domingo, 18 de marzo de 2012

La historia de María Ramírez, a quien una jueza de la dictadura condenó a un "hogar" de menores

“Era un infierno y yo me sentía enterrada viva”

Cuando desapareció su madre, su padre estaba en la cárcel y, aunque su familia los reclamó, María y sus dos hermanos fueron depositados en un hogar de menores, donde sufrieron abusos y pasaron hambre durante siete años.

Las madrastras o las cenicientas de los cuentos de los hermanos Grimm no alcanzan para imaginar lo que sucedió en Buenos Aires a partir de la noche del 14 de marzo de 1977. Después de un operativo, la policía depositó a tres niños en una casa de huérfanos de Banfield en la que conocieron durante siete larguísimos años el socavón del infierno del que todavía, en ocasiones, no terminan de entender si de verdad han salido alguna vez.

“Nos despertaban con agua fría a la mañana”, explica María Ramírez, una de aquellos niños. “Nos daban de tomar el mate cocido y un pan con azúcar y manteca y después íbamos a la escuela, pero yo me dormía por lo que había vivido a la noche. A la hora de comer, como el ambiente en la casa era muy tenso porque el viejo Manuel aparecía y siempre tiraba cucharas y se enojaba con algo, yo no comía. No me gustaba la comida y a veces me ponía muy mal y me castigaban. Me hacían ir a comer con los perros. Me sacaban al patio, y ahí comía en el plato de los perros. Era un asco, pero hasta los perros son más humanos que la gente, así que no era tanto el asco que yo sentía en esos momentos.”

María es la hermana del medio de los tres hermanos Ramírez, que son parte de una de las historias dramáticas de la dictadura argentina. Tenían 2, 4 y 5 años de edad cuando miraban el operativo en el que un grupo de tareas secuestró a su madre. La policía los abandonó en el Casa Belén, que dependía de una parroquia de Banfield, y sus nombres entraron en un expediente en el que la jueza de Lomas de Zamora Marta Pons se negó a devolverlos cuando una tía los reclamó, porque su padre estaba en la cárcel. La jueza rompió los papeles con sus nombres delante de los empleados, y de viva voz exclamó una frase que aún se recuerda en la Justicia: “Son hijos de un paraguayo montonero que desafió la Constitución Nacional y no merece recuperarlos”. Con los papeles, Pons rompió además en pedazos la única puerta de salida del infierno.

Para entender qué pasó con estos niños hay que saber que María estuvo desde los cuatro hasta los once años encerrada en el Hogar. Que, de noche, la casa conoció escenas similares a las de un centro clandestino. O que ella tenía que enterrar las monedas que alguno de los militares, asiduos concurrentes, le entregaban cuando empezaron a abusarla. Que cuando se subió a un avión en 1983 con destino a Suecia todavía no sabía leer o escribir; que enmudecía por espasmos, que no comía y que un día, muchos años después, entre intentos de quitarse la vida, tomó clases de pintura y los profesores corrieron por el espanto de lo que empezaron a ver en sus cuadros.

Pocos meses atrás, ella logró empezar a ordenar algo de todo eso volviendo al origen: el barrio de Quilmes. Con la ayuda de muchos, de especialistas del Centro Ulloa, del Ministerio Público Fiscal, del Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial, de Amnistía Internacional y del intendente de Quilmes, Francisco “Barba” Gutiérrez, que fue compañero de sus padres, recuperó la casa en la que vivió hasta los dos años. Frente a esa casa, en una celebración, desnudó una pintura que hizo con la cara india de su madre. Y mientras la presentó y volvía a mirarla, contó que en ese lugar, en el que tuvieron un almacén, fue el único en el que había sido feliz. Más tarde, estuvo en el Parque de la Memoria y algo empezó a cambiarle adentro: leyó el nombre de su madre desaparecida, por primera vez, en algo semejante a esa especie de cierre que puede ponerle a la historia un ladrillo o una lápida.

–Ahí pude llorar y llorar –dice–: cuando llegué, sentí que pude tocar algo de todo eso tan abstracto, y que me reencontraba con ella.

–¿Supiste qué le pasó?

–Sé que la llevaron a alguna parte, parece que la mataron.

–¿La vieron otros sobrevivientes? ¿Hay datos?

–No, creo que tampoco he tratado de profundizar mucho porque me cuesta mucho saber qué pasó. Me bloqueo, y es porque en realidad yo a mi madre la veo viva. He vivido con la esperanza de que la voy a encontrar. Y cuando pierdo la esperanza, me cuesta aceptarlo. Ahora que recuperamos la casa donde teníamos el almacén, siento que ahí se quedó más presente mi madre, pero también la pequeña infancia que tuvo un poco de felicidad y de familia. El sentido del juego y el cariño estuvieron ahí: en esos dos años.

–Cuando tenías dos años se fueron de esa casa porque detuvieron a tu padre. ¿Qué hicieron después?

–Vivíamos en distintas partes, clandestinos. Pasamos por distintas casas. Dos años después, cuando nos secuestraron, estábamos viviendo en Quilmes. Esa noche vino toda la tropa, no quedó casi nada, me acuerdo cómo entraban las balas o del perrito que se esconde atrás de la congeladora. No sé cuánta gente había, pero me acuerdo que nosotros salimos por la ventana con la ayuda de nuestra madre.

En primera persona

Cuando recuperó la casa-almacén, María leyó un texto escrito por ella en el que anudó algunos tramos de su historia. Un relato todo corrido que hasta entonces no había podido hacer porque al intentarlo se quedaba muda o, vuelta a vuelta, los recuerdos la sacudían y parecían capaces de voltearla a un cementerio. Ahí, en el texto, sobre los tramos del operativo y los primeros días en la Casa Belén, escribió:

“En la madrugada del 14 de marzo de 1977 fue el último abrazo de mi madre cuando estábamos rodeados de militares y las balas entraban por todas partes. Era terrorífico el operativo, las balas no terminaban de tirarnos. Yo tenía 4 años; Carlos, 5 y Mariano, 2. ¿Por qué pasó todo esto? ¿Por qué tuvimos que salir por la ventana de atrás? ¿Por qué vos no? Antes de saltar afuera, nos abrazaste fuerte y largo. No era un abrazo común: era un abrazo de ¡despedida! Me recuerdo de tus últimas palabras: ‘María te quiero’, e igual a mis dos hermanos. Y también la promesa que te hicimos de cuidarnos uno al otro”.

Después, sigue, “caímos en las manos de la jueza Pons, que conscientemente nos hizo desaparecer poniéndonos como NN. Cuando llegamos a la Casa Belén nos bautizaron de nuevo y nos cambiaron el apellido a Maciel. Recibimos el apellido del militar del hogar. Los nuevos padres nos exigían decirles: ‘mamá’ y ‘papá’. Era algo imposible. Pero cuando yo no aguantaba más los golpes, me entregué a llamarlos así: ‘mamá’ y ‘papá’ a Manuel y Dominga”. Les pusieron padrinos militares. “Mi nuevo padrino me llevaba a su trabajo que eran centros clandestinos donde las paredes tenían más sangre que pintura. En una ocasión no me dejaron entrar porque adentro había gente ‘trabajando’. Podía escuchar la música muy fuerte, las ventanas estaban cerradas. Pero mientras esperaba a mi padrino podía diferenciar que en el fondo de la música había gritos de personas. Gritos de dolor. Ese hogar era un infierno, era una cárcel para niños. Ahí estuvimos casi ¡siete años! Eramos ocho NN. ¡Yo me sentía enterrada viva! Porque el trato era inhumano, había falta de cariño y vida.”
Desencuentros y encuentros

La jueza Pons la recibió una vez con una bandeja llena de medialunas. Como en el hogar pasaban hambre, aquello se convirtió en una trampa: la jueza buscaba que María renuncie a la tenencia impulsada por su padre. Mientras a la niña se le derretían los ojos por las medialunas, la jueza le susurró que su padre no la quería, que seguramente iba a venderla en el exterior.

–¿Cómo era finalmente esa Casa Belén?

–Era un pequeño hogar, chiquito, de once personas. Ahí vivía una familia, Manuel y Dominga con sus tres hijos. Hacia afuera estaba todo bien: cuando nos sacaban a la calle siempre nos peinaban; yo me sentía una muñeca, me vestían muy bien. Después, al regresar, te sacaban todo, y era empezar a limpiar, te pegan y te hacen comer con los perros. Te humillaban tanto que uno no sabía por qué hacían todo eso. ¿De dónde venía ese odio? Hasta que entendés que es por tus padres, para que no salgas como ellos. Esa era la razón.

–¿Qué les decían a ustedes?

–Yo tenía una imagen apenas dibujada de mi viejo, porque lo había visitado alguna vez cuando era muy chica en la cárcel. Pero de mi madre no podía decir nada. Ellos me decían: “Tu mamá es una prostituta y hace esto y aquello”. O: “ella no te quiere, te abandonó”. Y yo sabía que todo era mentira. Tenía muchos recuerdos de ella positivos y entendí que me estaban engañando y no quería creer lo que me decían. Ese, al final, fue mi secreto: me dije que nunca iba a decirles que tenía a ella en la memoria. No hablaba, evitaba responderles y si me preguntaban si me acordaba algo de mi madre, les decía que nada. Yo entendí que eso era lo que querían de mí. Y así fue, pero a ella la tenía como a mi ángel: a veces en la soledad, uno puede hablar con alguien y yo pensaba que con ella, de esa manera, podía compartir mucho, porque también estaba prohibido hablar entre nosotros. Había que vivir en silencio. Nadie te pregunta cómo estabas, solamente eran órdenes.

–Parece un cuento de terror.

–Siempre que tenían cosas ricas para comer, las cosas dulces, se las comían ellos. Nos daban lo que sobraba. Realmente, desde afuera se veía todo perfecto, pero adentro era un infierno total. Era muy clara la idea que tenían de cómo romper con el interior de cada persona, porque nosotros éramos basura para ellos: a mí me pegaban para que les dijera mamá y papá y al comienzo no quería porque la señora esa era una bruja. Yo tenía cuatro años. Mi mamá era algo hermoso, cariñosa y ésta era totalmente distinta.

–¿Quién era Manuel?

–Era un milico. Trabajaba de noche y tenía su ropa militar. La casa era una base operativa durante la noche y de día venían siempre los militares, tenían reuniones en el comedor. Las noches eran momentos terroríficos. Hoy mismo todavía me cuesta dormir por todo eso. Ellos tenían sus reuniones y después pasaban por el dormitorio de las niñas: yo no podía dormir por los abusos sexuales y por el miedo de que nos separen a los tres.
Los abusos empezaron a los siete años

–También el hijo de Manuel tocó a todos los chicos, a mis hermanos y a mí. Toda la parte de sexualidad ahí adentro fue un desastre. También venían los compañeros de Manuel y abusaban. Y Dominga se hacía la tonta, la que no sabía nada, pero después venía y me pegaba porque decía que yo era una puta. Cuando se iban me dejaban una moneda. Y yo decía: “¿Y yo qué voy a hacer con esta moneda? Si me la encuentran, me matan” y tuve que enterrar esa plata para que no la vieran. Esa fue la peor parte. Me obligaban a hacer cosas para que ellos se puedan reír y eso todavía lo estamos sufriendo.

–¿Volviste a la casa?

–Volví hace diez años y lo primero que miré fue la puerta: era la misma. Y lloré. Me dije: “Salí del infierno de esa casa y la puerta era la referencia: he salido de ahí”. Después me fui al gimnasio al que iba siempre, que era parte de un descanso que me hacía como una forma de meditación para aguantar los golpes. Hace un tiempo me dan ganas de volver acá, volver a Quilmes, estudiar arte, español y agarrar esas posibilidades que nunca he tenido acá porque yo no pude estudiar. Me fui analfabeta a los once años. No sabía ni escribir ni leer, era un desastre, porque dormía en la escuela, como no dormía de noche porque me venían a molestar. Me costaba la concentración y, bueno, me dormía de día. No aprendí mucho, solamente lo poco que podía memorizar, pero después fue un quilombo poner el sueco arriba de todo eso, mi padre no sabía que yo no sabía: era una selva.

–¿En la escuela no se daban cuenta de lo que pasaba?

–Me parece que había una maestra que se daba cuenta de algo, pero después desapareció. Siempre pasaba lo mismo, apenas me empezaba a encariñar con alguien o cuando había alguien que me atendía mejor, luego no la veía más. De eso sí que me daba cuenta. También fui a pedir ayuda a un cura, pero me cerró las puertas.

–¿Cómo lograron irse?

–Mi tía nos encontró, un grupo de psicólogos empezaron a ir a tratarnos. Ellos estaban preparándonos para el reencuentro con mi padre. Ya eran los tiempos de la democracia. Me acuerdo de la sensación que sentía cuando nos venían a buscar, para mí era una felicidad salir a comer un helado, ir a comer una pizza, ir a jugar o poder ir al parque. Una vez que estaba tan contenta me olvidé de saludar antes de irme, y cuando volví estaban Dominga y Manuel y al entrar me vino la paliza. “¿Por qué no saludás? ¿Ya estás cambiando?”, me decían. Y así empezó. Teníamos un permiso que solicitaban esos psicólogos. Rubén, que era uno de ellos, nos llevaba afuera, al Planetario. Yo nunca había estado ahí. Siempre había estado a no más de dos o tres cuadras. Era mucho ya ir a un parque. Ya te mareaba. Había alguien que te miraba y te preguntaba cómo estabas. Era muy fuerte para mí, “alguien me ve”, decía.

–¿Cómo fue el encuentro al final con tu padre?

–Ellos estaban preparando el encuentro con mi padre. Cuando lo vimos en el aeropuerto no fue un ¡¡hooooooooola papá!! ni mucho menos: él se quedó muy en shock. Y nosotros, lo mismo: decíamos, “¡qué te vamos a extrañar!”. Fue duro el cambio, a pesar de todo. A mi padre no lo quería. Sentía desconfianza, creía que no era mi padre. Mucho tiempo estuve así, casi quince años. Ahora estamos mejor, se puede entender pero, por Dios, yo decía: “Tanto que me hiciste sufrir, todo esto es tu culpa. Es tu culpa todo lo que he perdido. ¿Tengo que estar agradecida? ¿Estar en otro país? ¿Si acá me siento como un marciano?”.

–Una marciana en Suecia.

–No tenía ninguna conexión con ese país y me he sentido así, bastante marciana, durante mucho tiempo. Cuando todavía era chiquita creía que era fea. Me rompían la cara; me decían, “negra”, de todo. Todo el tiempo hubo problemas hasta que a los 17 años me cansé, hice un cambio buscando mi propia vida. Poco a poco algo fue pasando. Yo corro maratón de 42 kilómetros y para mí es una expresión de libertad; es una filosofía, son cuatro horas de no pensar en nada, sólo de mantener el equilibrio. Un poco creo que puedo aplicar eso en la vida, como la parte de tener una visión más o menos justa y de trabajar hacia ese proceso. Eso es lo que quiero hacer también pensando en Argentina.

–¿Tenés ganas de volver?

–Cuando vine anteriormente siempre me he enfermado. Por las secuelas que me vienen, todo lo que he vivido se repite de nuevo. Es como un disco, y yo sólo pienso que es lo que llaman postraumatismo: me quedo traumatizada de nuevo, entonces, no como, no hablo y me enfermo. Y entonces tomo distancia, pero ahora con la psicóloga estoy pasando un momento que es un milagro, porque me di cuenta de que puedo trabajar estando acá: no necesito viajar allá, puedo cambiar y tomar distancia y esa es la nueva tarjeta que en este momento triunfa. También me doy cuenta de que puedo expresarme en español, estar en el presente y no por hablar en español estar en el pasado. La vuelta a la casa también fue una medicina bastante fuerte. La he vivido, tengo los vecinos, he abierto algo social, y esa fue la primera vez que hablé. Y “el Barba” y otros se sorprendieron porque nunca me escucharon hablar. Y ahí me decidí y hablé porque, como varias veces me pusieron un arma y me dijeron: “Si hablás alguna vez, click: te vamos a matar”. Me ponían el arma en la cabeza para demostrarme que era verdad, pero ya atravesé un poco ese miedo.

–¿Qué pasó con tu vida en estos años? ¿Te casaste?

–No. Pero me casé conmigo misma. Ahí empezó la vida, cuando terminé la carrera de enfermería me compré este anillo, en 2003. Estas cosas tienen algo que es que uno sufre y se enferma y todo esto joroba mucho la mente y la parte de un suicidio se ve venir. Por eso tengo el anillo: porque los demonios son muy fuertes a veces.

Los avatares de la causa judicial

La causa de los hermanos Ramírez pasó del juzgado de Daniel Rafecas a la Justicia Federal de Lomas de Zamora. El traspaso encierra algunas claves para entender por qué hasta ahora no avanzó y cuáles son las características que lo hacen atípico. En general, los niños nacidos en cautiverio durante la dictadura o aquellos arrebatados a las familias en los operativos siguieron dos caminos: o fueron apropiados por militares o allegados o pasaron por un hogar de huérfanos y luego pasaron a nuevas familias después de un blanqueo, en general no regular, de un juez de Menores. María y sus hermanos se quedaron en el medio: no pasaron a una nueva familia, sino que con la intervención de la jueza Marta Pons se quedaron en el Hogar Casa de Belén. No fueron los únicos. El matrimonio se apropió de ellos porque les cambió el nombre. Hasta ahora no se descubrió que hayan sido militares, pero lo que sí se sabe es que la jueza Pons estuvo a cargo del trámite inicial, rompió los papeles de origen y cuando uno de los familiares logró llegar hasta ella le dijo que no sabía nada sobre el paradero de los niños. Lo que se discutió en el expediente desde el comienzo es si el caso está prescripto o puede ser leído como de lesa humanidad. Para algunos funcionarios judiciales tiene peso el hecho de que los autores de los delitos no hayan sido funcionarios públicos (los dueños del Hogar Belén no lo eran). O que el hecho haya sido “aislado” o “sistemático”. Una resolución de la Cámara de Casación por una causa de violencia sexual abordó hace unas semanas esta discusión. El camarista Gustavo Hornos dijo que el hecho de que los delitos hayan sido “realizados, o no, a gran escala, de modo generalizado o sistemático, con habitualidad, o cualquier otra expresión equivalente no constituye obstáculo alguno para su calificación como crímenes de lesa humanidad”, porque lo que importa es el contexto del ataque generalizado, de la dictadura que hizo posible esa conducta. La Justicia Federal de Lomas y el fiscal federal Alberto Gentile venían investigando los expedientes del juzgado de Pons, allanaron el Hogar Belén y acumularon ahora la causa de María y sus hermanos, que impulsa como querellante el abogado Luis Valenga. Esa es la línea que también entiende más pertinente la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de causas por violaciones a los derechos humanos durante el terrorismo de Estado de la Procuración: “Fue muy conveniente que la causa por los delitos sufridos por María Ramírez y sus hermanos se acumulara al expediente de Lomas de Zamora en el que se investigan todos los delitos de apropiación que se habrían cometido con la intervención del Juzgado de Menores Nº 1 de Lomas de Zamora, entonces a cargo de la ya fallecida jueza Pons. Parte importante de esa causa se ciñe a los delitos cometidos en torno del Hogar Casa de Belén. Una investigación que alcance todos los aspectos del contexto ilegal en que ocurrieron los crímenes sufridos por los Ramírez facilitará su prueba y su consideración como crímenes contra la humanidad”.
Agradecimientos

María tiene unos agradecimientos pendientes: “Si es posible agregar y agradecer a mi familia en Suecia y a mi padre. La familia sufrió tormentas, porque sin ellos tampoco llegaría hacia donde hoy estoy. Se invirtió mucho en mi salud y también, como marciana, me encuentro en un cuerpo familiar en el que encuentro apoyo que también fortalece al reencuentro conmigo misma, mi identidad y mi historia”.

jueves, 8 de marzo de 2012

Pedido de testimoniante Vilma Gomez

II.- 3) Libro Gabinete Fotográfico y fotografías reveladas (reservadas en Secretaría):
Nº 158663- (12 tomas)

Sobre este punto, debe también tenerse presente que la testigo Vilma Pompeya Gómez fue citada en la ciudad de Ituzaingó, Pcia. de Corrientes, el 21/11/2008 mediante oficio del Juzgado Federal Nº 1 de Santa Fe, a prestar declaración testimonial y reconocimiento de fotografías digitalizadas.

El reconocimiento de la testigo se encuentra a fs. 225/226 del Expte. 37/07, 2º cuerpo, acumulado en estos autos. En dicha testimonial la testigo solicita medidas que aún se encuentran pendientes.

ESTE  PARRAFO EXTRAIDO DE LA PRESENTACION DE MIS ABOGADOS, QUE ADJUNTO , DEMUESTRA LA FALTA DE VOLUNTAD POLITICA DEL PODER JUDICIAL PARA ESCLARECER ESTOS CRIMENES. ADJUNTO LAS FOTOS QUE NO FUERON PERICIADAS Y SI ALGUN COMPAÑERO O CIUDADANO PUEDE IDENTIFICAR LOS ROSTROS DE LOS MILITARES Y CIVILES PRESENTES EN EL OPERATIVO LE RUEGO ME AYUDEN.

LOS QUE PUEDAN ACCEDER AL MINISTERIO DE DEFENSA PARA VER LOS LEGAJOS DE LOS MILITARES DESTINADOS EN SANTA FE EN ESE PERIODO AL MINISTERIO DE JUSTICIA DE LA NACION PARA EL MISMO TRAMITE Y AL MINITERIO DE GOBIERNO Y JUSTICIA DE SANTA FE PARA SOLICITAR LA PERICIA Y, O LA IDENTIFICACION DE LOS MIEMBROS DE LAS FUERZAS DE SEGURIDAD PRESENTES EN LAS FOTOS.

LOS MUERTOS SON MI COMPAÑERO LUIS ALBERTO VUISTAS Y MIGUEL ANGEL FONSECA.

ESTA PERICIA LA SOLICITE EN EL AÑO 2008. SIN QUE EL MINISTERO PUBLICO FISCAL NI EL JUEZ FEDERAL DE SANTA FE HAYAN HECHO NADA DESPUES DE 4 CUATRO AÑOS .

DEBO ACLARAR QUE TESTIFIQUE OCHO VECES LA PRIMERA VEZ EN EL AÑO 1981 ESTANDO DETENIDA EN EL PENAL DE DEVOTO Y QUE FUI TESTIGO EN EL JUICIO ORAL  DE EL EX JUEZ BRUSSA CONDENADO Y CON SALIDAS HIGIENICAS ORDENADAS POR EL PRESIDENTE DEL TRIBUNAL ORAL QUE LO CONDENO.

ANTE LA INMINENCIA DE LA ELEVACION A JUICIO ORAL Y FALTANDO CUMPLIMENTAR TODAS LAS PRUEBAS QUE FIGURAN EN EL ESCRITO DE MIS ABOGADOS, RECURRO A LA OPINION PUBLICA, A LOS QUE NOS CONOCEN PARA QUE NO HAYA UN JUICIO MAS SIN CASTIGO. SON 48 MUERTOS Y SOMOS 4 SOBREVIVIENTES.

QUE EL SEÑOR NOS SALVE A LOS JUSTOS DE CAEER EN MANOS DE LA JUSTICIA.
GRACIAS VILMA POMPEYA GOMEZ

II.- 3) Libro Gabinete Fotográfico y fotografías reveladas (reservadas en Secretaría):
Nº 158663- (12 tomas)

Sobre este punto, debe también tenerse presente que la testigo Vilma Pompeya Gómez fue citada en la ciudad de Ituzaingó, Pcia. de Corrientes, el 21/11/2008 mediante oficio del Juzgado Federal Nº 1 de Santa Fe, a prestar declaración testimonial y reconocimiento de fotografías digitalizadas.

El reconocimiento de la testigo se encuentra a fs. 225/226 del Expte. 37/07, 2º cuerpo, acumulado en estos autos. En dicha testimonial la testigo solicita medidas que aún se encuentran pendiente

lunes, 6 de febrero de 2012

“El concepto de derechos humanos se fue modificando con el tiempo”

Claudio Tamburrini, filósofo, ex detenido-desaparecido duranta la dictadura militar.

Su escape de la Mansión Seré en 1978 fue relatado en la película Crónica de una fuga. Claudio Tamburrini aporta propuestas polémicas, como reducir penas a los represores que brinden información. Trabaja en el sistema judicial sueco y desde ese lugar desmitifica algunos tópicos sobre las sociedades escandinavas: dice que existe sobre ellas una percepción ralentizada.

 Por Gustavo Veiga

–Usted se exilió en Suecia en 1979. ¿Cómo funcionan hoy los derechos humanos en su país adoptivo comparados con aquella época?

–El concepto es siempre el mismo. Está definido en términos universales. Cada sociedad, dependiendo de su historia, de su realidad política, económica y social, les da prioridad a ciertos aspectos de los derechos humanos y a otros no. En Suecia, un Estado de Bienestar desarrollado donde las cosas más o menos funcionan, con sus falencias, con sus problemas (sobre todo de legislación), la prioridad de los derechos económicos, civiles y políticos ya no es una cuestión de la agenda diaria. Me da la sensación de que en sociedades como la sueca, el énfasis hoy está puesto en acabar con prácticas discriminatorias. Primeramente, se hizo hace 20, 25 años gracias al movimiento feminista. Es decir, se puso énfasis en un primer fenómeno discriminatorio que no era percibido por la sociedad hace 30, 40, 50 años quizá. Y hoy se hace con las minorías, o sea, con los homosexuales, con los inmigrantes, que son los que están llegando últimos a ese proceso de aplicación de los derechos humanos. Es como un círculo que se va ampliando.

–¿Es algo semejante al concepto de ampliación de la ciudadanía?

–No todos los que se benefician con los derechos humanos son ciudadanos. Yo no soy ciudadano sueco y gozo de los derechos humanos de los que goza un ciudadano sueco. Se trata de la ampliación del concepto de aplicación de los derechos humanos.

–¿Como capas geológicas de derechos que se van acumulando a través de las diferentes épocas?

–Según la concepción universalista, como mencioné antes, esa ampliación de las capas geológicas, como dice usted, ya está incluida en el concepto universal de los derechos humanos. Creo que el concepto de derechos humanos se fue modificando con el paso del tiempo. Aunque sean exclusivamente políticos, hoy son económicos también, se amplían a lo discriminatorio, a los derechos humanos en términos ecológicos. No es que estuvieran incluidos inicialmente en el concepto histórico, universal y primario de los derechos humanos. Se fue modificando el concepto como toda praxis.

–¿Cuál es la reacción del ciudadano sueco promedio cuando analiza la situación de países adonde no llega el Estado de Bienestar, cuando lo obvio allí no lo es tanto en otros lugares?

–Son conscientes de la realidad en la que viven ellos y de la que se vive en otros países. No es que se sorprendan. Ni tampoco que se consuelen. Tampoco interpretan esa realidad de los derechos humanos más deficientes en otros países como excusa para no seguir exigiendo esa ampliación del círculo que mencionábamos. Son dos cosas distintas. No es que digan: “Bueno, en otro lado están peor, entonces dejemos de pedir...”

–¿Cómo es la situación en Suecia de los desposeídos, sean inmigrantes, pobres o indigentes?

–La segunda y la tercera generación de inmigrantes, pero sobre todo la segunda, sufren todavía problemas... Y la primera por supuesto también. Los mayores tienen dificultades para aprender el idioma, para insertarse en el mercado laboral. Hay ghettos geográficos en las grandes ciudades como Estocolmo, Malmö y Gotemburgo. También barrios estigmatizados, ghettos étnicos, donde el índice de desocupación triplica o cuadruplica al de la media sueca, que debe estar en el 8 por ciento. O sea un 24 o 32 por ciento de desocupación, sobre todo entre los jóvenes. Esa es un área en la cual la aplicación de los derechos humanos todavía está en deuda. Es como si fuera una rémora del pasado dentro de la sociedad sueca.

–¿Cuál es el perfil del asilado actual en Suecia, que puede inferirse es diferente al del exiliado latinoamericano de los años 70?

–El exiliado es categóricamente de otros países. De Latinoamérica debe haber, estimo yo, el 4 o el 5 por ciento de todo el caudal. De ese ciento por ciento que llega, se le concede asilo político al 5 por ciento, más o menos. Se ha condicionado mucho el derecho al asilo. Las teorías sobre el porqué son varias. Una habla de la influencia en Europa de partidos nacionalistas, neofascistas, que tienen un discurso xenófobo y que es enfrentado por el establishment político. Pero los partidos tradicionalmente establecidos incorporan ese discurso y lo transforman en práctica para no perder votos. Esto se manifiesta en situaciones de crisis, sobre todo, como en Europa ahora. Esa es una teoría de por qué la política sueca del asilo es mucho más dura y restringida que hace treinta años.

–¿Cuáles serían las otras teorías?

–Tengo una basada en elementos impresionistas porque trabajo en el sistema judicial sueco. Aparte de la vida que llevo como filósofo, me desempeño como traductor. Veo cómo trabaja la policía en los tribunales con la inmigración, soy intérprete externo. Es decir, a mí me llaman. Hace mucho que trabajo en eso: veinticinco años. Y mi impresión es que el carácter del asilado político ha cambiado. Hoy es más un refugiado económico al que se le niega el asilo político. Debe sufrir componentes de persecución política. Y no es suficiente con eso; son tres condiciones que debe cumplir: que haya sido perseguido políticamente, que lo denunciara ante las autoridades de su propio país, y lo tercero, que no le hubieran querido dar protección. En mi época, cuando yo me refugié, no era así. Si venía de una dictadura y aducía que me habían perseguido políticamente, era más o menos un trámite formal que debía hacer.

–La colectividad argentina del exilio, por decirlo de algún modo, ¿tiene respetable o escasa representatividad?

–Argentinos hay muy pocos. No encuentro a casi ninguno en el sistema judicial sueco y cuando pasa, debe ser una vez cada tres o cuatro años. Sí me encuentro con argentinos ubicados en posiciones no claves, aunque con un cierto nivel académico; profesionales trabajando en ciertas instancias políticas. Yo voy a las recepciones en la embajada y hay muy pocos argentinos; digamos, decenas, no cientos. Son impresiones nada más. No tengo datos. En mi trabajo percibo una sobrerrepresentación de chilenos, que se han quedado masivamente.

–¿Desde el golpe del ’73?

–Claro. Veo que también es igual con los bolivianos y peruanos que han llegado en los últimos quince años. Y hay muchos cubanos también, que han llegado hasta que los países europeos entendieron que había que cortar el ingreso de cubanos, como ocurrió en el ’95.

–¿Cómo es la asimilación del recién llegado a un país como Suecia?

–Un problema que se discute mucho es la integración de los inmigrantes. Hay quien dice que no se puede pretender asimilarlos. Una cosa es asimilación y otra cosa es integración. Asimilación sería que pase a ser como un sueco más. Integración, que conserve sus características propias, sus rasgos culturales y que se integre. El inmigrante es tanto el que viene de Washington como de una tribu africana. Y por supuesto, esos dos inmigrantes que están metidos en la misma bolsa con el término “inmigrante”, van a tener dificultades muy diferentes para integrarse a la sociedad sueca y para ser aceptados. El latinoamericano quedaría un poquito en el medio. Porque aquéllos son, más o menos, los extremos.

–Cuando regresa a la Argentina, todos los años, porque usted viaja todos los años, ¿comprueba que la gente sigue percibiendo al Estado de Bienestar sueco y de las sociedades escandinavas en general como un ejemplo a seguir? ¿O sólo permanece esa idea como un mito?

–No sólo los argentinos, todos los pueblos en general tienen una percepción ralentizada. Se tarda décadas en cambiar el prejuicio. Como decíamos antes, Suecia tenía una política generosa y amplia. No la tiene ya hoy; la tuvo en los ’70. Y la gente sigue creyendo que la tiene hoy. Lo mismo ocurre con el Estado de Bienestar. Hay muchos Estados de Bienestar más desarrollados que el sueco, como el de Alemania. Pero existe siempre la imagen o el prejuicio de que Suecia, por ser uno de los países escandinavos, es así. Si estuviera a la vanguardia de, no sé... una liga mundial, se ubicaría entre los quince o veinte primeros, pero no entre los cinco primeros.

–¿Y cómo está Suecia con respecto a los demás países escandinavos, Dinamarca, Noruega y Finlandia?

–Creo que están todos inmersos en la ampliación de ese círculo. Son procesos históricos, sociales, que se van gestando. Me parece notar, es una impresión, que en Dinamarca hay un poquito más de trabas en cuanto al reconocimiento de ciertos derechos del inmigrante. Por ejemplo, no es automático que casándose con un ciudadano danés se consiga el permiso de residencia. Hace años que se adoptó esa ley, en ocasión de que uno de estos partidos xenófobos, ultranacionalistas, el Partido Popular, accedió al poder compartiéndolo con un partido liberal.

–Aquí existe la idea de que Europa, y sobre todo España, a la que nos unen lazos históricos que superan los cinco siglos, ha endurecido su política de inmigración, con un tratamiento en muchas ocasiones vejatorio para el viajero, más allá de que llegue en condición de turista o inmigrante.

–En Suecia, a quien no tiene permiso para la residencia, se lo pone “en custodia”, así se llama. No está detenido, aunque se lo ubica en un centro de custodia. No sé en España. Se le busca un pasaje de regreso y lo mandan de vuelta lo más rápido posible para no tener costo. Eso no tiene nada que ver con una política xenófoba, desde mi punto de vista. Se ha hecho siempre. Yo lo veo trabajando en el sistema jurídico sueco desde hace veinticinco años.

–La cuestión de fondo es cuando se equipara a la inmigración ilegal con un delito castigado con la cárcel, como sucede en varios países donde se han votado leyes más duras. Por ejemplo, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea decidió que una norma italiana, que introdujo en 2009 el delito de inmigración ilegal, contradice al derecho comunitario.

–Es que la inmigración ilegal es un delito. Es un delito menor, pero es un delito. En Suecia hay una norma según la cual para estar en el país más de tres meses, se debe obtener el permiso de residencia. Si no se consigue, se aplica la ley de inmigración, la Ley Extranjera, se llama allá. La cuestión de cómo tratan al que viola la ley de esa forma, es la cuestión que se plantea. Lo que Berlusconi hacía en Italia lo hacía en Italia. Yo conozco a los centros de detención suecos. Me consta que están muy pocos días, tres días, una semana, no más de diez. Me consta, también, que se discutió que ante el hacinamiento de los centros de detención o de los centros de custodia, a veces tienen que poner a ciertos inmigrantes ilegales en cárceles, como prisión preventiva. Y eso es una violación de la reglamentación europea, una violación a los derechos humanos. En eso sí estamos de acuerdo. Pero la diferencia conceptual que yo hago es que ser inmigrante ilegal es un delito.

–Un graffiti porteño dice que “ningún ser humano es ilegal”. ¿Cómo se empiezan a pensar soluciones más humanas a un problema indetenible, al que sólo se le oponen muros y leyes cada vez más duras?

–En Suecia la inmigración está abierta. El derecho al asilo está abierto. Hace tres o cuatro años que se abrió la inmigración por trabajo. El gobierno conservador la abrió. Yo percibo una contradicción en decir que nadie es ilegal. Según la legislación vigente, eso no es correcto. La consigna “Nadie es ilegal” es de izquierda, a un nivel casi anarquista, que me es muy simpático. Si nadie es ilegal, por lo que hay que trabajar es por la esfumación modificante de las fronteras, que las fronteras se diluyan, ¿no? Por el gobierno universal, el gobierno global, el mundo sin fronteras.

–¿Cuál es la posición de la izquierda europea sobre este tema?

–Ahora, curiosamente, la izquierda europea está en contra de ese proceso. Está en contra de la UE. Y es cierto, porque la Unión Europea es un proyecto de derecha, un proyecto burgués como se decía en otra época, por decirlo de alguna manera, pero, de todas formas, es lo que hay, hay que transformarla. Pero no se puede plantear que nadie es ilegal, sin meterse en los procesos de eliminación de las fronteras. La izquierda europea tiene que incidir. Si queremos abrir las fronteras, trabajemos en función de eso.

–¿Todavía se hace sentir la discriminación interna en las naciones del norte de Europa hacia los inmigrantes que llegan desde el sur o los países del Este?

–Yo no sé si existe puntualmente. No sé si un italiano hoy sigue siendo visto y recibido de la misma forma en Suiza o en Alemania como lo era hace cuarenta años. Pero la crisis europea renueva la división entre el norte y el sur. Las leyes europeas se plantean en términos de que el norte trabaja y paga y el sur administra mal y derrocha. Que sea cierto o no escapa a mi conocimiento porque es más una cuestión de política económica nacional. Hay una tendencia en el discurso general, incluso en el periodismo, a plantear la cuestión en términos de la deuda de Grecia y los países mediterráneos. Eso acentúa el viejo prejuicio que usted está señalando, del inmigrante del sur que viene al norte de Europa y es recibido de una forma discriminatoria. Otra vez hay reacciones en función de percepciones históricas de décadas atrás. Es un fenómeno llamativo. Hay un dinamismo tremendo en la economía, en la globalización de los medios de comunicación y en las tendencias del capital, pero la cabeza humana funciona y se acomoda cuarenta, cincuenta años después.

–¿Cómo encuentra a la Argentina en cada uno de los viajes que hace?

–Hay algunos aspectos que son positivos. En el plano de los derechos humanos, por ejemplo, Argentina tiene una actuación destacada en cuanto a la persecución de los crímenes de lesa humanidad iniciada en el ’85 y ya completada, que había sido truncada por decisiones políticas con posterioridad a ese año y que ha sido continuada y profundizada por las dos últimas administraciones. Pero, lamentablemente, se han quedado solamente en la aplicación de las políticas punitivas y no en el esclarecimiento. Se confió en la pena para poder esclarecer el destino de los desaparecidos y con la pena se consigue castigar, se consigue disuadir a delincuentes futuros, pero no se consigue esclarecer. Cuando uno amenaza con una pena dura o impone una pena dura a alguien, lo que provoca es el silencio del castigado.

–¿Y qué habría hecho?

–Si un represor contaba todo y lo que contaba era útil, no lo condenaba o le rebajaba la pena. Pero si contaba pavadas que no servían, no se la rebajaba la condena. De esa forma quizás hubiera podido encontrar a los desaparecidos y seguir castigando a los cómplices civiles. A ellos todavía no llegó la Justicia. ¿Por qué? Porque se aplicó una política meramente punitiva que provoca el silencio del imputado.

–Usted viene sosteniendo esta idea hace tiempo. ¿Predicó en el desierto?

–Sí. El tren ya pasó. Los represores se están muriendo. No sabremos nunca quiénes fueron los responsables civiles, no sabremos nunca qué pasó con los desaparecidos. En algún caso aislado se podrá esclarecer el destino final por un hecho fortuito de los investigadores y se conseguirá encontrar algún que otro nieto desaparecido más, pero los 400 que faltan, no. Se recuperará una cantidad menor, lamentablemente. Pasó el tren y lo hemos perdido por enfocarnos exclusivamente en esta posición punitiva. Es decir, hubo como un amague, un primer paso positivo sin imaginación política para profundizar el proceso. Esa es la impresión que yo tengo.

domingo, 29 de enero de 2012

En el nombre del hijo

Después de 25 años volvió a reeditarse José, uno de los primeros libros sobre la militancia de los ’70. Lo escribió Matilde Herrera, a quien la dictadura le desapareció a sus tres hijos.

Una madre con sus tres hijos ilustra la foto de esta nota. En primer plano está la mamá, Matilde Herrera. Periodista, escritora, poeta. La rodean sus hijos, que tuvo con Rafael Beláustegui: Valeria, la mayor; José, el del medio (con bigote); Martín, el más chico (con cara aniñada). ¿Había en ellos un sentimiento premonitorio? Se podría inferir por esos rostros graves, las miradas duras, las sonrisas que no aparecen, las ropas de un único color negro. ¿Presagiaban lo que vendría: la muerte, la aniquilación, la oscuridad? Esos tres chicos que inquieren desde esta página ya no están. Militantes del PRT-ERP, fueron desaparecidos en 1977, al igual que sus parejas. Matilde siempre los buscó. Exiliada en París, formó parte de la Comisión Argentina de Derechos Humanos (Cadhu). Desde allí denunció al terrorismo de Estado y pidió por la aparición de sus hijos y nietos. Volvió al país en democracia y fue una activa Abuela de Plaza de Mayo. Murió de cáncer en 1990, sin respuestas.
Tres años antes de morir dejó un legado histórico: el libro José, publicado por primera vez en 1987, después de dos décadas de ausencia. Agotado durante muchos años, ahora fue editado por Ediciones Punto Crítico, gracias a la decisión de los nietos de Matilde, Antonio y Tania. Matilde explica en las primeras páginas el motivo de José: “Resucitar la voz de un militante popular de los ’70”. También lo expone Osvaldo Soriano, desde el prólogo de la primera edición: “Ésta es la historia de una vida que se cuenta a sí misma. El personaje de este libro es un símbolo de aquella época: Matilde se hace intérprete de las pasiones, los anhelos y los errores de José, de sus hermanos y por extensión de todos los militantes que intentaron cambiar por la fuerza un orden de injusticia y engaño.”
El libro reúne en 400 páginas el relato de Matilde sobre la historia familiar, fotos, dibujos y poesías de José, el recuerdo de amigos, las entrevistas que Matilde hizo a las personas que lo conocieron. Y muchas cartas: de un niño a su madre, de un adolescente que viaja, de un joven que intenta tranquilizar a su madre desde la clandestinidad. Nada aquí es ficción. Todo pasó y estremece leerlo. A diez años de la desaparición de José, Matilde escribió: “Han quedado tus cartas, tus escritos. Ha quedado tu voz, y yo me permito darla a conocer. Quiero que permanezca tu palabra, la de tus hermanos, y a través de ustedes, la de todos aquellos que fueron secuestrados durante la dictadura. Los que están desaparecidos, pero que no han de aparecer jamás.”

Matilde trabajó en la Argentina en agencias de publicidad y también en las revistas Primera Plana y Crisis, entre otras. Fue amiga de Paco Urondo, Rodolfo Walsh, David Viñas y Julio Cortázar. Con Rafael Beláustegui tuvo a sus tres hijos. Se separaron y tuvo un segundo matrimonio con Roberto Bobby Aizenberg, un reconocido artista plástico. El libro es, primero, un hermoso relato sobre la cotidianidad de una madre y sus tres hijos. Sobre los problemas de la crianza, los pormenores de la convivencia. Y el despertar político y el compromiso de esos chicos en los convulsionados años del Mayo Francés, la muerte del Che, Vietnam, el Chile de Salvador Allende, Ezeiza. Matilde recuerda que en 1962, con ocho años, José le preguntó: “Mamá, ¿por qué los hombres no se quieren?”. “Lo abracé fuerte. Toda su vida siguió haciéndome esa pregunta. Él amó mucho y no podía soportar el odio. Cuando fue creciendo trató de revertir esa situación.”
El interés de José por la militancia empezó de muy joven. A los 13 años se acercó al Partido Comunista Revolucionario (PCR). Fue también dirigente del Frente de Lucha de Secundarios (FLS) y de la columna Inti Peredo de las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL). Para esa época, Valeria había optado por el Movimiento de Liberación Nacional (MNL) que lideraba Ismael Viñas. Matilde recuerda una noche con José, cuando le informó sobre la muerte de un sobrinito de Aizenberg. Se puso a llorar y le decía: ¿Por qué, mamá? “De golpe tuve una imagen clarísima del hecho de morir. Fue como un latigazo. Lo miré y pensé que la ausencia definitiva era posible. Que nadie podía defenderse si la muerte atacaba. En ese momento presentí por primera vez que algún día no lo tendría a mi lado.”

Su intuición de madre se haría realidad. De la militancia estudiantil, los tres hermanos pasaron al PRT-ERP. Matilde recuerda cuando José se lo informó. “¡No quiero saber!”, le dijo y se tapó los oídos. “Mamá –le dijo apartando suavemente sus manos– no puedo vivir de espaldas a la injusticia.” “¡Te van a matar! ¡No quiero que te maten!”, le respondió y lo abrazó llorando. Durante los años ’74 y ’75 la militancia había acrecentado los riesgos de seguridad de los tres hermanos, con el acecho constante de las tres A y la policía. Todo se agravaría, claro, con la llegada al poder de las fuerzas armadas. José fue secuestrado el 30 de mayo del ’77, con su esposa Electra. Tenía 22 años. Una semana antes habían chupado a su hermana Valeria, de 24 años, con su esposo Ricardo Waisberg. Martín, de 19, fue apresado junto a su esposa, María Cristina López Guerra, dos meses después. Sólo se supo que José pasó por el centro clandestino de detención El Atlético. Y que Valeria y su esposo por El Campito. Valeria y María Cristina estaban embarazadas de tres meses al momento de su desaparición. No se sabe el destino de esos bebés. Quedaron dos pequeños hijos: Tania Waisberg, de quince meses, que fue devuelta a su familia. Y Antonio Beláustegui, de dos años, hijo de José.
“Señores, en menos de un año ha desaparecido toda una familia. Nadie me ha dicho de qué se los acusa. No sé dónde se encuentran. No sé si están enfermos. No sé si son sometidos a torturas, no sé si están vivos o muertos”, escribía en septiembre de 1977, desde el exilio. Se había ido a París con Aizenberg. Ni bien llegó, se puso en contacto con otras víctimas. Una de sus primeras cartas fue traducida al francés y al inglés y circuló por todo el mundo. Al poco tiempo, testimonió en la ONU. Matilde ya era parte de la Cadhu. Volvió, como muchos otros, en el ’83. La lucha la seguiría desde su trabajo en Abuelas. Su compromiso duró hasta el día de su muerte, en 1990. Una década después, en 2001, llegó el reconocimiento: la Legislatura porteña la eligió como una de las mujeres argentinas del siglo XX.

El prólogo actual de José lo escribió el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde. “Matilde fue una entrañable amiga. Recorrió Europa denunciando a la dictadura terrorista, anteponiendo su fuerza espiritual por sobre su precariedad física y continuó su lucha durante la democracia. Con su palabra, su fuerza, su historia dio sentido al ejercicio de una ética irrenunciable reclamando una y otra vez no sólo por la aparición con vida de sus hijos, sino de todos los desaparecidos”, recuerda para Miradas al Sur. Y agrega: “Puso al servicio de esta lucha, sobreponiéndose a la brutal tragedia, su fino intelecto y la cultura que poseía. Nos queda el recuerdo de su extraordinaria personalidad y sus tres libros –del cual José es su obra mayor– cuya relectura nos calienta el alma.”
El texto termina con un poema de José, escrito en 1968, cuando tenía 13 años. Dice: “Sé que algún día dejaré de pertenecer al mundo/ y nunca más podré escribir/ ni hacer el amor/ ni disfrazar la naturaleza con un poema/ ni viajar en los libros/ ni exponer mis ideas./ Por eso es que en este poema dejo mar, cielo y luna/ mariposas, besos y sirenas/ y me dejo a mí/ porque cuando muera seguiré viviendo en estos versos.”

por Raúl Arcomano

jueves, 26 de enero de 2012

Reconstrucción histórica represión en Campana

Miguel Di Fino, profesor de historia e investigador sobre la represión en Campna durante la dictadura
“En la bajada hacia los bañados llegaban camiones del Ejército con cuerpos y los quemaban con cubiertas”
Campana formaba parte del cordón de ciudades industriales en el litoral del Paraná, con la omnipresencia de la empresa Dálmine-Siderca. Di Fino denuncia que todavía persisten los “códigos de silencio”.
 
Por Gustavo Veiga

–¿Por qué trabaja en la reconstrucción histórica de los ’70 en Campana, su ciudad natal?

–Soy nacido y criado en Campana. La aproximación tiene que ver con los desaparecidos y fundamentalmente proviene de la militancia política. Entre el ’83 y el ’95 milité en el Partido Intransigente, fui uno de los fundadores del partido en el distrito, con otros compañeros. Todavía no había empezado a estudiar Historia y venía del cierre de la Universidad de Luján, de la primera etapa, donde estudiaba Licenciatura en Tecnología Educativa. En ese momento también cursaba una tecnicatura superior en Cine Documental y Tecnología Educativa en Vicente López. Ya estábamos, digamos, en la transición de la dictadura a la democracia y esos temas cada vez sonaban más fuerte. Ahí empieza a tomar forma la idea de poder hacer una narrativa de esa historia reciente que era embrionaria en el ’83. Bueno, después y ya más adelante, cuando hice el profesorado de Historia acá en Campana, como trabajo final con otros compañeros nos propusimos tratar de sistematizar la cuestión de los desaparecidos en la ciudad.

–¿Con qué se encontró?

–Había desde donde empezar a tratar de reconstruir esa historia. Y en ese primer trabajo que hicimos, tuvimos problemas de datación. Usted sabe que en los pueblos de provincia el tema de la información lo que devuelve es silencio, siempre es silencio. Pero con gente que salió de la cárcel, sobrevivientes, algunos que se sumaron al PI, y otros conocidos que eran acá del distrito, nos juntábamos y sistematizábamos la información que había. Se armaron muchas listas, hubo una comisión de derechos humanos en el ’84, y los familiares, obviamente, hicieron su tarea cuando secuestraron a sus seres queridos.

–¿Y en qué se materializó su investigación?

–En el trabajo final del profesorado que se llamaba Seminario 4, una tesina. Se eligió un tema y bueno, avanzamos con eso. Empezamos con las entrevistas, obviamente con el marco teórico que facilitaban las publicaciones que ya había y pese a ciertos problemas con datos históricos. En Campana yo contextualicé todo en el año ’75 y tendría que haber arrancado en el ’73. En mi segundo libro pedí disculpas y traté de solucionarlo de alguna manera.

–¿Cómo se llaman sus dos primeros libros?

–Sobre ausencias y exilios, en colaboración con otros dos profesores de historia, Ariel Núñez y Soledad Sadonio, y De solitarios sueños y utopías truncas, en coautoría con Leonardo Maldonado y Ariel Núñez, un licenciado en Comunicación. El primero fue el que más impacto generó porque la presentación tuvo mucha adhesión; vinieron familiares, militantes, fundamentalmente porque nadie creía que íbamos a poder escribir un trabajo con sentido crítico sobre la historia reciente de Campana.

–Mencionó dos dificultades cuando inició sus investigaciones: el silencio pueblerino y la escasez de datos. ¿De qué modo se hacían visibles entonces las consecuencias de la represión durante la dictadura en la ciudad?

–Inicialmente por los militantes de distintos partidos, o sea, peronistas, radicales, intransigentes, comunistas, socialistas, y si bien se discutían estas cuestiones, no estaban explícitas en el diario del pueblo. No había, digamos, un análisis de fondo sobre la cuestión de la desaparición forzosa en Campana, no lo había.

–¿Ni siquiera con la democracia ya avanzada?

–Ni siquiera ahora.

–¿Cómo se llama el diario de Campana?

–La Auténtica Defensa. Nació en el ’77 y antes se llamaba La Defensa Popular. Pero, justamente, producto de la dictadura y de ciertos inconvenientes, el dueño, un gallego de una familia tradicional de Campana, tuvo que ceder el diario y fundar otro. Había un problema de dineros, hubo coacción y eso, probablemente, haya generado también que la nueva publicación decayera respecto de esos temas. En Campana no están las colecciones completas de La Defensa Popular, que es un diario que viene, prácticamente, desde principios del siglo XX. No están los ejemplares, hay recortes, hay un archivo particular que tiene algunos diarios. Y son dos las versiones sobre esto: que se quemó el material y que lo vendieron. El último director dice que él no tiene la colección.

–¿Cree en alguna de esas versiones?

–Consciente o inconscientemente lo que se busca es que no se encuentren pistas para poder reconstruir esa historia reciente. No digo que lo hagan de mala leche, pero estos códigos de silencio siguen vigentes. ¿Por qué? Bueno, porque a través del trabajo que uno ha hecho sabe que ha existido un compromiso de la sociedad civil con esa represión. En distinto grado. Muchos de ellos pertenecían a asociaciones intermedias muy en boga durante la dictadura, sobre todo en un distrito como este de la provincia de Buenos Aires. Los responsables militares para llegar a la gente dependían de las sociedades de fomento y de las instituciones intermedias. ¿Cuáles eran? El Rotary, el Club de Leones. En casi todos los pueblos de provincia aparecían por ese lado. Algunas, aún hoy, siguen teniendo ascendencia política a nivel comunitario. No estoy diciendo que hayan delatado o que tengan una complicidad explícita, pero saben la historia y no la quieren contar.

–¿Qué es lo más significativo que aportan sus investigaciones a la memoria colectiva de un lugar como Campana?

–A ver... creo que sería el conjunto de los trabajos, que es poner en cuestión, en estado académico, la historia reciente como corriente historiográfica. Esa que es resistida aun por los historiadores más versados y que existe en este pueblo. Eso quiere decir que hay otra historia para contar. Por ejemplo: se pueden mencionar todos los beneficios que nos dieron los Rocca, el trabajo, las casas... está ese fenómeno. Ahora, además tenemos todo lo otro. Tenemos los desaparecidos, los temas de contaminación, el avance sobre el espacio público, la pérdida de la línea de sirga, la costanera ocupada totalmente por empresas. Hay otros compañeros que trabajan desde la geografía y desde la Licenciatura Ambiental sobre la presencia de Dálmine-Siderca. La idea es tratar de ser crítico aun con todas las limitaciones que imponen estos monstruos.

–Usted decidió contar la historia de su ciudad tomando como referencia ineludible a la empresa de los Rocca; que es a Campana lo que Ledesma a Libertador General San Martín en Jujuy o Acindar a Villa Constitución en Santa Fe. ¿Cómo explica su omnipresencia en la vida de la comunidad?

–Está ahí, siempre está. Desde el punto de vista ideológico, para mí, más que un imán es un problema de convicción. No quiero decir que abomino, pero las multinacionales no me simpatizan, ni ninguna empresa que construya cultura porque tiene ese gran poderío económico que posee Siderca y que marca las pautas del funcionamiento comunitario. En el primer libro trabajamos con una lista de compañeros desaparecidos que había sido elaborada por distintos sectores políticos. Obviamente que la mayoría de los que figuraban ahí tenían vinculación con la empresa. Así que, digamos, era casi obvio: debíamos empezar a buscar por ese lado, no sólo por los compañeros que estaban desaparecidos y trabajaban en la fábrica, sino por todas las vinculaciones políticas y sociocomunitarias que tiene una compañía como Siderca en un distrito como Campana.

–¿De qué manera se establecen y perduran esas relaciones sociocomunitarias?

–Acá la empresa regula el mercado laboral, regula las relaciones sociales, por ahí un poco menos pero también regula la producción cultural: qué cosas apoya, qué cosas no apoya. Evidentemente, existe un compromiso de lo que es la dirigencia y de los partidos políticos hacia Siderca. Es así, es real. Tuvimos que orientarnos para ese lado, y que gran parte de los trabajos giren alrededor de ella. Aunque no es el centro, digamos, siempre aparece. Siempre aparecen cosas espantosas a medida que se va enterando uno cuando hace las entrevistas. En el tercer libro, un poco por casualidad, un colega me mandó un mail diciéndome: “Mirá este vínculo de la revista Análisis de Entre Ríos. Aparece un tal Rulo Ramat al que matan en Campana”.

–¿Quién era Ramat?

–Empezamos a buscar, y me encuentro con el homenaje a un ingeniero que trabajaba en Dálmine, de la Universidad Católica de Entre Ríos. Aparece el hermano de Rulo, Manuel, a través de gente de Derechos Humanos de Entre Ríos. Y bueno, ahí empecé a reconstruir la historia. Era un ingeniero que había estudiado en la Universidad Católica en Paraná, que vino a Campana a principios del ’75, más o menos. Inclusive, fue entrevistado por Roberto Rocca. Cuando lo asesinan, el mismo Rocca se interesó por las exequias de este compañero y le pagó todos los servicios fúnebres. Un grupo de tareas llegó a su domicilio cuando estaba por cenar con su mujer. El abrió la puerta y se escuchó: ¡Pum! Ramat era un muchacho que tenía compromiso social, un militante católico. Aunque en realidad, interpreto que buscaban a su hermano Manuel, que militaba en Montoneros. Esa historia no estaba registrada en el pueblo.

–Campana estuvo comprendida en lo que se denominó Area 400, a cargo del Ejército. ¿Cómo funcionó la represión en su ciudad?

–El Area Conjunta 400 tenía su base en la fábrica militar de Tolueno. De hecho, Campana, diría que fue un campo de concentración. Primero, por la cantidad de centros clandestinos de detención acreditados en la causa 53/10 de 2004, que es la que inició Sara Cobacho cuando era subsecretaria de Derechos Humanos. Y después, por los que he ido localizando a través de las entrevistas. Acá, con casi diez centros clandestinos de detención identificados en el distrito, no hay un solo elemento de las fuerzas de seguridad muerto en un enfrentamiento, en toda la dictadura. Pero en un barrio de Campana que se llama Las Praderas hay un lugar que hemos denominado “la hoguera de las praderas”. En la bajada hacia los bañados llegaban los camiones del Ejército cargados de cuerpos y los quemaban en cubiertas. Y muchos de ellos llegaban vivos y los quemaban vivos. Esto lo refiere una persona que es testigo ocular y que pide reserva de identidad porque tiene familia y un miedo terrible. Aunque por ahí, en algún momento, lo pueda contar públicamente. Vio todo escondida entre los matorrales.

–¿Coincide con lo que varios testigos describen de que la represión en Campana se organizó meses antes del golpe del ‘76 desde el hotel de Dálmine-Siderca donde se alojaba al personal jerárquico de la empresa?

–Sí, sí. En el momento del golpe, el 24, se establecen en el hotel Dálmine. Las versiones previas que yo fui recogiendo señalan que hubo reuniones de algunos dirigentes políticos en los meses de enero, febrero, en el hotel que también era una confitería y tenía un restorán. O sea que cuando los militares ocupan ese lugar, obviamente que tenían el acuerdo de la empresa para hacerlo.

–¿Investigó sobre la historia de Agostino Rocca durante el fascismo y la influencia que podría haber tenido ese ideario en el complejo siderúrgico de Campana durante la época de mayor represión?

–En los procesos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en la que habían cometido crímenes de guerra, a los nazis les aplican un modelo de juicio como Nuremberg, que difiere del que se instala en Italia con los fascistas. Ahí se hacen los llamados “juicios de purgación”. A Rocca lo someten a un proceso de este tipo y sale libre. Primero piensa radicarse en Estados Unidos. La vía de salida de los fascistas de Italia era por Bélgica. Salían y después, por mar, llegaban a América.

–Tras ese juicio, ¿Agostino Rocca queda limpio de los cargos que pesaban sobre él como colaborador del régimen fascista?

–Sí, porque utiliza el mismo argumento que durante años hemos escuchado acá, que emplean nuestros empresarios: ‘Yo lo único que le brindé al régimen fue asesoramiento técnico’. Rocca ni siquiera estaba afiliado al Partido Fascista. “Yo soy italiano en un gobierno nacionalista, aporté mi conocimiento técnico para engrandecer Italia” decía, y toda la cuestión del patriotismo.

–A la familia Rocca y su patriarca Agostino se le adjudican lazos estrechos con la Iglesia Católica y en especial con el obispo Alfredo Espósito Castro, quien estuvo al frente de la diócesis Zárate-Campana desde el 4 de julio de 1976 hasta 1991. ¿Qué datos puede aportar de esa relación?

–Cuando se crea el obispado acá, hay una injerencia de Roca en eso. Interviene. Aporta lo suyo para que esto ocurra. De hecho, el obispo que se nombra, Espósito Castro, que es el primero, en distintos documentos de la Iglesia de esa época es uno de los más doctrinarios respecto al sostenimiento del régimen militar. Está en distintas publicaciones del Episcopado. Si bien fue un hombre muy querido y respetado en el pueblo, era un sacerdote de orden. No fue casual haber elegido a Campana como una nueva diócesis. El gremialismo basista que había en la región, desde Pacheco hasta San Lorenzo en Santa Fe, era muy importante.

–La inserción político sindical del PRT-ERP en la zona de influencia de Dálmine-Siderca es reconocida por los trabajadores de aquella época. ¿Esto en qué medida influyó para que se ensañara más la represión con los obreros de la fábrica?

–Había una dinámica gremial dentro de la empresa, donde no sólo confluía gente que estaba encuadrada orgánicamente, también había independientes, que simpatizaban con sectores de izquierda y que tenían un nivel de ascendencia sobre las bases, digamos, que confrontaban constantemente con la conducción sindical de la UOM. Y además con los directivos de la empresa, con los ejecutivos.

–Esas condiciones cambiaron totalmente con el golpe de Estado. ¿La empresa se tomó revancha, como declaran algunos ex trabajadores de Dálmine-Siderca?

–Totalmente. Al menos por unas charlas que he tenido con gente que trabajó, que estuvo detenida circunstancialmente o que era empleada ahí, las condiciones sociales del operario de Siderca eran las de clase media. Iban a Modart con el recibo de sueldo o la tarjeta de obrero de Siderca y se hacían los trajes a medida, lo cambiaban varias veces por año. ¡Increíble! O sea, ¿qué quiero decir con esto? Había como una efervescencia, una bonanza económica con la cual ellos estaban bien. Pero adentro de la planta seguían peleando. Si había un compañero que era de la gremial interna y decía que se paraba la línea de producción de tal cosa, se paraba toda la línea. Un ex trabajador reivindicaba ese momento cuando me decía: “Eso era fantástico, era lindo, ¿sabe por qué? Porque la gente creía”.

–Los resultados de sus investigaciones, ¿tuvieron consecuencias políticas en Campana?

–Desde lo personal, valoro los trabajos en función de que sirvan a los compañeros para seguir militando. O sea, creo que, y no porque me haga el modesto ni nada por el estilo, la investigación es un grano de arena más en el camino que se viene recorriendo desde el primer familiar que denunció la desaparición de un compañero. Yo aporto ahí. Me importa que les pueda servir a los compañeros que siguen trabajando con la querella y militar desde ese lado

lunes, 23 de enero de 2012

Los gritos del silencio. La violencia sexual sobre las detenidas

Resistencias

... Y nadie quería saber. Relatos sobre violencia contra las mujeres en el terrorismo de Estado en Argentina es el libro escrito desde Memoria Abierta por Claudia Bacci, María Capurro Robles, Alejandra Oberti y Susana Skura, que se publicará el mes próximo. La irrupción en las audiencias orales y públicas de los relatos de violencia sexual en los centros clandestinos de detención y la apertura judicial a reconocerla como un delito autónomo, tan sistemático como las torturas, pusieron un tema silenciado durante 35 años en la agenda pública.

Por Sonia Tessa

Silenciado, como plantea el título del libro, no por las propias víctimas que lo vienen diciendo desde las primeras denuncias, sino porque no había quién escuchara. Las autoras, integrantes del archivo oral de Memoria Abierta (conjunción de cinco organizaciones de derechos humanos empeñadas en reunir, preservar, organizar y difundir el acervo documental sobre el tema), consideraron que tenían algo para decir, a partir de las 740 entrevistas realizadas, de las que aproximadamente 100 corresponden a mujeres que estuvieron presas, legal y/o ilegalmente, entre 1973 y 1983. Y una de las cuestiones más notables es la necesidad de las sobrevivientes de correrse de la posición de víctimas para hacer foco en sus relatos de resistencia, en aquellos pequeños gestos y solidaridades a los que se aferraron las militantes para no darles el gusto a sus verdugos, para seguir sintiéndose personas.

“Al hablar de resistencias nos referimos a aquellas estrategias personales que permitieron a las sobrevivientes atravesar la violencia mitigando en cierta medida el daño –y en menor medida– en algunos casos evitándolo”, dicen las autoras en una parte del libro, que se basa en 63 testimonios.

El libro señala las “estrategias colectivas de resistencia y gestos de solidaridad tan contundentes como para detener la amenaza o, al menos, detenerla en un momento dado y hacia una destinataria en particular. Gritos, golpes, señales de alerta entre compañeros y compañeras de encierro que no se conocían, que no podían siquiera verse, acciones improvisadas que coartaron, al menos temporalmente, las intenciones de sus captores. Suele ser en estos pasajes del relato, antes que en la descripción misma de los hechos de violencia o del miedo, donde las mujeres lloran, se angustian y también se emocionan, reivindicando la pequeña gran afrenta que esos gestos supusieron.” Porque esas mujeres –y esos hombres– eran militantes que confiaban en la organización y la solidaridad. “Quienes lograron eludir la amenaza gracias a las acciones de otros compañeros o compañeras, los agradecen hoy con tanta emoción como entonces –continúa–. Y nadie quería escuchar...”

Una de las primeras preguntas que se hacen en el libro aparece como “inevitable”. “¿Por qué ha sido tan difícil decir y escuchar estos relatos, por qué se ha demorado tanto tiempo en visibilizar y discutir socialmente el lugar que tuvo la violencia contra las mujeres en el terrorismo de Estado?”, plantean las autoras, y despliegan algunas hipótesis.

El testimonio de Alicia Morales, de Mendoza, es iluminador sobre una dimensión presente en todo el trabajo: el tiempo. “Cada vez que nosotras queríamos hablar y contar, nos decían ‘no te acordés que te hace mal’. Y yo al principio pensaba ‘¿por qué me hace mal? Si yo quiero que sepan lo que pasó’. Y después me di cuenta de que en realidad le hacía muy mal al que escuchaba, porque eso lo obligaba a tomar partido, a darse por enterado, ¿no? Y nadie quería saber. Han tenido que pasar 30 años para que podamos hablar de algunas cosas.”

A la hora de revisar en el archivo oral, una de las autoras del libro, Alejandra Oberti (coordinadora además del archivo), consideró que “este relato estaba, desde el comienzo había personas que habían hablado. No es que las mujeres no quisieran hablar, sino que no habían podido hacerlo porque no había quién las escuchara”. Con la experiencia de haber tomado decenas de testimonios, Oberti cuenta además por qué consideran que el archivo oral les da a las sobrevivientes otra posibilidad de relato. “Las características de los testimonios que guardamos en estos archivos tienen una serie de garantías: es amigable, se da el relato respetando los tiempos, opciones narrativas, qué y hasta dónde quiere contar, no tiene otros objetivos que no sea sostener ese relato en sí mismo. Eso ofrece condiciones para que algunos relatos emerjan. Es un tipo de testimonio que no está puesto en cuestión, no es como el testimonio ante la Justicia que está confrontado por las defensas”, apuntó Oberti.

En un trabajo rico por sus interpretaciones y cruces, hay otros dos abordajes dignos de subrayar. Por un lado, la experiencia de la maternidad en cautiverio. Cada relato de mujeres embarazadas que pasaron por centros clandestinos de detención –o de mujeres que vieron parir a otras cuyo destino era la muerte, y el de sus hijos, la apropiación– es sobrecogedor. “Las condiciones en las que cientos de mujeres atravesaron la experiencia del embarazo y la maternidad en cautiverio han sido escasamente consideradas como formas específicas de violencia contra las mujeres. Un repertorio particular de prácticas represivas se desplegó sobre quienes esperaban hijos al momento de ser secuestradas. Además de torturas particularmente dirigidas a atentar contra sus embarazos y cuestionarlas en su condición de mujeres, madres y militantes, sus cuerpos fueron instrumentalizados en función del nacimiento de los hijos que, como parte del mismo plan, serían apropiados”, dice el texto, que también plantea: “La barbarie que supuso ese plan de apropiación de niños que ejecutó la dictadura, ocluyó la experiencia de sus madres, todas ellas desaparecidas. También la de aquellas mujeres que conservaron a sus hijos luego de haber transitado su embarazo en cautiverio, la de quienes perdieron sus embarazos como consecuencia de feroces sesiones de tortura o fueron sometidas a abortos forzosos, en algunos casos, luego de ser violadas por los propios represores”.

Lo que cuenta Soledad García, detenida en Córdoba, deja en claro que esas mujeres jamás dejaron de sentirse parte de un colecitvo. “Nunca pudieron lograr aislarnos, nunca. En ese sentido, yo creo que ésa ha sido la mayor resistencia. La comunicación entre nosotras y con el afuera. Y por otro lado, el hacer carne –pero profundamente– de que sola... no te salvás. Y fue así, eso fue lo genial de la cárcel”, dice la sobreviviente. Y si bien el libro hace una diferencia fundamental entre la cárcel –donde los lazos se conservaban con más facilidad– y los centros clandestinos de detención, siempre hubo un pequeño intersticio para reconocerse como compañeros. “Estas mujeres no sólo fueron víctimas. Los resquicios de resistencia que recuperan en sus relatos y las solidaridades que expresamente quieren reivindicar, son fundamentales para comprender cómo conviven con ese trauma procesando sus efectos pero sin paralizar sus vidas”, es una de las conclusiones del libro.

lunes, 16 de enero de 2012

Horror en el Hospital Posadas

Corre el mes de noviembre del año 1976. En el Hospital Posadas, ubicado en el barrio de Haedo, Jacobo Chester está hoy de guardia, cubre este puesto los viernes y los sábados por la noche. Su mujer, Marta Chester, también es empleada del hospital, ganó su cargo por concurso. Hace unos días han cambiado las autoridades, Jacobo y Marta continúan cumpliendo sus funciones.
Algunos meses atrás, un día de otoño, una enfermera del área de esterilización, Marta Elena Graif, recibe con sorpresa una notificación; no lo entiende, el telegrama informa que la pondrán en disponibilidad por problemas de subversión. Mientras acuesta a sus tres hijos, toma la decisión de aclarar su situación, no sabe de qué se trata, pero al día siguiente pide a un oficial que la investiguen. El oficial es nuevo en el hospital, probablemente ha comenzado a trabajar ahí a pedido del ejército luego de la intervención…-piensa Marta. “No es necesario, señora.”-. Marta, sin opciones, deja de asistir a su puesto de trabajo. Corre el mes de mayo del 76.
Zulema Chester tiene trece años; hoy, veintiséis de noviembre, se ha acostado temprano, falta poco para las vacaciones de verano. A Marta Graif algo la mantiene intranquila; hace unos meses, una compañera le habló de listas que han sido confeccionadas, “estás abajo, en lápiz…” –, la frase no desaparece de su cabeza.
Al doctor Nin lo han convocado a una reunión. Las nuevas autoridades del Hospital, según entiende, van a dar las nuevas directivas. Al doctor no le parece tan importante asistir, seguramente es una reunión de personal como cualquier otra -piensa-, además, hoy ya tiene  organizado otro plan con su familia.
Jacobo ve que hombres con borsegos y fajinas están subiendo a varios compañeros a carros de asalto. Jacobo regresa a su casa y se lo comenta a Marta. Al rato, decide volver al Hospital, la pequeña Zulema lo acompaña. Jacobo trata de  ponerse en contacto con las familias de los que se llevaron… Al otro día, Zulema ya no piensa en las vacaciones; a su corta edad, no tiene la certeza de que su papá vuelva hoy de trabajar.
El doctor Hugo Nin es jefe del servicio de anestesiología y reanimación desde el año 72, hoy no ha ido al hospital, es domingo y, como sabemos, tiene una reunión familiar al mediodía. En el auto cargó las bicicletas de sus hijos. Decide, al regresar, pasar un momento por la guardia, quiere ver que tal andan las cosas… Unos tanques atraviesan la explanada de entrada. Ayer no estaban. El doctor Nin mira a su mujer, los niños duermen en el asiento de atrás cansados de jugar. Lo invade una extraña sensación, el operativo parece importante.
Marta Graif y su familia ya terminaron de cenar, el día ha sido largo. Marta acuesta a su hijo menor en la cuna, los otros dos niños se quedaron dormidos hace un rato. Marta está afiliada al gremio ATE, participa en una comisión de la guardería del Hospital. Cuando se decide hacer paro, los servicios quedan cubiertos, así lo determinaron en las asambleas a las que Marta, a veces, asiste.
Al Dr. Nin un oficial le pide que se identifique y le dice que espere. Ve por su espejo retrovisor que otro oficial se acerca a su auto con tres soldados armados; ya están más cerca, el doctor Nin distingue los fusiles. Son las siete de la tarde. El mes de marzo del año 76 está llegando a su fin.
Ayer, veinticinco de noviembre del 76, la enfermera Gladys Cuervo fue secuestrada. En una casa de la calle Gaona al 1900, Jacobo y Marta  están inquietos, conocen a Gladys. Zulema se despierta de golpe, los ruidos en la puerta y las voces fuertes la sacan de sus sueños. Camina hasta la puerta de su habitación. “-¡¿Dónde están las armas?!” Zulema, descalza,  mira sin entender…
El doctor Nin piensa que en el servicio de anestesiología las cosas marchan bien, está contento, después de tres años de funcionamiento de la sala de recuperación, la mortandad post anestésica  llegó a cero.
Marta Graif abre la puerta, varios hombres vestidos de civil o con fajina, y otros con la cara tapada, entran a su sala de estar sin identificarse. Los niños duermen, ya han pasado las once. Le tapan los ojos, la sacan de su casa y la suben a un auto civil. Después de unos minutos, el auto arranca, dos la acompañan. Marta está aterrada; al rato, escucha que el motor se detiene, el silencio le parece asfixiante.
Zulema, con los pies fríos sobre la baldosa, escucha una voz conocida…Nicastro se llama –piensa. Siempre circula en un jeep cerca del hospital. La niña tiene buena memoria.
El doctor Nin está en un cuarto de limpieza del hospital que hace tiempo permanece inutilizado. No le explicaron nada, lo cachearon y le informaron que estaba detenido. Uno, que al doctor Nin le parece que es el oficial al mando de los cabos, ha dicho: “Este individuo es de máxima peligrosidad; si se mueve, disparen.” El doctor Nin da vueltas y vueltas en el cuartito.
Marta Graif mira hacia el suelo, a pesar de las vendas ve lo pies, los cuenta. -Son quince en total -piensa- …hace una hora eran diez-. A Marta Graif le duele todo el cuerpo, ya le preguntaron varias veces por los subversivos del hospital, no sabe de qué le hablan. La golpearon por cada vez que no contestó, es decir, por cada una de las veces que le preguntaron. Ahora está sola  -¿Qué querrá decir erpiana?- Marta Graif  escuchó varias veces esa palabra el día de hoy. Le duelen las manos, el que trabaja de seguridad en el hospital se las ató con fuerza. Marta le conoce bien la voz, lo saluda cada mañana, está siempre en la puerta y se llama Argentino Ríos.

Las horas pasaron, ya son las diez de la noche del veintiocho de marzo y el doctor Nin sigue en el cuartito de limpieza. El jefe de mantenimiento del hospital se acerca y el doctor Nin cree necesario decirle que no sabe nada, que no ha visto nada y que no sabe por qué está ahí. No obtiene respuestas. El doctor Nin recuerda rumores - la triple A, la triple A…- El doctor Nin decide hacer silencio y contar los azulejos del cuartito, veinte, veintiuno, veintidós…
Zulema y su madre tienen los ojos vendados. Mientras revuelven la biblioteca, Zulema piensa en la mano del que pregunta constantemente por los panfletos que tiran los monto en la calle. Nunca había visto, a su corta edad, una mano sin anular. Zulema tiene miedo, las golpearon más de una vez. Ya se van a ir, ya se van a ir, ya se van a ir…  Zulema intenta desatarse, le vuelven constantemente dos cosas a la cabeza. Las armas y los panfletos… las armas y los panfletos… “A tu papá, lo podés ir a buscar a los zanjones.”
La familia del doctor Nin aún no pudo volver a casa. En este momento, están desarmando su auto. Ya llevan casi dos horas en la explanada de entrada. Uno de los niños se despertó. Está preocupado por su bicicleta.

¡Somos Dios, disponemos de tu vida y de tu muerte! Marta Graif está aterrada, le hablaron de su familia y los últimos que entraron le dijeron que la iban a terminar poniendo con los cadáveres de la planta baja. Con sus pequeñas manos, una mujer con los ojos vendados, llamada Jacqueline Romano, se tapa los oídos, hoy escuchó gritos aterradores durante toda la tarde.
Son las ocho y media de la mañana, hay sol y el doctor Nin está saliendo del cuartito que lo albergó toda la noche. Tiene hambre. La luz le molesta, entorna los ojos al caminar, unos cabos lo están sacando al patio del hospital. El doctor Nin ve a las fuerzas militares y de la policía y distingue a varios compañeros puestos en fila. Al doctor Nin ya no le molesta el sol, mira para arriba y ve, en las ventanas, que el personal del hospital está asomado, ahora se los llevan hacia adentro y cierran las cortinas. –Ahí está mi hermana- piensa.
Zulema está con su mamá en la comisaría, después de algunas horas un cabo les informó que no les iban a tomar la denuncia. Deciden ir al hospital, Zulema cree que, quizás, alguien pueda decirle algo sobre su padre. Nada. Nada de nada. Una noticia corre de boca en boca; la misma noche, el mismo grupo parapolicial secuestró a Teresa Cuello.

El marido de Marta Graif está sentado en la comisaría, dejó los niños con sus padres. Espera que lo atiendan mientras se abanica con un papel arrugado y vuelto a alisar, hace un rato no le quisieron tomar la denuncia. Verá si ahora tiene más suerte, piensa en Marta.
Zulema vuelve al hospital y se cruza con el hombre sin anular, su nombre es Raúl Tévez, le pregunta por su padre. Nada, otra vez nada, siempre nada, nada de nada…
Un camión celular se detiene en la calle Moreno esquina Belgrano. El doctor Nin baja escoltado y camina junto a los compañeros del hospital hasta el tercer piso. Entran a una celda con rejas y vidrios esmerilados custodiada por oficiales de la policía. Ve que hay más gente, a muchos los ha visto antes, trabajan en el Posadas, otros son desconocidos para el doctor Nin. Recorre la celda con la mirada, también esta Ana…-piensa.
Marta Graif no sabe qué hora es; debe ser la tarde… – calcula. Escucha que abren la puerta, el que ha entrado le dice que ha llegado el jefe y que ya no le van a hacer más nada. Marta piensa que el que le habla es bueno, “…si una lo compara con los demás, claro.” Le desata las manos y se va, a su lado ha apoyado un plato de comida.
En la casa de Zulema no hay casi nada, ollas libros, dinero, ropa…se llevaron casi todo, todo lo imaginable. A su padre lo han dejado cesante, solo reciben, ahora,  el sueldo de Marta Chester.
Pasaron tres días desde que el doctor Nin entró a la amplia celda de vidrios esmerilados. La vida en la celda ya está organizada, turnan las pocas camas para dormir. En ocho metros por diez, el doctor Nin ya conoce a casi todos.  Le dio sus señas a uno que no es del Posadas, quizás salga y pueda avisar…- piensa el doctor. Empiezan a llamarlos de a uno, se los llevan encapuchados. El primero que vuelve, un colega del hospital, trae tranquilidad, lo interrogaron, pero -No pasa nada… no pasa nada…-  repite.
Marta Graif  intenta comer en la celda. Un  ruido fuerte de golpes en la escalera de madera la saca de sus pensamientos. Entran de golpe, Marta escucha las voces sobresaltada; no llega a entender muy bien, pero parece que han encontrado a alguien. Intentan sacarle la venda, Marta se niega, no quiere verlos, piensa que si los ve, ya no volverá a ver a nadie más.
Con una venda en los ojos, el doctor Nin sale de la celda, llegó su turno. En la sala parece haber cinco o seis, el doctor Nin cuenta las voces, uno lleva adelante el interrogatorio, otro acota, otro susurra. El de los susurros tiene que ser del hospital –piensa Nin- …las peguntas lo demuestran.

A Marta Graif le quitan la venda. El capitán Torres, jefe de la aeronáutica, está junto a otro hombre vestido de fajina. Marta Graif lo mira, es alto, rubio, tiene ojos claros y es buen mozo. Parece un actor de cine… -piensa. Marta tiene miedo, al menos, ve que está con ella una compañera del hospital que es vecina suya, se llama Marta Ester Cortés.
La esposa del doctor Nin no sabe a quién más acudir, el habeas corpus no funcionó, hoy fue a cinco comisarías. La señora Nin está en contacto con los familiares de los compañeros de su marido que también se han llevado en los camiones. Cuando se acercó al edificio de la calle Moreno esquina Belgrano le negaron que su marido estuviese allí.
La madre de Zulema sigue trabajando en el hospital. Ayer vio que el armario donde su marido guarda algunas cosas de uso diario está roto y no están sus pertenencias. Ya no ve al viejo portero. El personal militar ahora cuida las puertas. Tiene miedo, no se separa casi nunca de su hija. Hoy fueron juntas al hospital e intentaron hablar con el Coronel Estévez, su mediador se llama Ricci y es jefe de mantenimiento, a Zulema no le gusta. Nunca les dice nada sobre su papá.
Ya ha pasado media hora, el doctor Nin no tiene nombre de guerra, no puede responder a esa pregunta. Los panfletos y el lugar de impresión es un tema que el doctor Nin desconoce. Tampoco entiende por qué le preguntan intimidades de un colega que tiene una relación con una enfermera. Cuando lo devolvieron a la celda, el doctor Nin se acercó a un grupo que rodeaba, en silencio, a un compañero; su cara tenía marcas que antes no estaban.
Hay una zona en el hospital a la que Zulema y Marta Chester no logran nunca acceder. Siempre hay gente clausurando el paso. A Zulema le parece extraño.
El bueno abre las persianas. Marta Graif ve que está en el hospital, pero no logra reconocer en qué parte. Enseguida la bajan junto a su vecina. Camino hacia el dodge 1500 verde, ven a los militares apostados. Se prende el motor, el que maneja lleva un fusil. ¿Dónde nos llevan…?
Zulema conoce a Nicastro y a Tévez. Su madre alguna vez leyó las notas del hospital en  las que  dice que ambos cuidan el orden interno. Zulema cree, a su corta edad, que “cuidar el orden interno” es lo que les permite entrar y salir de donde quieren y circular con su jeep acompañados de sus armas. “De donde quieren” significa, también, de quirófanos y terapias.
El doctor Nin cree que ya pasaron seis o siete días. Transcurren los primeros días de abril. Durante las últimas horas han liberado a varios compañeros de a pequeños grupos. Por fin, llaman al doctor Nin; le dicen que debe firmar el libro de actas. Al salir, ve a su familia que lo espera en la puerta. El doctor Nin siente, de repente, que una puntada le oprime el pecho.
Ya hicieron infinidad de diligencias judiciales, en la base aeronáutica del Palomar tampoco, hoy, obtuvieron resultados. Marta Chester y Zulema están regresando a su casa. No tienen ganas de cenar. Las luces de los arbolitos de navidad se encienden y se apagan en las ventanas.

El dodge 1500 estaciona en la puerta de la casa de los suegros de Marta Graif. Se ha detenido antes en la casa de Marta, pero ella no quiso quedarse, solo miró a su alrededor, la heladera y el piano estaban rotos, seguramente no pudieron cargarlos… Marta  se acuerda de la casa de su hermana Dora, pobre Dora. Ya han pasado veinte horas desde que la llevaron. La casa esta vacía y las cosas que quedaron, rotas.  Marta se baja, “la citarán pronto” –escucha al cerrar la puerta del dodge verde. Están por dar las nueve.
Abril trae nuevas novedades para el doctor Nin. Hoy fue al hospital y le informaron que tenía la entrada proscripta. Una joven se incorpora al servicio de voluntarias del hospital, quizás, de este modo, pueda averiguar algo y esté más cerca de encontrar a su papá.
Ya ha pasado un mes y medio de las noches en las que el doctor Nin durmió en la celda de vidrios esmerilados. Hace unos días recibió una extraña citación. El doctor Nin está despidiéndose de un tal Di Maio. Acaban de informarle que ha quedado cesante “por actividades subversivas y disolventes.” El doctor Nin tiene tres hijos y una joven mujer; hoy se ha quedado sin trabajo.
Zulema y Marta Chester están en la puerta de un juzgado de Capital, hace unos minutos les entregaron un papel. El dos de diciembre del 76, en la dársena D, la prefectura sacó el cuerpo de Jacobo del río de la Plata, no tiene huesos sanos. El certificado de defunción contiene varias palabras, pero hay dos que Zulema relee, asfixia y sumersión, asfixia y sumersión… Pidieron ver el cuerpo, pero se lo negaron. La respuesta fue corta: “No hay cuerpo.”
Marta Graif llegó hace un rato a la base aeronáutica del Palomar, así lo pedía el papel de la citación. El capitán Torres le dice que ese no es su verdadero nombre, sino su nombre de guerra, habla y habla de los libros y los documentos… al final agrega: “Son gente nuestra que se nos fue de las manos.” A la noche, Marta piensa en las palabras del capitán mientras mira el reloj, ya son cerca de las once… -comprueba. Abre la puerta y se va. Espera poder mudarse pronto, como lo hizo Marta Cortés. Desde mayo que no logra quedarse en su casa una vez que dan las once.
El día tres de marzo del 77, el doctor Nin llega al aeropuerto con su familia. Ya lo ha pensado, no quiere que sus hijos terminen “ni bobos, ni muertos.” Un avión despega con destino a Barcelona. En un asiento reclinado, el doctor Nin piensa en el doctor Salas, en Dora Agustín, en el doctor Campos, en Jacobo Chester, en Jorge Roitman, en la anestesista de la guardia Cristina Amuchastegui… El doctor Nin recuerda ahora, no sabe por qué, las palabras que le dijo jocosamente el director del hospital hace un tiempo; era un día de primavera del año 75, -…sos muy zurdo, vamos a tener que hacer algo con vos…” El doctor Nin reclina un poco más el asiento y piensa en esas palabras, nunca antes les había prestado tanta atención.

Juliana Navarro