domingo, 8 de julio de 2012

Campaña para reconstruir la memoria de los trabajadores estatales desaparecidos

“Romper con el pacto de silencio”

La Comisión de Trabajo por la Reconstrucción de Nuestra Identidad convoca a empleados públicos que se desempeñaron durante la dictadura a aportar información relacionada con violaciones a los derechos humanos.

 Por Ailín Bullentini

“Contanos tu verdad”, invita la consigna, que intenta condecirse lo más posible con la idea que la originó, una (otra más) vía de acción que desarrolló la Comisión de Trabajo por la Reconstrucción de Nuestra Identidad, un espacio que un grupo de trabajadores sostiene desde 2007 sobre un puente simbólico que une al Ministerio de Planificación Federal y al Archivo Nacional de la Memoria, para, claro, hacer lo que el nombre del grupo dice que hacen: reconstruir la memoria alrededor de aquellos “estatales” –empleados públicos– que permanecen desaparecidos desde la última dictadura. En el trajín cotidiano de esa tarea, los integrantes de la agrupación cayeron en la cuenta de varias cosas: en primer lugar, que son muchos los que trabajaron durante los años del terrorismo de Estado, pero además, y lo que es más importante, que su voz puede ser la que aporte aquello que hasta ahora nunca se dijo: “Sólo ellos pueden aportar lo que se vivía en ese momento, una información valiosa que puede servir a la Justicia”, dijo Julián Scabbiolo, miembro de la comisión y militante de la Juventud de Obras Públicas. A ellos, a los que vieron, escucharon o vivieron algo relacionado con los delitos de lesa humanidad, está dirigida la consigna que inaugura esta nota y que representa la segunda gran campaña de la comisión.

La puesta en marcha de esta iniciativa, que ya recogió cuarenta nuevos testimonios relacionados con torturas, secuestros y desapariciones sucedidas puertas adentro de la administración pública, tiene que ver con la razón que justifica la existencia de la comisión: “Como trabajadores del Estado nos planteamos la necesidad de recuperar la identidad de nuestros compañeros desaparecidos”, definió Scabbiolo.

Su primera gran campaña estuvo orientada a recuperar los legajos de los trabajadores desaparecidos –se calcula que son alrededor de 400– y a plasmar en esos documentos la razón por la cual ellos, hombres y mujeres víctimas del terrorismo de Estado, habían dejado de asistir a sus lugares de trabajo: la reparación documental. “En esos documentos figuraba que habían sido dados de baja o despedidos con causa justificada por haberse ausentado de sus puestos de trabajo. En realidad, habían sido secuestrados. Como el Estado fue su empleador, queríamos que fuera el propio Estado el que registre a sus trabajadores con la verdad”, dijo Scabbiolo. Ya a partir de entonces decidieron ampliar el círculo de acción de la comisión a toda la administración nacional. “Pensemos en los trabajadores de la salud, aquellos que se desempeñaron en hospitales o centros de salud. O los choferes. hasta las propias Fuerzas Armadas tenían personal civil que trabajaba para ellos. Administrativos, ordenanzas, choferes... podrían tener mucho que contar.”

Ese trabajo documental les reveló un nuevo panorama que los impulsó a generar otra campaña: “Empezamos a ver a que se hacían presentes compañeros que trabajaron con hombres y mujeres que hoy están desaparecidos. Sólo ellos pueden aportar lo que se vivía en ese momento. Los estatales tienen información para brindar a la Justicia”, apuntó el militante. Así nació “Contanos tu verdad”, una campaña que busca “romper con el pacto de silencio que la dictadura soldó con el terror y que sabemos que en muchos empleados aún opera –completó–. Todos los recursos del Estado fueron utilizados para el genocidio político, que fue organizado hacia adentro del mismo Estado para eliminar a los compañeros que tenían un compromiso con la democracia, la participación política y los valores más profundos de compañerismo y solidaridad. Esos valores son los que hoy, nosotros, queremos rescatar e imitar”.

El año pasado comenzaron a recibir testimonios de personas que trabajaron en algún estamento de la administración nacional pública y de aquellos que aún continúan haciéndolo, “como un paso más en la reconstrucción de la memoria de los trabajadores del Estado y con el claro objetivo de aportar datos a la Justicia”, señaló. Hasta ahora, cuarenta testimonios fueron presentados al Archivo Nacional de la Memoria, el organismo estatal “encargado de encontrarle el sentido al aporte que puedan brindar para determinadas causas, tanto aquellas que se estén investigando como aquellas que puedan llegar a iniciarse”.

En ese sentido, el secretario ejecutivo del Archivo, Carlos Lafforgue, calificó de “fundamental” la articulación de los espacios con vistas a esta iniciativa: “Las campañas de este estilo incentivan la tendencia que, por lo general, se da en las personas cuando llegan a una edad avanzada en sus vidas, cuando sienten que no quieren irse sin decir aquello que saben”. El Archivo también participa en calidad de receptor, organizador y guardia de los testimonios que aportaron ex conscriptos, impulsados por la conocida campaña de los colimbas, cuyo objetivo es prácticamente el mismo: “Han surgido cosas interesantes”, mencionó Lafforgue.

La importancia de las “verdades” que ofrecen aquellos que alguna vez vieron, oyeron o vivieron el accionar del terrorismo de Estado no sólo radica en el aporte de nombres de probables responsables o en la posibilidad de conocer el destino de quienes hoy permanecen desaparecidos, sino que va más allá. “Hay datos que rompen con ciertos esquemas culturales que teníamos” respecto de los delitos de lesa humanidad, estimó Scabbiolo. Los famosos Ford Falcon, que no sólo usaban los milicos sino toda la administración pública, es un ejemplo. “El terrorismo de Estado operó dentro de la esfera pública para introducir el terror y el miedo. Sentimos que a través de esta campaña generamos un cambio cultural, algo que aún consideramos pendiente”, concluyó el integrante de la comisión.

Los interesados pueden ponerse en contacto con la comisión a través de la web www.obraspublicas.gov.ar/ comision/contanos o al teléfono 4349-7613.

domingo, 27 de mayo de 2012

Juliana García hacla sobre el caso del ex secretario del Ejército, Eduardo Alonso

"Le aplicaron una obediencia debida”

El integrante de la conducción del Ejército en tiempos de Fernando de la Rúa participó del asesinato de su padre y el secuestro de su madre embarazada. Pero se fue del país y tiene pedido de captura internacional. El caso. La bronca.

 Por Victoria Ginzberg

El 12 de enero de 1977, cerca de treinta militares irrumpieron en la casa de Domingo García y Beatriz Recchia, en Villa Adelina. El fue asesinado. Ella, que estaba embarazada, secuestrada. La niña que nació en cautiverio fue apropiada y encontrada en 2009. La hija mayor del matrimonio, que tenía tres años cuando presenció el operativo, buscó a su hermana y a los asesinos de sus padres. Hace cuatro años supo que Eduardo Alfonso, que había llegado a secretario general del Ejército durante el gobierno de Fernando De la Rúa y que hasta entonces carecía de antecedentes públicos que lo vincularan directamente con la represión ilegal, había estado en su casa aquel 12 de enero. Las pruebas estaban en el legajo del militar. Junto a los abogados de las Abuelas de Plaza de Mayo logró que lo encarcelaran. Pero, poco después, el represor recuperó la libertad. Esta semana, cuando la Justicia volvió a ordenar su arresto, Alfonso ya no estaba en el país. Juliana está furiosa, pero más allá de este caso, dice que Justicia “tiene que darle otro tratamiento al genocidio” para evitar la fuga de los acusados.

El legajo personal de Alfonso incluye el Informe de Calificación de 1976/1977 en el que el entonces teniente primero de Caballería aparece con parte de enfermo el 12 de enero de 1977. El diagnóstico fue “herida de bala con perforación intestinal (bajo información)”. En el Boletín Público del Ejército Argentino número 4148 del 6 de julio de 1977 figura la condecoración que le dieron por haber recibido ese disparo. La reseña dice así: “Con motivo de las operaciones realizadas en la localidad de Villa Adelina, Provincia de Buenos Aires, el 12 de enero de 1977. Medalla ‘Herido en Combate’ a Teniente primero C. D. Eduardo Alfonso y Teniente primero D. Raúl Fernando Delaico”.

–¿Cuál es la situación de Alfonso hoy? –preguntó Página/12 a Juliana García Recchia.

–Tiene pedido de captura internacional y está prófugo, aunque técnicamente no se fugó, porque cuando se fue no tenía prohibición de salir del país. Se fue el domingo pasado vía Uruguay y quién sabe dónde está ahora.

–¿Alguien tiene la culpa?

–Responsabilizo al sistema judicial en general, pero puntualmente la gran responsable es la Cámara Federal de San Martín. Hace cuatro años nos costó que el juez Alberto Suares Araujo lo llamara a indagatoria, tuvimos que salir a denunciar públicamente que no lo hacía, hasta que lo detuvieron. La defensa de Alfonso admite que estuvo en un operativo, pero dice que era un operativo de tránsito, que estaba en Villa Adelina en una esquina junto a Delaico, que pasaron en una moto dos personas y les tiraron y que lamentablemente Delaico, que es el único testigo, está muerto. Pero él no sabía que Delaico había hablado antes de morir. Habló en su propio legajo. Delaico había participado de uno de los alzamientos carapintadas y lo pasaron a retiro. Entonces, pidió que le pagaran más porque había estado en el operativo de la calle Independencia 1940, en Villa Adelina. Aparentemente, él se cayó de la medianera y por eso tuvo problemas de salud. Por eso pedía más plata. Pero la Cámara Federal de San Martín (los jueces Jorge Eduardo Barral y Hugo Rodolfo Fossati) en un fallo sumamente arbitrario y parcial dice que sí estuvo en el operativo en mi casa, porque lo del tránsito era insostenible, pero que en realidad él no sabía a qué iba. No sé cómo saben eso, porque Alfonso sostenía otra cosa, decía que estaba en otro lugar. Le aplicaron de hecho una obediencia debida y dijeron que, además, como fue herido, eso lo deja afuera del hecho.

–¿En vez de que la herida sea la prueba de que participó, era la prueba de que no tuvo nada que ver?

–Tal cual. Dicen que no llegó porque estaba “fuera de combate”. Primero le dictan la falta de mérito y luego el sobreseimiento y eso es lo que nos permite apelar. Era todo muy ridículo. Lo apelamos en Casación, que muchas de estas apelaciones no las trata, pero en este caso la aceptaron porque era terrible. El queda en libertad y sin prohibición de salir del país, a pesar de que el caso seguía abierto. La denuncia la habíamos empezado hace cuatro años. Alfonso estaba limpio totalmente, llegó a general de Brigada y fue el que se recorrió todo el país defendiendo y dando apoyo a los represores cuando empezaron a ser citados por los Juicios por la Verdad. Era el secretario general del Ejército de (Ricardo) Brinzoni y pasó a retiro cuando asumió (Roberto) Bendini. Es alguien con vinculaciones. Para mí, de los militares que están imputados es uno de los más poderosos y de los que pueden tener mayor cobertura. En la audiencia de Casación, su abogado dijo: “Tenemos coincidencias porque consideramos que lo que pasó es horroroso” y cosas así. Es un cobarde que ni siquiera se hace cargo. Nos está tomando el pelo. Su abogado dice que estuvo con la autocrítica de (Martín) Balza y es una mentira. Sólo viendo las notas que salieron en Página/12 cuando defendía a los represores queda muy claro.

–¿Creés que lo van a encontrar?

–No. me encantaría creerlo, pero no. (El represor de la ESMA Jorge) Vildoza está prófugo hace 15 años. Se fugó (Juan) Wolk (del Pozo de Banfield). Hay muchos represores fugados, no es gente que esté a derecho. En este caso puntual, la falla mayor está en la Cámara que lo liberó con un fallo parcial. Pero tenía una causa que no estaba cerrada y si no le dieron prisión preventiva le tendrían que haber prohibido salir del país. Para mí, tiene que ver con una cuestión más general. Los delitos de lesa humanidad, el genocidio, se tratan como delitos comunes, lo único diferente es que se pueden juzgar más allá de que hayan pasado más de diez años. La gente sospechada debería tener una prohibición de salir del país y las preventivas deberían ser rápidas, porque hay represores que se están fugando. La Justicia tiene que darle otro tratamiento al genocidio. Yo conozco un pibe que fue acusado de robar un desodorante en un kiosco y estuvo tres meses adentro y otros meses más en su casa con la tobillera. Y esta gente, que está acusada de delitos de lesa humanidad, tiene este movimiento. Si vamos más al extremo y si me preguntan a mí, tendría que haber otras cosas, como inversión de la prueba...

–Pero por ahí se abre la posibilidad de que después se invaliden las causas hechas de esa manera...

–Eso se hizo en otros países, no es un delirio total. Porque a 35 años hay que estar en cada detalle para juntar pruebas. Y hay un montón de personas que si no fueron vistas se quedan por fuera. En Campo de Mayo, por donde pasaron más de cinco mil detenidos, los procesados son muy poquitos. El genocidio merece un tratamiento diferente. En Casación, pedimos en la audiencia que tuvimos que resolvieran en el momento y ordenaran el arresto y que después dieran los argumentos. No lo hicieron, se tomaron dos semanas. Y en ese tiempo se escapó. Está todo dentro de la legalidad, incluso podrían haberse tomado más tiempo. No soy abogada, pero éstos no son delitos comunes. Aunque en este caso los jueces de la Cámara Federal de San Martín son los responsables y los denunciamos en el Consejo de la Magistratura, hay cosas que se tienen que pensar desde otro lugar. Alfonso está en cualquier lugar, quizá con documentación falsa, con otra apariencia y con plata para hacer lo que quiera. Y ahora es complejísimo, es buscar una aguja en un pajar.

–¿En lo personal cómo te sentís?

–Estoy enfurecida. Cuando me enteré, la furia y la angustia fue terrible. Y estoy con una sensación de impotencia porque se fugó y se podría haber evitado.

martes, 1 de mayo de 2012

En el aniversario de las Madres, acercándonos a Josefina "Pepa" de Noia

"Era sábado al mediodía, me senté en un banco de la Plaza y me puse a fumar… estábamos yo y las palomas, hasta que llegaron las otras madres", así describía Josefina García de Noia -"Pepa"- aquel 30 de abril de 1977 en el que un grupo de mujeres sembró la semilla del movimiento más poderoso que supo enfrentar a la dictadura cívico militar: las Madres de Plaza de Mayo.

"Pepa" es la mayor de ese puñado de 14 mujeres que crearon la agrupación convencidas por Azucena Villaflor de Devincenti que hace 35 años y desde la capilla Stella Maris, en Retiro, selló para siempre su vocación de líder y las convocó con un "basta, tenemos que ir a la Casa de Gobierno", para reclamar por sus hijos.

Cumplirá 91 años el 6 de julio y desde el 13 de octubre de 1976 no dejó de buscar a su hija María Lourdes de Mezzadra, psicóloga, docente universitaria, que militaba en Montoneros y fue secuestrada en su domicilio junto a su esposo Enrique, cuando tenía 29 años.
"La ví por última vez el día anterior, cuando vino a almorzar a mi casa de Castelar y al irse acompañada por su hermana Margarita para la facultad de Morón, le dije: `Lourdes, cuidate, por favor`, porque ya sabíamos lo que estaba pasando", recordó en una entrevista con Télam en su casa de Villa Devoto.

"Al otro día me la llevaron, primero a su marido (luego liberado) y más tarde a Lourdes y dejaron a su hijito Pablo Enrique con los vecinos que llamaron a los abuelos paternos para que se quede con ellos", prosiguió.
A Pepa le dio la noticia otra consuegra que la visitó al día siguiente: "vino a la mañana, una cosa rara, y mientras yo preparaba mate, dijo como en voz alta `yo se lo tengo que decir` y me lo dijo….".
Ese día marcó la vida de Pepa, quien decidió "dejar todo" e ir a buscar a su marido al trabajo y a "empezar a andar". "Fui a comisarías, iglesias, embajadas, despachos de las fuerzas armadas, Tribunales, pedí hábeas corpus y empecé a conocer a otras madres y compartir con ellas mi desesperación". El año 1976 golpeó sin piedad a la familia Noia, compuesta por los padres y cuatro hermanos: su hijo mayor, que trabajaba en la multinacional Ford, se anticipó al horror y se fue a Australia dos meses antes del golpe.
El mismo camino siguió otra hija que, aunque no militaba, viajó junto a su marido 10 días antes del secuestro y desaparición de Lourdes, quedando la familia quebrada en pocos meses, con Pepa, su marido y Margarita, compañera de búsqueda que milita en Hermanos y Hermanas de Detenidos-Desaparecidos.

La memoria de Noia sobre aquel 30 de abril registra que fue la primera en llegar a la cita, alrededor de las 12.30, "y fumando, como siempre, cigarrillos largos que nadie quería fumar".
"La reunión era a las 14 pero yo fui antes, llena de ansiedad, me fumé dos paquetes, hasta que llegó María Adela Antokoletz y después más madres y nos quedamos como dos horas hablando pero sin ser recibidas por ningún funcionario porque era sábado", relató.
Sin pañuelos blancos aún, ni rondas alrededor de la Pirámide, "eso llegaría después", recalca, decidieron volver el viernes siguiente y después acordaron que fuera jueves, a pedido de una madre que asociaba el viernes al "día de brujas".

Sobre lo que siguió después, durante todos los años siguientes, reconoce que "al principio confiábamos en los que nos decían, hasta que nos dimos cuenta que todos nos mentían".
De monseñor Emilio Grasselli, vicario castrense que recibía a las madres en la iglesia Stella Maris para obtener información, guarda los peores recuerdos, como del condenado Alfredo Astiz, a quien Azucena "cuidaba como a un hijo".

"Una vez que crucé a Grasselli en Tribunales, le dije si se acordaba de mí, y al reconocerme iba a poner su mano en mi hombro pero yo le dije "no me toque, sus manos están sucias en sangre de nuestros hijos. El dio media vuelta y se fue mientras yo seguía diciéndole cosas".
De su primera visita a la Casa de Gobierno recuerda que fue con otra madre "a ver al `señor` Videla, así le decía yo" y tras esperar un rato son llevadas a distintos despachos en forma separada, y ante la misma pregunta, responden que "`venimos por nuestros hijos`, no dijimos una palabra más", y reciben como respuesta "`lo vamos a tener en cuenta`. Nos fuimos muy asustadas".

El pasado y la actualidad atraviesan el relato de Noia, y el presente tiene una fecha, el 9 de agosto, cuando por primera vez se presente como querellante en el segundo juicio oral por crímenes en la ex ESMA, donde estuvieron cautivos Lourdes y su esposo.
Allí testimoniará que cuando fue a la casa de Lourdes "estaba todo tirado, libros, muebles, dinero, menos el retrato de Evita" y que "en la mesa de luz estaba el velador sin su lámpara, que habían usado para torturarla".
"Nunca supe nada de ella, sólo por lo que contó Enrique cuando fue liberado, que estuvo encapuchado junto a ella pero pudo reconocer que el lugar era la ex ESMA", apuntó.
"Y pensar que cuando iba a averiguar por ella por todos lados, estuve en la ESMA y antes de entrar, me paré sobre la calle Libertador y mientras veía entrar los Ford Falcon preguntaba mirando al edificio: `¿estarás acá?`".
Hoy "Pepa", es junto a madres y abuelas que buscan verdad, memoria y justicia, parte de la historia de la Argentina y desde su casa de Villa Devoto, y con un cigarrillo siempre a mano, sigue yendo "algunos jueves" a la Plaza, a las reuniones de las Madres y sobre todo, disfruta del cariño de los homenajes que cada vez son más.

por  Liliana Valle

domingo, 15 de abril de 2012

Una compañera de cautiverio recuerda a Ana Teresa Diego

La sobreviviente de la Noche de los Lápices, Emilce Moler, habló de los momentos de encierro compartidos con la estudiante de Astronomía cuyos restos fueron localizados en Avellaneda.

Emilce Moler, una de las sobrevivientes de la Noche de los Lápices, recordó a Ana Teresa Diego, a 24 horas de conocida la noticia del identificación de sus restos en el cementerio de Avellaneda, con quien compartió una celda de detención en el centro clandestino de la Brigada de Investigaciones de Quilmes.

“Siempre supe que estudiaba Astronomía y nunca olvidé ese dato, porque cuando estábamos detenidas juntas, nos sacábamos las vendas de los ojos por un rato y Ana, a través de la sombra que se proyectaba en nuestra celda, hacía un cálculo para estimar qué hora era. Era un momento, un minuto en el que pensábamos en otra cosa, hasta que volvían los guardias y nos volvíamos a subir las vendas”, contó Emilce

“Nos conocimos en momentos muy difíciles para las dos. También recuerdo que militaba en la Juventud del Partido Comunista”, agregó.

La sobreviviente de la fatídica Noche de los Lápices apuntó que fue poco el tiempo que permanecieron juntas detenidas: “A mi me cambiaron de celda y nunca supe si a ella la habían trasladado a otro lugar o es que no la escuchaba más porque yo estaba en otro lugar”, dijo.

Ana Teresa Diego era oriunda de Bahía Blanca y estudiaba en al facultad de Astronomía de la Universidad Nacional de La Plata.

El 30 de septiembre de 1976 fue secuestrada en el Bosque, momentos después de abandonar la facultad.

Ayer se conoció la noticia de la identificación de sus restos en el cementerio de Avellaneda; noticia que causó enorme conmoción. Aún no se sabe cuándo serán restituidos sus restos a sus familiares. Su madre, Zaida Franz, vive actualmente en Villa Ventana, provincia de Buenos Aires.

En 1985, el testimonio de Emilce Moler fue clave por los aportes informativos que realizó al Equipo Argentino de Antropólogos Forenses; incluso un elemento que Emilce había desechado por considerarlo irrelevante: “Recuerdo que Ana vestía una camisa a cuadros, y fue un dato importante porque muchas veces se encuentran elementos que contribuyen a identificar los restos. Así que –conluyó Emilce-, me siento parte de ese rompecabezas que se fue armando hasta llegar a la restitución de los restos”, concluyó. 

Por Bibiana Parlatore - bibianaparlatore@gmail.com

domingo, 8 de abril de 2012

La historia del "Combate" de Las Mellizas, una sangrienta mentira de la dictadura

El cuento del “enfrentamiento”

En noviembre de 1976, la Federal y la policía de Santa Fe se tirotearon por error en una casa de San Nicolás. Hubo muertos y un herido que el año pasado denunció a Montoneros. De esa causa surgió la verdad de cómo se inventaban batallas para justificar masacres.

El 18 de noviembre de 1976 un grupo de la policía de la provincia de Santa Fe entró a una casa operativa de Montoneros, en el barrio Las Mellizas de San Nicolás. No estaban sus habitantes, el matrimonio Trod, sólo el sereno de la pequeña carpintería que habían montado. Los policías se tiraron cuerpo a tierra en el patio trasero de la casa, para atrapar a la pareja en una ratonera. Justo entonces entró otro grupo por la puerta de adelante, esta vez de la delegación de San Nicolás de la Policía Federal. Según los testigos, en ese momento hubo un breve y sangriento tiroteo. Una granada explotó contra el cerco de la casa de al lado y las esquirlas marcaron las paredes. En el tiroteo murieron el sargento Vicente Testa y el cabo Carlos Alberto Loyola de la Federal, y quedó herido en una pierna el oficial santafecino conocido como Alfredo Douglas o Eduardo Dogour. El combate entre los dos grupos de policías se presentó horas después, ante la prensa y en partes internos, como un cruento “enfrentamiento con grupos extremistas”. Fue una mentira que tuvo efectos inmediatos en nuevos operativos y masacres, y que recién ahora acaba de descubrirse.

El cuento de la batalla con la guerrilla acaba de ser descubierto en una investigación a cargo del fiscal federal de San Nicolás, Juan Murray. La paradoja es que la verdad surge por una denuncia del oficial herido, que se hacía llamar Douglas o Dogour según la época, y que quiso acusar a los grupos guerrilleros por sus heridas. Murray rechazó la denuncia pero siguió investigando los eventos de esa noche en una causa en la que hubo varios testigos de identidad reservada y en el que el oficial denunciante quedó acusado. El resultado está mostrando la verdadera trama del enfrentamiento entre las dos Policías, sino el montaje de la campaña de acción psicológica que tuvo efectos inmediatos en otra causa.

Rastros de mentiras

Ana Oberlín es querellante de la causa y explica la trascendencia de estos datos: “El caso demuestra con elementos de prueba algo que desde hace tiempo conocemos: que los integrantes de los grupos represivos, en su afán de legitimarse públicamente, presentaron eventos represivos propios como actos de las organizaciones armadas. La diferencia de éste caso es que los muertos son integrantes de las propias fuerzas represivas. Eso quiere decir que además de usar esos escenarios para neutralizar socialmente las atrocidades que llevaron adelante y enmarcarlas en una guerra con un enemigo concreto, presentaron los asesinatos de los dos policías como resultado del accionar de un grupo guerrillero y eso les permitió victimizarse”.

Este caso de 1976 fue usado horas después para justificar un allanamiento a una vivienda en un caso que se recuerda como la Masacre de la calle Juan B. Justo, dice Oberlín. “Ahí mataron a una familia y a dos niños muy pequeños, cuyas muertes resultaban intolerables, incluso en esa época, en la que muchas barbaridades eran aceptadas por una parte de la sociedad. El asesinato de niños les resultaba difícil de presentar públicamente, a diferencia del de adultos. Sobre ellos no podían decir que se hubiesen ‘enfrentado’ con las fuerzas, ni tampoco que hayan participado en organizaciones armadas. Este caso, el del barrio Las Mellizas, explicita que el accionar represivo para legitimarse realizó una campaña basada en mentir, incluso burdamente, sobre las actividades de las organizaciones armadas, cuyos miembros en realidad fueron aniquilados prácticamente en su totalidad en los primeros meses del golpe.”

Horas después de Las Mellizas, a las 4.30 de la madrugada del 19 de noviembre de 1976, las llamadas Fuerzas Conjuntas entraron a la casa de la calle Juan B. Justo en la que mataron a Ana María del Carmen Granada y la familia Amestoy: padre, madre y dos niños, María Eugenia de cinco años y Fernando de tres. Sólo sobrevivió un bebé envuelto en un colchón que veinte años después supo que era Manuel Gonçalves Granada. Los represores justificaron el ataque con los muertos de Las Mellizas, una mentira que todavía está convalidada en el inconsciente del barrio.

A esta altura parece que ya no es necesario volver a decir que con el discurso de “los enfrentamientos” la represión convalidó ejecuciones y sostuvo la teoría de la guerra. Pero estos casos empiezan a revisarse entre algunos expedientes como uno de los que empezó a trabajar el juez federal Daniel Rafecas. Allí no sólo se observa que la puesta en escena buscaba reforzar la idea del enemigo interno y peligroso. Sino que en los primeros tiempos de la dictadura era parte de una práctica para hacer aparecer, en ocasiones, los cuerpos de los militantes asesinados o camino a la ejecución. Con el correr del tiempo, esas formas se fueron profesionalizando con prácticas como los vuelos de la muerte. En ese contexto, lo que el caso de Las Mellizas también hace es mostrar un nuevo giro sobre esa situación: que hubo falsos enfrentamientos montados cuando los muertos eran incluso hombres propios.

La reconstrucción

Ernesto Rodríguez es historiador y colaborador del Equipo Argentino de Antropología Forense. Autor de la reconstrucción sobre el barrio Las Mellizas que fue punto de partida de la investigación. El trabajo es importante porque detalla no sólo el hecho sino que lo ubica en una cadena de sucesos que empezaron un día antes y terminaron luego con la entrada a la casa de la calle Juan B. Justo.

“El primer dato apareció un día antes: el 17 de noviembre de 1976”, dice Rodríguez. “La Columna Norte de Montoneros hacía una reunión a ‘cielo abierto’ en los márgenes del arroyo Pavón, en Villa Constitución. Eran a cielo abierto porque no podían reunirse en una casa, por las condiciones de seguridad y de represión. Usaban lugares donde podían simular un día de campo o de pesca. Esa vez los sorprendió el Ejército. Asesinaron a tres militantes: Uriel Rieznik, Osvaldo Cesar Abbagnato y Alfredo Mancuso. Y detuvieron al jefe de la Columna, Carlos Armando Grande. La caída proporcionó información, y allí marcaron un nuevo blanco para el día siguiente: la casa operativa que había construido Montoneros en el barrio Las Mellizas, en el cruce de las calles Schubert y Chopin.”

Las calles del barrio llevan nombres de músicos. El lugar está al norte de San Nicolás, separado de Villa Constitución por un arroyo. Entonces era un área periférica, un barrio de obreros que en los setenta migraban a centros urbanos con déficit de habitaciones y alquileres muy altos. El barrio se pobló con quienes compraron un terreno y ubicaron una casilla de madera en el fondo con la idea de construir de a poco en la parte de adelante una casa de material, dice el historiador.

Al fondo del barrio estaba la casa operativa. “Montoneros la construyó entre fines de 1974 y comienzos de 1975. Los primeros habitantes estuvieron de agosto o septiembre de 1975 hasta mediados de 1976. Por las caídas, los trasladaron a Campana para reforzar el trabajo en esa ciudad estratégica del cordón industrial. Y en su reemplazo llegó la pareja de Jorge Trod y Cecilia Marfortt de Trod. Con ellos estaba Ignacio Valentín Sabena, de unos cuarenta años, sereno o cuidador, del que los vecinos todavía se acuerdan haciendo trabajos en una pequeña carpintería armada en el terreno de la casa desde donde se hacían los bancos para la capilla del barrio.”

Entre la casa y el taller había un patio. Y en la casa había un sótano profundo, de tres metros de fondo por tres de ancho, al que accedían a través de un sofisticado sistema hidráulico ubicado en el baño. En el sótano guardaban volantes, armas, explosivos y un mimeógrafo.

La noche del 18 de noviembre, entre las 20.30 y 21, entró el primer grupo de policías. Luego entraron los otros. Y por último, el Ejército. Nadie sabe cuántos tiros se dispararon, pero el historiador da algunas dimensiones: “En el terreno lindero había una casilla de madera separada por un cerco de ligustro. Una granada explotó sobre esas plantas y los disparos perforaron las paredes de la casa. Los impactos fueron tan fuertes que alcanzaron el moisés de un recién nacido que dormía del otro lado de esa casa, así que los riesgos para bebé fueron grandes”.

La investigación determinó que después de la llegada del Ejército tomaron prisionero a Sabena. “Lo agarraron a la vista de todos los vecinos, lo torturaron salvajemente para sacarle información sobre los Trod, lo llevaron hasta el frente de la casa, le hicieron apoyar las manos en una Estanciera, le golpearon y le dispararon las manos. Aparentemente lo asesinaron en ese mismo lugar para cubrir esa situación complicada que les había provocado el enfrentamiento entre ellos”, considera el historiador.

Mientras tanto, los Trod se habían alejado del barrio. Una vecina los esperó en la entrada. Cuando llegaban en una moto los paró para contarles del operativo. Los dos escaparon y se refugiaron en la casa de Amer Francisco Iriart, otro compañero, que los alojó alrededor de un mes en Arroyo Seco, como él mismo declaró en la causa. Los Trod no pudieron declarar porque los secuestraron el 10 de enero de 1978 en Zárate, junto con sus dos hijos, Mariano y Carolina. Antes de dejar la casa, los represores robaron muebles y enseres, y los objetos escondidos en el sótano, entre ellos el mimeógrafo.

El montaje

En ese mismo momento comenzó el montaje. A Sabena lo arrojaron muerto en un barrio llamado Alto Verde, cerca de San Nicolás. Y a la prensa le hicieron el relato que todavía hoy persiste. “En el enfrentamiento acontecido en barrio Las Mellizas, perdieron la vida dos suboficiales de la policía federal y un agente resultó herido”, publicó el diario El Norte de San Nicolás el sábado 20 de noviembre de 1976. “El tiroteo se produjo aproximadamente a las 21 donde fuerzas conjuntas, tras haber sido atacadas, iniciaron una espectacular persecución de sus agresores, llegando así a la vivienda donde se guarecieron en un principio, produciéndose un intenso tiroteo donde se logró abatir a un elemento subversivo, sufriendo las fuerzas del orden las bajas del sargento Vicente Testa y del cabo Carlos Alberto Loyola. Una joven pareja que se encontraba en el interior de la finca allanada logró ponerse a la fuga, eludiendo en primera instancia el cerco policial.”

En el diario La Opinión la versión publicada fue más o menos la misma. Allí se decía que “las fuerzas legales fueron recibidas con disparos de armas de fuego, produciéndose un enfrentamiento”. También que “como resultado del mismo fue abatido un delincuente subversivo del sexo masculino”. Y luego explicaron que se hizo rastrillaje “lográndose detectar a uno de los fugados, que fue abatido en barrio Alto Verde”. Hablaron del sótano como “habitación subterránea de nueve metros cuadrados” con “una imprenta, bombas tipo vietnamita con una carga de dos kilos y medio de explosivos cada una, armamento de distinto tipo, municiones varias, documentación y panfletos de la organización declarada ilegal en 1975”.

En las próximas semanas empieza en Rosario el juicio oral por la masacre de la calle Juan B. Justo. Oberlín tuvo hace días una inusual discusión a viva voz con la abogada de los represores Valeria Corbacho. Allí discutieron uno de los puntos que demuestra cómo la versión instalada de Las Mellizas aún sigue en pie. Los abogados defensores pidieron a Douglas o Dogour que declare como testigo y también se lo pidieron a los hijos de los dos policías muertos.

ENTREVISTA CON EL HISTORIADOR ERNESTO RODRIGUEZ
Una historia de atropellos

–¿En realidad qué pasó en Las Mellizas? ¿Por qué se enfrentaron?

–Yo no creo que haya habido alguna intención. Creo más bien que hubo una confusión. Supongo que no tuvieron tiempo de distinguirse, además los testigos dicen que un grupo estaba de civil. Calculo que vieron un movimiento y se produjo el enfrentamiento. Se miraban a través de un ventiluz y esa situación no les daba lugar a una visión pormenorizada: se dispararon, y luego salieron a montar esta farsa con la que al otro día justificaron otra masacre. Eso, creo que fue una equivocación y montan la mentira para ocultar qué sucedió entre ellos y para hacer aparecer a los otros como los asesinos.

–¿Por qué los grupos llegaron separados?

–Por el operativo del día anterior, la información la tenían las distintas fuerzas de seguridad. La mayoría de los operativos los organizaban de forma conjunta. Acá, el Ejército llegó después. Pero todos iban a llegar más tarde o más temprano. Yo no sabría decir por qué llegaron de esta forma, aunque creo que a lo mejor fue por un celo de mostrar más eficiencia en la lucha antisubversiva. O incluso, puede haber aparecido la idea de llegar antes para capturar, interrogar y quedarse con algún dinero.

–¿Cómo hizo la reconstrucción?

–La casa de ellos estaba al final del barrio. Yo encontré a dos testigos de esa época, y los dos son coincidentes, dicen que no hubo enfrentamiento; que Sabena no disparó, sino que quedó prisionero; que lo torturaron y asesinaron. Dicen que los enfrentamientos fueron entre las fuerzas operativas. La gente se acuerda, el barrio estuvo copado ese día: no podían ni salir ni ingresar. Además, conocían bastante a los Trod porque cuentan que los habían ayudado a hacer los bancos de la Capilla y se nota que tenían una fuerte inserción en el barrio: los conocían, eran queridos, tenían una vida social.

–¿Cuál fue el trabajo del EAAF en esto?

–El Equipo identificó los tres cuerpos del arroyo Pavón; Sabena ya estaba identificado pero más tarde identificó a las víctimas de la calle Juan B. Justo, entre ellos a Ana María del Carmen Granada, la madre de Manu Gonçalves, porque hacia ahí fueron un día más tarde, acusándolos de haberles matado a dos hombres.

domingo, 18 de marzo de 2012

La historia de María Ramírez, a quien una jueza de la dictadura condenó a un "hogar" de menores

“Era un infierno y yo me sentía enterrada viva”

Cuando desapareció su madre, su padre estaba en la cárcel y, aunque su familia los reclamó, María y sus dos hermanos fueron depositados en un hogar de menores, donde sufrieron abusos y pasaron hambre durante siete años.

Las madrastras o las cenicientas de los cuentos de los hermanos Grimm no alcanzan para imaginar lo que sucedió en Buenos Aires a partir de la noche del 14 de marzo de 1977. Después de un operativo, la policía depositó a tres niños en una casa de huérfanos de Banfield en la que conocieron durante siete larguísimos años el socavón del infierno del que todavía, en ocasiones, no terminan de entender si de verdad han salido alguna vez.

“Nos despertaban con agua fría a la mañana”, explica María Ramírez, una de aquellos niños. “Nos daban de tomar el mate cocido y un pan con azúcar y manteca y después íbamos a la escuela, pero yo me dormía por lo que había vivido a la noche. A la hora de comer, como el ambiente en la casa era muy tenso porque el viejo Manuel aparecía y siempre tiraba cucharas y se enojaba con algo, yo no comía. No me gustaba la comida y a veces me ponía muy mal y me castigaban. Me hacían ir a comer con los perros. Me sacaban al patio, y ahí comía en el plato de los perros. Era un asco, pero hasta los perros son más humanos que la gente, así que no era tanto el asco que yo sentía en esos momentos.”

María es la hermana del medio de los tres hermanos Ramírez, que son parte de una de las historias dramáticas de la dictadura argentina. Tenían 2, 4 y 5 años de edad cuando miraban el operativo en el que un grupo de tareas secuestró a su madre. La policía los abandonó en el Casa Belén, que dependía de una parroquia de Banfield, y sus nombres entraron en un expediente en el que la jueza de Lomas de Zamora Marta Pons se negó a devolverlos cuando una tía los reclamó, porque su padre estaba en la cárcel. La jueza rompió los papeles con sus nombres delante de los empleados, y de viva voz exclamó una frase que aún se recuerda en la Justicia: “Son hijos de un paraguayo montonero que desafió la Constitución Nacional y no merece recuperarlos”. Con los papeles, Pons rompió además en pedazos la única puerta de salida del infierno.

Para entender qué pasó con estos niños hay que saber que María estuvo desde los cuatro hasta los once años encerrada en el Hogar. Que, de noche, la casa conoció escenas similares a las de un centro clandestino. O que ella tenía que enterrar las monedas que alguno de los militares, asiduos concurrentes, le entregaban cuando empezaron a abusarla. Que cuando se subió a un avión en 1983 con destino a Suecia todavía no sabía leer o escribir; que enmudecía por espasmos, que no comía y que un día, muchos años después, entre intentos de quitarse la vida, tomó clases de pintura y los profesores corrieron por el espanto de lo que empezaron a ver en sus cuadros.

Pocos meses atrás, ella logró empezar a ordenar algo de todo eso volviendo al origen: el barrio de Quilmes. Con la ayuda de muchos, de especialistas del Centro Ulloa, del Ministerio Público Fiscal, del Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial, de Amnistía Internacional y del intendente de Quilmes, Francisco “Barba” Gutiérrez, que fue compañero de sus padres, recuperó la casa en la que vivió hasta los dos años. Frente a esa casa, en una celebración, desnudó una pintura que hizo con la cara india de su madre. Y mientras la presentó y volvía a mirarla, contó que en ese lugar, en el que tuvieron un almacén, fue el único en el que había sido feliz. Más tarde, estuvo en el Parque de la Memoria y algo empezó a cambiarle adentro: leyó el nombre de su madre desaparecida, por primera vez, en algo semejante a esa especie de cierre que puede ponerle a la historia un ladrillo o una lápida.

–Ahí pude llorar y llorar –dice–: cuando llegué, sentí que pude tocar algo de todo eso tan abstracto, y que me reencontraba con ella.

–¿Supiste qué le pasó?

–Sé que la llevaron a alguna parte, parece que la mataron.

–¿La vieron otros sobrevivientes? ¿Hay datos?

–No, creo que tampoco he tratado de profundizar mucho porque me cuesta mucho saber qué pasó. Me bloqueo, y es porque en realidad yo a mi madre la veo viva. He vivido con la esperanza de que la voy a encontrar. Y cuando pierdo la esperanza, me cuesta aceptarlo. Ahora que recuperamos la casa donde teníamos el almacén, siento que ahí se quedó más presente mi madre, pero también la pequeña infancia que tuvo un poco de felicidad y de familia. El sentido del juego y el cariño estuvieron ahí: en esos dos años.

–Cuando tenías dos años se fueron de esa casa porque detuvieron a tu padre. ¿Qué hicieron después?

–Vivíamos en distintas partes, clandestinos. Pasamos por distintas casas. Dos años después, cuando nos secuestraron, estábamos viviendo en Quilmes. Esa noche vino toda la tropa, no quedó casi nada, me acuerdo cómo entraban las balas o del perrito que se esconde atrás de la congeladora. No sé cuánta gente había, pero me acuerdo que nosotros salimos por la ventana con la ayuda de nuestra madre.

En primera persona

Cuando recuperó la casa-almacén, María leyó un texto escrito por ella en el que anudó algunos tramos de su historia. Un relato todo corrido que hasta entonces no había podido hacer porque al intentarlo se quedaba muda o, vuelta a vuelta, los recuerdos la sacudían y parecían capaces de voltearla a un cementerio. Ahí, en el texto, sobre los tramos del operativo y los primeros días en la Casa Belén, escribió:

“En la madrugada del 14 de marzo de 1977 fue el último abrazo de mi madre cuando estábamos rodeados de militares y las balas entraban por todas partes. Era terrorífico el operativo, las balas no terminaban de tirarnos. Yo tenía 4 años; Carlos, 5 y Mariano, 2. ¿Por qué pasó todo esto? ¿Por qué tuvimos que salir por la ventana de atrás? ¿Por qué vos no? Antes de saltar afuera, nos abrazaste fuerte y largo. No era un abrazo común: era un abrazo de ¡despedida! Me recuerdo de tus últimas palabras: ‘María te quiero’, e igual a mis dos hermanos. Y también la promesa que te hicimos de cuidarnos uno al otro”.

Después, sigue, “caímos en las manos de la jueza Pons, que conscientemente nos hizo desaparecer poniéndonos como NN. Cuando llegamos a la Casa Belén nos bautizaron de nuevo y nos cambiaron el apellido a Maciel. Recibimos el apellido del militar del hogar. Los nuevos padres nos exigían decirles: ‘mamá’ y ‘papá’. Era algo imposible. Pero cuando yo no aguantaba más los golpes, me entregué a llamarlos así: ‘mamá’ y ‘papá’ a Manuel y Dominga”. Les pusieron padrinos militares. “Mi nuevo padrino me llevaba a su trabajo que eran centros clandestinos donde las paredes tenían más sangre que pintura. En una ocasión no me dejaron entrar porque adentro había gente ‘trabajando’. Podía escuchar la música muy fuerte, las ventanas estaban cerradas. Pero mientras esperaba a mi padrino podía diferenciar que en el fondo de la música había gritos de personas. Gritos de dolor. Ese hogar era un infierno, era una cárcel para niños. Ahí estuvimos casi ¡siete años! Eramos ocho NN. ¡Yo me sentía enterrada viva! Porque el trato era inhumano, había falta de cariño y vida.”
Desencuentros y encuentros

La jueza Pons la recibió una vez con una bandeja llena de medialunas. Como en el hogar pasaban hambre, aquello se convirtió en una trampa: la jueza buscaba que María renuncie a la tenencia impulsada por su padre. Mientras a la niña se le derretían los ojos por las medialunas, la jueza le susurró que su padre no la quería, que seguramente iba a venderla en el exterior.

–¿Cómo era finalmente esa Casa Belén?

–Era un pequeño hogar, chiquito, de once personas. Ahí vivía una familia, Manuel y Dominga con sus tres hijos. Hacia afuera estaba todo bien: cuando nos sacaban a la calle siempre nos peinaban; yo me sentía una muñeca, me vestían muy bien. Después, al regresar, te sacaban todo, y era empezar a limpiar, te pegan y te hacen comer con los perros. Te humillaban tanto que uno no sabía por qué hacían todo eso. ¿De dónde venía ese odio? Hasta que entendés que es por tus padres, para que no salgas como ellos. Esa era la razón.

–¿Qué les decían a ustedes?

–Yo tenía una imagen apenas dibujada de mi viejo, porque lo había visitado alguna vez cuando era muy chica en la cárcel. Pero de mi madre no podía decir nada. Ellos me decían: “Tu mamá es una prostituta y hace esto y aquello”. O: “ella no te quiere, te abandonó”. Y yo sabía que todo era mentira. Tenía muchos recuerdos de ella positivos y entendí que me estaban engañando y no quería creer lo que me decían. Ese, al final, fue mi secreto: me dije que nunca iba a decirles que tenía a ella en la memoria. No hablaba, evitaba responderles y si me preguntaban si me acordaba algo de mi madre, les decía que nada. Yo entendí que eso era lo que querían de mí. Y así fue, pero a ella la tenía como a mi ángel: a veces en la soledad, uno puede hablar con alguien y yo pensaba que con ella, de esa manera, podía compartir mucho, porque también estaba prohibido hablar entre nosotros. Había que vivir en silencio. Nadie te pregunta cómo estabas, solamente eran órdenes.

–Parece un cuento de terror.

–Siempre que tenían cosas ricas para comer, las cosas dulces, se las comían ellos. Nos daban lo que sobraba. Realmente, desde afuera se veía todo perfecto, pero adentro era un infierno total. Era muy clara la idea que tenían de cómo romper con el interior de cada persona, porque nosotros éramos basura para ellos: a mí me pegaban para que les dijera mamá y papá y al comienzo no quería porque la señora esa era una bruja. Yo tenía cuatro años. Mi mamá era algo hermoso, cariñosa y ésta era totalmente distinta.

–¿Quién era Manuel?

–Era un milico. Trabajaba de noche y tenía su ropa militar. La casa era una base operativa durante la noche y de día venían siempre los militares, tenían reuniones en el comedor. Las noches eran momentos terroríficos. Hoy mismo todavía me cuesta dormir por todo eso. Ellos tenían sus reuniones y después pasaban por el dormitorio de las niñas: yo no podía dormir por los abusos sexuales y por el miedo de que nos separen a los tres.
Los abusos empezaron a los siete años

–También el hijo de Manuel tocó a todos los chicos, a mis hermanos y a mí. Toda la parte de sexualidad ahí adentro fue un desastre. También venían los compañeros de Manuel y abusaban. Y Dominga se hacía la tonta, la que no sabía nada, pero después venía y me pegaba porque decía que yo era una puta. Cuando se iban me dejaban una moneda. Y yo decía: “¿Y yo qué voy a hacer con esta moneda? Si me la encuentran, me matan” y tuve que enterrar esa plata para que no la vieran. Esa fue la peor parte. Me obligaban a hacer cosas para que ellos se puedan reír y eso todavía lo estamos sufriendo.

–¿Volviste a la casa?

–Volví hace diez años y lo primero que miré fue la puerta: era la misma. Y lloré. Me dije: “Salí del infierno de esa casa y la puerta era la referencia: he salido de ahí”. Después me fui al gimnasio al que iba siempre, que era parte de un descanso que me hacía como una forma de meditación para aguantar los golpes. Hace un tiempo me dan ganas de volver acá, volver a Quilmes, estudiar arte, español y agarrar esas posibilidades que nunca he tenido acá porque yo no pude estudiar. Me fui analfabeta a los once años. No sabía ni escribir ni leer, era un desastre, porque dormía en la escuela, como no dormía de noche porque me venían a molestar. Me costaba la concentración y, bueno, me dormía de día. No aprendí mucho, solamente lo poco que podía memorizar, pero después fue un quilombo poner el sueco arriba de todo eso, mi padre no sabía que yo no sabía: era una selva.

–¿En la escuela no se daban cuenta de lo que pasaba?

–Me parece que había una maestra que se daba cuenta de algo, pero después desapareció. Siempre pasaba lo mismo, apenas me empezaba a encariñar con alguien o cuando había alguien que me atendía mejor, luego no la veía más. De eso sí que me daba cuenta. También fui a pedir ayuda a un cura, pero me cerró las puertas.

–¿Cómo lograron irse?

–Mi tía nos encontró, un grupo de psicólogos empezaron a ir a tratarnos. Ellos estaban preparándonos para el reencuentro con mi padre. Ya eran los tiempos de la democracia. Me acuerdo de la sensación que sentía cuando nos venían a buscar, para mí era una felicidad salir a comer un helado, ir a comer una pizza, ir a jugar o poder ir al parque. Una vez que estaba tan contenta me olvidé de saludar antes de irme, y cuando volví estaban Dominga y Manuel y al entrar me vino la paliza. “¿Por qué no saludás? ¿Ya estás cambiando?”, me decían. Y así empezó. Teníamos un permiso que solicitaban esos psicólogos. Rubén, que era uno de ellos, nos llevaba afuera, al Planetario. Yo nunca había estado ahí. Siempre había estado a no más de dos o tres cuadras. Era mucho ya ir a un parque. Ya te mareaba. Había alguien que te miraba y te preguntaba cómo estabas. Era muy fuerte para mí, “alguien me ve”, decía.

–¿Cómo fue el encuentro al final con tu padre?

–Ellos estaban preparando el encuentro con mi padre. Cuando lo vimos en el aeropuerto no fue un ¡¡hooooooooola papá!! ni mucho menos: él se quedó muy en shock. Y nosotros, lo mismo: decíamos, “¡qué te vamos a extrañar!”. Fue duro el cambio, a pesar de todo. A mi padre no lo quería. Sentía desconfianza, creía que no era mi padre. Mucho tiempo estuve así, casi quince años. Ahora estamos mejor, se puede entender pero, por Dios, yo decía: “Tanto que me hiciste sufrir, todo esto es tu culpa. Es tu culpa todo lo que he perdido. ¿Tengo que estar agradecida? ¿Estar en otro país? ¿Si acá me siento como un marciano?”.

–Una marciana en Suecia.

–No tenía ninguna conexión con ese país y me he sentido así, bastante marciana, durante mucho tiempo. Cuando todavía era chiquita creía que era fea. Me rompían la cara; me decían, “negra”, de todo. Todo el tiempo hubo problemas hasta que a los 17 años me cansé, hice un cambio buscando mi propia vida. Poco a poco algo fue pasando. Yo corro maratón de 42 kilómetros y para mí es una expresión de libertad; es una filosofía, son cuatro horas de no pensar en nada, sólo de mantener el equilibrio. Un poco creo que puedo aplicar eso en la vida, como la parte de tener una visión más o menos justa y de trabajar hacia ese proceso. Eso es lo que quiero hacer también pensando en Argentina.

–¿Tenés ganas de volver?

–Cuando vine anteriormente siempre me he enfermado. Por las secuelas que me vienen, todo lo que he vivido se repite de nuevo. Es como un disco, y yo sólo pienso que es lo que llaman postraumatismo: me quedo traumatizada de nuevo, entonces, no como, no hablo y me enfermo. Y entonces tomo distancia, pero ahora con la psicóloga estoy pasando un momento que es un milagro, porque me di cuenta de que puedo trabajar estando acá: no necesito viajar allá, puedo cambiar y tomar distancia y esa es la nueva tarjeta que en este momento triunfa. También me doy cuenta de que puedo expresarme en español, estar en el presente y no por hablar en español estar en el pasado. La vuelta a la casa también fue una medicina bastante fuerte. La he vivido, tengo los vecinos, he abierto algo social, y esa fue la primera vez que hablé. Y “el Barba” y otros se sorprendieron porque nunca me escucharon hablar. Y ahí me decidí y hablé porque, como varias veces me pusieron un arma y me dijeron: “Si hablás alguna vez, click: te vamos a matar”. Me ponían el arma en la cabeza para demostrarme que era verdad, pero ya atravesé un poco ese miedo.

–¿Qué pasó con tu vida en estos años? ¿Te casaste?

–No. Pero me casé conmigo misma. Ahí empezó la vida, cuando terminé la carrera de enfermería me compré este anillo, en 2003. Estas cosas tienen algo que es que uno sufre y se enferma y todo esto joroba mucho la mente y la parte de un suicidio se ve venir. Por eso tengo el anillo: porque los demonios son muy fuertes a veces.

Los avatares de la causa judicial

La causa de los hermanos Ramírez pasó del juzgado de Daniel Rafecas a la Justicia Federal de Lomas de Zamora. El traspaso encierra algunas claves para entender por qué hasta ahora no avanzó y cuáles son las características que lo hacen atípico. En general, los niños nacidos en cautiverio durante la dictadura o aquellos arrebatados a las familias en los operativos siguieron dos caminos: o fueron apropiados por militares o allegados o pasaron por un hogar de huérfanos y luego pasaron a nuevas familias después de un blanqueo, en general no regular, de un juez de Menores. María y sus hermanos se quedaron en el medio: no pasaron a una nueva familia, sino que con la intervención de la jueza Marta Pons se quedaron en el Hogar Casa de Belén. No fueron los únicos. El matrimonio se apropió de ellos porque les cambió el nombre. Hasta ahora no se descubrió que hayan sido militares, pero lo que sí se sabe es que la jueza Pons estuvo a cargo del trámite inicial, rompió los papeles de origen y cuando uno de los familiares logró llegar hasta ella le dijo que no sabía nada sobre el paradero de los niños. Lo que se discutió en el expediente desde el comienzo es si el caso está prescripto o puede ser leído como de lesa humanidad. Para algunos funcionarios judiciales tiene peso el hecho de que los autores de los delitos no hayan sido funcionarios públicos (los dueños del Hogar Belén no lo eran). O que el hecho haya sido “aislado” o “sistemático”. Una resolución de la Cámara de Casación por una causa de violencia sexual abordó hace unas semanas esta discusión. El camarista Gustavo Hornos dijo que el hecho de que los delitos hayan sido “realizados, o no, a gran escala, de modo generalizado o sistemático, con habitualidad, o cualquier otra expresión equivalente no constituye obstáculo alguno para su calificación como crímenes de lesa humanidad”, porque lo que importa es el contexto del ataque generalizado, de la dictadura que hizo posible esa conducta. La Justicia Federal de Lomas y el fiscal federal Alberto Gentile venían investigando los expedientes del juzgado de Pons, allanaron el Hogar Belén y acumularon ahora la causa de María y sus hermanos, que impulsa como querellante el abogado Luis Valenga. Esa es la línea que también entiende más pertinente la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de causas por violaciones a los derechos humanos durante el terrorismo de Estado de la Procuración: “Fue muy conveniente que la causa por los delitos sufridos por María Ramírez y sus hermanos se acumulara al expediente de Lomas de Zamora en el que se investigan todos los delitos de apropiación que se habrían cometido con la intervención del Juzgado de Menores Nº 1 de Lomas de Zamora, entonces a cargo de la ya fallecida jueza Pons. Parte importante de esa causa se ciñe a los delitos cometidos en torno del Hogar Casa de Belén. Una investigación que alcance todos los aspectos del contexto ilegal en que ocurrieron los crímenes sufridos por los Ramírez facilitará su prueba y su consideración como crímenes contra la humanidad”.
Agradecimientos

María tiene unos agradecimientos pendientes: “Si es posible agregar y agradecer a mi familia en Suecia y a mi padre. La familia sufrió tormentas, porque sin ellos tampoco llegaría hacia donde hoy estoy. Se invirtió mucho en mi salud y también, como marciana, me encuentro en un cuerpo familiar en el que encuentro apoyo que también fortalece al reencuentro conmigo misma, mi identidad y mi historia”.

jueves, 8 de marzo de 2012

Pedido de testimoniante Vilma Gomez

II.- 3) Libro Gabinete Fotográfico y fotografías reveladas (reservadas en Secretaría):
Nº 158663- (12 tomas)

Sobre este punto, debe también tenerse presente que la testigo Vilma Pompeya Gómez fue citada en la ciudad de Ituzaingó, Pcia. de Corrientes, el 21/11/2008 mediante oficio del Juzgado Federal Nº 1 de Santa Fe, a prestar declaración testimonial y reconocimiento de fotografías digitalizadas.

El reconocimiento de la testigo se encuentra a fs. 225/226 del Expte. 37/07, 2º cuerpo, acumulado en estos autos. En dicha testimonial la testigo solicita medidas que aún se encuentran pendientes.

ESTE  PARRAFO EXTRAIDO DE LA PRESENTACION DE MIS ABOGADOS, QUE ADJUNTO , DEMUESTRA LA FALTA DE VOLUNTAD POLITICA DEL PODER JUDICIAL PARA ESCLARECER ESTOS CRIMENES. ADJUNTO LAS FOTOS QUE NO FUERON PERICIADAS Y SI ALGUN COMPAÑERO O CIUDADANO PUEDE IDENTIFICAR LOS ROSTROS DE LOS MILITARES Y CIVILES PRESENTES EN EL OPERATIVO LE RUEGO ME AYUDEN.

LOS QUE PUEDAN ACCEDER AL MINISTERIO DE DEFENSA PARA VER LOS LEGAJOS DE LOS MILITARES DESTINADOS EN SANTA FE EN ESE PERIODO AL MINISTERIO DE JUSTICIA DE LA NACION PARA EL MISMO TRAMITE Y AL MINITERIO DE GOBIERNO Y JUSTICIA DE SANTA FE PARA SOLICITAR LA PERICIA Y, O LA IDENTIFICACION DE LOS MIEMBROS DE LAS FUERZAS DE SEGURIDAD PRESENTES EN LAS FOTOS.

LOS MUERTOS SON MI COMPAÑERO LUIS ALBERTO VUISTAS Y MIGUEL ANGEL FONSECA.

ESTA PERICIA LA SOLICITE EN EL AÑO 2008. SIN QUE EL MINISTERO PUBLICO FISCAL NI EL JUEZ FEDERAL DE SANTA FE HAYAN HECHO NADA DESPUES DE 4 CUATRO AÑOS .

DEBO ACLARAR QUE TESTIFIQUE OCHO VECES LA PRIMERA VEZ EN EL AÑO 1981 ESTANDO DETENIDA EN EL PENAL DE DEVOTO Y QUE FUI TESTIGO EN EL JUICIO ORAL  DE EL EX JUEZ BRUSSA CONDENADO Y CON SALIDAS HIGIENICAS ORDENADAS POR EL PRESIDENTE DEL TRIBUNAL ORAL QUE LO CONDENO.

ANTE LA INMINENCIA DE LA ELEVACION A JUICIO ORAL Y FALTANDO CUMPLIMENTAR TODAS LAS PRUEBAS QUE FIGURAN EN EL ESCRITO DE MIS ABOGADOS, RECURRO A LA OPINION PUBLICA, A LOS QUE NOS CONOCEN PARA QUE NO HAYA UN JUICIO MAS SIN CASTIGO. SON 48 MUERTOS Y SOMOS 4 SOBREVIVIENTES.

QUE EL SEÑOR NOS SALVE A LOS JUSTOS DE CAEER EN MANOS DE LA JUSTICIA.
GRACIAS VILMA POMPEYA GOMEZ

II.- 3) Libro Gabinete Fotográfico y fotografías reveladas (reservadas en Secretaría):
Nº 158663- (12 tomas)

Sobre este punto, debe también tenerse presente que la testigo Vilma Pompeya Gómez fue citada en la ciudad de Ituzaingó, Pcia. de Corrientes, el 21/11/2008 mediante oficio del Juzgado Federal Nº 1 de Santa Fe, a prestar declaración testimonial y reconocimiento de fotografías digitalizadas.

El reconocimiento de la testigo se encuentra a fs. 225/226 del Expte. 37/07, 2º cuerpo, acumulado en estos autos. En dicha testimonial la testigo solicita medidas que aún se encuentran pendiente