lunes, 22 de junio de 2015

Falleció Elsa Sánchez de Oesterheld, parte de una familia arrasada por la dictadura

“Nos enseñó a luchar y volver a sonreír”

Elsa Oesterheld había sufrido la desaparición de sus cuatro hijas, su marido Héctor, autor de El Eternauta, y dos nietos, a quienes aún buscaba. Las Abuelas de Plaza de Mayo y la agrupación Hijos lamentaron su fallecimiento.

Si el dolor y la fortaleza fueran mensurables, podría decirse que murió una de las mujeres que más sufrió y se sobrepuso a los crímenes de la última dictadura. Elsa Sánchez de Oesterheld, viuda del legendario historietista Héctor Oesterheld, sufrió la de- saparición no de uno, ni de dos, ni de tres, sino de nueve miembros de su familia: sus cuatro hijas, su marido, dos yernos y dos nietos nacidos durante el secuestro de sus madres, que todavía son buscados. “Lala”, como la llamaban, debió sobrevivir a los múltiples embates para criar a su nieto Martín, que le fue entregado por los represores luego de masacrar a sus padres. A pesar de la tragedia con la que cargó por casi 40 años, siempre mantuvo la ternura y una sonrisa que sus compañeros de lucha prometieron no olvidar.

“Se fue en paz. La encontramos dormida y nos dejó la tranquilidad de que debía irse porque había dado todo lo que tenía. Es la mujer que me crió tras la desaparición de mis padres y el primer pariente que puedo enterrar, que no es poco”, dijo Martín Mórtola Oesterheld sobre su abuela, que tenía 90 años y será inhumada hoy, a las 14, en el cementerio de la Chacarita.

Elsa conoció a Héctor Oesterheld cuando él estudiaba geología y se ganaba la vida escribiendo libros de divulgación científica para chicos. Se casaron en 1947 y cinco años más tarde nació su primera hija, Estela. Luego llegaron Diana, Beatriz y Marina y vivieron años luminosos en un casa de Beccar. “Fuimos tan pero tan felices en esa casa que me parece que entre ese momento y hoy pasó una eternidad”, dijo Elsa, en una de sus últimas entrevistas.

A principio de los ’70 las hijas del matrimonio, ya adolescentes, comenzaron a involucrarse en política y se sumaron a las filas de Montoneros, organización a la que pronto acercarían a su padre. Elsa empezó a preocuparse cuando en 1973 los cinco fueron a Ezeiza a recibir a Perón en su regreso del exilio. Ese día se enojó con su marido. “Yo no puedo excluirme de la lucha en la que está involucrada toda la juventud, incluidas mis hijas, que además es por una causa en la que siempre creí: un país mejor”, le objetó él. Si bien nunca dudó de lo justo de la causa, para Elsa el precio de la lucha de su familia fue demasiado alto y siempre sostuvo que fue un error creer que la justicia social no podía lograrse sin violencia.

Tras el golpe del 24 de marzo de 1976, toda su familia pasó a la clandestinidad y luego, uno a uno, fueron secuestrados y ejecutados por los militares. Dos de sus hijas estaban embarazadas y dieron a luz en cautiverio. Elsa sobrevivió, al igual que dos de sus nietos: Fernando, que fue llevado a la casa de sus abuelos paternos, y Martín, que le fue entregado a Elsa. “Ni yo misma puedo decir cómo fue que seguí viva –contó varias décadas después–. Soy un misterio para los psicólogos. Yo creo que Martín me salvó; tenía tres años y yo tenía que ocuparme de él. Creo que saber que estaba totalmente sola para enfrentar la vida me dio fuerza.”

“Es una abuela más que se va sin poder abrazar a sus nietos”, se lamentaron desde Abuelas de Plaza de Mayo, organismo del que Elsa participaba activamente, y valoraron “su testimonio siempre fresco y reflexivo que supo contribuir a la búsqueda de los nietos y a la construcción del derecho a la identidad”. Desde HIJOS Capital también quisieron despedirla y se guardaron para fortalecer la lucha el recuerdo de su sonrisa. “Elsa Sánchez de Oesterheld fue una mujer que nos enseñó mucho: a sobrevivir, a luchar y a volver a sonreír. Nadie sabe cómo esa mujer, pequeña de tamaño, fue tan grande contra todo lo que le hicieron los verdugos. Elsa sobrevivió a todo eso, pisando imposibles, luchando siempre por justicia.”

Informe: Delfina Torres Cabreros.

miércoles, 10 de junio de 2015

Aporte histórico : Saber difundir

La Asociación Civil Moreno por la Memoria en el marco del Programa Jóvenes y Memoria, y a partir del trabajo de investigación de los alumnos y alumnas de la Escuela Secundaria Nº 35 y de la Primaria de Adultos Nº 703, desarrolló un documental audiovisual titulado Riglos ¿Hogar de Tránsito de Hijos e Hijas de Detenidos Desaparecidos?. El valiosísimo trabajo cuenta con la participación de Román Pacheco, Subsecretario de Protección Integral de Derechos de Niñez, Adolescencia y Juventud; Cacho Funes que recuerda cómo era el edificio donde se destacaban los barrotes en la puerta de ingreso. También está registrado el testimonio de Manola, maestra jardinera en el Instituto Riglos entre 1975 y 1976 donde refiere que, según comentarios, los hijos de los “guerrilleros asesinados en la Quinta La Pastoril fueron alojados en el Riglos pero a los dos días se los llevaron”. 
Aparece Luis Mattini, integrante del PRT – ERP; se describe la historia de Florencia Mangini, hija de Leonor Herrera y Juan Mangini. El trabajo de investigación cuenta con el registro auditivo de Nicolás Koncurat, que tenía dos años de edad cuando fue alojado en el Instituto Riglos. Conmueve las expresiones y la historia de Yamila y Gimena Zavala Rodríguez, quienes fueron abandonadas en la calle y ubicadas en el Riglos (testimonio vivo, filmado).

Un trabajo para difundir, para no olvidar. Memoria, Verdad y Justicia.

https://www.youtube.com/watch?t=571&v=YmEUBZMoS3c


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martes, 2 de junio de 2015

Para la Madre de Plaza de Mayo Elia Espen, “el Gobierno no respeta ni al pañuelo blanco”

Por Luis Gasulla | Tiene 83 años y busca a su hijo Hugo, desaparecido en la última dictadura. La indiferencia del Gobierno. Video.

Elia Espen, madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora, ofreció una extensa entrevista en la redacción de Perfil.com en la que habló sobre la política de Derechos Humanos kirchnerista, su historia personal, la utilización partidaria del edificio de la Ex Esma, las contradicciones del relato K y el General César Milani. Elia Espen, parte 1.

La Madre sintetiza lo que implica llevar desde hace casi 40 años un pañuelo blanco sobre su cabeza: “El pañuelo representa mucho dolor”. Con un reclamo certero contra el Gobierno nacional, Espen critica su utilización como imagen de los billetes de 100 pesos. “Ya no respetan nada, no hay respeto por los desaparecidos nio por el pañuelo blanco”, se queja. Dice que el kirchnerismo “son un grupo de personas que se han adueñado de los Derechos Humanos porque no consultan. Directamente toman decisiones, hacen lo que les parece sin siquiera preguntarnos a las Madres y a los familiares si podría ser”, cuestiona.

Para la mujer, no es tenida en cuenta por su oposición a la administración de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. “Soy crítica y siempre estuve con los trabajadores, como en la época de Kraft que me fui a la Casa de Gobierno con el pañuelo, pensando que me iban a recibir pero no lo hicieron”, ejemplificó. “Nunca me van a recibir”, vaticina.

Por esa protesta, Espen formó parte del Proyecto X. Asegura: “Existen listas negras; estamos con Victoria Moyano -nieta recuperada- en ese listado”. “Cuando estábamos en la fábrica nos tiraron los caballos y el fiscal me preguntó cómo sabía de la represión. ‘Porque estuve’, le dije”, relata. Agrupaciones de izquierda denunciaron en  2013 que Espen y Moyano formaban parte de Proyecto X, el plan de espionaje ideado en la Gendarmería Nacional y el Ministerio de Seguridad durante la conducción de Nilda Garré.

Mayor amplitud. La mujer -que busca a su hijo hijo Hugo, un joven de 27 años, estudiante de arquitectura de la Universidad de Buenos Aires y militante del PRT, secuestrado por un grupo de tareas paraestatal- considera que la visión de Derechos Humanos del oficialismo es acotada. “No se dieron cuenta lo que son los Derechos Humanos porque también son una vivienda digna, educación, salud, que te escuchen y no que te repriman, como a los Qom, que los están matando y les han hecho de todo”. Espen fue más allá: “Si fueran un actor o un futbolista importante, ahí sí estarían en la Casa de Gobierno”, sigue.

Espen se refirió a los que defienden al jefe del Ejército, César Milani, investigado por la desaparición del conscripto Alberto Ledo. “Es un represor y es un genocida, palabra que no me gusta decir pero es un asesino, quizá no empuñó el arma pero mandó a matar”, denuncia. “Es una mentira y una excusa decir que Milani no puede haber sido porque era joven en ese momento, lo desmiento”, insiste, mientras lo compara con el represor Alfredo Astiz: “De él también decían que no podía ser porque era joven”.

 https://www.youtube.com/watch?v=zl6XnGBB740#t=11


(*) Especial para Perfil.com

martes, 10 de febrero de 2015

Tras es rastro de Dagmar Hagelin

La Cancillería desclasificó los expedientes sobre la desaparición de la joven sueca
Tras el rastro de Dagmar Hagelin

Las carpetas desclasificadas contienen la documentación –informes, cartas, telegramas– que se cruzaron los gobiernos de la Argentina y Suecia durante la dictadura por el caso Dagmar Hagelin.

 Por Ailín Bullentini

Ragnar Hagelin buscó mucho a su hija, Dagmar, quien de-sapareció en la Argentina en enero de 1977. Solo, primero. Luego, a través de las instituciones diplomáticas de su país de origen, Suecia. Así consta en dos expedientes que fueron recientemente desclasificados por la Cancillería argentina y que contienen informes, notas, cartas, telegramas, resúmenes y reseñas en los que altos funcionarios suecos –ministerios de Relaciones Exteriores e incluso el presidente de aquel país entonces reclamaban a la Argentina por información sobre el paradero de la joven y las autoridades de facto argentinas y los jueces que intervinieron en la investigación sobre lo ocurrido negaron los hechos.

“El gobierno argentino sabe quiénes son los responsables de la detención de Dagmar Hagelin y de su posterior destino. Sin embargo, prefiere hacer caso omiso del asunto y negar que lo conoce. Esto es indigno e inaceptable.” La sentencia pertenece a quien fue el primer ministro sueco Thorbjorn Falldin; fue emitida en diciembre de 1979. Llegó vía correo epistolar a quien era dirigida, el entonces presidente de facto argentino Jorge Rafael Videla. Para entonces, Suecia se había hartado de las evasivas de la dictadura militar nacional ante sus consultas y pedidos insistentes por el esclarecimiento del hecho.

La “suequita” cayó en manos del grupo de tareas 3.3.2. de la Armada el mediodía del 26 de enero de 1977 en El Palomar, provincia de Buenos Aires. Estaba llegando a la casa de Norma Burgos, su amiga, cuando miembros de la patota dirigida por el genocida Alfredo Astiz la hirieron a tiros, la encerraron en el baúl de un auto y se la llevaron. Los hechos fueron reconstruidos por vecinos y sobrevivientes, incluida Burgos, que por entonces era la compañera de Carlos Caride, dirigente de Montoneros. Los testimonios la ubicaron con vida en la ex ESMA, en donde habría permanecido unos diez días y luego en las filas de de-saparecidos que los torturadores de la última dictadura cívico-militar argentina subían a aviones para arrojarlos al mar o al Río de la Plata. Ragnar Hagelin buscó a su hija desde aquel mediodía. Fue a la comisaría de Morón y allí supo que el secuestro de su hija había sido obra de la Armada. Cuando los caminos se le cerraron, algunos días después, acudió a Suecia. El había nacido en Chile, pero tenía ciudadanía sueca, al igual que Dagmar. El caso llegó a la Justicia a través de un hábeas corpus presentado por Ragnar. En 1979, la Cámara Nacional de Apelaciones rechazó el recurso. En 1980, el entonces juez federal Luis Rabellini se declaró incompetente.

La mayoría de los datos fácticos de la desaparición de Dagmar integran aquella dura carta enviada a Videla por Falldin, que integra el intercambio diplomático que compartieron el reino sueco y la dictadura argentina entre 1977 y 1986, y que quedó registrado en dos expedientes archivados en la Dirección de Asuntos Jurídicos de la Cancillería. Esas dos carpetas, con decenas de órdenes, mensajes y pedidos –también judiciales– realizados y respondidos por funcionarios de los gobiernos, fueron desclasificadas y publicadas ayer en el sitio web en el que el ministerio dirigido por Héctor Timerman vuelca archivos relacionados con la actividad de la última dictadura.

“La embajada se permite recordar que las numerosas presentaciones realizadas con este asunto hasta la fecha no han recibido respuesta por parte argentina, excepto que la investigación continúa”, insistió en mayo de 1978 la Embajada de Suecia en Buenos Aires en una carta enviada a la Cancillería. Por si fallaba la memoria de los funcionarios locales, los suecos acompañaban el cordial reclamo con una minuta fechada de todos los encuentros, intercambios, reclamos y peticiones que diferentes funcionarios de ese país europeo habían emitido a las autoridades militares argentinas entre la fecha de desaparición de Hagelin y septiembre de 1977. El punteo incluyó encuentros personales con Videla.

La respuesta argentina no superaba aquello de “la investigación continúa”. Aunque alguna ofrecía virulencia entre líneas. En septiembre de 1977, por ejemplo, desde el Ministerio de Relaciones Exteriores le respondieron a la Embajada de Suecia que Dagmar era argentina y que la información que seguía en ese texto era brindada por pura “cortesía”. Allí, el organismo de gabinete de facto también comentó que “el gobierno argentino está empeñado en la tarea de erradicar el terrorismo y la subversión”, que “los procedimientos antisubversivos son efectuados por fuerzas conjuntas perfectamente controladas... (que) llevan un registro oficial de aquellos detenidos por vinculaciones con la guerrilla y la subversión, así como también de aquellos casos de denuncias de desapariciones” y que tales registros “son claros, precisos y permanentemente actualizados, lo que da como resultado un conocimiento exacto de la situación de cada detención”. “En cuanto al caso de la señorita Hagelin, no existen constancias oficiales de que hubiera sido detenida por fuerzas de seguridad”, descartó por último ese comunicado. Las listas allí mencionadas, en tanto, nunca aparecieron.

El país europeo y el padre de Dagmar decidieron reconstruir los últimos días de la joven a través de los testimonios de sobrevivientes de las violaciones a los derechos humanos cometidas por el terrorismo de Estado gobernante. Fue útil la declaración de la propia Norma Burgos, también de Martín Grass. Meses antes de que la dictadura se diluyera en la democracia que persiste desde entonces, el entonces ministro de Relaciones Exteriores sueco Lennard Bodstrom le escribió a su par argentino Juan Ramón Aguirre Lanari. Allí le contaba sobre la “decepción” de su gobierno frente a las evasivas argentinas, le informaba que las autoridades suecas habían continuado investigando, y que habían encontrado más testimonios de sobrevivientes de la ex ESMA, un “material” que “parece no dejar dudas sobre la participación de las Fuerzas Armadas argentinas en la desaparición de Dagmar y por ende del conocimiento que se tenía sobre ésta”. Por último advirtió que “la parte argentina no ha alegado que existieran fundamentos legales para tener prisionera en la Argentina a Dagmar o para entablarle juicio”, y que el gobierno sueco “supone que Dagmar está viva y que la Argentina hará todo lo que esté a su alcance para presentar un informe ampliamente clarificador de lo que le sucedió”.
Facsímiles pertenecientes a los dos expedientes desclasificados.

domingo, 18 de enero de 2015

Mirta de Baravalle: “No pienso en mi edad. Yo sigo”




Mirta Acuña de Baravalle celebró el lunes último sus 90 años de edad y los 38 del nieto (o nieta) que nació en cautiverio el 12 de enero de 1977. La Madre de Plaza de Mayo-Línea Fundadora también rindió homenaje a su hija y a su yerno, detenidos-desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar. Especial para ANRed, por Liliana Giambelluca
Este 12 de enero, Mirta Acuña de Baravalle hubiese llegado a los 90 años de edad como un día cualquiera de no ser que dos incondicionales compañeras de su lucha, Laura Jara Suazo y María Teresa Núñez, le insistieron que debía festejarse su cumpleaños, es más, ellas lo organizarían le dijeron. La cofundadora de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo se resistía al acontecimiento hasta que encontró el motivo para aceptarlo: rendir un homenaje a su hija Ana María Baravalle y a su yerno Julio César Galizzi, detenidos-desaparecidos desde el 27 de agosto de 1976. Otra motivación era que ese mismo día, su nieta o nieto (Camila o Ernesto) cumplía 38 años de edad.

Laura y María Teresa aceptaron el desafío y trabajaron sin tregua para lograr un equilibrado y cálido festejo-homenaje. Familia y compañeros de lucha de ayer y de hoy, se reunieron a partir de las 20 en una casa de derechos humanos, a unas cuadras de la histórica Plaza de Mayo. En el ingreso había una gran pancarta con un mensaje y la foto de Ana María y Julio César.
En el salón se preparó una mesa principal que la Madre y Abuela de Plaza de Mayo compartió con su hijo Sergio, con Susana, una amiga de Ana María, con las Madres Nora de Cortiñas y Elia Espen, y la Abuela Elsa Pavón. Para los invitados se distribuyeron mesas en todo el salón y en las paredes se colocaron fotos de momentos significativos en la lucha de Mirta. “Ana es tu faro, sos digna discípula de tu hija”, fue el mensaje que se mostraba en otra gigantografía.
“Soy reacia a estos encuentros de mis cumpleaños -dijo Mirta a los presentes- pero hoy es un día muy especial: estamos deseando un feliz cumpleaños al hijo de Ana y de Julio, a Camila o Ernesto, que también nació un 12 de enero, por eso, cumplir años para mí tiene una doble significación”.

Los conceptos y recuerdos transmitidos por sus compañeras de lucha generaron emoción y sonrisas en Mirta. Se leyó un poema escrito por un amigo de Ana María y Nora de Cortiñas manifestó: “Mirta, sos admirable, 38 años de permanencia en la histórica y simbólica Plaza de Mayo con tus principios inalterables, con tu fuerza y convicción mostrando al mundo que los derechos humanos no se negocian, no hay canje posible. El amor y el respeto por tu Ana y todos tus hijos e hijas te impulsan a estar presente en todo lugar donde se comete una injusticia. Tu solidaridad traspasa las fronteras. Por todas y todos los que hoy no están y los que están, seguiremos juntas. Hasta la victoria siempre. Venceremos”.
Elia Espen expresó el profundo afecto que sentía por su compañera de lucha y la recordó en los inicios de su militancia: “Cuando yo iba a la casa de las Abuelas, Mirta se movía todo el tiempo, era un cohete que andaba de acá para allá, era muy trabajadora y luchadora”. También mencionó “lindos momentos” que pasaron juntas cuando “la rutina” del final de la jornada era “tomarnos un heladito”. El gusto por los helados y el fervor por las innumerables propiedades del limón, llevó a otras anécdotas que desataron las risas de quienes conocen esas “debilidades” de Mirta.
Una cantautora deleitó con canciones de los 70 y un grupo de jóvenes tocaron jazz, tango y boleros. Luego llegó una gran torta con una mariposa de repostería encima. Fue la oportunidad para que Elsa Pavón recordara que “estábamos en un acto en el jardín de la Asociación Anahí y en el pañuelo de Mirta se posó una mariposa. Un proverbio azteca dice que cuando un guerrero muere se convierte en mariposa para acompañar a los que siguen luchando, por eso en la Asociación tomamos como símbolo a la mariposa y a Mirta como una guerrera máxima en vida”. Aclaró que cuando las Abuelas de Plaza de Mayo comenzaron a trabajar, “Mirta era una guerrera máxima, era el alma real porque prácticamente trabajaba las 24 horas del día en la institución, a veces ni dormía por preparar las investigaciones y todo lo que había que hacer al día siguiente”.

Consultada por la celebración de su cumpleaños 90 y los recuerdos por su permanente lucha, Mirta Baravalle respondió que renegaba de la “imposición” del año calendario: “yo no catalogo los años como tales, un año, otro año y otro más, ¿por qué tengo que ajustarme a eso?”, se preguntó y continuó: “No pienso en mi edad, yo sigo nada más, jamás pensé tengo tantos años y la verdad que no sé cómo tengo que sentirme a los 90. Yo me siento así como me ven ahora”.
Enviaron notas de saludos María Isabel “Chicha” de Mariani, Adolfo Pérez Esquivel, Osvaldo Bayer y Daniel Viglietti, entre otros.

Además de Sergio Baravalle, Susana (amiga de Ana), Nora de Cortiñas y Elia Espen (Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora) y Elsa Pavón (Abuela de Plaza de Mayo y referente de la Fundación Anahí), se hicieron presentes Carlos “Sueco” Lordkipanidse y Enrique Fukman (Asociación Ex-Detenidos Desaparecidos), la nieta restituida María Victoria Moyano, Marcela Gudiño (Colectivo Memoria Militante) junto a integrantes de la “Mesa Todos por el Banco Nacional de Datos Genéticos”, Margarita Noia (secretaria de Derechos Humanos de la CTA Capital), Pablo Pimentel (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de La Matanza), Alicia Unzalu (coordinadora del Centro Cultural de la fábrica IMPA recuperada por sus trabajadores) y las “Amigas de la ronda de Madres de Plaza de Mayo–Línea Fundadora”, entre otras.
“BUSCAR A LOS NIETOS SIN OLVIDAR A NUESTROS HIJOS”
En la madrugada del 27 de agosto de 1976, instaurado el terrorismo de Estado más brutal que se vivió en la Argentina, autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), militares del Ejército fuertemente armados ingresaron a la vivienda de Mirta Acuña de Baravalle y se llevaron a su hija Ana María y a su yerno Julio César Galizzi. La joven cursaba un embarazo de cinco meses y el bebé, Ernesto o Camila, nació en cautiverio el 12 de enero de 1977.

Durante varios meses, Mirta buscó sola a su familia y a comienzos de 1977 comenzó a reunirse con otras madres en la Plaza de Mayo para acordar presentaciones de habeas corpus y reclamos en la Casa de Gobierno y en distintos organismos estatales. La lucha se transformó en resistencia colectiva pacífica pero activa y el 30 de abril de ese año las mujeres comenzaron a marchar alrededor de la Pirámide de la Plaza. Mirta fue una de las catorce fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo que cada jueves se cubría el cabello con un pañal de tela blanca para exigir una respuesta a la Junta Militar por el destino de sus seres queridos y de otras personas que desaparecían en la Argentina.
En octubre de ese año, Alicia Zubasnabar de De la Cuadra, “Licha”, también participante de las Madres, la invitó a formar un grupo de abuelas para buscar a los nietos nacidos en cautiverio y también desaparecidos. Bajo la consigna “buscar a los nietos sin olvidar a nuestros hijos", Mirta de Baravalle y Licha fueron dos de las doce mujeres fundadoras de las “Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos”.

En 1980, resolvieron constituirse en una asociación civil y denominarse de la forma que eran conocidas: “Abuelas de Plaza de Mayo”, cuyo objetivo, entre otros, era localizar y restituir a sus legítimas familias a todos los niños secuestrados-desaparecidos por la dictadura cívico-militar y lograr el castigo correspondiente para todos los responsables de esos crímenes de lesa humanidad.
Lo más notable de las Abuelas fueron las tareas de investigación y búsqueda que encararon a fin de dar con el paradero de sus nietos. Sin medios ni experiencia recorrían juzgados de menores, orfelinatos y casas cuna. En más de una ocasión percibieron que funcionarios, jueces y profesionales de la salud habían colaborado en la supresión de la identidad de los niños, omitiendo investigar sus orígenes y facilitando apropiaciones bajo el carácter de “adopciones” que no eran tales.
Las Abuelas también solicitaron apoyo a los líderes de los principales partidos políticos de Argentina, entre ellos Ricardo Balbín (Unión Cívica Radical), Ítalo Luder (Partido Justicialista) y Oscar Alende (Partido Intransigente). Los dos primeros atribuyeron toda la responsabilidad al accionar de los grupos guerrilleros, y el último se negó a recibirlas. La misma indiferencia encontraron en los miembros de la Corte Suprema de Justicia de la Nación y de la Conferencia Episcopal Argentina.
Ante tanta desprotección en el ámbito nacional, las Abuelas decidieron recurrir a la ayuda humanitaria internacional. En enero de 1978, le solicitaron al Papa Pablo VI su intervención en la cuestión de los bebés desaparecidos, pero tampoco obtuvieron respuesta alguna. Solicitudes similares fueron realizadas a UNICEF y a la Cruz Roja. En todos los casos esas instituciones guardaron silencio o rechazaron la petición.
El 5 de agosto de 1978, víspera del Día del Niño, el diario La Prensa publicó la primera solicitada en la que se reclamaba por los niños desaparecidos. El texto, que en Italia fue denominado “el Himno de las Abuelas”, fue un factor decisivo para comenzar a movilizar a la opinión pública mundial.
Amnistía Internacional realizó campañas y brindó apoyo organizativo y financiero. Una de sus primeras actividades fue impulsar un petitorio internacional por los niños desaparecidos que reunió 14.000 firmas, entre ellas las de personalidades de gran renombre como Simone de Beauvoir, Costa Gavras y Eugène Ionesco. Poco a poco, organizaciones de derechos humanos en todo el mundo comenzaron a difundir la situación de los niños desaparecidos en la Argentina.
El 6 de septiembre de 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA se instaló durante catorce días en la Argentina para examinar la situación de los derechos humanos en el país. Las Abuelas le aportaron a este organismo 5.566 casos documentados de desapariciones. El 14 de diciembre, la CIDH presentó un extenso informe en el que por primera vez, un organismo oficial cuestionaba a la dictadura argentina por las “numerosas y graves violaciones de fundamentales derechos humanos”, estableciendo el deber del gobierno argentino de informar sobre cada una de las personas desaparecidas. En su informe, la CIDH también dio cuenta de “la desaparición de recién nacidos, infantes y niños, situación ésta en que la Comisión ha recibido varias denuncias”.
En octubre de 1980, el argentino Adolfo Pérez Esquivel, quien estuvo detenido-desaparecido durante la dictadura cívico-militar, sufrió cárcel y tortura, recibió el Premio Nobel de la Paz por su lucha en defensa de la democracia y los derechos humanos frente las dictaduras latinoamericanas. Ello le permitió brindar mayor apoyo y difusión a las acciones de las organizaciones defensoras de los derechos humanos locales.
En 1986, por discrepancias internas, la Asociación Madres de Plaza de Mayo se fracturó y Mirta Acuña de Baravalle integró el grupo llamado Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, donde actualmente tiene el cargo de secretaria. Además continúa en la búsqueda de su familia y en la lucha por la memoria, la verdad y la justicia.
Crónica y Fotos: Liliana Giambelluca

Por ANRed- E (redaccion@anred.org)

martes, 25 de noviembre de 2014

La historia de Ester, la novia de Roberto Fontanarrosa que está desaparecida

Los seres queridos

Horacio Vargas, jefe de redacción de Rosario/12, acaba de publicar el negro Fontanarrosa. El libro, editado por Homo Sapiens, cuenta entre muchas otras cosas un amor conmovedor y joven del ya escritor y humorista, que este miércoles cumpliría 70 años.

 Por Horacio Vargas

Se conocieron en la casa de Crist, en el marco de la Bienal del Humor que se hizo en Córdoba en 1972. Fontanarrosa era uno de los invitados especiales a la fiesta de los dibujantes de todo el país. Ester Felipe –de una peculiar belleza– estaba a cargo de la coordinación del encuentro.

–La historia es muy simple. Entre los éxitos del negro estaban las minas. Se encachiló con la Ester, se enamoró, se venía de Rosario muchas veces a verla sólo a ella, era un amor medio platónico, la cortejaba... y ella le dio bola –rememora Crist, celestino de la época.

“Sí, en aquellas épocas mi hermana y el Fon fueron novios”, afirma Liliana Felipe, la notable cantante cordobesa radicada en el Distrito Federal de México.

Cuando empezaron a girar por ciudades de Córdoba a dar charlas, Ester los acompañaba junto a Pequeña, la mujer de Crist. Ester le confesó que estaba enloquecida por las cartas que le escribía el rosarino.

“He estado con Ester, ha estado más cariñosa que siempre, usted entiende”, decía una carta llegada desde Rosario para su amigo.

–¿No es acaso Ester la primera Eulogia que dibujó el negro?

–Es probable –admite Crist.

Había elegido cuidadosamente las fotos que iba a colocar en una de las paredes de su estudio de calle José C. Paz 1120. Además de la de Woody Allen, sobresalía la de Ester. “Era una foto grande, ella en bikini, con una solera, muy de esa época, era una cordobesa muy bonita”, grafica Laura Borello, una de las amigas de Fontanarrosa. “El estaba enamoradísimo de esa chica, pero ella terminó siendo la mujer de un guerrillero”, interpreta.

Ester nació en Villa María y se trasladó a la ciudad de Córdoba en los agitados días de la década del 70 –Cuba, el Che, el Cordobazo, Salvador Allende– para ejercer como psicóloga. Trabajó en hospitales y vivía con una amiga en barrio Clínicas, donde la revolución estaba a la vuelta de la esquina.

–¿Qué pasó? –preguntó Crist, con cierta preocupación, cuando el negro lo llamó para contarle algo importante.

Me dijo que militaba en el ERP. Y yo tuve que decidir... qué quiere que le diga.

Intentó varias veces sacarla de Córdoba, traerla a Rosario, protegerla. Pero ella se negó. Había optado por la militancia en una organización de izquierda revolucionaria.

“Te pido por favor que no vengas más, no me vas a encontrar...” le rogó. Fue la última vez que hablaron.

En 1974, Ester regresó a su pueblo junto a su pareja de entonces, Luis Mónaco, camarógrafo de Servicios de Radio y Televisión de la Universidad

Nacional de Córdoba (SRT), que había sido cesanteado por su condición de “zurdo”. Luis –hijo de un prestigioso pintor cordobés, Enrique Mónaco– comenzó a trabajar en el puesto de frutas y verduras que la familia Felipe atendía en el Mercado de Abasto. Ester y Luis se casaron en Villa María y tuvieron una hija a la que llamaron Paula.

La historia de Ester es la historia también de otras tantas víctimas de la represión durante la dictadura militar en Argentina. Un libro da cuenta de eso. Se llama La Perla y fue escrito por los periodistas cordobeses Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo. El título hace alusión al campo de concentración más grande que hubo en el interior del país:

“El 9 de enero de 1978, la familia Felipe recibió un llamado de una persona que se dijo compañero de Luis en Radio Universidad; dijo que pasaría por Villa María y que necesitaba la dirección para pasar a saludarlo. Nadie apareció. Esa noche, Ester y Luis cenaron en la casa de los padres de ella. Pero como Luis debía viajar a Córdoba a la madrugada, Ester y Paula se quedaron a dormir ahí y Luis volvió a su domicilio, de donde fue secuestrado después de medianoche. Unos minutos más tarde irrumpieron en la casa de los padres de Ester, a los que dejaron atados de pies y manos, y se llevaron a su hija. Paula dormía en su cuna. Ester Felipe y Luis Mónaco hacía veinticinco días que habían sido padres. Fue la mayor y última alegría que tuvieron antes de aquel 11 de enero de 1978, cuando fueron llevados a La Perla”.

–Estercita está muerta, Estercita está muerta... –repetía el padre, como una letanía, envuelto en el llanto, cuando su otra hija, desde el exilio, le narró lo que le habían contado sobre los últimos días de su hermana y su cuñado.

Ester Felipe y Luis Mónaco continúan desaparecidos. Paula quedó a cargo de los abuelos paternos, que vivían en la ciudad de Córdoba.

“Hay una parte de mí que quedó trunca, seca, algo que se fue deshilachando con el tiempo y que jamás voy a recuperar”, dice Liliana Felipe, cuando recuerda a su hermana.

En la década del ’90, la cantante volvió al país para dar una serie de conciertos. Fue invitada a cantar en el programa Mañana vemos, que emitía la tevé pública. La acompañaría un grupo donde el bajista era Franco Fontanarrosa.

“Para mí fue muy loco, porque fue conectarme con una parte de la historia de mi viejo, antes de mí, antes de mi vieja; no era mi tía... pero ella tuvo la mejor onda, fue muy emotivo”, recuerda el hijo del negro.

- - -

–Hola, soy Paula, hija de Ester Felipe.

Fontanarrosa acababa de terminar una charla con Quino, el humorista y dibujante de Mafalda, en la ciudad de Córdoba, en 1997. Hizo un largo silencio antes de saludar a una joven de 20 años, rodeada de amigas.

Sorprendido por la irrupción, por el nombre expresado, la invitó a encontrarse a la mañana siguiente en un bar frente a la plaza Vélez Sarsfield. “Fue una charla breve... para conocernos. Qué hacés, qué estudiás, unas pocas preguntas, un café, largos silencios... con la timidez atravesada. Yo no me caracterizo por ser simpática ni él era extrovertido, con lo cual era discreto el diálogo pero muy agradable y afectuoso. Salí sonriendo... Me sentí bien y creo que él también porque después nos mantuvimos en contacto por cartas y por teléfono”, dice Paula.

Su tía Liliana le contó escuetamente que Ester y Roberto habían sido novios. También se lo dijo Joan Manuel Serrat, el día que recibió a un grupo de hijos de de-saparecidos.

–Ester fue alguien importante en la vida de Roberto –le dijo Serrat, midiendo sus palabras entre tanta gente alrededor.

–Me imagino que sí porque eran novios –respondió Paula, con absoluta naturalidad.

–Fue un gran amor para Roberto –agregó Serrat con el énfasis que da la confianza.

Al poco tiempo comenzaron a escribirse. Empezaron a llegar cartas desde Rosario y desde Córdoba: “Me contaba que se iba a trabajar al Mundial de Francia. Yo le decía de mis estudios, de H.I.J.O.S, de todo un poco. Creo que nos escribíamos porque nos resultaba más fácil comunicarnos así que verbalmente, timideces cruzadas no ayudaban. Y a mí me daba alegría recibir sus cartas con su letra grande, linda y divertida. Siempre incluía algún dibujito”.

Un encuentro de H.I.J.O.S. en Rosario los volvió a reunir. Charlaron brevemente, se dieron un abrazo. “Algunas veces hablamos por teléfono y también con Liliana (Tinivella), entonces su esposa, quien era muy cariñosa”, recuerda.

Cuando Paula se mudó al DF se interrumpió un poco la comunicación epistolar. Pero de alguna forma seguían conectados. Cuando Serrat daba un concierto en México le pasaba noticias de Roberto, como esa costumbre de verse con un ser querido y preguntar cómo están los demás.

En tiempos en que la joven trabajaba de periodista en la sección deportes del periódico La Jornada, el negro llegó a México. La llamó desde el hotel, le explicó que era difícil moverse y que estaba muy cansado. Hablaron unos pocos minutos para saber cómo estaban, mandarse abrazos. Paula además le resolvió una gran preocupación: ¡Qué canal transmitía esa noche un partido de la Copa Libertadores!

–El Roberto que fui conociendo era tímido, cariñoso y divertido. A la distancia me doy cuenta de que, después de presentarme yo así como una aparición, él decidió iniciar esa relación entre nosotros. Yo la disfruté mucho. Nunca sentí que me escribiera o me llamara por deber, por obligación. Más bien era algo simple y sincero, asumir que la vida decidió vincularnos y a partir de eso elegir seguir jalando de ese hilo. Nunca hablamos de mi mamá.

“Un día llega a El Cairo viejo, venía de Córdoba, y me cuenta lo que le había pasado... Se quedó muy impresionado porque vino una piba a saludarlo y era la hija de una novia que tuvo. Nunca hablamos más del tema pero en (el bar) Metrópolis, ante seis o siete personas, dos semanas antes de su muerte, lo volvió a contar... El negro quedó colgado con esa chica”, sintetiza su amigo Ricardo Centurión.

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Liliana Felipe y su compañera, Jesusa Rodríguez, tuvieron la idea. Pensaron en un lugar para recordar a los ausentes en Villa María, en un reloj de sol, la memoria sin tiempo. La Municipalidad donó un terreno para su construcción, el Concejo Deliberante aprobó su realización y la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos brindó su colaboración. La obra –un monumento de siete piedras con un reloj en el centro– se inauguró el 27 de febrero de 1993 con los nombres de los siete desaparecidos de Villa María.

En la placa colocada como referencia para los que pasen por el lugar puede leerse el siguiente texto:

Ojalá que la memoria colectiva, la de quienes vivimos aquello, la de quienes reciban nuestro relato, haga de este Reloj de Sol un punto de encuentro, un lugar de juegos y un indicador de citas. Y ojalá también esa misma memoria haga que nunca más un reloj sirva tan solo para contar las horas y los minutos y los segundos en la angustiosa espera de los seres queridos que nunca volvieron.

Y en mayúsculas, la firma del autor: ROBERTO FONTANARROSA.

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Suena el teléfono en la casa de Crist. Atiende su mujer, María del Carmen. El negro pregunta por su amigo.

–No está, salió.

–Bueno, te pido que le pases un mensaje...

–Sí, claro.

–Decile por favor que me copie las fotos de Ester que sacó en Río Cuarto y me las mande a Rosario.

María se encargó de darle el mensaje a Crist cuando volvió a su casa. Rápidamente montó el laboratorio de fotografía –su otra manía– para copiar las fotos en blanco y negro de aquellos días y se las envió por correo.

“Mirá esta foto”, sugiere Gabriela Mahy, la segunda esposa de Fontanarrosa, cuando revisamos una caja con imágenes del archivo del negro para incluir en este libro. Está sentado en un banco de plaza; a su lado, una chica, morocha, de pelo lacio. Una sonrisa se le escapa ante la insistencia del fotógrafo y entonces apoya levemente su puño izquierdo sobre la espalda de ella.

“Hace poco recuperé unas fotos geniales de los dos con Crist y Pequeña, en Río Cuarto. Se los ve jóvenes y hermosos.
 Nunca supe cómo empezó ni cómo terminó eso pero esas fotos parecen decir mucho”, concluye Paula Mónaco Felipe.