lunes, 23 de enero de 2012

Los gritos del silencio. La violencia sexual sobre las detenidas

Resistencias

... Y nadie quería saber. Relatos sobre violencia contra las mujeres en el terrorismo de Estado en Argentina es el libro escrito desde Memoria Abierta por Claudia Bacci, María Capurro Robles, Alejandra Oberti y Susana Skura, que se publicará el mes próximo. La irrupción en las audiencias orales y públicas de los relatos de violencia sexual en los centros clandestinos de detención y la apertura judicial a reconocerla como un delito autónomo, tan sistemático como las torturas, pusieron un tema silenciado durante 35 años en la agenda pública.

Por Sonia Tessa

Silenciado, como plantea el título del libro, no por las propias víctimas que lo vienen diciendo desde las primeras denuncias, sino porque no había quién escuchara. Las autoras, integrantes del archivo oral de Memoria Abierta (conjunción de cinco organizaciones de derechos humanos empeñadas en reunir, preservar, organizar y difundir el acervo documental sobre el tema), consideraron que tenían algo para decir, a partir de las 740 entrevistas realizadas, de las que aproximadamente 100 corresponden a mujeres que estuvieron presas, legal y/o ilegalmente, entre 1973 y 1983. Y una de las cuestiones más notables es la necesidad de las sobrevivientes de correrse de la posición de víctimas para hacer foco en sus relatos de resistencia, en aquellos pequeños gestos y solidaridades a los que se aferraron las militantes para no darles el gusto a sus verdugos, para seguir sintiéndose personas.

“Al hablar de resistencias nos referimos a aquellas estrategias personales que permitieron a las sobrevivientes atravesar la violencia mitigando en cierta medida el daño –y en menor medida– en algunos casos evitándolo”, dicen las autoras en una parte del libro, que se basa en 63 testimonios.

El libro señala las “estrategias colectivas de resistencia y gestos de solidaridad tan contundentes como para detener la amenaza o, al menos, detenerla en un momento dado y hacia una destinataria en particular. Gritos, golpes, señales de alerta entre compañeros y compañeras de encierro que no se conocían, que no podían siquiera verse, acciones improvisadas que coartaron, al menos temporalmente, las intenciones de sus captores. Suele ser en estos pasajes del relato, antes que en la descripción misma de los hechos de violencia o del miedo, donde las mujeres lloran, se angustian y también se emocionan, reivindicando la pequeña gran afrenta que esos gestos supusieron.” Porque esas mujeres –y esos hombres– eran militantes que confiaban en la organización y la solidaridad. “Quienes lograron eludir la amenaza gracias a las acciones de otros compañeros o compañeras, los agradecen hoy con tanta emoción como entonces –continúa–. Y nadie quería escuchar...”

Una de las primeras preguntas que se hacen en el libro aparece como “inevitable”. “¿Por qué ha sido tan difícil decir y escuchar estos relatos, por qué se ha demorado tanto tiempo en visibilizar y discutir socialmente el lugar que tuvo la violencia contra las mujeres en el terrorismo de Estado?”, plantean las autoras, y despliegan algunas hipótesis.

El testimonio de Alicia Morales, de Mendoza, es iluminador sobre una dimensión presente en todo el trabajo: el tiempo. “Cada vez que nosotras queríamos hablar y contar, nos decían ‘no te acordés que te hace mal’. Y yo al principio pensaba ‘¿por qué me hace mal? Si yo quiero que sepan lo que pasó’. Y después me di cuenta de que en realidad le hacía muy mal al que escuchaba, porque eso lo obligaba a tomar partido, a darse por enterado, ¿no? Y nadie quería saber. Han tenido que pasar 30 años para que podamos hablar de algunas cosas.”

A la hora de revisar en el archivo oral, una de las autoras del libro, Alejandra Oberti (coordinadora además del archivo), consideró que “este relato estaba, desde el comienzo había personas que habían hablado. No es que las mujeres no quisieran hablar, sino que no habían podido hacerlo porque no había quién las escuchara”. Con la experiencia de haber tomado decenas de testimonios, Oberti cuenta además por qué consideran que el archivo oral les da a las sobrevivientes otra posibilidad de relato. “Las características de los testimonios que guardamos en estos archivos tienen una serie de garantías: es amigable, se da el relato respetando los tiempos, opciones narrativas, qué y hasta dónde quiere contar, no tiene otros objetivos que no sea sostener ese relato en sí mismo. Eso ofrece condiciones para que algunos relatos emerjan. Es un tipo de testimonio que no está puesto en cuestión, no es como el testimonio ante la Justicia que está confrontado por las defensas”, apuntó Oberti.

En un trabajo rico por sus interpretaciones y cruces, hay otros dos abordajes dignos de subrayar. Por un lado, la experiencia de la maternidad en cautiverio. Cada relato de mujeres embarazadas que pasaron por centros clandestinos de detención –o de mujeres que vieron parir a otras cuyo destino era la muerte, y el de sus hijos, la apropiación– es sobrecogedor. “Las condiciones en las que cientos de mujeres atravesaron la experiencia del embarazo y la maternidad en cautiverio han sido escasamente consideradas como formas específicas de violencia contra las mujeres. Un repertorio particular de prácticas represivas se desplegó sobre quienes esperaban hijos al momento de ser secuestradas. Además de torturas particularmente dirigidas a atentar contra sus embarazos y cuestionarlas en su condición de mujeres, madres y militantes, sus cuerpos fueron instrumentalizados en función del nacimiento de los hijos que, como parte del mismo plan, serían apropiados”, dice el texto, que también plantea: “La barbarie que supuso ese plan de apropiación de niños que ejecutó la dictadura, ocluyó la experiencia de sus madres, todas ellas desaparecidas. También la de aquellas mujeres que conservaron a sus hijos luego de haber transitado su embarazo en cautiverio, la de quienes perdieron sus embarazos como consecuencia de feroces sesiones de tortura o fueron sometidas a abortos forzosos, en algunos casos, luego de ser violadas por los propios represores”.

Lo que cuenta Soledad García, detenida en Córdoba, deja en claro que esas mujeres jamás dejaron de sentirse parte de un colecitvo. “Nunca pudieron lograr aislarnos, nunca. En ese sentido, yo creo que ésa ha sido la mayor resistencia. La comunicación entre nosotras y con el afuera. Y por otro lado, el hacer carne –pero profundamente– de que sola... no te salvás. Y fue así, eso fue lo genial de la cárcel”, dice la sobreviviente. Y si bien el libro hace una diferencia fundamental entre la cárcel –donde los lazos se conservaban con más facilidad– y los centros clandestinos de detención, siempre hubo un pequeño intersticio para reconocerse como compañeros. “Estas mujeres no sólo fueron víctimas. Los resquicios de resistencia que recuperan en sus relatos y las solidaridades que expresamente quieren reivindicar, son fundamentales para comprender cómo conviven con ese trauma procesando sus efectos pero sin paralizar sus vidas”, es una de las conclusiones del libro.

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