jueves, 26 de enero de 2012

Reconstrucción histórica represión en Campana

Miguel Di Fino, profesor de historia e investigador sobre la represión en Campna durante la dictadura
“En la bajada hacia los bañados llegaban camiones del Ejército con cuerpos y los quemaban con cubiertas”
Campana formaba parte del cordón de ciudades industriales en el litoral del Paraná, con la omnipresencia de la empresa Dálmine-Siderca. Di Fino denuncia que todavía persisten los “códigos de silencio”.
 
Por Gustavo Veiga

–¿Por qué trabaja en la reconstrucción histórica de los ’70 en Campana, su ciudad natal?

–Soy nacido y criado en Campana. La aproximación tiene que ver con los desaparecidos y fundamentalmente proviene de la militancia política. Entre el ’83 y el ’95 milité en el Partido Intransigente, fui uno de los fundadores del partido en el distrito, con otros compañeros. Todavía no había empezado a estudiar Historia y venía del cierre de la Universidad de Luján, de la primera etapa, donde estudiaba Licenciatura en Tecnología Educativa. En ese momento también cursaba una tecnicatura superior en Cine Documental y Tecnología Educativa en Vicente López. Ya estábamos, digamos, en la transición de la dictadura a la democracia y esos temas cada vez sonaban más fuerte. Ahí empieza a tomar forma la idea de poder hacer una narrativa de esa historia reciente que era embrionaria en el ’83. Bueno, después y ya más adelante, cuando hice el profesorado de Historia acá en Campana, como trabajo final con otros compañeros nos propusimos tratar de sistematizar la cuestión de los desaparecidos en la ciudad.

–¿Con qué se encontró?

–Había desde donde empezar a tratar de reconstruir esa historia. Y en ese primer trabajo que hicimos, tuvimos problemas de datación. Usted sabe que en los pueblos de provincia el tema de la información lo que devuelve es silencio, siempre es silencio. Pero con gente que salió de la cárcel, sobrevivientes, algunos que se sumaron al PI, y otros conocidos que eran acá del distrito, nos juntábamos y sistematizábamos la información que había. Se armaron muchas listas, hubo una comisión de derechos humanos en el ’84, y los familiares, obviamente, hicieron su tarea cuando secuestraron a sus seres queridos.

–¿Y en qué se materializó su investigación?

–En el trabajo final del profesorado que se llamaba Seminario 4, una tesina. Se eligió un tema y bueno, avanzamos con eso. Empezamos con las entrevistas, obviamente con el marco teórico que facilitaban las publicaciones que ya había y pese a ciertos problemas con datos históricos. En Campana yo contextualicé todo en el año ’75 y tendría que haber arrancado en el ’73. En mi segundo libro pedí disculpas y traté de solucionarlo de alguna manera.

–¿Cómo se llaman sus dos primeros libros?

–Sobre ausencias y exilios, en colaboración con otros dos profesores de historia, Ariel Núñez y Soledad Sadonio, y De solitarios sueños y utopías truncas, en coautoría con Leonardo Maldonado y Ariel Núñez, un licenciado en Comunicación. El primero fue el que más impacto generó porque la presentación tuvo mucha adhesión; vinieron familiares, militantes, fundamentalmente porque nadie creía que íbamos a poder escribir un trabajo con sentido crítico sobre la historia reciente de Campana.

–Mencionó dos dificultades cuando inició sus investigaciones: el silencio pueblerino y la escasez de datos. ¿De qué modo se hacían visibles entonces las consecuencias de la represión durante la dictadura en la ciudad?

–Inicialmente por los militantes de distintos partidos, o sea, peronistas, radicales, intransigentes, comunistas, socialistas, y si bien se discutían estas cuestiones, no estaban explícitas en el diario del pueblo. No había, digamos, un análisis de fondo sobre la cuestión de la desaparición forzosa en Campana, no lo había.

–¿Ni siquiera con la democracia ya avanzada?

–Ni siquiera ahora.

–¿Cómo se llama el diario de Campana?

–La Auténtica Defensa. Nació en el ’77 y antes se llamaba La Defensa Popular. Pero, justamente, producto de la dictadura y de ciertos inconvenientes, el dueño, un gallego de una familia tradicional de Campana, tuvo que ceder el diario y fundar otro. Había un problema de dineros, hubo coacción y eso, probablemente, haya generado también que la nueva publicación decayera respecto de esos temas. En Campana no están las colecciones completas de La Defensa Popular, que es un diario que viene, prácticamente, desde principios del siglo XX. No están los ejemplares, hay recortes, hay un archivo particular que tiene algunos diarios. Y son dos las versiones sobre esto: que se quemó el material y que lo vendieron. El último director dice que él no tiene la colección.

–¿Cree en alguna de esas versiones?

–Consciente o inconscientemente lo que se busca es que no se encuentren pistas para poder reconstruir esa historia reciente. No digo que lo hagan de mala leche, pero estos códigos de silencio siguen vigentes. ¿Por qué? Bueno, porque a través del trabajo que uno ha hecho sabe que ha existido un compromiso de la sociedad civil con esa represión. En distinto grado. Muchos de ellos pertenecían a asociaciones intermedias muy en boga durante la dictadura, sobre todo en un distrito como este de la provincia de Buenos Aires. Los responsables militares para llegar a la gente dependían de las sociedades de fomento y de las instituciones intermedias. ¿Cuáles eran? El Rotary, el Club de Leones. En casi todos los pueblos de provincia aparecían por ese lado. Algunas, aún hoy, siguen teniendo ascendencia política a nivel comunitario. No estoy diciendo que hayan delatado o que tengan una complicidad explícita, pero saben la historia y no la quieren contar.

–¿Qué es lo más significativo que aportan sus investigaciones a la memoria colectiva de un lugar como Campana?

–A ver... creo que sería el conjunto de los trabajos, que es poner en cuestión, en estado académico, la historia reciente como corriente historiográfica. Esa que es resistida aun por los historiadores más versados y que existe en este pueblo. Eso quiere decir que hay otra historia para contar. Por ejemplo: se pueden mencionar todos los beneficios que nos dieron los Rocca, el trabajo, las casas... está ese fenómeno. Ahora, además tenemos todo lo otro. Tenemos los desaparecidos, los temas de contaminación, el avance sobre el espacio público, la pérdida de la línea de sirga, la costanera ocupada totalmente por empresas. Hay otros compañeros que trabajan desde la geografía y desde la Licenciatura Ambiental sobre la presencia de Dálmine-Siderca. La idea es tratar de ser crítico aun con todas las limitaciones que imponen estos monstruos.

–Usted decidió contar la historia de su ciudad tomando como referencia ineludible a la empresa de los Rocca; que es a Campana lo que Ledesma a Libertador General San Martín en Jujuy o Acindar a Villa Constitución en Santa Fe. ¿Cómo explica su omnipresencia en la vida de la comunidad?

–Está ahí, siempre está. Desde el punto de vista ideológico, para mí, más que un imán es un problema de convicción. No quiero decir que abomino, pero las multinacionales no me simpatizan, ni ninguna empresa que construya cultura porque tiene ese gran poderío económico que posee Siderca y que marca las pautas del funcionamiento comunitario. En el primer libro trabajamos con una lista de compañeros desaparecidos que había sido elaborada por distintos sectores políticos. Obviamente que la mayoría de los que figuraban ahí tenían vinculación con la empresa. Así que, digamos, era casi obvio: debíamos empezar a buscar por ese lado, no sólo por los compañeros que estaban desaparecidos y trabajaban en la fábrica, sino por todas las vinculaciones políticas y sociocomunitarias que tiene una compañía como Siderca en un distrito como Campana.

–¿De qué manera se establecen y perduran esas relaciones sociocomunitarias?

–Acá la empresa regula el mercado laboral, regula las relaciones sociales, por ahí un poco menos pero también regula la producción cultural: qué cosas apoya, qué cosas no apoya. Evidentemente, existe un compromiso de lo que es la dirigencia y de los partidos políticos hacia Siderca. Es así, es real. Tuvimos que orientarnos para ese lado, y que gran parte de los trabajos giren alrededor de ella. Aunque no es el centro, digamos, siempre aparece. Siempre aparecen cosas espantosas a medida que se va enterando uno cuando hace las entrevistas. En el tercer libro, un poco por casualidad, un colega me mandó un mail diciéndome: “Mirá este vínculo de la revista Análisis de Entre Ríos. Aparece un tal Rulo Ramat al que matan en Campana”.

–¿Quién era Ramat?

–Empezamos a buscar, y me encuentro con el homenaje a un ingeniero que trabajaba en Dálmine, de la Universidad Católica de Entre Ríos. Aparece el hermano de Rulo, Manuel, a través de gente de Derechos Humanos de Entre Ríos. Y bueno, ahí empecé a reconstruir la historia. Era un ingeniero que había estudiado en la Universidad Católica en Paraná, que vino a Campana a principios del ’75, más o menos. Inclusive, fue entrevistado por Roberto Rocca. Cuando lo asesinan, el mismo Rocca se interesó por las exequias de este compañero y le pagó todos los servicios fúnebres. Un grupo de tareas llegó a su domicilio cuando estaba por cenar con su mujer. El abrió la puerta y se escuchó: ¡Pum! Ramat era un muchacho que tenía compromiso social, un militante católico. Aunque en realidad, interpreto que buscaban a su hermano Manuel, que militaba en Montoneros. Esa historia no estaba registrada en el pueblo.

–Campana estuvo comprendida en lo que se denominó Area 400, a cargo del Ejército. ¿Cómo funcionó la represión en su ciudad?

–El Area Conjunta 400 tenía su base en la fábrica militar de Tolueno. De hecho, Campana, diría que fue un campo de concentración. Primero, por la cantidad de centros clandestinos de detención acreditados en la causa 53/10 de 2004, que es la que inició Sara Cobacho cuando era subsecretaria de Derechos Humanos. Y después, por los que he ido localizando a través de las entrevistas. Acá, con casi diez centros clandestinos de detención identificados en el distrito, no hay un solo elemento de las fuerzas de seguridad muerto en un enfrentamiento, en toda la dictadura. Pero en un barrio de Campana que se llama Las Praderas hay un lugar que hemos denominado “la hoguera de las praderas”. En la bajada hacia los bañados llegaban los camiones del Ejército cargados de cuerpos y los quemaban en cubiertas. Y muchos de ellos llegaban vivos y los quemaban vivos. Esto lo refiere una persona que es testigo ocular y que pide reserva de identidad porque tiene familia y un miedo terrible. Aunque por ahí, en algún momento, lo pueda contar públicamente. Vio todo escondida entre los matorrales.

–¿Coincide con lo que varios testigos describen de que la represión en Campana se organizó meses antes del golpe del ‘76 desde el hotel de Dálmine-Siderca donde se alojaba al personal jerárquico de la empresa?

–Sí, sí. En el momento del golpe, el 24, se establecen en el hotel Dálmine. Las versiones previas que yo fui recogiendo señalan que hubo reuniones de algunos dirigentes políticos en los meses de enero, febrero, en el hotel que también era una confitería y tenía un restorán. O sea que cuando los militares ocupan ese lugar, obviamente que tenían el acuerdo de la empresa para hacerlo.

–¿Investigó sobre la historia de Agostino Rocca durante el fascismo y la influencia que podría haber tenido ese ideario en el complejo siderúrgico de Campana durante la época de mayor represión?

–En los procesos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en la que habían cometido crímenes de guerra, a los nazis les aplican un modelo de juicio como Nuremberg, que difiere del que se instala en Italia con los fascistas. Ahí se hacen los llamados “juicios de purgación”. A Rocca lo someten a un proceso de este tipo y sale libre. Primero piensa radicarse en Estados Unidos. La vía de salida de los fascistas de Italia era por Bélgica. Salían y después, por mar, llegaban a América.

–Tras ese juicio, ¿Agostino Rocca queda limpio de los cargos que pesaban sobre él como colaborador del régimen fascista?

–Sí, porque utiliza el mismo argumento que durante años hemos escuchado acá, que emplean nuestros empresarios: ‘Yo lo único que le brindé al régimen fue asesoramiento técnico’. Rocca ni siquiera estaba afiliado al Partido Fascista. “Yo soy italiano en un gobierno nacionalista, aporté mi conocimiento técnico para engrandecer Italia” decía, y toda la cuestión del patriotismo.

–A la familia Rocca y su patriarca Agostino se le adjudican lazos estrechos con la Iglesia Católica y en especial con el obispo Alfredo Espósito Castro, quien estuvo al frente de la diócesis Zárate-Campana desde el 4 de julio de 1976 hasta 1991. ¿Qué datos puede aportar de esa relación?

–Cuando se crea el obispado acá, hay una injerencia de Roca en eso. Interviene. Aporta lo suyo para que esto ocurra. De hecho, el obispo que se nombra, Espósito Castro, que es el primero, en distintos documentos de la Iglesia de esa época es uno de los más doctrinarios respecto al sostenimiento del régimen militar. Está en distintas publicaciones del Episcopado. Si bien fue un hombre muy querido y respetado en el pueblo, era un sacerdote de orden. No fue casual haber elegido a Campana como una nueva diócesis. El gremialismo basista que había en la región, desde Pacheco hasta San Lorenzo en Santa Fe, era muy importante.

–La inserción político sindical del PRT-ERP en la zona de influencia de Dálmine-Siderca es reconocida por los trabajadores de aquella época. ¿Esto en qué medida influyó para que se ensañara más la represión con los obreros de la fábrica?

–Había una dinámica gremial dentro de la empresa, donde no sólo confluía gente que estaba encuadrada orgánicamente, también había independientes, que simpatizaban con sectores de izquierda y que tenían un nivel de ascendencia sobre las bases, digamos, que confrontaban constantemente con la conducción sindical de la UOM. Y además con los directivos de la empresa, con los ejecutivos.

–Esas condiciones cambiaron totalmente con el golpe de Estado. ¿La empresa se tomó revancha, como declaran algunos ex trabajadores de Dálmine-Siderca?

–Totalmente. Al menos por unas charlas que he tenido con gente que trabajó, que estuvo detenida circunstancialmente o que era empleada ahí, las condiciones sociales del operario de Siderca eran las de clase media. Iban a Modart con el recibo de sueldo o la tarjeta de obrero de Siderca y se hacían los trajes a medida, lo cambiaban varias veces por año. ¡Increíble! O sea, ¿qué quiero decir con esto? Había como una efervescencia, una bonanza económica con la cual ellos estaban bien. Pero adentro de la planta seguían peleando. Si había un compañero que era de la gremial interna y decía que se paraba la línea de producción de tal cosa, se paraba toda la línea. Un ex trabajador reivindicaba ese momento cuando me decía: “Eso era fantástico, era lindo, ¿sabe por qué? Porque la gente creía”.

–Los resultados de sus investigaciones, ¿tuvieron consecuencias políticas en Campana?

–Desde lo personal, valoro los trabajos en función de que sirvan a los compañeros para seguir militando. O sea, creo que, y no porque me haga el modesto ni nada por el estilo, la investigación es un grano de arena más en el camino que se viene recorriendo desde el primer familiar que denunció la desaparición de un compañero. Yo aporto ahí. Me importa que les pueda servir a los compañeros que siguen trabajando con la querella y militar desde ese lado

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