lunes, 13 de mayo de 2013

Testimonios con emoción y contundencia en el juicio de Rawson

Llanto desde Suiza: un testigo se quebró en su declaración

Ricardo Ipuche declaró desde Berna y conmovido, reclamó justicia casi a los gritos ante los jueces. Quedan tres testigos y luego, turno de alegatos.

Llanto. En el televisor, Ipuche quebrado en Suiza mientras el tribunal mira en silencio y la jueza D´Alessio se tapa la boca con la mano.
Por Rolando Tobarez

“¡No se puede tratar así a la gente!…¿cómo le puedo explicar? ¡Pasaron 38 para que ahora me vengan a preguntar si violaron o no los derechos humanos! ¡Yo estuve dos años sin juicio y sin proceso! ¡Esa es una violación de los derechos humanos!...caramba…¡no pueden tratar así a la gente!…”.

Sobre el final de su testimonio, Ricardo Ipuche le gritó este párrafo al tribunal y no pudo más. Lloró como un nene en un aullido desgarrador. Se cubrió con ambas manos el rostro rojo de bronca y se quebró, desconsolado, ahogado de saliva, sin vergüenza alguna.

Los magistrados que decidirán sobre la muerte de Mario Abel Amaya y las torturas contra Hipólito Solari Yrigoyen no supieron bien qué hacer, más que dejarlo descargarse. La jueza Ana María D´Alessio se tapó la boca. Nora Cabrera, presidente del tribunal, amagó un consuelo pero su colega Alberto Giménez pareció decirle “mejor no, dejálo”, con un gesto con la mano, rápido y oportuno. El testimonio había sido tranquilo y la explosión de emoción pareció descolocarlos.

Pasaron segundos eternos hasta que una empleada de la Embajada Argentina le dio un vaso de agua y debió llevárselo, todo en vivo y en directo. Era una teleconferencia desde Berna, Suiza, donde Ipuche reside. Luis García, Osvaldo Fano y Jorge Steding, los imputados, oyeron sin gestos. Fue el clímax en el Cine Teatro “José Hernández” de Rawson.

Ipuche fue preso político en la Unidad Nº 6, a causa de su militancia en el Partido Comunista de Neuquén. No vio ni a Solari ni a Amaya. “Pero sabíamos que los habían torturado y que Amaya pedía a los gritos que se lo lleven porque se estaba muriendo”. Traje blanco, corbata y camisa de colorado furioso, el testigo explicó que ningún guardia pudo vejar a nadie en ese penal sin la autorización de su jefe.

Tras el golpe de 1976, el régimen se volvió más represivo en la U-6. “Todo se volvió mucho más violento, con controles más severos y reglas más enérgicas”. Los guardias escupían en la comida o metían el borceguí en el plato. “Querían quebrarnos psicológicamente y tratar de que todo el día hubiese tensión”, interpretó.

Fue interrogado en la cárcel rawsense por un oficial del Ejército. “Me preguntó mucho sobre mis camaradas hasta que cerró la carpeta y me dijo ´No tenemos nada contra usted´”. Pero no lo liberó ni aceptó que el militante se vaya por la puerta de entrada. Ipuche prefirió dos años de cárcel antes que le perdonen un delito que no había cometido.


Stubrin, García y Suárez, los tres últimos testigos
Videoconferencias hoy en Rawson.
Desde Suiza. Carrara escucha la pregunta de la jueza Monella de Cabrera, que aparece en un segundo plano.
Hoy será el último día de testigos en el juicio en Rawson. Desde las 10 y por videoconferencias declararán el conocido dirigente radical Marcelo Stubrin, que estuvo en el primer velatorio de Mario Amaya; José Suárez, el empleado de la funeraria que trasladó su cadáver desde Villa Devoto, y Margarita García, exempleada del Hospital de Trelew, que podría comprometer la situación del médico Luis García. Tras sus relatos se definirá la fecha para los alegatos, en la recta final del proceso.

Hay tres testigos que aunque fueron notificados por el tribunal, ya no se presentarán. Se trata de los peritos médicos Daniel Corach, Luis Bossio y Enzo Canonanco. Los fiscales consideran que como la parte que les tocaba decir ya está documentada en la causa, no será necesario que hablen ni extender el cronograma.

"Era el jefe"

Ayer la ronda de testigos la completó Santiago Carrara, preso en la Unidad 6 desde enero de 1975 hasta fines de 1982. Recordó especialmente al imputado y exjefe de requisa Jorge Steding. “Era el que más contacto tenía con los presos. Nos obligaban a correr al baño para pegarnos con palos y puntapiés. Una vez me negué y me arrastraron y me pegaron hasta el baño. Él era el jefe y vio todo hasta que pidió que dejen de pegarme, que ya estaba y me llevaran al calabozo”. Alguna vez también vio al extitular del penal, Osvaldo Fano, acercarse a la reja por una visita.

Carrara supo por otros presos de la llegada de Amaya al penal y de la feroz golpiza de su bienvenida. “Era lo normal y estoy totalmente seguro de que fue así”, le dijo al tribunal. Recordó que para las autoridades del penal, ese presidio era sólo “otro frente de combate” y no un lugar más para alojamiento de presos.

Luego del golpe militar, “cualquier intento de conversar, convidar un mate o caminar con más de un compañero en el recreo era sancionado”.

Para el Guiness

Según Carrara, “se cortó toda posibilidad de convivencia y en ocasiones nos obligaban a estar parados o acostados durante horas en la celda”. Cada tanto los interrogaban para buscar “definiciones políticas” de parte de los presos políticos.

La cosa se alivió algo con la llegada de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y de la Cruz Roja, que pusieron en aprietos a los jefes del penal. “Pero si se juntara la lista de detenidos con la lista de sanciones que hubo por cualquier cosa, seguro sería un Récord Guiness.

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