuntos Jurídicos de la Cancillería. Esas dos carpetas, con decenas de órdenes, mensajes y pedidos –también judiciales– realizados y respondidos por funcionarios de los gobiernos, fueron desclasificadas y publicadas ayer en el sitio web en el que el ministerio dirigido por Héctor Timerman vuelca archivos relacionados con la actividad de la última dictadura.

“La embajada se permite recordar que las numerosas presentaciones realizadas con este asunto hasta la fecha no han recibido respuesta por parte argentina, excepto que la investigación continúa”, insistió en mayo de 1978 la Embajada de Suecia en Buenos Aires en una carta enviada a la Cancillería. Por si fallaba la memoria de los funcionarios locales, los suecos acompañaban el cordial reclamo con una minuta fechada de todos los encuentros, intercambios, reclamos y peticiones que diferentes funcionarios de ese país europeo habían emitido a las autoridades militares argentinas entre la fecha de desaparición de Hagelin y septiembre de 1977. El punteo incluyó encuentros personales con Videla.

La respuesta argentina no superaba aquello de “la investigación continúa”. Aunque alguna ofrecía virulencia entre líneas. En septiembre de 1977, por ejemplo, desde el Ministerio de Relaciones Exteriores le respondieron a la Embajada de Suecia que Dagmar era argentina y que la información que seguía en ese texto era brindada por pura “cortesía”. Allí, el organismo de gabinete de facto también comentó que “el gobierno argentino está empeñado en la tarea de erradicar el terrorismo y la subversión”, que “los procedimientos antisubversivos son efectuados por fuerzas conjuntas perfectamente controladas... (que) llevan un registro oficial de aquellos detenidos por vinculaciones con la guerrilla y la subversión, así como también de aquellos casos de denuncias de desapariciones” y que tales registros “son claros, precisos y permanentemente actualizados, lo que da como resultado un conocimiento exacto de la situación de cada detención”. “En cuanto al caso de la señorita Hagelin, no existen constancias oficiales de que hubiera sido detenida por fuerzas de seguridad”, descartó por último ese comunicado. Las listas allí mencionadas, en tanto, nunca aparecieron.

El país europeo y el padre de Dagmar decidieron reconstruir los últimos días de la joven a través de los testimonios de sobrevivientes de las violaciones a los derechos humanos cometidas por el terrorismo de Estado gobernante. Fue útil la declaración de la propia Norma Burgos, también de Martín Grass. Meses antes de que la dictadura se diluyera en la democracia que persiste desde entonces, el entonces ministro de Relaciones Exteriores sueco Lennard Bodstrom le escribió a su par argentino Juan Ramón Aguirre Lanari. Allí le contaba sobre la “decepción” de su gobierno frente a las evasivas argentinas, le informaba que las autoridades suecas habían continuado investigando, y que habían encontrado más testimonios de sobrevivientes de la ex ESMA, un “material” que “parece no dejar dudas sobre la participación de las Fuerzas Armadas argentinas en la desaparición de Dagmar y por ende del conocimiento que se tenía sobre ésta”. Por último advirtió que “la parte argentina no ha alegado que existieran fundamentos legales para tener prisionera en la Argentina a Dagmar o para entablarle juicio”, y que el gobierno sueco “supone que Dagmar está viva y que la Argentina hará todo lo que esté a su alcance para presentar un informe ampliamente clarificador de lo que le sucedió”.
Facsímiles pertenecientes a los dos expedientes desclasificados.

jueves, 16 de octubre de 2014

El caso Toledo

Por Luis Niño *

I. El tema nos retrotrae a fines de junio de 1982, en el último tramo de la dictadura militar. Cumplía yo funciones como secretario del Juzgado de Instrucción N° 3, a cargo del Dr. Carlos Alfredo Oliveri, en turno, para esa fecha, con el Servicio Penitenciario Federal. A través de una nota de rutina, enviada por la dirección de la –hoy desaparecida– cárcel de Caseros, supimos del supuesto suicidio de un joven detenido a disposición del Poder Ejecutivo Nacional en esa unidad, llamado Jorge Toledo.

Sin aviso previo, el juez y sus secretarios –Susana Pernas y quien suscribe– concurrimos a ese establecimiento y, evitando cabildeos, ascendimos al piso 18, donde se alojaba a los presos que revestían aquella condición. La sorpresa de los funcionarios administrativos era mayúscula: no era usual en esos tiempos que un juez se presentara en la prisión, fuera del consabido ritual de las visitas programadas a esos establecimientos; menos aun, si la noticia que lo convocaba era la muerte de un preso, y –por añadidura– de un preso a disposición de la autoridad gubernativa. Por lo demás, la presencia de los dos secretarios permitía presagiar que se llevarían a cabo actos procesales sobre el terreno.

Así fue: interrogamos a los internos acerca de testigos que pudieran dar cuenta de las causas y circunstancias del penoso episodio y logramos apuntar los nombres y apellidos de una holgada veintena de ellos, dispuestos a declarar sobre el caso, al tiempo que, en base a escuetas referencias obtenidas allí, incautamos el libro de enfermería correspondiente a esa planta y la documentación referida a Toledo.

Cuando ese mismo día, de regreso en el juzgado, cursé las cuatro primeras citaciones de esa lista para que se hiciera comparecer a los convocados en el Palacio de los Tribunales, se nos comunicó que, por “razones de seguridad nacional”, la totalidad de los presos entrevistados horas antes habían sido remitidos a la Unidad 6, de Rawson, Provincia del Chubut.

Hasta allí viajamos entonces, Oliveri y yo, junto al –entonces– auxiliar Marcelo Rodríguez Jordán, aprovechando la existencia de una ley que extendía la competencia funcional de los jueces a todo el territorio de la República, cuando se tratara de asuntos relativos a detenidos vinculados con la subversión; y, valga aclararlo, lo hicimos con viáticos habilitados por la propia Corte Suprema que, presumiblemente, habrá dispuesto los fondos estimando que nos trasladaríamos en tren de investigar ilícitos imputables a aquéllos.

En aquella oportunidad, los veintitantos testigos narraron con llamativa precisión y coincidencia las peripecias vividas por Toledo, que configuraban un paradigma del uso perverso que puede hacerse de determinados medios técnicos para aniquilar a un ser humano privado de su libertad. Y es de rigor añadir que esas decenas de testimonios recibieron corroboración, mucho tiempo después, recuperada ya la democracia, por parte de los médicos de nacionalidad suiza –pertenecientes a la Cruz Roja Internacional– que en su hora habían examinado a Toledo, recogiendo sus relatos y los de sus compañeros de infortunio, y exhortando sin éxito a las autoridades militares un cambio en el tratamiento prodigado a todos ellos y a él en especial. Uno de esos detenidos, Hernán Invernizzi, nos confió que era la primera vez que veía a un juez tras casi una década completa de privación de su libertad.

II. La versión reconstruida a partir de la documentación habida por el juzgado y de la totalidad de las declaraciones bajo juramento reunidas es la siguiente: Toledo era un joven trabajador de la provincia de Buenos Aires. Había sido también un militante de base, con conciencia de clase y con actividad gremial, ni más ni menos. A punto tal que, desbaratadas las acusaciones de subversión armada que habían servido para someterlo a encierro cinco años antes, apenas permanecía detenido exclusivamente a disposición del Poder Ejecutivo.

Su dignidad y su presencia de ánimo no habían decaído, a pesar del tiempo transcurrido y de los sucesivos traslados. Hasta el momento de ingresar al que sería su último lugar de alojamiento, había conservado un optimismo prometeico, que tan pronto le llevaba a gritar desde su celda a los compañeros que resistieran las veintitrés horas diarias de encierro que sufrían, porque –según vaticinaba– faltaba poco para que la dictadura se desplomara, como a dar breves consejos vitales –furtivamente, durante los breves recreos– instando a realizar ejercicios en la soledad de cada habitáculo, para no perder la flexibilidad muscular, o a taparse intermitentemente uno y otro ojo, obligándose con el descubierto a fijar la vista en un dedo de la mano y seguidamente en el extremo opuesto de la celda, para conservar la elasticidad del cristalino y no perder aceleradamente el sentido de la vista.

Esas características de personalidad lo habían convertido en un líder natural, a quien muchos de aquellos hombres, doblegados por las torturas físicas recibidas con anterioridad, y por las psíquicas, que perduraban, confiaban sus secretos, sus temores y sus expectativas.

Cabe apuntar también que, por aquel entonces, se había constituido en el Servicio Penitenciario Federal una –así llamada– División Médico Psiquiátrica, especial, aunque no exclusivamente, dedicada a atender a esos detenidos.

Un cierto día, los carceleros ingresaron al pabellón en busca de Toledo, y dando voces lo llevaron a la enfermería, comentando con tono risueño que él colaboraría con las autoridades, ya que sabía mucho de la vida privada de sus compañeros. Desde entonces, cotidianamente, lo llevaron y lo trajeron, siempre alardeando ruidosamente con la circunstancia de que recibirían información de su elegido acerca de los otros presos. De poco sirvió que él jurara a sus confidentes, en persona o gritando de celda a celda, que nunca había abierto su boca para delatar sus secretos y que ni siquiera se lo interrogaba sobre ellos. Poco a poco, al compás de la ostentosa publicidad de algunos datos mantenidos en reserva por aquéllos, y recogidos por los guardianes vaya a saber cómo –tal vez durante la requisa a las visitas o interceptando mensajes de los propios presos, escritos en papel para armar cigarrillos–, muchos comenzaron a desconfiar de su héroe y a abandonarlo en un aislamiento doblemente doloroso.

Pero ese habría sido sólo el comienzo. Según el relato de los ocupantes de los calabozos contiguos, por las noches había comenzado a suceder un rito maquiavélico. Trepando por las escaleras auxiliares del hueco central del edificio penitenciario, utilizadas ordinariamente por los operarios encargados de reparar el servicio sanitario instalado en cada celda, alguien golpeaba la pared del cubículo de Toledo y lo nombraba, hasta conseguir que despertase. Al responder, sobresaltado, al llamado anónimo, la descarga manual del sanitario desde el exterior de la celda le indicaba simbólicamente a qué materia se lo asimilaba en ese lugar de encierro. El procedimiento se habría repetido diariamente, durante meses, con una meticulosidad digna de mejor causa; y si por las mañanas el sueño lo vencía en el recuento de la guardia entrante, recibía la sanción de aislamiento, consistente en alojarlo en una celda igual de pequeña pero blindada, sin luz ni referencia objetiva alguna, durante varios días.

Tales experimentos desequilibrantes se combinaban con otros, padecidos por todos los internos alojados en el piso 18. El equipo de música funcional era frecuentemente utilizado para difundir una misma marcha militar, o un mismo tango, o una música popular machacona y vulgar, durante horas, monótono ritual que solía combinarse con un sonido de acople agudísimo.

III. Al cabo de tantos meses, la fortaleza de Toledo se desmoronó. El, que había desatendido las provocativas admoniciones de aquel sacerdote que, en lugar de asistir y consolar a los prisioneros, los había reconvenido por sus supuestas faltas e intentaba persuadirlos de que ese purgatorio era el que merecían sobrellevar; él, que había insultado al barbero de la unidad, cuando insistía en demostrar, a él como a los otros, enrollando la toalla que empleaba para sus tareas, cómo se había ahorcado otro detenido y qué fácil era terminar con tanto sufrimiento; él, que recomendaba a sus compañeros de encierro abstenerse de ingerir toda medicación sedante o ansiolítica, acabó por rogar que los profesionales de aquella División Médico Psiquiátrica le recetaran algo para poder dormir.

Con una premura inusual en los tratamientos de intramuros, los especialistas recetaron diversos medicamentos psicotrópicos –Uxen, Librium, Valium– según surgía de la documentación oportunamente secuestrada, como para neutralizar con creces tanto sueño bruscamente interrumpido, tanta desesperación a causa del agudo silbido percibido durante horas, y –luego– tanto aislamiento en un sitio donde se pierde noción de tiempo, de espacio y de toda relación con el otro.

Así pasaron semanas y meses, los últimos de su vida. Aquel que había brillado por su autodominio, que había estimulado a tantos consortes de padecimiento, quedó reducido en breve lapso a una sombra pasiva y somnolienta; y así lo recordaron quienes hubieron de arribar allí tras el comienzo de tal abordaje farmacológico. Hasta que, de pronto, sin indicación terapéutica que avalase la decisión, conforme pudimos acreditar a partir de aquella misma fuente probatoria, se le suprimió el suministro de la medicación.

Durante las jornadas siguientes a ese inconsulto corte del tratamiento, algunos oyeron desde sus lugares de encierro gemidos y sollozos nocturnos, reclamando las drogas regularmente recibidas, en el marco de un evidente síndrome de acostumbramiento. Tras ello, el más profundo aislamiento emocional y social.

De nada sirvió aquella tarde el aliento fraterno de Hugo Soriani, por entonces detenido a escasas celdas de distancia, instándolo a salir de la suya para aprovechar el exiguo recreo cotidiano.

Repentinamente, un movimiento inusual y la demora en devolverlos a sus respectivos cubículos alertó a sus camaradas de infortunio. Al advertir que el personal penitenciario transportaba un cuerpo, pudieron comprobar que Toledo se había acogido, aunque con irritante demora, a la cínica instrucción del barbero de la unidad.

Esa noche, los sobrevivientes del piso 18 se sorprendieron con un menú especial –carne al horno con papas– y una marcha fúnebre como música de fondo, macabra conjunción que ninguno de ellos pasó por alto.

IV. En el Juzgado en lo Criminal de Instrucción N° 3 fueron vinculados a proceso, en su momento, el director del establecimiento y los médicos actuantes, en orden a los delitos de omisión de los deberes de funcionario público y abandono de persona seguido de muerte, respectivamente. Tiempo después, sobrevenida la democracia y ya designado juez en la misma sede, proseguí con la tramitación de la causa, dictando prisión preventiva, conforme a idéntica calificación, contra los facultativos en cuestión, medida que no se hizo efectiva en esa etapa, por habérselos eximido de prisión antes de ser indagados.

El fiscal de juicio mantuvo, a su vez, tal encuadre legal al acusarlos; pero el juez Nerio Bonifati –fallecido años atrás– quien, tras alcanzar la presidencia del Tribunal Superior de Justicia de la Provincia del Neuquén, había regresado a Buenos Aires para desempeñarse, alternadamente, como juez de Instrucción y de Sentencia, al pronunciar su fallo en este último carácter, si bien coincidió en cuanto a dar por plenamente probada la materialidad de los ilícitos mencionados, aludiendo incluso a la existencia de una sistemática de terror dentro de las cárceles durante aquel período, consideró que carecía de elementos de juicio suficientes como para reprochar puntualmente a tales encausados la responsabilidad por el hecho en cuestión, y los absolvió de culpa y cargo. Más aun: me remitió fotocopias de lo actuado para que, en caso de considerarlo oportuno, adoptara algún temperamento.

Dado que su propia resolución vedaba un nuevo juicio sobre los acusados, y por razones de competencia en razón de la materia, elevé esos testimonios a la Justicia Federal en lo Criminal y Correccional, en pos de la investigación de responsabilidades de nivel superior al de la dirección de la unidad. Poco después se me informó que tales actuaciones habían sido archivadas.

En épocas en que se procesa a ex magistrados y funcionarios por acciones u omisiones penalmente relevantes, sucedidas en el período dictatorial, es justo reivindicar a quienes, como el prematuramente desaparecido doctor Carlos Oliveri, supieron actuar con integridad y coraje cívico frente al espurio poder establecido. Y, paralelamente, rescatar la valentía de ese conjunto de ciudadanos que, sujetos aún al redoblado rigor penitenciario, testimoniaron sobre el martirio de Jorge Toledo.

* Juez y profesor universitario

jueves, 2 de octubre de 2014

UN POCO SOBRE PASTO SECO: LIONEL MAC DONALD

Lionel MacDonald había empezado como militante estudiantil en Santa Fe, hasta que el PRT comenzó a planificar lo que luego sería la Compañía de Monte “Ramón Rosa Jiménez” en Tucumán.

Así subió al monte, a principios del ’74, con un primer grupo “de exploración”, que abrió la posibilidad para que luego se sumaran nuevos contingentes de combatientes.
En diciembre, con la entrega de grados, adquirió el grado de Capitán, y según sus propios compañeros, “caminaba el monte como los dioses”.
Era uno de los encargados del trabajo político con los “contactos”, esto es, los pobladores que vivían (y algunos lo siguen haciendo) a la vera del cerro: por el rubio de su pelo, comenzaron a llamarlo “Pasto Seco”.

Descendiente de escoceses, su madre había sido la compositora de la marcha del ERP, mientras él seguía militando en la Compañía: allí permanecería, hasta que en junio del ’75 le correspondió la responsabilidad de dirigirla.
Luego del golpe de marzo del ’76, y ante la decisión de la dirección del PRT de desactivarla hasta mejores condiciones, pese a estar en desacuerdo, le cupo el trabajo de bajar a los militantes y avisarles a los contactos de las novedades.
En eso andaba, cuando lo sorprendió una patrulla del Ejército el 21 de octubre. Su padre, cuando fue a retirar sus restos a Tucumán, fue recibido por un Teniente Coronel que le entregó el cuerpo y lo felicitó “porque su hijo combatió tan valientemente como el mejor de los nuestros.”

LIONEL MAC DONALD, “PASTO SECO”, “RAUL”, por Raúl Lescano
Era uno de los principales compañeros. Fue el último responsable de la Compañía de Monte, en el ’76. Lo matan en un enfrentamiento, cuando estaba bajando, y se defendió hasta que se quedó sin balas. Eso fue luego de que el Partido diera la orden de disolver la Compañía. Incluso los milicos siempre hablaron de él con mucho respeto. Él fue quien me incorporó al PRT, más o menos para el ’68.

Había sido jugador de Colón de Santa Fe, hasta la cuarta división, como número nueve. Antes habíamos estado juntos en el equipo de Sunchales, que era de la liga regional, hasta que me voy a Ferrocarril Oeste de Santa Fe y él a Colón. Y después, cuando el PRT lo traslada a Rosario, jugó en Newell’s. Se hacía tiempo para jugar al fútbol. Y en la cárcel, del ’71 al ’73, también jugábamos, cuando estuvimos en Resistencia y en Encausados. A él lo largan el 11 de marzo, previo a las elecciones, porque no tenía PEN y hacía rato que había cumplido su condena.
Sus restos fueron restituidos desde el cementerio de San Miguel de Tucumán hasta el de Santa Fe. Llevamos la urna al “Lugar de la memoria”, que es un árbol grande, que tiene alrededor como una maceta de mármol, donde se introducen las urnas. Cuando se hizo eso, se preparó un acto con la familia y los compañeros, donde me pidieron que hable, porque lo conocía desde que éramos chicos, desde el colegio.

Estrella Roja N° 89, 14 de diciembre de 1976
“Consternados, doloridos ante la muerte de nuestros camaradas, rendimos hoy homenaje a quien ha sido un soldado de su pueblo y un jefe indoblegable para sus soldados.
Siempre atento y preocupado por los problemas de las masas, hacia donde se orientó su pensamiento y acción, imbuido del espíritu del pueblo tucumano, conociendo sus necesidades y sus costumbres, supo ser uno de ellos.

Enseñando con el ejemplo de humildad y sencillez dotado de una moral inquebrantable y una voluntad sin límites, llevó adelante la lucha del pueblo tucumano hacia su liberación.
Conciente de la necesidad de organizar y construir para ello un poderoso ejército regular supo ponerse al frente de sus hombres venciendo cualquier dificultad, formando permanentemente a sus soldados, educándolos, conociéndolos profundamente. Supo llegar con la crítica fraterna, con la palabra de aliento o la palmada calmosa y calar muy hondo en el alma de sus hombres, narse el cariño y el respeto de todos los que lo conocieron, los que tuvimos el privilegio de estar bajo su mando y de su pueblo que tanto amó.

Querido camarada Capitán Raúl, tu nombre es bandera de lucha, tu ejemplo de valor y sacrificio nos guiará junto a nuestro Comandante Jefe por el camino de la victoria hasta el triunfo final.

¡EL CAPITÁN RAÚL VIVE EN EL CORAZÓN DE SUS SOLDADOS Y DE SU PUEBLO!
¡COMANDANTE SANTUCHO A LA ORDEN, HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!

lunes, 16 de julio de 2012

Claudio Tamburrini habla de su historia y opina sobre los juicios

Claudio Tamburrini pudo ser un desaparecido de la dictadura argentina. Pero su vida dio un giro inesperado. Contó su historia y opinó sobre los juicios a los represores

 Era la noche del 24 de marzo de 1978. Se cumplía dos años del golpe de Estado que dio inicio a la dictadura militar. El país dormía, desconociendo o ignorando el triste destino de cientos de personas secuestradas y torturadas por los militares. Los guardias de la Mansión Seré descansaban. Mientras cuatro jóvenes se las ingeniaban para escapar de ese calabozo de la muerte emplazado en pleno Castelar.

Un clavo, un cable de plancha que trababa las persianas de la ventana totalmente cubierta y una soga de sábanas, con la pizca indispensable de astucia, fueron los elementos suficientes para llevar a cabo la fuga. Claudio Tamburrini, Daniel Russomano, Guillermo Fernández y Carlos García salieron sin ser percibidos y así como estaban, con las manos semiatadas y desnudos, corrieron hasta encontrar refugio.

La historia parece de película. Pero, aunque inspiró un film, es totalmente verídica. En diálogo conuno de los protagonistas -Claudio Tamburrini- recordó ese momento de su vida, explicó por qué "lo volvería a vivir" y compartió su opinión sobre los recientes juicios contra los represores del Gobierno de facto.

En aquel entonces, tenía 23 años y era estudiante de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. También jugaba en el Club Deportivo Almagro. Desde noviembre de 1977 a marzo de 1978 fue privado de su libertad y torturado. Todo por su vínculo con un ex compañero de colegio investigado por la Fuerza Aérea. Hoy, tiene 57 años y es un filósofo especializado en ética y deportes formado en Suecia, donde reside desde que pidió asilo político.

-¿Qué tipo de secuelas le dejó su detención en la Mansión Seré?

-No tengo secuelas físicas, y las emocionales, en todo caso, son positivas por las vivencias que he desarrollado a partir de esa experiencia. Es diferente ser sometido a un secuestro o a torturas y escaparse por la propia vía a ser liberado por el torturador. Además, fue edificante que, al fugarnos, indirectamente salvamos la vida de todos los que quedaron en la cárcel. A la semana, la Fuerza Aérea incendió la casa para borrar toda huella de ese centro clandestino de detención. A los que estaban secuestrados los fueron transfiriendo a penales o a comisarías, es decir, blanquearon su situación.
 
-¿Por qué volvería a vivir ese momento?

-Es una parte determinante de mi  vida. Esto es una cosa mala que me pasó, pero que fue la causa que me llevó a vivir mi vida. Si yo no hubiera sido secuestrado probablemente no hubiera salido del país, no hubiera conocida a mi esposa, no tendría a mis hijos, no hubiera tenido la formación profesional que tengo. En ese momento mi vida tomó un curso que nunca hubiera tomado.

-¿Volvió a encontrarse con sus compañeros de habitación en la Mansión?

-En la Mansión Seré, me reencontré en el año 85 con Guillermo Fernández, y nos vemos regularmente. Es el que concibió la fuga. Me volví a ver, muchos años después, con Carlos García en Barcelona, en 2009. En el 85, también lo vi a Russomano cuando esperábamos para dar testimonio en el juicio a las juntas.
 
Una mirada distinta sobre los juicios a los represores

Tamburrini comparte el reclamo de justicia y castigo contra los responsables del terrorismo de Estado. Sin embargo, , en lo que difiere es en los métodos porque no se está cumpliendo con la consigna de verdad. El destino de los cuerpos de los desaparecidos y los nombres de los apropiadores de bebés aún son una deuda pendiente de la democracia. "Y se nos está acabando el tiempo", advierte.

 -¿Cuál es su opinión sobre la reapertura de los juicios a los represores?

-El proceso que se inició a partir de 2003, con la reapertura de las causas, la revisión del proceso y la inclusión de los comandantes y de todos los involucrados en las violaciones de derechos humanos, es positivo. Pero a mi juicio es insuficiente. Ha sido implementado desde una perspectiva errónea; se ha dejado de lado el hecho de que ya han pasado 30 años. El tiempo se nos está acabando, se nos están muriendo los represores. Nos quedan cuestiones fundamentales por resolver, como es saber qué pasó con los detenidos desaparecidos, donde están los cuerpos, dónde están los bebés apropiados, quienes fueron los cómplices civiles de los militares...
 
-¿Qué propone entonces?

- La única forma de llegar a revelar la verdad es ofrecer una negociación penal. Es decir, una rebaja en las penas a quien colabore totalmente. Muy posiblemente no sea necesario negociar con los comandantes, como Rafael Videla, que tampoco debe tener información puntual de quién se llevó tal bebé. Hay que buscar a los que manejaron concretamente estos operativos. Se ha puesto énfasis en los procesos judiciales en el castigo y en la noción de justicia, pero en una noción de justicia limitada, de justicia retributiva, que consiste en la aplicación puntual de la pena establecida por un cierto hecho delictivo y penal. Pero en este momento la prioridad es la noción de verdad y la noción de justicia concebida más ampliamente porque justicia no es solamente castigar dura y retributivamente.

-¿Cree que puede haber un cambio de mentalidad en cómo se están encarando los juicios?, ¿tuvo la oportunidad de plantear esta propuesta a familiares de desaparecidos?

-Es contradictorio, porque los familiares defienden la necesidad de aplicar un castigo duro a los responsables de las violaciones de derechos humanos, pero también dicen que quieren conocer toda la verdad y saber qué pasó con sus familiares o identificar a los bebés apropiados. Hay una contradicción porque, al amenazar y aplicar una pena dura, se está cerrando una posible negociación y se está instando al condenado a que se calle. Y está afianzando el pacto de silencio entre militares, que la democracia argentina no ha podido quebrar. Pero los mismos familiares reconocen que se está terminando el tiempo y tienen miedo de no poder encontrar a sus nietos. Por eso, el énfasis tiene que ser saldar el déficit de verdad.
 
-Durante el proceso, buena parte de la sociedad argentina permaneció indiferente a lo que sucedía, ¿hoy la conciencia está formada e instalada?

-El ambiente y la actitud que se percibe en la gente recuerdan mucho a lo que se percibía en 1985 en pleno proceso contra los comandantes. Esta vez hasta renovado, con más energía y más convicción, porque esta vez el entorno apoya, es favorable. En el año 85 los juicios fueron perturbados por los levantamientos militares, había un gobierno civil recientemente establecido y con militares con poder de armas. Hoy no tenemos esa situación, tenemos un gobierno civil, democráticamente electo, consolidado y la amenaza de un golpe militar es inexistente. El problema está en determinar los fines que pretenden conseguir: si es solo juicio y castigo o si pretende también alcanzar el esclarecimiento de la verdad. Si uno elige este último fin, eso tiene que influir necesariamente en el tipo de pena que elijan, en el tipo de negociación penal.

 -Argentina se convirtió en referente para la región por el enjuiciamiento de los responsables de la dictadura, ¿cuáles son los errores que deberían corregir los países de Latinoamérica que decidan emprender la misma vía?

-En general, cuando hablamos de terrorismo de Estado, en especial cuando es de muchos años antes, cuando los testigos ya no recuerdan o muchas pruebas han sido destruidas, cuando es más difícil reconstruir lo que ha sucedido, se hace mucho más difícil. Hay que dar prioridad al esclarecimiento de la verdad y de los hechos. Y a partir de eso elaborar una política de persecución penal: qué necesitamos saber y qué es lo que no sabemos.

domingo, 18 de marzo de 2012

La historia de María Ramírez, a quien una jueza de la dictadura condenó a un "hogar" de menores

“Era un infierno y yo me sentía enterrada viva”

Cuando desapareció su madre, su padre estaba en la cárcel y, aunque su familia los reclamó, María y sus dos hermanos fueron depositados en un hogar de menores, donde sufrieron abusos y pasaron hambre durante siete años.

Las madrastras o las cenicientas de los cuentos de los hermanos Grimm no alcanzan para imaginar lo que sucedió en Buenos Aires a partir de la noche del 14 de marzo de 1977. Después de un operativo, la policía depositó a tres niños en una casa de huérfanos de Banfield en la que conocieron durante siete larguísimos años el socavón del infierno del que todavía, en ocasiones, no terminan de entender si de verdad han salido alguna vez.

“Nos despertaban con agua fría a la mañana”, explica María Ramírez, una de aquellos niños. “Nos daban de tomar el mate cocido y un pan con azúcar y manteca y después íbamos a la escuela, pero yo me dormía por lo que había vivido a la noche. A la hora de comer, como el ambiente en la casa era muy tenso porque el viejo Manuel aparecía y siempre tiraba cucharas y se enojaba con algo, yo no comía. No me gustaba la comida y a veces me ponía muy mal y me castigaban. Me hacían ir a comer con los perros. Me sacaban al patio, y ahí comía en el plato de los perros. Era un asco, pero hasta los perros son más humanos que la gente, así que no era tanto el asco que yo sentía en esos momentos.”

María es la hermana del medio de los tres hermanos Ramírez, que son parte de una de las historias dramáticas de la dictadura argentina. Tenían 2, 4 y 5 años de edad cuando miraban el operativo en el que un grupo de tareas secuestró a su madre. La policía los abandonó en el Casa Belén, que dependía de una parroquia de Banfield, y sus nombres entraron en un expediente en el que la jueza de Lomas de Zamora Marta Pons se negó a devolverlos cuando una tía los reclamó, porque su padre estaba en la cárcel. La jueza rompió los papeles con sus nombres delante de los empleados, y de viva voz exclamó una frase que aún se recuerda en la Justicia: “Son hijos de un paraguayo montonero que desafió la Constitución Nacional y no merece recuperarlos”. Con los papeles, Pons rompió además en pedazos la única puerta de salida del infierno.

Para entender qué pasó con estos niños hay que saber que María estuvo desde los cuatro hasta los once años encerrada en el Hogar. Que, de noche, la casa conoció escenas similares a las de un centro clandestino. O que ella tenía que enterrar las monedas que alguno de los militares, asiduos concurrentes, le entregaban cuando empezaron a abusarla. Que cuando se subió a un avión en 1983 con destino a Suecia todavía no sabía leer o escribir; que enmudecía por espasmos, que no comía y que un día, muchos años después, entre intentos de quitarse la vida, tomó clases de pintura y los profesores corrieron por el espanto de lo que empezaron a ver en sus cuadros.

Pocos meses atrás, ella logró empezar a ordenar algo de todo eso volviendo al origen: el barrio de Quilmes. Con la ayuda de muchos, de especialistas del Centro Ulloa, del Ministerio Público Fiscal, del Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial, de Amnistía Internacional y del intendente de Quilmes, Francisco “Barba” Gutiérrez, que fue compañero de sus padres, recuperó la casa en la que vivió hasta los dos años. Frente a esa casa, en una celebración, desnudó una pintura que hizo con la cara india de su madre. Y mientras la presentó y volvía a mirarla, contó que en ese lugar, en el que tuvieron un almacén, fue el único en el que había sido feliz. Más tarde, estuvo en el Parque de la Memoria y algo empezó a cambiarle adentro: leyó el nombre de su madre desaparecida, por primera vez, en algo semejante a esa especie de cierre que puede ponerle a la historia un ladrillo o una lápida.

–Ahí pude llorar y llorar –dice–: cuando llegué, sentí que pude tocar algo de todo eso tan abstracto, y que me reencontraba con ella.

–¿Supiste qué le pasó?

–Sé que la llevaron a alguna parte, parece que la mataron.

–¿La vieron otros sobrevivientes? ¿Hay datos?

–No, creo que tampoco he tratado de profundizar mucho porque me cuesta mucho saber qué pasó. Me bloqueo, y es porque en realidad yo a mi madre la veo viva. He vivido con la esperanza de que la voy a encontrar. Y cuando pierdo la esperanza, me cuesta aceptarlo. Ahora que recuperamos la casa donde teníamos el almacén, siento que ahí se quedó más presente mi madre, pero también la pequeña infancia que tuvo un poco de felicidad y de familia. El sentido del juego y el cariño estuvieron ahí: en esos dos años.

–Cuando tenías dos años se fueron de esa casa porque detuvieron a tu padre. ¿Qué hicieron después?

–Vivíamos en distintas partes, clandestinos. Pasamos por distintas casas. Dos años después, cuando nos secuestraron, estábamos viviendo en Quilmes. Esa noche vino toda la tropa, no quedó casi nada, me acuerdo cómo entraban las balas o del perrito que se esconde atrás de la congeladora. No sé cuánta gente había, pero me acuerdo que nosotros salimos por la ventana con la ayuda de nuestra madre.

En primera persona

Cuando recuperó la casa-almacén, María leyó un texto escrito por ella en el que anudó algunos tramos de su historia. Un relato todo corrido que hasta entonces no había podido hacer porque al intentarlo se quedaba muda o, vuelta a vuelta, los recuerdos la sacudían y parecían capaces de voltearla a un cementerio. Ahí, en el texto, sobre los tramos del operativo y los primeros días en la Casa Belén, escribió:

“En la madrugada del 14 de marzo de 1977 fue el último abrazo de mi madre cuando estábamos rodeados de militares y las balas entraban por todas partes. Era terrorífico el operativo, las balas no terminaban de tirarnos. Yo tenía 4 años; Carlos, 5 y Mariano, 2. ¿Por qué pasó todo esto? ¿Por qué tuvimos que salir por la ventana de atrás? ¿Por qué vos no? Antes de saltar afuera, nos abrazaste fuerte y largo. No era un abrazo común: era un abrazo de ¡despedida! Me recuerdo de tus últimas palabras: ‘María te quiero’, e igual a mis dos hermanos. Y también la promesa que te hicimos de cuidarnos uno al otro”.

Después, sigue, “caímos en las manos de la jueza Pons, que conscientemente nos hizo desaparecer poniéndonos como NN. Cuando llegamos a la Casa Belén nos bautizaron de nuevo y nos cambiaron el apellido a Maciel. Recibimos el apellido del militar del hogar. Los nuevos padres nos exigían decirles: ‘mamá’ y ‘papá’. Era algo imposible. Pero cuando yo no aguantaba más los golpes, me entregué a llamarlos así: ‘mamá’ y ‘papá’ a Manuel y Dominga”. Les pusieron padrinos militares. “Mi nuevo padrino me llevaba a su trabajo que eran centros clandestinos donde las paredes tenían más sangre que pintura. En una ocasión no me dejaron entrar porque adentro había gente ‘trabajando’. Podía escuchar la música muy fuerte, las ventanas estaban cerradas. Pero mientras esperaba a mi padrino podía diferenciar que en el fondo de la música había gritos de personas. Gritos de dolor. Ese hogar era un infierno, era una cárcel para niños. Ahí estuvimos casi ¡siete años! Eramos ocho NN. ¡Yo me sentía enterrada viva! Porque el trato era inhumano, había falta de cariño y vida.”
Desencuentros y encuentros

La jueza Pons la recibió una vez con una bandeja llena de medialunas. Como en el hogar pasaban hambre, aquello se convirtió en una trampa: la jueza buscaba que María renuncie a la tenencia impulsada por su padre. Mientras a la niña se le derretían los ojos por las medialunas, la jueza le susurró que su padre no la quería, que seguramente iba a venderla en el exterior.

–¿Cómo era finalmente esa Casa Belén?

–Era un pequeño hogar, chiquito, de once personas. Ahí vivía una familia, Manuel y Dominga con sus tres hijos. Hacia afuera estaba todo bien: cuando nos sacaban a la calle siempre nos peinaban; yo me sentía una muñeca, me vestían muy bien. Después, al regresar, te sacaban todo, y era empezar a limpiar, te pegan y te hacen comer con los perros. Te humillaban tanto que uno no sabía por qué hacían todo eso. ¿De dónde venía ese odio? Hasta que entendés que es por tus padres, para que no salgas como ellos. Esa era la razón.

–¿Qué les decían a ustedes?

–Yo tenía una imagen apenas dibujada de mi viejo, porque lo había visitado alguna vez cuando era muy chica en la cárcel. Pero de mi madre no podía decir nada. Ellos me decían: “Tu mamá es una prostituta y hace esto y aquello”. O: “ella no te quiere, te abandonó”. Y yo sabía que todo era mentira. Tenía muchos recuerdos de ella positivos y entendí que me estaban engañando y no quería creer lo que me decían. Ese, al final, fue mi secreto: me dije que nunca iba a decirles que tenía a ella en la memoria. No hablaba, evitaba responderles y si me preguntaban si me acordaba algo de mi madre, les decía que nada. Yo entendí que eso era lo que querían de mí. Y así fue, pero a ella la tenía como a mi ángel: a veces en la soledad, uno puede hablar con alguien y yo pensaba que con ella, de esa manera, podía compartir mucho, porque también estaba prohibido hablar entre nosotros. Había que vivir en silencio. Nadie te pregunta cómo estabas, solamente eran órdenes.

–Parece un cuento de terror.

–Siempre que tenían cosas ricas para comer, las cosas dulces, se las comían ellos. Nos daban lo que sobraba. Realmente, desde afuera se veía todo perfecto, pero adentro era un infierno total. Era muy clara la idea que tenían de cómo romper con el interior de cada persona, porque nosotros éramos basura para ellos: a mí me pegaban para que les dijera mamá y papá y al comienzo no quería porque la señora esa era una bruja. Yo tenía cuatro años. Mi mamá era algo hermoso, cariñosa y ésta era totalmente distinta.

–¿Quién era Manuel?

–Era un milico. Trabajaba de noche y tenía su ropa militar. La casa era una base operativa durante la noche y de día venían siempre los militares, tenían reuniones en el comedor. Las noches eran momentos terroríficos. Hoy mismo todavía me cuesta dormir por todo eso. Ellos tenían sus reuniones y después pasaban por el dormitorio de las niñas: yo no podía dormir por los abusos sexuales y por el miedo de que nos separen a los tres.
Los abusos empezaron a los siete años

–También el hijo de Manuel tocó a todos los chicos, a mis hermanos y a mí. Toda la parte de sexualidad ahí adentro fue un desastre. También venían los compañeros de Manuel y abusaban. Y Dominga se hacía la tonta, la que no sabía nada, pero después venía y me pegaba porque decía que yo era una puta. Cuando se iban me dejaban una moneda. Y yo decía: “¿Y yo qué voy a hacer con esta moneda? Si me la encuentran, me matan” y tuve que enterrar esa plata para que no la vieran. Esa fue la peor parte. Me obligaban a hacer cosas para que ellos se puedan reír y eso todavía lo estamos sufriendo.

–¿Volviste a la casa?

–Volví hace diez años y lo primero que miré fue la puerta: era la misma. Y lloré. Me dije: “Salí del infierno de esa casa y la puerta era la referencia: he salido de ahí”. Después me fui al gimnasio al que iba siempre, que era parte de un descanso que me hacía como una forma de meditación para aguantar los golpes. Hace un tiempo me dan ganas de volver acá, volver a Quilmes, estudiar arte, español y agarrar esas posibilidades que nunca he tenido acá porque yo no pude estudiar. Me fui analfabeta a los once años. No sabía ni escribir ni leer, era un desastre, porque dormía en la escuela, como no dormía de noche porque me venían a molestar. Me costaba la concentración y, bueno, me dormía de día. No aprendí mucho, solamente lo poco que podía memorizar, pero después fue un quilombo poner el sueco arriba de todo eso, mi padre no sabía que yo no sabía: era una selva.

–¿En la escuela no se daban cuenta de lo que pasaba?

–Me parece que había una maestra que se daba cuenta de algo, pero después desapareció. Siempre pasaba lo mismo, apenas me empezaba a encariñar con alguien o cuando había alguien que me atendía mejor, luego no la veía más. De eso sí que me daba cuenta. También fui a pedir ayuda a un cura, pero me cerró las puertas.

–¿Cómo lograron irse?

–Mi tía nos encontró, un grupo de psicólogos empezaron a ir a tratarnos. Ellos estaban preparándonos para el reencuentro con mi padre. Ya eran los tiempos de la democracia. Me acuerdo de la sensación que sentía cuando nos venían a buscar, para mí era una felicidad salir a comer un helado, ir a comer una pizza, ir a jugar o poder ir al parque. Una vez que estaba tan contenta me olvidé de saludar antes de irme, y cuando volví estaban Dominga y Manuel y al entrar me vino la paliza. “¿Por qué no saludás? ¿Ya estás cambiando?”, me decían. Y así empezó. Teníamos un permiso que solicitaban esos psicólogos. Rubén, que era uno de ellos, nos llevaba afuera, al Planetario. Yo nunca había estado ahí. Siempre había estado a no más de dos o tres cuadras. Era mucho ya ir a un parque. Ya te mareaba. Había alguien que te miraba y te preguntaba cómo estabas. Era muy fuerte para mí, “alguien me ve”, decía.

–¿Cómo fue el encuentro al final con tu padre?

–Ellos estaban preparando el encuentro con mi padre. Cuando lo vimos en el aeropuerto no fue un ¡¡hooooooooola papá!! ni mucho menos: él se quedó muy en shock. Y nosotros, lo mismo: decíamos, “¡qué te vamos a extrañar!”. Fue duro el cambio, a pesar de todo. A mi padre no lo quería. Sentía desconfianza, creía que no era mi padre. Mucho tiempo estuve así, casi quince años. Ahora estamos mejor, se puede entender pero, por Dios, yo decía: “Tanto que me hiciste sufrir, todo esto es tu culpa. Es tu culpa todo lo que he perdido. ¿Tengo que estar agradecida? ¿Estar en otro país? ¿Si acá me siento como un marciano?”.

–Una marciana en Suecia.

–No tenía ninguna conexión con ese país y me he sentido así, bastante marciana, durante mucho tiempo. Cuando todavía era chiquita creía que era fea. Me rompían la cara; me decían, “negra”, de todo. Todo el tiempo hubo problemas hasta que a los 17 años me cansé, hice un cambio buscando mi propia vida. Poco a poco algo fue pasando. Yo corro maratón de 42 kilómetros y para mí es una expresión de libertad; es una filosofía, son cuatro horas de no pensar en nada, sólo de mantener el equilibrio. Un poco creo que puedo aplicar eso en la vida, como la parte de tener una visión más o menos justa y de trabajar hacia ese proceso. Eso es lo que quiero hacer también pensando en Argentina.

–¿Tenés ganas de volver?

–Cuando vine anteriormente siempre me he enfermado. Por las secuelas que me vienen, todo lo que he vivido se repite de nuevo. Es como un disco, y yo sólo pienso que es lo que llaman postraumatismo: me quedo traumatizada de nuevo, entonces, no como, no hablo y me enfermo. Y entonces tomo distancia, pero ahora con la psicóloga estoy pasando un momento que es un milagro, porque me di cuenta de que puedo trabajar estando acá: no necesito viajar allá, puedo cambiar y tomar distancia y esa es la nueva tarjeta que en este momento triunfa. También me doy cuenta de que puedo expresarme en español, estar en el presente y no por hablar en español estar en el pasado. La vuelta a la casa también fue una medicina bastante fuerte. La he vivido, tengo los vecinos, he abierto algo social, y esa fue la primera vez que hablé. Y “el Barba” y otros se sorprendieron porque nunca me escucharon hablar. Y ahí me decidí y hablé porque, como varias veces me pusieron un arma y me dijeron: “Si hablás alguna vez, click: te vamos a matar”. Me ponían el arma en la cabeza para demostrarme que era verdad, pero ya atravesé un poco ese miedo.

–¿Qué pasó con tu vida en estos años? ¿Te casaste?

–No. Pero me casé conmigo misma. Ahí empezó la vida, cuando terminé la carrera de enfermería me compré este anillo, en 2003. Estas cosas tienen algo que es que uno sufre y se enferma y todo esto joroba mucho la mente y la parte de un suicidio se ve venir. Por eso tengo el anillo: porque los demonios son muy fuertes a veces.

Los avatares de la causa judicial

La causa de los hermanos Ramírez pasó del juzgado de Daniel Rafecas a la Justicia Federal de Lomas de Zamora. El traspaso encierra algunas claves para entender por qué hasta ahora no avanzó y cuáles son las características que lo hacen atípico. En general, los niños nacidos en cautiverio durante la dictadura o aquellos arrebatados a las familias en los operativos siguieron dos caminos: o fueron apropiados por militares o allegados o pasaron por un hogar de huérfanos y luego pasaron a nuevas familias después de un blanqueo, en general no regular, de un juez de Menores. María y sus hermanos se quedaron en el medio: no pasaron a una nueva familia, sino que con la intervención de la jueza Marta Pons se quedaron en el Hogar Casa de Belén. No fueron los únicos. El matrimonio se apropió de ellos porque les cambió el nombre. Hasta ahora no se descubrió que hayan sido militares, pero lo que sí se sabe es que la jueza Pons estuvo a cargo del trámite inicial, rompió los papeles de origen y cuando uno de los familiares logró llegar hasta ella le dijo que no sabía nada sobre el paradero de los niños. Lo que se discutió en el expediente desde el comienzo es si el caso está prescripto o puede ser leído como de lesa humanidad. Para algunos funcionarios judiciales tiene peso el hecho de que los autores de los delitos no hayan sido funcionarios públicos (los dueños del Hogar Belén no lo eran). O que el hecho haya sido “aislado” o “sistemático”. Una resolución de la Cámara de Casación por una causa de violencia sexual abordó hace unas semanas esta discusión. El camarista Gustavo Hornos dijo que el hecho de que los delitos hayan sido “realizados, o no, a gran escala, de modo generalizado o sistemático, con habitualidad, o cualquier otra expresión equivalente no constituye obstáculo alguno para su calificación como crímenes de lesa humanidad”, porque lo que importa es el contexto del ataque generalizado, de la dictadura que hizo posible esa conducta. La Justicia Federal de Lomas y el fiscal federal Alberto Gentile venían investigando los expedientes del juzgado de Pons, allanaron el Hogar Belén y acumularon ahora la causa de María y sus hermanos, que impulsa como querellante el abogado Luis Valenga. Esa es la línea que también entiende más pertinente la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de causas por violaciones a los derechos humanos durante el terrorismo de Estado de la Procuración: “Fue muy conveniente que la causa por los delitos sufridos por María Ramírez y sus hermanos se acumulara al expediente de Lomas de Zamora en el que se investigan todos los delitos de apropiación que se habrían cometido con la intervención del Juzgado de Menores Nº 1 de Lomas de Zamora, entonces a cargo de la ya fallecida jueza Pons. Parte importante de esa causa se ciñe a los delitos cometidos en torno del Hogar Casa de Belén. Una investigación que alcance todos los aspectos del contexto ilegal en que ocurrieron los crímenes sufridos por los Ramírez facilitará su prueba y su consideración como crímenes contra la humanidad”.
Agradecimientos

María tiene unos agradecimientos pendientes: “Si es posible agregar y agradecer a mi familia en Suecia y a mi padre. La familia sufrió tormentas, porque sin ellos tampoco llegaría hacia donde hoy estoy. Se invirtió mucho en mi salud y también, como marciana, me encuentro en un cuerpo familiar en el que encuentro apoyo que también fortalece al reencuentro conmigo misma, mi identidad y mi historia”.

jueves, 8 de marzo de 2012

Pedido de testimoniante Vilma Gomez

II.- 3) Libro Gabinete Fotográfico y fotografías reveladas (reservadas en Secretaría):
Nº 158663- (12 tomas)

Sobre este punto, debe también tenerse presente que la testigo Vilma Pompeya Gómez fue citada en la ciudad de Ituzaingó, Pcia. de Corrientes, el 21/11/2008 mediante oficio del Juzgado Federal Nº 1 de Santa Fe, a prestar declaración testimonial y reconocimiento de fotografías digitalizadas.

El reconocimiento de la testigo se encuentra a fs. 225/226 del Expte. 37/07, 2º cuerpo, acumulado en estos autos. En dicha testimonial la testigo solicita medidas que aún se encuentran pendientes.

ESTE  PARRAFO EXTRAIDO DE LA PRESENTACION DE MIS ABOGADOS, QUE ADJUNTO , DEMUESTRA LA FALTA DE VOLUNTAD POLITICA DEL PODER JUDICIAL PARA ESCLARECER ESTOS CRIMENES. ADJUNTO LAS FOTOS QUE NO FUERON PERICIADAS Y SI ALGUN COMPAÑERO O CIUDADANO PUEDE IDENTIFICAR LOS ROSTROS DE LOS MILITARES Y CIVILES PRESENTES EN EL OPERATIVO LE RUEGO ME AYUDEN.

LOS QUE PUEDAN ACCEDER AL MINISTERIO DE DEFENSA PARA VER LOS LEGAJOS DE LOS MILITARES DESTINADOS EN SANTA FE EN ESE PERIODO AL MINISTERIO DE JUSTICIA DE LA NACION PARA EL MISMO TRAMITE Y AL MINITERIO DE GOBIERNO Y JUSTICIA DE SANTA FE PARA SOLICITAR LA PERICIA Y, O LA IDENTIFICACION DE LOS MIEMBROS DE LAS FUERZAS DE SEGURIDAD PRESENTES EN LAS FOTOS.

LOS MUERTOS SON MI COMPAÑERO LUIS ALBERTO VUISTAS Y MIGUEL ANGEL FONSECA.

ESTA PERICIA LA SOLICITE EN EL AÑO 2008. SIN QUE EL MINISTERO PUBLICO FISCAL NI EL JUEZ FEDERAL DE SANTA FE HAYAN HECHO NADA DESPUES DE 4 CUATRO AÑOS .

DEBO ACLARAR QUE TESTIFIQUE OCHO VECES LA PRIMERA VEZ EN EL AÑO 1981 ESTANDO DETENIDA EN EL PENAL DE DEVOTO Y QUE FUI TESTIGO EN EL JUICIO ORAL  DE EL EX JUEZ BRUSSA CONDENADO Y CON SALIDAS HIGIENICAS ORDENADAS POR EL PRESIDENTE DEL TRIBUNAL ORAL QUE LO CONDENO.

ANTE LA INMINENCIA DE LA ELEVACION A JUICIO ORAL Y FALTANDO CUMPLIMENTAR TODAS LAS PRUEBAS QUE FIGURAN EN EL ESCRITO DE MIS ABOGADOS, RECURRO A LA OPINION PUBLICA, A LOS QUE NOS CONOCEN PARA QUE NO HAYA UN JUICIO MAS SIN CASTIGO. SON 48 MUERTOS Y SOMOS 4 SOBREVIVIENTES.

QUE EL SEÑOR NOS SALVE A LOS JUSTOS DE CAEER EN MANOS DE LA JUSTICIA.
GRACIAS VILMA POMPEYA GOMEZ

II.- 3) Libro Gabinete Fotográfico y fotografías reveladas (reservadas en Secretaría):
Nº 158663- (12 tomas)

Sobre este punto, debe también tenerse presente que la testigo Vilma Pompeya Gómez fue citada en la ciudad de Ituzaingó, Pcia. de Corrientes, el 21/11/2008 mediante oficio del Juzgado Federal Nº 1 de Santa Fe, a prestar declaración testimonial y reconocimiento de fotografías digitalizadas.

El reconocimiento de la testigo se encuentra a fs. 225/226 del Expte. 37/07, 2º cuerpo, acumulado en estos autos. En dicha testimonial la testigo solicita medidas que aún se encuentran pendiente

viernes, 9 de diciembre de 2011

Caetano Veloso homenaje al músico brasileño desaparecido, Francisco Tenorio Cerqueira Junior

 Francisco Tenorio
“Plan Cóndor suena igual que con dolor”

En el Parque de la Memoria, el cantautor habló sobre su experiencia en la dictadura y la historia del pianista que fue secuestrado en la Argentina en el marco del Plan Cóndor. Vinicius de Moraes lo buscó, pero no obtuvo ninguna respuesta.

 Por Laura Vales

Francisco Tenorio Cerqueira Junior fue secuestrado en Buenos Aires tres días antes del golpe del ’76. Era un pianista brasileño muy reconocido en su país, y había viajado a la Argentina acompañando a Vinicius de Moraes en una gira. La noche del 18 de marzo salió del hotel a comprar cigarrillos y no volvió. Sus compañeros lo buscaron sin resultado; presentaron pedidos de hábeas corpus e hicieron gestiones diplomáticas sin respuesta. Tuvieron que pasar muchos años hasta que se supo que un grupo de tareas de la ESMA lo había secuestrado por error. Tenorio se sumó así a los desaparecidos por la dictadura argentina. Ayer, en el Parque de la Memoria, Caetano Veloso encabezó un homenaje en su recuerdo.

El homenaje consistió en una entrevista pública, realizada por Andy Kusnetzoff, y grabada con el fin de que se convierta en un documental. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, la Universidad de Tres de Febrero y la Embajada de Brasil participaron, entre otros, en la organización del encuentro. Durante cerca de una hora, Caetano habló así, en un español más que bueno, de la reciente sanción de la ley para crear en Brasil una Comisión de la Verdad, de su propio paso por la prisión durante la dictadura, de la búsqueda del músico desaparecido en la Argentina.

Arte y política. “Esa es una relación que puede llevar a muchos equívocos”, arrancó Caetano en la entrevista. “En los ’60, cuando nosotros empezamos a trabajar con la música, desconfiábamos de lo que pensaban algunos colegas sobre que ciertas ideas del pensamiento político de la izquierda se podían popularizar a través de canciones. Se suponía que la canción se convertiría en un medio para expresar una idea, y la verdad es que una canción no puede resumirse en eso. Las canciones, en general, se refieren antes que todo a otras canciones. Me acuerdo de que cuando ya estaba exiliado en Europa, la hija de Sartre me entrevistó. Ella preguntaba sobre el mensaje de las canciones, quería que yo me definiera como un cantautor de protesta, pero yo no creo en eso. El cine y el teatro también se hacen dialogando con otras películas y otras obras de teatro. Una canción, una película, una obra puede tener un significado político que no es posible de controlar por la ideología consciente de su autor. No se puede reducir la importancia política de una obra a la intención deliberada de quien la hace.”

La prisión. “Para mí fue una sorpresa que (la dictadura) me detuviera. La izquierda pensaba de nosotros que estábamos vendidos al imperialismo, y nosotros pensábamos que no estábamos en riesgo, aunque resultó que sí lo estábamos. Estuve dos meses en prisión, y otros cuatro meses viviendo bajo vigilancia. No me siento cómodo contándolo, porque hay gente que murió o que fue torturada, o pasó años presa. Yo estuve preso dos meses, en una celda que llaman solitaria, un sitio muy pequeño. Me pasaban la comida por una puertita como para un perro. Durante el primer mes no me hicieron preguntas ni me dieron explicaciones. Yo vengo de la baja clase media, tenía sus valores, es decir que pensaba en que se podía tener una vida tranquila, no sentía un deseo de situaciones extremas ni heroicas. Entonces la cárcel, la experiencia de ser llevado en un auto con sirena, la oscuridad, el dormir en el piso, la falta de explicaciones fueron golpes grandes. Fue darse cuenta de que cosas horribles podían pasar. Sentir la dimensión de la violencia que mayoritariamente es en realidad la vida humana.”

Tenorio Cerqueira Junior. “El era un hombre muy talentoso, un gran pianista y además un hombre muy afable. Nos conocíamos y habíamos tocado juntos, incluso teníamos el proyecto de grabar algo. Yo ya había regresado del exilio, estábamos en Río, cuando alguien nos dijo que Tenorio había desaparecido en Buenos Aires. ‘Estaba con Vinicius y desapareció, no volvió’. Mi hermana María Bethania tiene una conexión personal con las religiones afrobrasileñas, y fuimos –yo la acompañé– a consultar a una sacerdotisa, la más importante de Bahía. Ella nos dijo que él ya no vivía. Después leí cosas, un libro que se escribió en Brasil y otras investigaciones que nos mandaron de Argentina. Vinicius había presentado un hábeas corpus en la Argentina, pero se lo negaron. El buscó también en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil y le dijeron que no sabían nada, aunque hay documentos que prueban que sí sabían, porque Brasil fue informado en el marco del Plan Cóndor. En portugués, Plan Cóndor suena igual que ‘con dolor’.”

“En Brasil no se había hecho casi nada hasta el gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Después vinieron los gobiernos de Lula y ahora de Dilma, se sancionó la ley que crea la Comisión de la Verdad, tenemos un boceto de acción sobre qué hacer al respecto. Pero la situación en Brasil siempre ha sido muy distinta de la de Argentina, en parte por una cuestión numérica, porque tenemos 745 asesinados por la dictadura, y en la Argentina fueron 30 mil.”

En la Sala Pays, donde se realizó la entrevista, hubo varios notables. Charly García –con su novia–, Susú Pecoraro, Hilda Lizarazu, Silvina Garré y Virginia Innocenti fueron algunos de los que compartieron la sala con Madres, Abuelas, nietos e integrantes de otros organismos de derechos humanos. De cierre, Caetano pidió una guitarra acústica y cantó tres canciones. La intención es que el reportaje sea el primero de una serie a artistas e intelectuales latinoamericanos, sobre la relación entre el arte, la política y la memoria.