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martes, 15 de noviembre de 2016

El caído del cielo" recrea la historia de un militante del ERP convertido en santo popular

“El caído del cielo”, un filme de Modesto López se estreno ayer jueves en el Gaumont, y estará en cartelera una semana, narra la increíble historia de Tomás Francisco Toconás, un campesino tucumano que en 1975 se unió a las filas del Ejército Revolucionario del Pueblo y fue convertido en santo popular por los pobladores de la localidad santiagueña de Pozo Hondo, lugar donde su cadáver fue arrojado desde un helicóptero militar tras haber sido torturado.

A través del mito nacido en Pozo Hondo, López se aboca a la búsqueda de la identidad de aquel militante popular secuestrado por las Fuerzas Armadas en pleno Operativo Independencia y lanzado desde el cielo -tal vez como advertencia del horror que se avecinaba en la Argentina-, mientras sus hijos quedaban en la calle y su esposa era sistemáticamente violada y obligada a lavar la ropa de sus secuestradores.

Sin saber de quién se trataba, los pobladores del lugar convirtieron al caído del cielo en un santo popular, a quien le iban a rezar para pedir deseos y milagros, pero 37 años después un grupo de antropólogos forenses fue convocado para investigar la verdadera historia y darle identidad a los restos de quien en vida fuera Tomás Francisco Toconás.

“Toconás era un hombre muy humilde, cortador de leña, que vivía con su mujer y sus seis hijos cerca de un río pegado a Santa Lucía, en Tucumán. Me llamó mucho la atención que los militares se ensañaran tanto con un hombre tan humilde y su familia, ya que le quemaron el rancho, a la mujer la violaron permanentemente, y para sembrar el terror en la zona lo tiraron desde un helicóptero”, recordó López en diálogo con Télam.

“En general uno habla de los grandes héroes latinoamericanos, pero pocas veces se habla de estas personas desconocidas que dieron su vida por un futuro mejor y que ayudaron a que esos héroes existieran. Toconás fue un héroe anónimo, que todos los días contribuía a mejorar las cosas, gente que a veces no vemos, pero vive y sueña. Quería destacar que, cómo él, muchos desconocidos trabajan por hacernos la vida un poco mejor”, afirmó

domingo, 23 de septiembre de 2012

Clarisa Sobko, interpela a Jorge Horacio Capellino. médico del genocidio

Destacó que el doctor “fue parte sistemática de la represión, la tortura y el secuestro” en Paraná Sobko instó al médico militar Capellino a que diga dónde está el cuerpo de su padre

"Fue quien firmó el acta de defunción de mi viejo", recordó.
Luego de la detención del médico militar Jorge Horacio Capellino, acusado de cometer delitos de lesa humanidad en Paraná durante la última dictadura, Clarisa Sobko reclamó que aporte a la Justicia datos que permitan encontrar los restos de su padre Pedro Miguel Sobko. La militante de Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (HIJOS) subrayó que el profesional “fue parte sistemática de la represión, la tortura y el secuestro” en la capital provincial. “Si bien actuó en el Hospital Militar, no podemos separar esta institución del Área Paraná y del comportamiento del Escuadrón de Comunicaciones. Son órganos distribuidos en distintos edificios, pero con un funcionamiento totalmente articulado”, apuntó. El médico fue detenido este lunes en Capital Federal y será sometido a declaración indagatoria en el Juzgado Federal de Paraná, en el marco del expediente que lleva su nombre: “Capellino, Jorge Horacio s/Comisión de delitos de lesa humanidad”. Además de su participación en el homicidio de Sobko, también está acusado de los delitos de privación ilegítima de libertad y aplicación de tormentos en perjuicio de cinco personas.

“Él estuvo presenciando torturas a nuestros compañeros detenidos y también fue quien firmó el acta de defunción de mi viejo”, remarcó la militante de HIJOS. Además mencionó que “ha sido de lo más feroz y perverso con los detenidos: a uno de ellos le hizo un catéter en el brazo, sin anestesia y con una tijera”.

Por otra parte, manifestó su reclamo para que diga dónde se encuentran los restos de su padre: “Le pedimos que aporte datos sobre lo sucedido con mi papá. Se lo pedimos a través de la Justicia, porque su lugar es la declaración indagatoria. Pero también se lo pedimos a nivel social”, enfatizó, en diálogo con Uno.

En tanto, Florencia Amore, abogada de HIJOS Paraná, indicó: “Estamos seguros de que Capellino sabe dónde está Sobko. Para nosotros fue un elemento fundamental para que se pueda cometer el delito. Esperamos que sea iluminado por alguna razón divina y nos diga dónde esta. No vamos a parar; por más sentencias que tengamos, lo que nosotros queremos es encontrar el cuerpo”.

Recordó que la Causa Área Paraná se encuentra en la etapa de plenario, pero quedaron numerosos asuntos pendientes de investigación, entre ellos el rol del Hospital Militar. “Hay víctimas que pasaron por el hospital y no tenemos ningún médico imputado. Hace mucho que venimos insistiendo con Capellino, porque él firma la partida de defunción de Sobko, o sea que vio y constató el cuerpo sin vida y hoy el cuerpo no sabemos dónde está; pero además hay víctimas que lo reconocen haciendo maniobras médicas irregulares”, expuso.

Pedro Sobko, militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP), fue secuestrado el 2 de mayo de 1977 en Paraná. Fue fusilado en avenida Ramírez y La Paz, a la vista de los vecinos y habría fallecido en el nosocomio castrense.

martes, 28 de agosto de 2012

Ramiro Menna


–¿Y vos?

–Pasan los años, yo me entero a los 13 o 14 años que era hijo de desaparecidos. Me crié con mis tíos pensando que era hijo de ellos. Pero según me explicó un psicólogo de Abuelas, fueron mecanismos de defensa de mi psicología: tratar de guardar en un lugar bien oscuro de la conciencia toda esa parte y no recordar nada, fue una manera de defenderme de cosas que me podían hacer mucho daño. Quela me crió. Vivimos en Carmen de Patagones. Me cuenta que cuando yo recién llegué tenía pesadillas. “Ani, Ani, mamá, mamá”, decía a la noche. Me despertaba y Quela entonces venía y me preguntaba si quería hablar de mi mamá. Yo le decía que no, que no. Hundía la cabeza en la almohada y me volvía a dormir. De a poquito al parecer desdibujé la idea de que tenía una mamá porque le empecé a decir mamá a Quela. Los psicólogos aconsejaron a mis tíos que me provean sólo de la información que yo solicitara, pero no más que eso, porque yo iba a preguntar lo que podía manejar. Cuando llego a los 13 años sin hacer preguntas, convencido de que mis primos eran mis hermanos, les aconsejan que me digan la verdad.

–¿Cómo fue con eso?

–Fue como una película, no me parecía una historia real. No se me encarnó hasta que no pasaron años. No hubo reacción violenta ni nada, lo tomé muy bien. Tenía más o menos conciencia de lo que había sido la dictadura y por mi formación católica la historia de mis papás, al principio, por un lado me parecía que habían hecho lo que creían por el bien de la gente. Y por otro, me parecían equivocados. Con el tiempo, fui indagando y formándome políticamente. Si bien no perdí mi fe, soy creyente y militante de la iglesia Católica latinoamericana, que no es la romana, fui comprendiendo mucho mejor lo que significó la lucha del PRT, junto con otros movimientos revolucionarios y de izquierda en América latina. Y la verdad es que cada vez menos creo que se equivocaron ellos en algo, en su militancia. Cada vez es más pequeño el margen de crítica que tengo de lo que hicieron mi viejo y mi vieja durante los setenta.
A Etiopía

En Carmen de Patagones, Quela trabajaba en Cáritas con un compromiso que Ramiro recupera en clave política. Levantaron una guardería en uno de los barrios más pobres comprometiendo al gobierno de la provincia con los sueldos de los docentes. Ramiro creció y se formó en el movimiento juvenil de los salesianos desde donde lee otra huella de su formación: participó como delegado del movimiento en instancias de organización local, regional y nacional. Había grupos misioneros con trabajo en las comunidades mapuches de la cordillera. Los de Oratoria, en las villas de Bahía Blanca. “Muchos chicos de clase media entraban en contacto con una realidad que no conocían, al comienzo los shockeaba pero después los terminaba por comprometer”, dice. Se hizo cura salesiano. Pidió ir a una misión en Etiopía en el norte de Africa. “Uno a veces se va lejos para estar más cerca, para encontrar lo que realmente le importa, mi experiencia en Etiopía fue inolvidable”, aunque ahí dejó la congregación porque “sentí cosas de la estructura eclesial que me incomodaban, me hacían ruido; en mi divorcio con los salesianos conocí a Dillawork, que hoy es mi mujer”. Ramiro, Dillawork, dos hijos y uno que está a punto de nacer viven en Chepes, un pueblo en el interior de La Rioja adonde llegó por una propuesta de Rafael Sifre, compañero del movimiento rural de Pedernera y Angelelli.

Ahora es profesor de física y química en un bachillerato de jóvenes y adultos en Ulapes, a 60 kilómetros de Chepes. Va tres veces por semana. Y pone parte del empeño en AecheLar, la Asociación de Emprendedores de Chepes que nació como cooperativa de trabajadores para potenciar criterios populares, parar la olla y a la vez desarrollar un proyecto económico sustentable en la región, dice él. La organización tomó forma sociopolítica. Abrieron FM La Tusca y la Cooperativa El Monte. La Tusca es parte de la red de medios de comunicación alternativa y canal de expresión sin condicionantes gubernamentales ni privados, dice. Un medio para denunciar efectos de la megaminería y sostener articulaciones con otras organizaciones. La cooperativa trabaja el cuero a partir del cabrito: “Parte de la producción genuina del pequeño productor de los Llanos que vende la carne pero desperdicia mucho el cuero”. Desde ahí, integran el FROP para articular con otros proyectos que ahora piensan en la construcción de una alternativa popular para disputar poder real en el escenario político de la provincia.

–Tu vida después, ¿no tiene algo de espejo con tus viejos?

–Puede ser. De chico en Patagones, sinceramente, aun antes de entender un poco cómo funciona el mundo de lo político, vivía en una familia que tenía un compromiso social. Quela laburaba mucho desde la Iglesia. Yo aprendo eso también. Pero conocer el compromiso de mis viejos y al mismo tiempo por mi militancia católica latinoamericana, uno descubre un mar de coincidencias. Toda una Iglesia comprometida con la construcción de una sociedad más justa que se convierte en mártir; que fue asesinada sistemáticamente, pero que sigue en lucha, que no se rinde. Y mis viejos, por otro lado, que creían en un proyecto de país muy distinto, lucharon, empujaron para que eso surgiera, se hiciera realidad en nuestra tierra y cayeron en medio de esa lucha. Cuando vos hablás de espejo, yo me siento muy identificado con muchas de las ideas que están en el credo, por decirlo así, del PRT. La necesidad de construir una sociedad fuerte, orientada según los intereses de los trabajadores, en línea quizá con lo que dice Hugo Chávez: un socialismo del siglo XXI que hay que crear. Que todavía no existe. Que no es ninguno de los que hemos visto pero que ciertamente no es capitalismo.

–¿En estos años supiste algo de tu posible hermano o hermana?

–En el marco de mis preguntas, en algún momento me fui enterando de que mi mamá estaba embarazada. El primer contacto con el tema fue cuando me saqué sangre, a los 18 o 19 años. Después me fui a Paraguay. Yo estaba viviendo en Trelew con los salesianos. Y salió el dato de que Carolina, hija adoptiva del matrimonio Bianco, tenía la edad y hasta rasgos que podían indicar que podía ser hija de Ana María Lanzillotto, es decir mi hermana. Bianco también tenía a Pablo, que después se supo que era hijo de desaparecidos. Yo viajé a Paraguay en 2000. Vi a Carolina. Ella tenía confianza con los salesianos porque había estudiado en un colegio con ellos. Yo sabía que se había negado a cualquier extracción de sangre, pero quise verla para que accediera, para pedirle por favor. Al final no accedió. Mucho después se lo hizo, y dio negativo (con todo el banco). Después hubo otra chica que podía ser, yo estaba en Etiopía. Pero resultó que tampoco era.

–¿Se lo espera ahora o se lo busca?

–Yo voy a declarar muy probablemente en el juicio. Para declarar de mis padres no puedo ir a decir nada: tenía dos años, no puedo decir quién me agarró a mí o quién me separó de mi madre. Puedo dar testimonio para que se vea cómo puede repercutir la acción del terrorismo en la vida de una persona, pero además vale por esto: quizá tenga su repercusión en alguna persona concreta que por ahí abra una puerta. Yo tengo 38 años, mi hermana o hermano tendría que tener 36, si me está escuchando debería saber que todos los especialistas coinciden en el hecho de que la verdad te va a hacer libre. Después vos podés criticar a tus viejos, si querés. Que se equivocaron, que no; porque a lo mejor mi hermana o hermano tenga construido un pensamiento totalmente de derecha, qué sé yo. Pero más allá de eso, conocer la verdad en tu historia es clave, de ser feliz y hacer feliz a otro.
ENCUENTRO CON UN SARGENTO

¿Ana dio a luz en Campo de Mayo?

–Desde mi borrosa visión de pueblo del interior, tengo entendido que fue ahí. Una vez tuve una entrevista personal con el sargento Ibáñez. Este Ibáñez fue un suboficial, según cuenta. Nos hizo una cita a mí y a una hija de Robi Santucho en un lugar del gran Buenos Aires. Yo estaba en Ramos Mejía. Tomé un tren y fuimos a parar a una plaza, no me acuerdo cuál, al lado del tren. No sabíamos a quien buscábamos, el tipo nos identificó a nosotros.

–¿Qué pasó?

–Nos preguntó: “¿Ustedes son los hijos de Santucho y Menna?” “Sí”, le dijimos. Y entonces nos sentamos en la plaza. Estaba con otro hombre, desconocemos quién, nos contó lo que quería contar: él nos citó, y él nos contó.

Ibáñez les dijo que el 19 de julio de 1976 él estaba en Campo de Mayo, lo mismo que declaró más tarde en la causa que investiga dónde está el cuerpo de Santucho. Contó que el líder del PRT llegó con un hilo de vida, que intentaron conservarle la vida para interrogarlo, pero no lo lograron. Según Ibáñez, murió poco después, herido de bala. Les dijo aquello de que el cuerpo había sido embalsamado, ubicado en lo que se llamó Museo de la Subversión. Ramiro preguntó por su mamá. El hombre no dijo nada. “No sabemos si es que no sabía y mi mamá no había llegado a ese lugar en ese momento por el embarazo, o en realidad Ibáñez se estaba cuidando.”

–¿Cuándo lo vieron?

–Era el año ’97. Hacía un relato pausado. Estaba con el otro tipo que no sabemos quién es. Se lo veía mal, no bien, como golpeado. Me contó que él llevaba café a los oficiales y cuando lo hacía pasaba por delante de la sala de tortura. Que más de una vez vio a mi viejo diciendo: “¡No lo puedo creer! ¡Me preguntan por la guita!”. “¡Me preguntan por la guita!” Que lo tuvieron bajo tortura durante un tiempo importante y que después llegaron algunos oficiales con cuaderno y lápiz como para hacerle preguntas más de teoría, como si papá les hubiera dado clases de algo. Supongo que le estarían preguntando por la ideología del PRT. Nos dijo que un día vino Santiago Omar Riveros. Entró como loco, como que pasaba algo y a tomar una medida urgente, como si le hubiesen dado una orden para que se los trasladara, que se los matara. Y él dice que fue con una anestesia. Pentotal o Pentonaval, algo así... Me dijo el nombre y todo porque fue quien tuvo que ir buscarlo y llevarlos. Los durmieron y los cargaron arriba de un avión y los tiraron al mar. Liliana Delfino, la mujer de Santucho, estaba con papá. El hombre habló con cierta admiración de los dos.

Villa Martelli


¿Cómo fue Villa Martelli?

–Hay relatos divergentes. Relato A: entró el capitán Juan Carlos Leonetti con datos de alguien que entregó una cita de mi viejo. Se habla de un médico que tenía a su esposa secuestrada y negoció entregar una cita de mi papá. El tipo que era conocido de papá, le pidió una cita urgente totalmente fuera de los protocolos de seguridad del PRT. Papá acude por la confianza que le tiene y porque el hombre se lo pide desesperadamente. El PRT planeaba la fuga de Robi, él no debía haber ido jamás, pero dijo: “No puedo dejar a éste solo”. Y el tipo parece que había vendido la cita. Lo agarran en esa cita falsa, y entre los papeles encuentran una dirección con el lugar donde vivían.

–¿La factura?

–Hablan del alquiler de un nebulizador. Debía ser para mí o para el hijo de Benito (Urteaga) porque éramos los chiquitos que estábamos ahí, capaz que andábamos con tos. No sabían qué se iban a encontrar pero se encontraron con lo que se encontraron. Cae papá primero y todo el resto: Benito Urteaga, Robi Santucho, mamá, Liliana Delfino y no me acuerdo si Fernando Gertel.

–¿El otro?

–Que alguien vende la casa y que primero los agarran a todos, menos a papá. Que papá se va a la cita y cuando vuelve lo esperan con una ratonera. O sea que papá entra, abre la puerta y los milicos estaban esperando adentro. Esta versión es la primera que me cuentan a mí, me la contó (Enrique) Gorriarán Merlo, preso en Devoto, lo visité un par de veces, charlamos un montón. La versión A, en cambio, es la que ahora está manejando la causa y, según dice Pablo Llonto, es la más probable. Y yo creo que es la más probable, capaz en el juicio se pueda reconstruir exactamente.


Los Lanzillotto y los Menna
Los abuelos de Ramiro tuvieron nueve hijos, dos murieron poco después de nacer, y a los otros él los nombra como “sobrevivientes de la niñez”, como si la condición de sobrevivientes los hubiese seguido marcando. Tito es Carlos Alberto Lanzillotto, el mayor, profesor de filosofía y letras, preso en Sierra Chica durante la dictadura. Cholo es Carlos Mario, abogado de presos políticos; se quedó en La Rioja, persiguieron y amenazaron a toda su familia. Nena es Alba Rosa, militante de la Iglesia de Angelelli, el día del golpe fue detenida y liberada a los pocos días, se exilió con su marido, el poeta Ariel Ferraro, y sus dos hijos. Quela es Nidia, que lo crió. Beba, que es María Isabel, se casó con el Pocho Délfor Brizuela, los allanaron y persiguieron, les colocaron una bomba que aunque estalló solo causó daños materiales. Ani era Ana María y Tina, María Cristina, su hermana melliza. Las dos militaron en el PRT, están desaparecidas. En el 2006 el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó a Tina y en 2011 a su esposo, Antorcha Santillán o Carlos Benjamín “Cacho”. Los abuelos Me-nna, Pánfilo e Irma, tuvieron dos hijos: Domingo y Raquel, los dos militaron en el PRT, los dos están desaparecidos. Raquel tuvo tres hijos.

domingo, 26 de agosto de 2012

Ramiro Menna, hijo de Ana María Lanzillotto y Domingo Mena, busca a su hermano o hermana

“Conocer la verdad es clave”

Se hizo cura entre los salesianos, viajó a Etiopía, dejó la congregación y se casó. Hoy vive en La Rioja e integra el Frente Riojano de Organizaciones Populares. Busca un hermano o hermana y espera que el juicio sobre Campo de Mayo, que acaba de empezar, lo ayude a encontrarlo.

 Por Alejandra Dandan
Ramiro con sus padres, Ana María Lanzillotto y “el Gringo” Domingo Menna, secuestrados en julio de 1976.

Ramiro Menna está convencido de que existe “un mar de coincidencias” entre el “credo” de sus padres en el Partido Revolucionario de los Trabajadores y el suyo, dentro de la izquierda de la Iglesia Católica latinoamericana. Tenía dos años cuando sus padres, Ana María Lanzillotto y “el Gringo” Domingo Menna, y él fueron secuestrados el 19 de julio de 1976 en Villa Martelli, en la caída de la conducción del PRT. Ana María estaba embarazada. Ramiro –que busca a un hermano o hermana– se hizo cura entre los salesianos. Alguna vez pidió viajar a Africa, porque irse más lejos le permitía estar más cerca de sí mismo. Dejó la congregación para irse a un lugar un tanto menos lejos, en los Llanos de La Rioja, un territorio legendario de la pastoral del obispo Enrique Angelelli, desde donde integra el Frente Riojano de Organizaciones Populares (FROP). “Por mi formación católica, al principio me parecía que por un lado mis papás habían hecho lo que creían por el bien de la gente. Y, por otro, que estaban equivocados. Con el tiempo fui indagando más y formándome políticamente: comprendí mucho mejor lo que significó la lucha del Partido Revolucionario de los Trabajadores en Argentina. Cada vez es más pequeño el margen de crítica que tengo de lo que hicieron mi viejo y mi vieja durante los setenta.”

La historia de Ramiro vincula en el presente dos escenarios. El juicio que acaba de empezar en San Martín, con sus padres entre las víctimas. Y La Rioja de Angelelli, donde también se está haciendo un juicio por la desaparición de dos sacerdotes durante la última dictadura.

–¿Como se pasa del presente intenso en Chepes a julio de 1976?

–El juicio sobre Campo de Mayo tiene una dimensión muy esperada por todos nosotros como familia, por la cuestión de que quizá, uno no sabe, puede aparecer algún indicio, algo que nos ayude a encontrar a mi hermana o hermano. Desde el presente, esa es la ligazón más fuerte. Uno lo espera con ansiedad. Además, está la visión política de la justicia en tanto que permite conocer la verdad histórica de lo que pasó en Campo de Mayo con estas personas en particular, pero alimentando la pintura total de la dictadura en nuestra Argentina. Eso ayuda a entender lo que es una sociedad desigual como la latinoamericana, con una elite dominante que recurre a las herramientas que tenga a mano para mantener su situación de privilegio. En los ’70, tuvieron la posibilidad de instalar una dictadura que protegía sus intereses, hoy no la tienen pero no es que no la deseen. Los juicios van desnudando esto: hasta qué punto pueden llegar...

–¿Qué pasó con vos?

–Cuando mamá desaparece, el 19 de julio de 1976, yo tenía dos años y ella estaba embarazada de unos ocho meses. Desaparece con esa panza y hay distintas versiones del circuito que siguió. Probablemente terminó en Campo de Mayo, no se sabe si pasó por el Vesubio. Patricia Erb, que estaba en Campo de Mayo, atestigua que mamá dio a luz. No se sabe si varón o mujer, pero dio a luz, porque entre las compañeras presas corrió la voz: “La mujer del Gringo dio a luz”, decían.

–¿Cómo te sacan a vos?

–Un tío mío, Cholo (Carlos Mario Lanzillotto), abogado, viviendo en La Rioja empieza a averiguar dónde podía estar su hermana el marido de su hermana y yo. O sea mamá, papá y yo. El tío Cholo estudió en Córdoba y creo que un amigo de ahí le dio el dato de alguien de la Justicia de la provincia de Buenos Aires. Ese hombre le cuenta: “Mirá, de tu hermana y el marido, olvidate, olvidate porque nadie te va a decir nada, ni dónde están, ni nada”, pero le pasó el dato de dónde estaba yo. Tenía que ir a buscarme a un juzgado federal o una guardería policial, creo que en San Martín.

–Si es ahí, puede ser el mismo lugar donde dejaron a Victoria Montenegro.

–Yo estuve desde el 19 de julio hasta el 8 o 10 de agosto. En el medio, fijate vos, desaparecen los curas de Chamical, lo asesinan a Wenceslao Pedernera el 25 de julio y a monseñor Angelelli el 4 de agosto. El 8, mi tío se entera, viaja a Buenos Aires, también viaja mi tía Quela, una hermana de mi mamá a quien mi mamá le había dicho: “Mirá, si me llega a pasar algo a mí, por favor hacete cargo de Ramiro”. Quela (Nidia Lanzillotto) hizo las gestiones con el tío Cholo para sacarme de la guardería. Hasta ahí estamos, pero de mamá, de papá y del bebé de mamá, nada.

–¿Y vos?

–Pasan los años, yo me entero a los 13 o 14 años que era hijo de desaparecidos. Me crié con mis tíos pensando que era hijo de ellos. Pero según me explicó un psicólogo de Abuelas, fueron mecanismos de defensa de mi psicología: tratar de guardar en un lugar bien oscuro de la conciencia toda esa parte y no recordar nada, fue una manera de defenderme de cosas que me podían hacer mucho daño. Quela me crió. Vivimos en Carmen de Patagones. Me cuenta que cuando yo recién llegué tenía pesadillas. “Ani, Ani, mamá, mamá”, decía a la noche. Me despertaba y Quela entonces venía y me preguntaba si quería hablar de mi mamá. Yo le decía que no, que no. Hundía la cabeza en la almohada y me volvía a dormir. De a poquito al parecer desdibujé la idea de que tenía una mamá porque le empecé a decir mamá a Quela. Los psicólogos aconsejaron a mis tíos que me provean sólo de la información que yo solicitara, pero no más que eso, porque yo iba a preguntar lo que podía manejar. Cuando llego a los 13 años sin hacer preguntas, convencido de que mis primos eran mis hermanos, les aconsejan que me digan la verdad.

–¿Cómo fue con eso?

–Fue como una película, no me parecía una historia real. No se me encarnó hasta que no pasaron años. No hubo reacción violenta ni nada, lo tomé muy bien. Tenía más o menos conciencia de lo que había sido la dictadura y por mi formación católica la historia de mis papás, al principio, por un lado me parecía que habían hecho lo que creían por el bien de la gente. Y por otro, me parecían equivocados. Con el tiempo, fui indagando y formándome políticamente. Si bien no perdí mi fe, soy creyente y militante de la iglesia Católica latinoamericana, que no es la romana, fui comprendiendo mucho mejor lo que significó la lucha del PRT, junto con otros movimientos revolucionarios y de izquierda en América latina. Y la verdad es que cada vez menos creo que se equivocaron ellos en algo, en su militancia. Cada vez es más pequeño el margen de crítica que tengo de lo que hicieron mi viejo y mi vieja durante los setenta.
A Etiopía

En Carmen de Patagones, Quela trabajaba en Cáritas con un compromiso que Ramiro recupera en clave política. Levantaron una guardería en uno de los barrios más pobres comprometiendo al gobierno de la provincia con los sueldos de los docentes. Ramiro creció y se formó en el movimiento juvenil de los salesianos desde donde lee otra huella de su formación: participó como delegado del movimiento en instancias de organización local, regional y nacional. Había grupos misioneros con trabajo en las comunidades mapuches de la cordillera. Los de Oratoria, en las villas de Bahía Blanca. “Muchos chicos de clase media entraban en contacto con una realidad que no conocían, al comienzo los shockeaba pero después los terminaba por comprometer”, dice. Se hizo cura salesiano. Pidió ir a una misión en Etiopía en el norte de Africa. “Uno a veces se va lejos para estar más cerca, para encontrar lo que realmente le importa, mi experiencia en Etiopía fue inolvidable”, aunque ahí dejó la congregación porque “sentí cosas de la estructura eclesial que me incomodaban, me hacían ruido; en mi divorcio con los salesianos conocí a Dillawork, que hoy es mi mujer”. Ramiro, Dillawork, dos hijos y uno que está a punto de nacer viven en Chepes, un pueblo en el interior de La Rioja adonde llegó por una propuesta de Rafael Sifre, compañero del movimiento rural de Pedernera y Angelelli.

Ahora es profesor de física y química en un bachillerato de jóvenes y adultos en Ulapes, a 60 kilómetros de Chepes. Va tres veces por semana. Y pone parte del empeño en AecheLar, la Asociación de Emprendedores de Chepes que nació como cooperativa de trabajadores para potenciar criterios populares, parar la olla y a la vez desarrollar un proyecto económico sustentable en la región, dice él. La organización tomó forma sociopolítica. Abrieron FM La Tusca y la Cooperativa El Monte. La Tusca es parte de la red de medios de comunicación alternativa y canal de expresión sin condicionantes gubernamentales ni privados, dice. Un medio para denunciar efectos de la megaminería y sostener articulaciones con otras organizaciones. La cooperativa trabaja el cuero a partir del cabrito: “Parte de la producción genuina del pequeño productor de los Llanos que vende la carne pero desperdicia mucho el cuero”. Desde ahí, integran el FROP para articular con otros proyectos que ahora piensan en la construcción de una alternativa popular para disputar poder real en el escenario político de la provincia.

–Tu vida después, ¿no tiene algo de espejo con tus viejos?

–Puede ser. De chico en Patagones, sinceramente, aun antes de entender un poco cómo funciona el mundo de lo político, vivía en una familia que tenía un compromiso social. Quela laburaba mucho desde la Iglesia. Yo aprendo eso también. Pero conocer el compromiso de mis viejos y al mismo tiempo por mi militancia católica latinoamericana, uno descubre un mar de coincidencias. Toda una Iglesia comprometida con la construcción de una sociedad más justa que se convierte en mártir; que fue asesinada sistemáticamente, pero que sigue en lucha, que no se rinde. Y mis viejos, por otro lado, que creían en un proyecto de país muy distinto, lucharon, empujaron para que eso surgiera, se hiciera realidad en nuestra tierra y cayeron en medio de esa lucha. Cuando vos hablás de espejo, yo me siento muy identificado con muchas de las ideas que están en el credo, por decirlo así, del PRT. La necesidad de construir una sociedad fuerte, orientada según los intereses de los trabajadores, en línea quizá con lo que dice Hugo Chávez: un socialismo del siglo XXI que hay que crear. Que todavía no existe. Que no es ninguno de los que hemos visto pero que ciertamente no es capitalismo.

–¿En estos años supiste algo de tu posible hermano o hermana?

–En el marco de mis preguntas, en algún momento me fui enterando de que mi mamá estaba embarazada. El primer contacto con el tema fue cuando me saqué sangre, a los 18 o 19 años. Después me fui a Paraguay. Yo estaba viviendo en Trelew con los salesianos. Y salió el dato de que Carolina, hija adoptiva del matrimonio Bianco, tenía la edad y hasta rasgos que podían indicar que podía ser hija de Ana María Lanzillotto, es decir mi hermana. Bianco también tenía a Pablo, que después se supo que era hijo de desaparecidos. Yo viajé a Paraguay en 2000. Vi a Carolina. Ella tenía confianza con los salesianos porque había estudiado en un colegio con ellos. Yo sabía que se había negado a cualquier extracción de sangre, pero quise verla para que accediera, para pedirle por favor. Al final no accedió. Mucho después se lo hizo, y dio negativo (con todo el banco). Después hubo otra chica que podía ser, yo estaba en Etiopía. Pero resultó que tampoco era.

–¿Se lo espera ahora o se lo busca?

–Yo voy a declarar muy probablemente en el juicio. Para declarar de mis padres no puedo ir a decir nada: tenía dos años, no puedo decir quién me agarró a mí o quién me separó de mi madre. Puedo dar testimonio para que se vea cómo puede repercutir la acción del terrorismo en la vida de una persona, pero además vale por esto: quizá tenga su repercusión en alguna persona concreta que por ahí abra una puerta. Yo tengo 38 años, mi hermana o hermano tendría que tener 36, si me está escuchando debería saber que todos los especialistas coinciden en el hecho de que la verdad te va a hacer libre. Después vos podés criticar a tus viejos, si querés. Que se equivocaron, que no; porque a lo mejor mi hermana o hermano tenga construido un pensamiento totalmente de derecha, qué sé yo. Pero más allá de eso, conocer la verdad en tu historia es clave, de ser feliz y hacer feliz a otro.

domingo, 29 de enero de 2012

En el nombre del hijo

Después de 25 años volvió a reeditarse José, uno de los primeros libros sobre la militancia de los ’70. Lo escribió Matilde Herrera, a quien la dictadura le desapareció a sus tres hijos.

Una madre con sus tres hijos ilustra la foto de esta nota. En primer plano está la mamá, Matilde Herrera. Periodista, escritora, poeta. La rodean sus hijos, que tuvo con Rafael Beláustegui: Valeria, la mayor; José, el del medio (con bigote); Martín, el más chico (con cara aniñada). ¿Había en ellos un sentimiento premonitorio? Se podría inferir por esos rostros graves, las miradas duras, las sonrisas que no aparecen, las ropas de un único color negro. ¿Presagiaban lo que vendría: la muerte, la aniquilación, la oscuridad? Esos tres chicos que inquieren desde esta página ya no están. Militantes del PRT-ERP, fueron desaparecidos en 1977, al igual que sus parejas. Matilde siempre los buscó. Exiliada en París, formó parte de la Comisión Argentina de Derechos Humanos (Cadhu). Desde allí denunció al terrorismo de Estado y pidió por la aparición de sus hijos y nietos. Volvió al país en democracia y fue una activa Abuela de Plaza de Mayo. Murió de cáncer en 1990, sin respuestas.
Tres años antes de morir dejó un legado histórico: el libro José, publicado por primera vez en 1987, después de dos décadas de ausencia. Agotado durante muchos años, ahora fue editado por Ediciones Punto Crítico, gracias a la decisión de los nietos de Matilde, Antonio y Tania. Matilde explica en las primeras páginas el motivo de José: “Resucitar la voz de un militante popular de los ’70”. También lo expone Osvaldo Soriano, desde el prólogo de la primera edición: “Ésta es la historia de una vida que se cuenta a sí misma. El personaje de este libro es un símbolo de aquella época: Matilde se hace intérprete de las pasiones, los anhelos y los errores de José, de sus hermanos y por extensión de todos los militantes que intentaron cambiar por la fuerza un orden de injusticia y engaño.”
El libro reúne en 400 páginas el relato de Matilde sobre la historia familiar, fotos, dibujos y poesías de José, el recuerdo de amigos, las entrevistas que Matilde hizo a las personas que lo conocieron. Y muchas cartas: de un niño a su madre, de un adolescente que viaja, de un joven que intenta tranquilizar a su madre desde la clandestinidad. Nada aquí es ficción. Todo pasó y estremece leerlo. A diez años de la desaparición de José, Matilde escribió: “Han quedado tus cartas, tus escritos. Ha quedado tu voz, y yo me permito darla a conocer. Quiero que permanezca tu palabra, la de tus hermanos, y a través de ustedes, la de todos aquellos que fueron secuestrados durante la dictadura. Los que están desaparecidos, pero que no han de aparecer jamás.”

Matilde trabajó en la Argentina en agencias de publicidad y también en las revistas Primera Plana y Crisis, entre otras. Fue amiga de Paco Urondo, Rodolfo Walsh, David Viñas y Julio Cortázar. Con Rafael Beláustegui tuvo a sus tres hijos. Se separaron y tuvo un segundo matrimonio con Roberto Bobby Aizenberg, un reconocido artista plástico. El libro es, primero, un hermoso relato sobre la cotidianidad de una madre y sus tres hijos. Sobre los problemas de la crianza, los pormenores de la convivencia. Y el despertar político y el compromiso de esos chicos en los convulsionados años del Mayo Francés, la muerte del Che, Vietnam, el Chile de Salvador Allende, Ezeiza. Matilde recuerda que en 1962, con ocho años, José le preguntó: “Mamá, ¿por qué los hombres no se quieren?”. “Lo abracé fuerte. Toda su vida siguió haciéndome esa pregunta. Él amó mucho y no podía soportar el odio. Cuando fue creciendo trató de revertir esa situación.”
El interés de José por la militancia empezó de muy joven. A los 13 años se acercó al Partido Comunista Revolucionario (PCR). Fue también dirigente del Frente de Lucha de Secundarios (FLS) y de la columna Inti Peredo de las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL). Para esa época, Valeria había optado por el Movimiento de Liberación Nacional (MNL) que lideraba Ismael Viñas. Matilde recuerda una noche con José, cuando le informó sobre la muerte de un sobrinito de Aizenberg. Se puso a llorar y le decía: ¿Por qué, mamá? “De golpe tuve una imagen clarísima del hecho de morir. Fue como un latigazo. Lo miré y pensé que la ausencia definitiva era posible. Que nadie podía defenderse si la muerte atacaba. En ese momento presentí por primera vez que algún día no lo tendría a mi lado.”

Su intuición de madre se haría realidad. De la militancia estudiantil, los tres hermanos pasaron al PRT-ERP. Matilde recuerda cuando José se lo informó. “¡No quiero saber!”, le dijo y se tapó los oídos. “Mamá –le dijo apartando suavemente sus manos– no puedo vivir de espaldas a la injusticia.” “¡Te van a matar! ¡No quiero que te maten!”, le respondió y lo abrazó llorando. Durante los años ’74 y ’75 la militancia había acrecentado los riesgos de seguridad de los tres hermanos, con el acecho constante de las tres A y la policía. Todo se agravaría, claro, con la llegada al poder de las fuerzas armadas. José fue secuestrado el 30 de mayo del ’77, con su esposa Electra. Tenía 22 años. Una semana antes habían chupado a su hermana Valeria, de 24 años, con su esposo Ricardo Waisberg. Martín, de 19, fue apresado junto a su esposa, María Cristina López Guerra, dos meses después. Sólo se supo que José pasó por el centro clandestino de detención El Atlético. Y que Valeria y su esposo por El Campito. Valeria y María Cristina estaban embarazadas de tres meses al momento de su desaparición. No se sabe el destino de esos bebés. Quedaron dos pequeños hijos: Tania Waisberg, de quince meses, que fue devuelta a su familia. Y Antonio Beláustegui, de dos años, hijo de José.
“Señores, en menos de un año ha desaparecido toda una familia. Nadie me ha dicho de qué se los acusa. No sé dónde se encuentran. No sé si están enfermos. No sé si son sometidos a torturas, no sé si están vivos o muertos”, escribía en septiembre de 1977, desde el exilio. Se había ido a París con Aizenberg. Ni bien llegó, se puso en contacto con otras víctimas. Una de sus primeras cartas fue traducida al francés y al inglés y circuló por todo el mundo. Al poco tiempo, testimonió en la ONU. Matilde ya era parte de la Cadhu. Volvió, como muchos otros, en el ’83. La lucha la seguiría desde su trabajo en Abuelas. Su compromiso duró hasta el día de su muerte, en 1990. Una década después, en 2001, llegó el reconocimiento: la Legislatura porteña la eligió como una de las mujeres argentinas del siglo XX.

El prólogo actual de José lo escribió el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde. “Matilde fue una entrañable amiga. Recorrió Europa denunciando a la dictadura terrorista, anteponiendo su fuerza espiritual por sobre su precariedad física y continuó su lucha durante la democracia. Con su palabra, su fuerza, su historia dio sentido al ejercicio de una ética irrenunciable reclamando una y otra vez no sólo por la aparición con vida de sus hijos, sino de todos los desaparecidos”, recuerda para Miradas al Sur. Y agrega: “Puso al servicio de esta lucha, sobreponiéndose a la brutal tragedia, su fino intelecto y la cultura que poseía. Nos queda el recuerdo de su extraordinaria personalidad y sus tres libros –del cual José es su obra mayor– cuya relectura nos calienta el alma.”
El texto termina con un poema de José, escrito en 1968, cuando tenía 13 años. Dice: “Sé que algún día dejaré de pertenecer al mundo/ y nunca más podré escribir/ ni hacer el amor/ ni disfrazar la naturaleza con un poema/ ni viajar en los libros/ ni exponer mis ideas./ Por eso es que en este poema dejo mar, cielo y luna/ mariposas, besos y sirenas/ y me dejo a mí/ porque cuando muera seguiré viviendo en estos versos.”

por Raúl Arcomano